Paseo por el paraíso

Lily_Beach_Maldivas

Quizá fue la luna, la noche, las estrellas…

Quizá fue la playa, la arena, la espuma…

Quizá fue la paz, la tranquilidad…

Quizá fueron los paseos a la luz de la luna…

O quizá que, cuando fuimos, yo ya estaba enamorado de ti…

 

Al compás de las olas

 

La luna brillaba en todo su esplendor sobre el horizonte, dejando una estela color plata que cruzaba en línea recta sobre las olas del mar en calma hasta la orilla de la playa.

Sobre la arena, unos pies desnudos bailaban lentamente al compás de una canción que salía de la terraza de un restaurante cercano, meciendo dos cuerpos que se movían como uno sólo, perfectamente sincronizados con la música.

La mano derecha de él acariciaba la cintura de ella, justo por el lugar en el que empieza la espalda, que dejaba al aire el escote trasero del vestido de ella, ajustado como un guante a unas curvas perfectamente esculpidas por la naturaleza.

La mano izquierda sujetaba sobre su hombro la mano derecha de ella, suave como la brisa que acariciaba sus cuerpos, y que ella mantenía abierta sobre la solapa de su esmoquin, acariciando el raso de ésta con leves movimientos que conseguían traspasar la tela llegando a la piel de su compañero de danza.

En un momento dado, ella soltó sus manos que la acompañaban en el baile para, lentamente, subirlas hasta llegar a la nuca de su pareja, juntándolas allí y apoyando su cabeza sobre el pecho de él, quien aprovechó para acercar su mano hacia la nuca, dejando que sus dedos se entrelazaran por los suaves rizos de su cabellera, que lucía más oscura a la luz de la luna.

Ella separó su cabeza al contacto y sus miradas se cruzaron, quedándose fijas mientras los cuerpos seguían moviéndose.

Ella deslizó la mano hasta llegar al cuello de su acompañante y, lentamente, deshizo el lazo de su pajarita, dejando que ambos extremos de la misma colgaran por la blanca camisa.

Sonrió, viendo como su acompañante también sonreía. Sabía que a Nolo lo acostumbraría a muchas cosas en su nueva vida, pero nunca al nudo de una corbata.

Suena la música

Trombon ceutí

Suena la música. Los comulgantes desfilan por las calles de Ceutí hacia la iglesia.

No todo sonríen. Se ven muchos nervios. Es su día. Van pasando calles, saludando, disfrutando.

Al llegar a la plaza de la iglesia paran, esperando que les llamen para su momento.

La música sigue sonando.

Y, bajo el campanario, Nico la escucha.

Negro sobre blanco (y X)

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Fotos Sobre Nolo

Sara gritó, llevándose las manos  a la boca e, inmediatamente, se lanzó hacia el cuerpo de Nolo, que yacía inmóvil en el suelo.

Se agachó con miedo y le puso la mano sobre la cara. Nolo abrió los ojos encontrándose con los suyos. Su respiración era agitada, mezcla de la adrenalina y el cansancio de la lucha con Andrés.

Sara rompió a llorar, liberando todos los nervios que llevaba acumulados. Nolo se incorporó y miró hacia su lado izquierdo. Allí estaba el cuerpo de Andrés. Finalmente, había podido girar la pistola hacia su cuello y había apretado el gatillo. La bala había entrado justo por debajo de la barbilla, dejando un agujero considerable del que salía la sangre que iba tiñendo el suelo de color rojo brillante. La detonación le había manchado a Nolo la cara y la camisa de rojo, dejándole ésta como si estuviera totalmente rota, desfigurada, pero no tenía un rasguño.

Nolo giró su cara hacia el otro lado, allí estaba Sara, de rodillas junto a él. Tenía la cara tapada con sus manos, ocultando un llanto que le hacía hipar. Suavemente deslizó su mano hacia el rostro de Sara, haciendo que ésta descubriera su cara. Nolo puso su mano sobre la mejilla derecha de Sara, y empezó a acariciarle la cara con el pulgar, apartando las lágrimas que salían de sus ojos y mezclándolas con la sangre de su mano.

- ¿Estás bien? – Preguntó.

Sara no contestó, simplemente movió la cabeza arriba y abajo, lentamente, aspirando aire sonoramente por la nariz. Una leve presión de la mano de Nolo hizo que echara su cabeza hacia delante, al mismo tiempo que Nolo también acercaba la suya. Sus labios se encontraron a mitad del camino.

Fue un beso largo, suave y húmedo. La sal de las lágrimas acentuó el sabor metálico de la sangre y ambos líquidos, junto con la saliva, hicieron que los labios resbalaran uno sobre el otro, sin dejar ni un sólo milímetro de ambos sin probar el sabor de los otros.

Nolo separó lentamente su cabeza, y empezó a pasar su dedo pulgar sobre los labios de Sara, que se dejaron hacer, limpiando los restos de la sangre que había dejado. En todo momento, la miraba fijamente a los ojos.

Esbozó una sonrisa, que se contagió en los labios que acababa de dejar de besar.

- Deberías llamar a la policía – Dijo, en voz baja – Mejor que lo hagas tu, yo me implicaría demasiado.

Sara asintió y se levantó, dirigiéndose hacia el teléfono que estaba sobre la librería. Nolo la vio alejarse. Incluso en aquel momento, con la tensión y la escena que allí había, su porte era majestuoso, firme.

“Toda una señora”, pensó Nolo.

 

FIN

El escritor (Fragmento 4)

Hacía frío allí dentro. Siempre lo había hecho. Desde que tenía la casa recordaba el panteón como un lugar frío. Ya de pequeño se escondía en él en verano, cuando quería estar sólo. Con sus cuartillas y sus lápices afilados. Aquellos nichos le inspiraban para escribir y sabía que nadie lo molestaría allí.

Pese al tiempo que la casa había pertenecido a su familia, el lugar no estaba lleno, todavía quedaban algunos huecos esperando inquilino. Sin embargo, todos ellos tenían la tapa preparada, sin nombre, con una placa de mármol impoluta.

Escogió la que le vino más cómoda para depositar el cuerpo. Las llaves de todas ellas estaban colgadas junto a la puerta y tardó un rato en encontrar la que quería. “He de ponerles nombre a los llaveros”, pensó.

Justo antes de cerrar, le dio un último beso en la frente, ya fría. Una despedida rápida, le quedaba mucha sangre por limpiar. Así que cerró la puerta del nicho, salió del panteón y se dirigió hacia la casa.

“Tengo que controlar esos prontos”, dijo en voz baja, “con ésta ya estoy empezando a quedarme sin sitio”.

Entró en la casa y empezó a limpiar.

 

Negro sobre blanco (IX)

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Fotos Sobre Nolo

- No nos pongamos nerviosos, Andrés. Baja el arma y resolvamos esto con tranquilidad – Dijo Nolo, levantando levemente las manos y dando un paso al frente.

Sin embargo, frenó al ver cómo el cañón de la pistola giraba hasta apuntar hacia su cabeza. Pero no fue eso lo que más le asustó, sino la cara de su oponente, en la que se dibujaba una amplia sonrisa.

- Nolo, Nolo, Nolo – Dijo, sin mutar la sonrisa de su rostro – ¿Sabes?, realmente no sé si darte las gracias por recuperar el manuscrito y facilitarme las cosas o reirme abiertamente de tu ignorancia. Te creía más listo, más capacitado para deducir ante un crimen.

Nolo miró hacia la otra parte de la habitación, y la vio a ella, desolada, con la mano todavía en la boca y dejando que una primera lágrima recorriera el rostro.

- ¿De veras pensabas que Sara había matado a la pobre chica? – continuó Andrés, señalando con el cañón de la pistola alternativamente a los dos – En serio, que ingénuo. Ella es incapaz de eso, sin embargo, si que es capaz de utilizar el manuscrito que tu le estabas facilitando para hundirme y quedarse con todo, ¿no es así, querida?. Tu codicia te pierde.

- Hijo de puta – Gritó ella desde la otra punta de la habitación.

- Ey, Ey… tranquila – le respondió Andrés – A todos nos salen mal los planes de vez en cuando.

- ¿Qué pasó, entonces? – Preguntó Nolo.

- Lo normal. La chica me ayudó con el manuscrito, era buena escribiendo, muy buena. Pero luego pidió más de lo que debía. Me amenazó con denunciarme por plagio, por hundirme. El resto, fue sencillo. Muy similar a lo que has leído, una cena que parecía para sentar las bases del negocio, pero no hubo un cuchillo, sino una caricia por el cuello que se volvió más fuerte y un cuerpo dónde ya conoces.

- ¿Y ahora?, ¿qué piensas hacer?, ¿nos matarás a ambos? – Preguntó ella, con la voz temblorosa por el llanto.

- Buena pregunta, Sara. Con Nolo lo tengo claro, hay sitio ahí fuera para otro cuerpo. La duda la tengo contigo, tendrás que convencerme de que puedo confiar en que no abrirás la boca.

Dio un paso al frente, hacia ella. Nolo, que estaba junto a la mesa, aprovecho para coger el manuscrito y lanzarlo con fuerza hacia su cara. Él reaccionó tarde y el disparo dio de lleno en los folios que llegaban volando, dejando una estela de pequeños papeles blancos inundando la habitación. En plena confusión, Nolo saltó hacia delante, con fuerza, cayendo sobre el cuerpo de Andrés y haciendo que ambos se precipitaran hacia el suelo.

Forcejearon en el suelo, rodando mientras Nolo sujetaba con fuerza las manos de Andrés, que luchaba por quitárselo de encima.

El segundo disparo sonó más sordo, más amortiguado que el primero, apagado por el peso que en ese momento estaba sobre la pistola.

El cuerpo de Nolo, tras un segundo eterno, se desplomó sobre el suelo, al lado del de Andrés, mientras, bajo su hombro izquierdo se iba formando un charco de sangre, roja, brillante, y que iba ocupando poco a poco el suelo del salón.

Continuará…

 

Negro sobre blanco (VIII)

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Fotos Sobre Nolo

 

No tuvo que esperar mucho tiempo. Puntual, tal y como se esperaba, entró por el camino con su coche, un todo terreno impecable, nuevo. Esta vez conducía ella, sin chófer, no como en la última vez que la había visto.

Aparcó frente a la puerta y bajó. Nolo suspiró, estaba espectacular. Pantalón vaquero, ceñido pero sin exagerar; botas de media caña, son un poco de tacón, el justo para marcar sus largas piernas; camisa blanca de seda, con una caída que marcaba su pecho y que le pasaba de la cintura y el pelo suelo, sobre los hombros.

Cerró el coche y se dirigió hacia el porche. No había acabado de subir cuando, mirando directamente a los ojos de Nolo preguntó:

- ¿Has traído el manuscrito?

- Yo también me alegro de volver a verte. Buenas noches – Contestó Nolo.

- Déjate de idioteces. Lo que me has contado por teléfono es muy grave. ¿Lo tienes?

- ¿Pasamos y te lo cuento dentro?

Ella lo miró fijamente y sacó un llavero de su bolsillo. Se acercó a la puerta y la abrió.

- Por favor, si me hace el honor – dijo con una media sonrisa.

Nolo le devolvió la sonrisa y entró. Ella siguió sus pasos y le indicó el salón. Al llegar Nolo dejó sobre la mesa el manuscrito. Ella lo cogió y leyó lentamente el título de la portada: “El escritor”.

- Ahí lo tienes. ¿Te cuento la historia?, aunque no creo que te haga falta, te la conoces de memoria. Es la coartada perfecta para deshacerte de la amante de tu marido. ¿Cuándo pensabas dársela a la policía?

- ¿Qué coño dices? – Dijo – ¿De qué estás hablando?

- No te hagas la tonta conmigo – Respondió Nolo – He conocido muchas como tu en mi vida de policía. Una venganza por celos, la culpa al marido, se quedan con su fortuna. Tu, además, tenías el libro. Jugada redonda.

- Te has vuelto loco, Nolo. Yo no he matado a nadie. ¿Han encontrado a esa chica muerta?

- Todavía no, hasta que tú digas dónde la escondiste. Que, supongo, será dónde dice ahí, no muy lejos de mi.

- Escúchame, Nolo, no se de qué hablas.

- ¿No?, Si quieres te lo resumo. Aprovechas un viaje de tu marido para, haciéndote pasar por él, invitar a la chica a esta casa. Ella se piensa que será como muchas otras veces que ha venido aquí, una cena con velas, una noche romántica. Pero aquí no la espera tu marido, sino tu. ¿Cómo la mataste?, eso no lo sé, espero que me lo digas. Luego la escondes dónde dice el libro y, pasados unos días llamas a la policía y le cuentas que has encontrado el manuscrito y que crees que tu marido se ha basado en él para matarla. Todo cuadra.

- Te has vuelto loco – dijo ella, lentamente – Completamente loco. ¿Tienes alguna prueba de lo que dices?

- Yo no, pero igual tu marido quiere preguntarte algo más.

Se abrió la puerta de la cocina, a espaldas de Nolo, y por ella apareció su marido. Ella se echó las manos a la boca, ahogando un grito.

Nolo la observaba, sin quitar la vista de su cara, quería ver su reacción, quería ver cómo se desmoronaba, interpretando el grito como una muestra de ello. Por eso, no había visto cómo el marido avanzaba hacia ellos, lentamente, sosteniendo una pistola en su mano derecha.

Ella lo señaló, pero para cuando Nolo se giró, el cañón ya apuntaba directamente a la cabeza de su acompañante.

Continuará…

Negro sobre blanco (VII)

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Fotos Sobre Nolo

No le hizo falta mirar el reloj, el suave ronroneo de un motor le avisó que la hora de la cita había llegado. Levantó la vista y vio acercarse por el camino un deportivo de gama alta. Su primera cita había llegado.

El coche giró al llegar a la casa y, lentamente, se dirigió hacia la parte de atrás, en la que se encontraban los garajes que Nolo había visto en su inspección anterior. Nolo se levantó del asiento y fue hacia allí, siguiendo con su vista el trayecto del coche.

Llegó al garaje justo cuando él estaba cerrando la puerta del coche. Nolo se acercó, pese a haberlo visto tantas veces, haberlo fotografiado, haberlo seguido, nunca había estado tan cerca de él. La verdad es que llenaba la estancia con su presencia. Era una de esas personas que transmiten confianza, aplomo y Nolo lo sintió. Su mirada, penetrante; su expresión, seria; su semblante, altivo hubieran intimidado a cualquiera. Nolo no se arrugó, estaba acostumbrado a tratar con gente de la peor calaña por muy bien vestidos que estuvieran. Sin embargo, aquel no era el caso. Su mirada, aunque fría, no denostaba maldad.

Nolo dio un paso al frente y se le acercó, con la mano estirada. Él le devolvió el saludo con un apretón también firme. No dio tiempo a preámbulos, sin soltar la mano preguntó:

- ¿Por qué debo creerle? Todavía no se porqué he venido.

- No tendrá que creerme a mi – Respondió Nolo – Lo podrá escuchar de primera mano en la voz de su mujer.

- ¿Ha quedado con ella?

- Sí, con la excusa del manuscrito he quedado aquí, en media hora. De ahí que también lo hiciera con usted un poco antes. Quería que lo escuchara.

- Comprenda mi incredulidad. Su acusación es muy grave, y más, haciéndola hacia mi mujer.

- Lo se. Se lo que hago. Confíe en mi. En un rato usted mismo lo podrá comprobar y podrá tomar sus propias decisiones.

- Entonces, su plan es que yo esté presente en la conversación.

- No. Lo mejor es que nos escuche sin que le veamos, dejando que su mujer confiese creyendo que nadie la escucha. Le he traído una grabadora, para que la pueda llevar y grabar la conversación. Le servirá de prueba en la policía.

Se miraron a los ojos, sosteniendo la mirada. Él suspiró, soltando, por fin, la mano de Nolo. Bajó la cabeza y la movió.

- Lo siento, me cuesta creer que ella fuera capaz de hacer tal cosa. Una parte de mi desea que sea verdad, para acabar con este calvario, pero la otra me impide pensar que sea como me lo ha contado. Todavía me debato entre creerle o irme por donde he venido. ¿Qué gana usted con todo ésto?

Nolo levantó el labio, una media sonrisa de complicidad, de comprensión, de acercamiento.

- Hace tiempo, mi hija desapareció. Al final la encontraron, había sido asesinada. Como policía no fui capaz de hacer nada por evitarlo. Simplemente me he puesto en el papel de los padres de esa chica. Me sobra con ahorrarles el sufrimiento de la espera, aún a costa de certificarles la muerte de su hija.

Él asintió, comprendiendo. Le puso la mano en el hombro y dijo:

- Lo lamento, mucho. De acuerdo, voy a confiar. Cuénteme su plan.

Salieron del garaje y se dirigieron hacia la casa. Durante el trayecto, Nolo le fue explicando los pormenores del plan que había trazado y que le llevarían a resolver el caso cerciorándose de lo que había leído.

Continuará…

CRUCE

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Te cruzaste en mi vida, obligándome a elegir la vía por la que circularía el tren de mi vida.

Sonrisa obligada

Como cada día, suena el despertador. Me levanto, voy al baño, me echo agua fría en la cara y me miro al espejo mientras dejo que las gotas resbalen por mi piel.

Como cada día, me quedo unos segundos mirando mi expresión en el espejo, haciendo balance del día anterior, del descanso obtenido y pensando lo que, espero, me depare el día que entonces empieza.

Sin embargo, hoy ha habido algo distinto: Antes de coger los utensilios para afeitarme, he seguido un poco más viendo mi cara reflejada y me he obligado a sonreír. De varias formas; con la boca más abierta o cerrada, enseñando los dientes, escondiéndolos, forzando los labios… De varias maneras y durante un buen rato, me he obligado a sonreír.

Y es que llevo unos días de bajón, triste, deprimido, sin ganas de nada, ni de escribir, ni de crear, ni de fotografiar. Parece que mi creatividad, tanto profesional como personal se ha ido, se ha esfumado, dejándome huérfano de letras, miradas, números e ideas.

Y realmente me extraña, pocas veces me había pasado el tener una sequía de estas dimensiones. Habitualmente, cuando estoy triste es cuando mejor salen las palabras de mi imaginación y se plasman en letras sobre el teclado, dejando relatos que fluyen por lo más oscuro de mi ser. Es en esos momentos de bajón cuando parece que las ansias de contar historias, de narrar situaciones, se apodera de mi, dejando que bailen mis dedos sobre las teclas al son de un cerebro lúcido, rápido. Suelen ser mis mejores relatos, los más completos, los más perfectos, aquellos con los que más disfruto con su lectura posterior.

Sin embargo, hoy no he querido seguir la tendencia y me he obligado a pensar en positivo, a sonreír, a ver la vida con alegría. He querido dejar de lado todas esas maravillosas historias que escribo cuando estoy deprimido, y que hablan de desamor, violencia, asesinatos, suicidios y sangre.

Porque, eso si, cuando estoy triste escribo, y mato.

¿Y por qué no quiero que sea así?

Porque el problema es que no siempre es en ese orden.

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Este breve relato está escrito junto a una copa de Cardhu con hielo, como bien me aconsejaron que hiciera @inesbajo, @bebra_enf y @dtorresd6

Va por ellos.