Descuento

 

Yo, contable desde que tengo uso de razón, aprendí a descontar el día que te conocí:

 

Descontaba los días que quedaban hasta verte.

Descontaba las horas del día en que no te soñaba.

Descontaba los minutos entre mensajes cargados de intención.

 

Descontaba los besos que guardaba para ti.

Descontaba las caricias que acumulaba para cuando te viera.

Descontaba los abrazos que quedaban pendientes tras cada encuentro.

 

Descontaba las palabras que no me atrevía a decirte.

Descontaba las letras en borradores que no te enviaba.

Descontaba las canciones que no te cantaba.

 

Descontaba los desayunos que no compartíamos.

Descontaba las comidas que hacía pensando en ti.

Descontaba las cenas en las que te imaginaba junto a mi.

 

Y, ahora que ya no estás,

 

¡¡Descuento del 50% sobre el precio de venta en todos los regalos que me diste!!

 

 

Susto

 

¡¡ UH !!

Imprescindible

La camisa blanca, impoluta, almidonada, le ajusta sobre el cuerpo como una segunda piel. No sabe cuántas ha tenido, posiblemente cientos de ellas, de distintos estilos según el tiempo, pero siempre blancas. Las mangas, recogidas para que no entorpezcan su trabajo con un par de vueltas, sin llegar a los codos.

Mientras las manos van trabajando, su rictus es serio, como concentrado. Lleva horas en su puesto y no ha variado su gesto ni un segundo. Es su forma de ser, de actuar, de proceder. Aunque no siempre ha sido así.

Su mirada, de profundos ojos oscuros parece perdida en algún punto del horizonte. Si bien la baja de vez en cuando para corroborar la corrección de su trabajo, pero, una vez asegurado de ello, la vuelve a levantar y vuelve a perderla en el horizonte.

Frente a él, a escasos tres metros, se alza una pared con decenas de fotos de un pasado que, vistas las imágenes, se antoja mejor. Unas fotografías que devuelven el color del pelo, de la tez y los kilos que hace tiempo que ya ha perdido. Todas las paredes del local, mires donde mires, están repletas de fotos en las que aparece mucho mas joven, mucho más sonriente y mucho más vivo junto a ilustres personajes que visitaron su local en una época pasada. Él, desde su puesto de trabajo tras la barra, las mira, pero no las ve.

Es el dueño del local, un pequeño bar restaurante en una callejuela de la ciudad al final del camino. Pero, pese a ser el dueño, su trabajo sólo está tras la barra. Ni tan siquiera la caja la hace él. Desde hace tiempo, camareros extranjeros se ocupan de todo lo referente al despacho y atención a los clientes, desde la nota, hasta el pedido y la cuenta. Él se atrinchera tras la barra, a la que raramente accede alguien más, y se ocupa de que no falte nada desde allí.

A su izquierda, colgado sobre el micrófono de los pedidos a la cocina, un sencillo folio en un más sencillo marco lanza su mensaje: “El cementerio está lleno de imprescindibles”. Lo colgó ahí su único hijo, la noche antes de salir hacia Gabón de cooperante junto a su novio, harto de la indiferencia de su padre, harto de pasar las horas enteras en el bar porque éste no tenía tiempo para salir, harto de la no aceptación de su condición por el “qué dirán”, harto de sentirse ahogado, harto de no existir. No lo ha quitado, no se ha atrevido. Aunque no suele mirarlo, su hijo quedó muy lejos de él cuando dijo que aquella vida no era vida, que había algo más que servir mesas y que no iba a continuar con el negocio familiar. Fin del hijo.

Van pasando las horas, los clientes van pidiendo sus cuentas, pagan y se van. El local se va vaciando poco a poco. Los camareros, diligentes, recogen las mesas, limpian el suelo, sacan la basura, van preparando el cierre. Él, tras su barra, sigue impertérrito su tarea: limpiando la cafetera, arreglando las botellas de licor, rellenando de sobres de azúcar el cajón, metiendo botellas en las neveras.

Solamente al final de la noche, cuando ha comprobado que el local está totalmente vacío, cuando piensa que su trabajo diario ya está terminado, cuando sólo le queda apagar las luces, se acerca al último botellero, el de la esquina, el que está a más baja temperatura. Lo abre, mira dentro y esboza la única sonrisa del día, mientras introduce su mano lentamente hasta que acaricia la piel, fría pero todavía suave del brazo tantas veces conocido. Suspira y entre dientes, murmura “Mira, Modesta, ya ha pasado otro día, como tantos otros. Nada ha cambiado desde que te fuiste, igual que ayer, igual que mañana. Sabes que nada me apetece más que encontrarme contigo, aunque fuera de la misma forma que hiciste tú, de forma temprana por voluntad propia, pero esto no funcionaría sin mi.”

Se lleva la mano a los labios, deposita un beso sobre sus dedos y acerca éstos a esos labios, ahora fríos pero que él conoció calientes.

Cierra el botellero, vuelve a suspirar, apaga las luces y sale del local.

Mañana será otro día. Y tendrá que volver a su local para que la máquina siga funcionando.

 

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Tere, te la debía. Te lo prometí. Aquí la tienes.

Santy, en Gabón se lavan con “savon” (hablan francés).

Dolor físico

No pensé que podría ser así, no podía imaginarlo. Y más, sabiendo que fui yo el que tomó la decisión, asumiendo todas las consecuencias y siendo plenamente consciente de lo que hacía. No vale engañarme pensando que otros me influyeron a hacerlo, que me animaron a dar el paso. Fui yo, y sólo yo, quién decidió seguir adelante. 

Y, ahora, también soy yo, y sólo yo, quién lo está sufriendo. 

Y ahora estoy solo. Todos aquellos que me empujaron no están, ni se les espera. Me toca lamerme las heridas y pensar si realmente valió la pena hacerlo. 

Es un dolor físico, real. Es cómo si mil agujas se clavarán en mi ser cada vez que hago un movimiento familiar, cada vez que visito una parte de la casa, cada vez que , inconscientemente, realizo cualquier acto que, hasta ayer, hacía con total naturalidad. 

Incluso los más mínimos, me llevan a un dolor que se empeña en interrogarme si realmente valió la pena. 

No han pasado ni veinticuatro horas y aquí estoy, en la cama, tumbado mientras escribo estás letras intentando expiar mi culpa, retorciéndome a cada tecla que pulso, atormentándome al recordar el momento que decidí dar el primer paso. 

No hace ni veinticuatro horas de la carrera. 

Y estas agujetas me están matando. 

Nueva colaboración impresa

 

Cuando desde @SilencioEsMiedo me comentaron el tema del número 3 de su revista y me propusieron colaborar, no tuve ninguna duda: lo iba a hacer con uno de los relatos a los que más cariño le tengo desde que publico en el blog.

 

“Tierna mirada” surgió en la primera temporada del juego de las tres palabras gracias a la propuesta de la fantástica Rosa @mrsrosaperez, que me retó a escribir un relato que incluyera las palabras: Bicicleta, manzana y cuchara. Con ellos, escribí el texto que está incluido en la revista. Un relato de amor desde la inocencia pero con la potencia justa para llegar a los sentimientos. Cada vez que lo leo me enternece y ha sido, desde el primer día, uno de mis favoritos.

 

Desde aquí no quiero más que agradecer a @SilencioEsMiedo el que haya vuelto a contar conmigo para su fantástica revista y os animo a todos a que os la descarguéis en alguna de sus versiones que podréis encontrar en el post que se abre al pinchar en el siguiente link:

 

El silencio es miedo Nº3

 

Además del mio, podréis encontrar más relatos, poesía y artículos de ensayo que hacen de la revista una delicia para leer.

 

Si, por casualidad, me leéis desde Palencia, recordad que os podéis hacer con una copia en papel en los establecimientos colaboradores, así que no perdáis la ocasión.

 

Irreversibilidad decidida

Diario de supervivencia. Tercer día.

Hoy me he despertado con los músculos totalmente apelmazados. Me gustaría pensar que sólo he dormido una noche y que hoy es el tercer día que amanece tras la gran explosión, tal y como enumero en mi diario, pero no tengo la certeza de que así sea. Quizá haya estado varios días inconsciente, o en eso se empeñan mis músculos en convencerme cada vez que me muevo, o quizá los días y las noches ya no tengan la duración que solían tener. Tendrá que pasar más tiempo para poder averiguarlo por mi mismo.

El paisaje es, si cabe, más desolador que en mi anterior periodo de consciencia: Los troncos débiles y cortos que quedaban han desaparecido por completo, dejando el paisaje totalmente huérfano de vegetación y sólo hay una tierra yerma y suave a la vista.

Tras una mirada más amplia, he comprobado que sólo quedaba en medio de la nada el obelisco de la vieja fuente que se erige erguido sobre el terreno, pero también sin rastro del vaso que antaño refrescaba los pies de pequeños en el verano.

De repente, he sentido un ligero estremecimiento que ha recorrido el suelo, tras el cual el caño que encumbraba el obelisco ha soltado un chorro de líquido, viscoso, pastoso y blanquecino, quizá las últimas gotas que le quedaban en su interior para, a continuación, caer al suelo, perdiendo su esplendor y su firmeza, dejando el paisaje ya sin ningún punto de referencia.

Me he puesto la mano sobre la frente para intentar que los rayos del sol no castiguen más mis pupilas y he intentado escrutar el horizonte. Muy a lo lejos, justo donde parece que una cordillera se alza como un muro infranqueable, lo que parece ser una frontera de vegetación más densa se alza a la vista. No tengo claro que se trate de árboles, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de comprobarlo.

El camino se antoja muy duro, dado el extenso desierto que me separa de dicha frontera, y que tendré que recorrer bajo los rayos del sol, sin ninguna sombra a leguas que se pueda intuir ni líquido a la vista para refrescar mis pasos. Por lo menos, tengo la certeza de que la tierra que piso es llana y suave, sin accidentes y que la visión es perfecta, por lo que tampoco tengo miedo a los posibles depredadores, si es que ha quedado algún otro ser vivo tras el incidente 

Mi única esperanza es llegar y poder encontrar allí algún resquicio de la vida que aquí ha sido aniquilada, cortada casi de raíz desde su nacimiento y comprobar si existe algún otro humano además de mi persona y con capacidad para continuar la especie, porque algo me dice que yo no voy a ser capaz de ello.

Pensar que todo esto fue por mi culpa, por una decisión exclusivamente mía va a ser la mochila más pesada que voy a arrastrar a lo largo de todo el camino que recorra. Carga que tendré que llevar y que, a buen seguro, tratará de convertirse también en mi verdugo. Me aclamaré al ese cielo en el que dejé de creer hace ya mucho para no dejarme vencer por ella y lograr recomponer todo el daño que he causado. 

Maldigo el momento en que pulsé el botón de encendido, pensando que las consecuencias y los riesgos estaban controlados. Ojala pudiera volver sobre mis pasos. Pero ya es tarde. Ahora sólo queda la lucha más cruel, la que libraré contra el pasado, contra mis decisiones y contra mi culpa.

Espero poder seguir escribiendo más capítulos en este diario, por lo menos, para expiar mi alma y mostrar al mundo, si queda, mis razones para la devastación.

Escribo estas últimas líneas mientras mi frente se llena de sudor y mis pies empiezan a arder. Emprendo camino. Maldito camino.

Percepción

Rutina. Como cada día. Como algo aprendido e involuntario que hace el cuerpo de forma automática. Ahueca el cojín con un par de golpes de mano, con las palmas abiertas, sin dejar que caiga, el cojín ablandándose en el aire entre golpe y golpe. Le da una vuelta y lo deja caer sobre la almohada, como extensión de ésta. Se sienta sobre la cama y saca los pies de las zapatillas acolchadas. Se ajusta el pantalón del pijama y mete las piernas bajo las sábanas. Un breve giro hacia la izquierda buscando, a palpas, el interruptor de la lamparita que descansa sobre la mesilla de noche. Sube la mano por el cable hasta que encuentra la pequeña caja que acciona el mecanismo e ilumina la estancia. Una luz suave, directa sobre su regazo. Estira un poco más la mano hacia la izquierda hasta alcanzar el libro de ese momento. Lo lleva a su regazo y, pasando los dedos suavemente por el punto de lectura, lo abre por el lugar en el que la noche anterior le venció el sueño. Se ajusta las gafas, tose y se dispone a seguir su lectura.

Rutina. Como cada día. Desde hace mucho tiempo.

Pero, de momento, algo cambia, algo perturba su lectura. Es un chasquido de lengua, un chisteo persistente, una llamada. Levanta la vista buscando el origen del mismo y, entonces, la ve.

Está apoyada en el marco de la puerta del baño, el brazo levantado, el codo apoyado sobre la madera y la mano sobre su cabeza. Del hueco sale la luz, todavía encendida, potente, de los focos del espejo. Esa luz marca perfectamente su silueta sobre la bata de gasa que cubre su cuerpo, transparente por el efecto de la luminosidad de la estancia contigua, mucho mayor que la débil iluminación de su lamparilla de lectura.

Se quita las gafas, cierra el libro y lo deja en el punto inicial en el que lo había encontrado al llegar a la habitación. Esa noche puede esperar la lectura. No puede apartar los ojos de las curvas que se dibujan en la puerta de enfrente. Sugerentes, suaves. Recorre con la vista el contorno del brazo apoyado, la axila, la suave curva del pecho, que acentúa perfectamente la estrecha cintura, el giro hacia la cadera y las piernas.

No le ve la cara, pero intuye su sonrisa, pícara, sobre sus carnosos labios, dejando imaginar unos dientes bien cuidados. Ella puede ver perfectamente su sonrisa, lo que la empuja a bajar el brazo y, lentamente, acercarse hacia el lado de la cama en la que él la espera.

Suspira. Esos pasos ligeros, lentos. Ese movimiento de cadera cada vez que la planta del pie se apoya en el suelo. Se acerca llevando una mano apoyada en su cintura, lo que hace que su cuerpo se mueva como si bailara, como esa pareja de tango que busca el arranque del baile con movimientos sugerentes.

Llega a su altura y baja la cabeza. Suavemente, acerca los labios a su boca y deja caer el primer beso. Él nota la carne sobre sus comisuras, cómo presiona su boca. Es un beso dulce, pero a la vez húmedo, evocador, provocador. Sin que lleguen a separarse los labios llega otro beso, más fuerte, aquí ya puede notar toda la carne de los labios. Carne dura, pero suave. Unos labios carnosos, hambrientos de otros que le devuelven el movimiento.

No separa los labios y, con un rápido movimiento, sube a la cama y se sienta a horcajadas sobre él, que nota la presión por debajo de su ombligo. Lentamente empieza a mover la cadera y él le responde haciendo lo propio con la suya. Mientras, le ha cogido con ambas manos por el cuello y le ha subido la cabeza, haciendo que él separe la espalda del cabecero de la cama y la yerga sobre la almohada y el cojín, todo para responder a los besos, que se han intensificado al entrar en juego las lenguas, que pelean entre ellas por entrar a conquistar la boca del otro.

Una breve presión hace que él tenga que volver a echar el cuerpo hacia atrás, ella ha separado su cabeza y, con sus manos, busca los botones del pijama que tapa el pecho de él, que ya sube y baja en un compás agitado por la respiración. Sin dejar de mover las caderas, va desabrochando lentamente los botones, uno a uno hasta llegar al último, que se esconde un poco por debajo del ombligo, cerca del sitio en el que sus sexos están rozando, lo que obliga a parar el baile por un instante. La tregua es corta, pues el movimiento vuelve cuando ambos lados del pijama caen y dejan todo el torso masculino al descubierto, predispuesto a dejarse acariciar en círculos por las suaves yemas de los dedos de ella, que recorren los laterales de las costillas, rodean el pecho y suben hasta los hombros, en un recorrido estremecedor que hace erizar los poros de una piel que ya estaba a la espera.

Ella se incorpora, endereza su espalda y cruza las manos por su cintura para, con el movimiento típico femenino, lleno de sensualidad y delicadeza, quitarse la camiseta. Él aprovecha el momento para posar sus manos sobre la delicada cintura, notar con las yemas de sus dedos el raso de las braguitas, hundir un poco sus dedos sobre el elástico de éstas y recorrer todo el contorno hasta el ombligo. De ahí, sin dejar de disfrutar de la suave piel, cubre la distancia que separa la cintura de los tersos pechos lentamente, dejando que la piel de sus manos resbale por cada centímetro del torso que ella le ofrece y disfrute de cada milímetro conquistado.

Los pechos, generosos, firmes, llenan las palmas de sus manos que, en forma de cuenco, los abarcan, los aprietan, los juntan, los acarician. Nota el gemido cuando, con ambas manos, rodea los pezones y los pellizca suavemente, notando cómo se endurecen, como se ofrecen erectos a una caricia cada vez más potente.

El baile se ha ido acelerando, el roce se ha intensificado, el movimiento se ha hecho más salvaje. Los gemidos, las respiraciones, las pulsaciones han hecho lo propio. Los cuerpos van respondiendo. Es el momento. Un leve empujón, una caricia más fuerte y el cuerpo de ella se desploma sobre el otro lado de la cama. Abre las piernas y él se incorpora. Ahora le toca a él marcar el ritmo. Desde arriba, vuelve a buscar el roce, reanudar el movimiento, seguir la danza.

Apoya las manos a ambos lados de los hombros de ella, que sube las manos hasta su cuello y entrelaza sus dedos. Sus cabezas quedan a pocos centímetros. Sus miradas se encuentran, al igual que sus sonrisas. Y se vuelven a ver como la primera vez, hace ya cincuenta años, tal día como esa noche, al principio de verano. Esa primera vez en que sus cuerpos se encontraron sin tela de por medio y sus miradas estuvieron una encima de la otra a escasos centímetros y sus sonrisas se hablaron.

Cincuenta años que a él se le han pasado en un suspiro, en los que sus vidas y las de su entorno han cambiado pero en los que, para él, ella no ha cambiado ni un ápice, por mucho que las fotos digan lo contrario: la misma piel, los mismos pechos, la misma cintura, la misma cadera. Cincuenta años viendo un cuerpo perfecto entre sus brazos, disfrutando de una piel tersa entre sus dedos, recorriendo unas curvas suaves entre sus manos.

Cincuenta años con una única percepción, aquella que le volvió loco cuando la tuvo frente a sus ojos y sonrió. Como ahora. Como siempre.

 

Hipnotizado

- Y, a ver si te dejas caer por aquí con más frecuencia, que desde que estás con esa casi no te veo.

- ¡Lola, pero si vine la semana pasada!

- Pues, a mi, se me ha hecho muy largo.


Lo dejó caer en un susurro, acercándose a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó hacia la barra, tarareando esa canción que ya no sonaba en la gramola pues se había estropeado de tanto ponerla para bailar pegados cuando cerraba el bar, y dejando a Nolo sin saber que hacer con la cucharilla del carajillo, mirando cómo movía las caderas al alejarse, hipnotizado como tantas otras veces.

El silencio es miedo

Que, en los tiempos que corren, alguien se dedique a editar una revista en papel, gratuita y literaria es para pensar que aún quedan locos románticos que hacen de este mundo un lugar mejor.

Que, además, te den la oportunidad de participar en ella y formar parte de este maravilloso proyecto es todo un placer y un gran honor.

“Un mal día” es el relato con el que participo en este número y que podréis leer si os descargáis la revista.

Por todo eso no puedo dejar de compartir desde aquí este proyecto para difundirlo e intentar poner mi pequeño grano de arena para que crezca y se consolide.

Podéis conseguir la revista en formato digital en estos enlaces:

Versión digital

Versión PDF para imprimir

Pero, si estáis por Palencia, hay varios sitios en los que se puede conseguir físicamente y de forma gratuita. Corred a por ellos.

Y, por supuesto, no dejéis de visitar el blog “El silencio es miedo”. Ahí encontraréis más información sobre este número 2 de la revista, todos los que en ellos hemos colaborado y muchos otros textos que vale la pena leer.

 

 

Encuentro en otoño

Charco

 

Le gustaba el otoño. Sabía que había mucha gente que lo consideraba gris, la puerta de entrada a un invierno frío y oscuro. Pero a ella le encantaba esa época del año, sobre todo por sus colores. Ver cómo las hojas de los árboles se iban tiñendo poco a poco de ocre para caer al suelo, dejando el esqueleto de sus moradas al aire mientras, atrás, y sobre otros árboles se podía observar todavía todo el abanico cromático.

No era pintora, no se veía capaz de trazar dos líneas coherentes sobre un papel, admiraba la destreza de muchas personas para plasmar las imágenes sobre un lienzo. En estos momentos, sentada en la terraza de aquella cafetería, admiraba un charco formado por las lluvias de la noche anterior sobre el que habían caído varias hojas de varios colores, una de las cuales lo había evitado para posarse sobre la acera. Le sorprendía el color verde de la díscola, aquella que el aire había indultado de caer sobre la superficie mojada, contrastado con el tierra de aquellas otras ya en el final de su vida.

Una ráfaga de aire frío la estremeció. Pese al sol que ese día se había escapado entre las nubes que habían dominado toda la semana, el viento continuaba siendo fresco, obligando a los paseantes ocasionales a cubrir sus cuerpos con ropa de abrigo.

El camarero le dejó sobre la mesa un café humeante. Dio las gracias con una sonrisa, que éste le devolvió. Aprovechó el primer trago para dar una vuelta con su vista por la calle. Desde la terraza de la cafetería se podía observar el adoquinado brillante que recorría toda la cuesta hasta la plaza en la que desembocaba aquel carril. Frente a ella, el parque central dejaba gotear el agua acumulada en los árboles hacia sus calles de tierra, dejando a su paso una sensación de frescor.

La mirada se detuvo en el banco que había frente a ella. Sentado, con unos tejanos y una chaqueta de cuero marrón estaba él. En sus manos, un libro de tapas rojas, aquel sobre el que tanto habían estado hablando en la red y que les sirvió de excusa para entablar una conversación que, poco a poco, fue derivando de lo literario a lo personal. Un libro que ambos tomaron como símbolo y que él decidió que fuera la señal para conocerse en personal.

Con tranquilidad, se abrió los dos primeros botones del su abrigo y sacó su bufanda blanca, dejándola caer por el cuello.

Él, que paseaba la vista también por la calle, la fijó en ella y sonrió. Había captado la contraseña. Se levantó y empezó a caminar hacia la cafetería.

A ella le sirvió para observarlo. Ni alto, ni bajo, delgado pero no famélico. Unos rizos castaños le caían desordenados por el principio de la nuca, una concesión a una juventud que empezaba a irse, si realmente tenía la edad que le había confesado por la red. Bien vestido, pero informal, destacaba sobre él la chaqueta de cuero en la que ya había reparado anteriormente y que le quedaba como un guante. Su sonrisa se amplió al ir a cruzar la calle, inundando por completo la visión y haciendo que ella no pudiera fijarse en nada más.

Al subir a la acera en la que se encontraba la cafetería esquivó la hoja verde que ella había estado observando para no pisarla, como si intuyera la belleza que ella había visto en dicha hoja y no quisiera estropearla.

Llegó a su altura y se paró a escasos centímetros de ella. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio, dejando que las miradas hablaran entre sí. Segundos que se hicieron eternos.

En un momento dado, él bajó su cara y, suavemente, la besó en los labios.

Fue un beso largo, dulce, suave, en el que se juntaron el sabor a café de ella con el del caramelo que él se había tomado minutos antes para combatir el posible mal aliento.

Ella cerró los ojos, dejándose llevar por su sentido del gusto, saboreando el instante, llenando su mente de las sensaciones que, en aquel momento, inundaban todo su cuerpo.

Igual de lento, igual de suave, él separó sus labios. Y volvieron las miradas. Ella se dio cuenta de que estaba sonriendo sólo con mirarle a los ojos. Él le devolvió la sonrisa.

Él rompió el silencio. No hubo un saludo, ni una sorpresa, simplemente, dejó que su voz expresara el momento:

el cuarteto de Alejandría

– Pero ha ocurrido.

– Claro que ha ocurrido. Era lo que tocaba. Ya se hacía inevitable.

– ¿Y ahora?

– Tendremos que improvisar. La imaginación ya ha hecho que esto haya sucedido. Tendremos que ver si también hemos seguido imaginando de igual forma.

– Yo estoy dispuesto a seguir imaginando.

– Ya lo estás haciendo o no te habrías acercado.

Él pasó su mano con delicadeza sobre el rostro de ella, acariciándolo. Ella volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar. Al llegar a la mandíbula la separó y ella abrió los ojos. Las miradas se volvieron a encontrar y siguieron fijas mientras él cogía la silla y se sentaba frente a ella, a la otra parte de la mesa.

Sin dejar de sonreír abrió el libro, justo por una página que tenía señalada por la esquina, doblada.

Puso su dedo sobre un párrafo y empezó a leer sin mirarlo, de memoria, recitando mientras sus ojos, también de color otoño, se encontraban en los de ella:

– “Y el tiempo, implacable, cruel, despiadado en su continuo devenir se apiadará de ellos, regalándoles una ligera concesión para que sus vidas, hasta entonces separadas, puedan, aunque sea por un instante, fluir juntas…”

Ella sonrió, e hizo que su voz se uniera en la lectura de un libro ya conocido de memoria por las veces releído, acabando el párrafo a dos voces:

– “… Haciendo que un segundo se convirtiera en eterno y juntando la eternidad en un segundo, para que sus almas, pasara lo que pasara después, siempre vivieran en ese instante”

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De vez en cuando, alguien te incita, te provoca para que tu imaginación no pare y plasmes sobre el papel lo que ella te dicta.

En esta ocasión fue Moli (@molinos1282) la que, a través de twitter compartió este enlace,  me llevó a ello y aquí está el resultado.

Por cierto, aunque no creo que nadie de los que aquí venís no lo conozca, id corriendo a visitar su blog, www.cosasqmepasan.com, aún a riesgo de quedaros enganchados a él.

Por cierto, la imagen es de un cuadro de Richard Combes