El silencio es miedo

Que, en los tiempos que corren, alguien se dedique a editar una revista en papel, gratuita y literaria es para pensar que aún quedan locos románticos que hacen de este mundo un lugar mejor.

Que, además, te den la oportunidad de participar en ella y formar parte de este maravilloso proyecto es todo un placer y un gran honor.

“Un mal día” es el relato con el que participo en este número y que podréis leer si os descargáis la revista.

Por todo eso no puedo dejar de compartir desde aquí este proyecto para difundirlo e intentar poner mi pequeño grano de arena para que crezca y se consolide.

Podéis conseguir la revista en formato digital en estos enlaces:

Versión digital

Versión PDF para imprimir

Pero, si estáis por Palencia, hay varios sitios en los que se puede conseguir físicamente y de forma gratuita. Corred a por ellos.

Y, por supuesto, no dejéis de visitar el blog “El silencio es miedo”. Ahí encontraréis más información sobre este número 2 de la revista, todos los que en ellos hemos colaborado y muchos otros textos que vale la pena leer.

 

 

Encuentro en otoño

Charco

 

Le gustaba el otoño. Sabía que había mucha gente que lo consideraba gris, la puerta de entrada a un invierno frío y oscuro. Pero a ella le encantaba esa época del año, sobre todo por sus colores. Ver cómo las hojas de los árboles se iban tiñendo poco a poco de ocre para caer al suelo, dejando el esqueleto de sus moradas al aire mientras, atrás, y sobre otros árboles se podía observar todavía todo el abanico cromático.

No era pintora, no se veía capaz de trazar dos líneas coherentes sobre un papel, admiraba la destreza de muchas personas para plasmar las imágenes sobre un lienzo. En estos momentos, sentada en la terraza de aquella cafetería, admiraba un charco formado por las lluvias de la noche anterior sobre el que habían caído varias hojas de varios colores, una de las cuales lo había evitado para posarse sobre la acera. Le sorprendía el color verde de la díscola, aquella que el aire había indultado de caer sobre la superficie mojada, contrastado con el tierra de aquellas otras ya en el final de su vida.

Una ráfaga de aire frío la estremeció. Pese al sol que ese día se había escapado entre las nubes que habían dominado toda la semana, el viento continuaba siendo fresco, obligando a los paseantes ocasionales a cubrir sus cuerpos con ropa de abrigo.

El camarero le dejó sobre la mesa un café humeante. Dio las gracias con una sonrisa, que éste le devolvió. Aprovechó el primer trago para dar una vuelta con su vista por la calle. Desde la terraza de la cafetería se podía observar el adoquinado brillante que recorría toda la cuesta hasta la plaza en la que desembocaba aquel carril. Frente a ella, el parque central dejaba gotear el agua acumulada en los árboles hacia sus calles de tierra, dejando a su paso una sensación de frescor.

La mirada se detuvo en el banco que había frente a ella. Sentado, con unos tejanos y una chaqueta de cuero marrón estaba él. En sus manos, un libro de tapas rojas, aquel sobre el que tanto habían estado hablando en la red y que les sirvió de excusa para entablar una conversación que, poco a poco, fue derivando de lo literario a lo personal. Un libro que ambos tomaron como símbolo y que él decidió que fuera la señal para conocerse en personal.

Con tranquilidad, se abrió los dos primeros botones del su abrigo y sacó su bufanda blanca, dejándola caer por el cuello.

Él, que paseaba la vista también por la calle, la fijó en ella y sonrió. Había captado la contraseña. Se levantó y empezó a caminar hacia la cafetería.

A ella le sirvió para observarlo. Ni alto, ni bajo, delgado pero no famélico. Unos rizos castaños le caían desordenados por el principio de la nuca, una concesión a una juventud que empezaba a irse, si realmente tenía la edad que le había confesado por la red. Bien vestido, pero informal, destacaba sobre él la chaqueta de cuero en la que ya había reparado anteriormente y que le quedaba como un guante. Su sonrisa se amplió al ir a cruzar la calle, inundando por completo la visión y haciendo que ella no pudiera fijarse en nada más.

Al subir a la acera en la que se encontraba la cafetería esquivó la hoja verde que ella había estado observando para no pisarla, como si intuyera la belleza que ella había visto en dicha hoja y no quisiera estropearla.

Llegó a su altura y se paró a escasos centímetros de ella. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio, dejando que las miradas hablaran entre sí. Segundos que se hicieron eternos.

En un momento dado, él bajó su cara y, suavemente, la besó en los labios.

Fue un beso largo, dulce, suave, en el que se juntaron el sabor a café de ella con el del caramelo que él se había tomado minutos antes para combatir el posible mal aliento.

Ella cerró los ojos, dejándose llevar por su sentido del gusto, saboreando el instante, llenando su mente de las sensaciones que, en aquel momento, inundaban todo su cuerpo.

Igual de lento, igual de suave, él separó sus labios. Y volvieron las miradas. Ella se dio cuenta de que estaba sonriendo sólo con mirarle a los ojos. Él le devolvió la sonrisa.

Él rompió el silencio. No hubo un saludo, ni una sorpresa, simplemente, dejó que su voz expresara el momento:

el cuarteto de Alejandría

– Pero ha ocurrido.

– Claro que ha ocurrido. Era lo que tocaba. Ya se hacía inevitable.

– ¿Y ahora?

– Tendremos que improvisar. La imaginación ya ha hecho que esto haya sucedido. Tendremos que ver si también hemos seguido imaginando de igual forma.

– Yo estoy dispuesto a seguir imaginando.

– Ya lo estás haciendo o no te habrías acercado.

Él pasó su mano con delicadeza sobre el rostro de ella, acariciándolo. Ella volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar. Al llegar a la mandíbula la separó y ella abrió los ojos. Las miradas se volvieron a encontrar y siguieron fijas mientras él cogía la silla y se sentaba frente a ella, a la otra parte de la mesa.

Sin dejar de sonreír abrió el libro, justo por una página que tenía señalada por la esquina, doblada.

Puso su dedo sobre un párrafo y empezó a leer sin mirarlo, de memoria, recitando mientras sus ojos, también de color otoño, se encontraban en los de ella:

– “Y el tiempo, implacable, cruel, despiadado en su continuo devenir se apiadará de ellos, regalándoles una ligera concesión para que sus vidas, hasta entonces separadas, puedan, aunque sea por un instante, fluir juntas…”

Ella sonrió, e hizo que su voz se uniera en la lectura de un libro ya conocido de memoria por las veces releído, acabando el párrafo a dos voces:

– “… Haciendo que un segundo se convirtiera en eterno y juntando la eternidad en un segundo, para que sus almas, pasara lo que pasara después, siempre vivieran en ese instante”

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De vez en cuando, alguien te incita, te provoca para que tu imaginación no pare y plasmes sobre el papel lo que ella te dicta.

En esta ocasión fue Moli (@molinos1282) la que, a través de twitter compartió este enlace,  me llevó a ello y aquí está el resultado.

Por cierto, aunque no creo que nadie de los que aquí venís no lo conozca, id corriendo a visitar su blog, www.cosasqmepasan.com, aún a riesgo de quedaros enganchados a él.

Por cierto, la imagen es de un cuadro de Richard Combes

Sé que esperas un “Te quiero”

Estimada Clara:

Por fin, tras mucho tiempo meditando y pensando, me he decidido a escribirte estas palabras. Tenía mis sinceras reservas, pero he llegado a la conclusión de que no debía tener miedo a escribirlas puesto que dudo mucho que las leas. Tú, con todos tus estudios, todas tus publicaciones, todas tus revistas científicas no vas a rebajarte en leer este blog de un pobre diablo que no hace más que dejar plasmadas aquellas ocurrencias que se le pasan por la cabeza. Y, ¡encima!, mentiras, cuentos y relatos inventados en los que el rigor científico y el estudio real y pausado no tienen cabida.

Por eso he tomado la decisión de dejar aquí plasmadas mis intenciones, no tengo ningún miedo a que las descubras y, mucho menos, a que las leas, dado que, de ser así, no serás capaz de dilucidar la certeza de las mismas.

Tú, la gran antropóloga, la gran erudita de la raza y el comportamiento humano, la gran conocedora de los entresijos por los que las personas se mueven, piensan y actúan siempre lo has tenido claro y, por ello, lo has explicado en las decenas de artículos publicados en libros y en revistas de rigor: La naturaleza humana no es poseedora, es conseguidora. No nos sirve el tener algo, el poseerlo, el ser dueños de lo más anhelado. En el momento en que cae en nuestras manos lo que ha sido objeto de deseo durante mucho tiempo pasamos página rápidamente, dando un salto más, buscando un punto más allá de ese objeto largamente buscado. No nos sirve con tener, la tenencia no es más que la consecución de una meta intermedia, aquello que sirve a nuestro ego para convencerlo que somos capaces de realizar lo que se propone, lo que nos propone.

Pero necesitamos más, no podemos parar ahí. Una vez alcanzado el objetivo, inmediatamente, pasamos a uno superior, otro que nos vuelva a hacer sentir vivos, a buscar el placer de obtener. De ahí que queramos un coche más grande, una casa más grande, más dinero en la cuenta.

Por eso nunca te declararé mi amor. Nunca dejaré que sepas que lo tienes, que es tuyo, que ya lo posees. Por mucho que sepa que hace tiempo que soy tuyo, desde lo más profundo de mi. Pero no escucharás dichas palabras pronunciadas por mi.

Eso te obligará a esforzarte, a superarte, a buscar la manera de alcanzar algo que no tienes, que sabes que está ahí, al alcance de tu mano, pero que no puedes agarrar. Eso te desesperará. Tú, que hasta ahora has conseguido todo aquello que te has propuesto, no serás capaz de tener algo tan simple como mi corazón. Tú, acostumbrada a ganar y desechar corazones no concebirás que haya uno que se te resista. Por eso pelearás.

Seré consciente que tendrás que divertirte por el camino. Que una tensión excesiva te puede llevar al hartazgo, por eso te iré dejando migajas de mi pasión, a ratos, a días, a meses. Haciéndote creer que estás a punto de alcanzar algo que ya tienes, pero que no sabes de su posesión, para, inmediatamente después, volver a alejarme, dejándote con la sensación de que lo pierdes, de que se te puede escapar, de que no puedes conseguirlo todo.

Sé, también, que eso hará que te sientas insegura, por lo que tendrás que reafirmarte en tu alma de cazadora y saldrás a por algún otro corazón. Corazón que, por supuesto, conseguirás, dadas tus altas dotes para la caza humana pero que, tal y como consigas, volverás a desechar en la búsqueda de más carnaza para tu colección.

Pero seguirá reconcomiéndote el no tener el mío, el que haya uno que se te resista. Por lo que no podrás resistir la tentación de volver a por él, de seguir tentando en su consecución.

Y yo, enamorado hasta la médula, me volveré a hacer el fuerte para no decirte que te quiero, que hace tiempo que me tienes, que no puedo sentir por ti más de lo que ya siento por miedo a que, una vez me consigas, me dejes para ir a conseguir algún otro corazón que se te antoje.

¿Soy un cobarde? Es posible. Pero es el miedo a perderte el que me lleva a escribir estas letras. Aún arriesgándome a que las leas, te convenzas y me dejes. También puedes tomar, si quieres, esta carta como nota de suicidio. Pero yo también necesito tomar aire de vez en cuando o mi corazón estallará.

Creo que vale la pena el riesgo.

Desde hace tiempo y, ahora ya, seguro, siempre tuyo.

M.

Caliente

Lo de esta noche no ha sido un sueño, me niego a aceptarlo. Ha sido real, muy real. Lo he sentido, lo he notado, lo he vivido.
Porque, aunque muchas otras noches sólo eran fantasías, hoy he notado cada gota de sudor que caía por mi cuerpo, desde mi cabeza, resbalando por mi cara, por mi pecho, por mi espalda, dejando toda mi piel perlada de pequeñas gotas que empapaban las sábanas al contacto con ellas.
También han sido reales los escalofríos, ese pequeño temblor que empieza en la nuca y va bajando hacia las piernas, donde se intensifica, donde se concentra para explotar en el momento justo, volviendo a inundar al resto del cuerpo.
También he notado mis labios ávidos de fluido, secos por la respiración agitada, entrecortada, rápida.
Me he despertado caliente, muy caliente, todavía totalmente empapado de sudor, todavía sintiendo un leve estremecimiento en todo mi cuerpo.
He susurrado tu nombre, al no recibir respuesta, me he aventurado a repetirlo, más fuerte. Nada. No estabas. A mi lado, la cama permanecía vacía.
Ya te habías ido, como de costumbre, a trabajar. Me he levantado, tembloroso y me he acercado al baño. Tras tomarme el Frenadol, me he vuelto a la cama. Poco a poco he ido notando cómo bajaba la calentura.

Nochebuena

Le gustaba pasear por la ciudad en Navidad. Le gustaban las calles engalanadas, las luces de colores por encima de su cabeza, los escaparates arreglados, los anuncios en las marquesinas. Todo ello despertaba en él recuerdos de una infancia en la que la no se celebraba nada, al no tener ningún motivo para hacerlo.

Le gustaba el ambiente que se respiraba entre la gente, esa camaradería, esas sonrisas espontáneas en cada cruce, en cada esquina. Le maravillaba ver cómo dos personas que, en el resto del año casi ni se saludaban, se paraban para desearse felicidad. Le habían inculcado que era todo mentira, pura fachada recreada para un consumismo voraz, pero él era reacio, seguía pensando dentro de la parte pura de su espíritu que algo quedaba de todo aquello, que había algo más allá de unas buenas palabras. Quizá al día siguiente todo volvería a ser igual pero, en aquel momento, el sentimiento inundaba todo.

Él mismo, al ir paseando hacia su destino iba sonriendo a la gente, gente desconocida., la mayoría de la cual le devolvía la sonrisa. Por el mero hecho de hacerlo, sin pedir nada a cambio, sin dar nada a cambio. Miradas cómplices transformadas en deseos sinceros.

Sumido en sus pensamientos llegó a su destino. Era un bloque de pisos como cualquiera de aquel barrio, construido a finales de los años 90, un poco antes del boom inmobiliario que había enviado al traste las ilusiones de muchas familias, dejando al país en una crisis profunda, en una depresión generalizada. En el portal, una anciana peleaba por abrir la puerta con la mano derecha sin que la bolsa que llevaba en su brazo izquierdo cayera al suelo. La bolsa, la típica de tela que regalaban los supermercados para sustituir a las de plástico, rebosaba su capacidad. Debía de haber realizado la compra de último momento para la cena de esa noche.

Se acercó por detrás, caminando, sin dejar de sonreír.

– ¿Le ayudo? – Dijo con suavidad.

La anciana lo miró, al principio con desconfianza, pero pronto cambió su semblante.

– Gracias, hijo – Respondió – Estas manos ya no son lo que eran. Tiemblan. Quizá cansadas de haberlas hecho trabajar demasiado.

La observó. Una cara surcada de arrugas rodeaba dos ojos hundidos, pequeños, pero vivos. El pelo, recogido en un sencillo moño era de un color ceniciento, sin los típicos tintes violetas que se empeñaban algunas señoras en lucir. Un poco de carmín en sus delgados labios le daban un toque de alegría a la cara. “Coqueta“, pensó, “En su juventud debió ser guapa“. Vestía elegante, pero sin saltar la frontera de lo recargado. Se notaba que se había arreglado para esa noche.

– Descuide, yo le ayudo – Dijo, tendiendo la mano hacia la bolsa y cogiéndola con suavidad, dando a entender que sólo pensaba sostenerla mientras ella abría la puerta, para no asustarla.

– Gracias – Replicó – No le conozco joven, ¿vive aquí?

– No, señora. Vengo al 4ºC, a casa de Paco.

– Vaya, ¿de cena?

– No, una visita rápida.

– Qué pena. Seguro que le animará. Últimamente está bastante deprimido. – Su semblante cambió, pasó a la tristeza – Un buen chico, gran padre con sus niños. Una pena de crisis, que le pilló en medio. Me consta que hace todo lo que puede para sacar a su familia adelante, pese a las deudas que lleva acumuladas. Aunque lleva días sin salir de casa. Igual me paso yo antes de cenar para felicitarles las fiestas. Paso la nochebuena sólo, mis hijos viven lejos y ya tienen a sus familias. Un poco de compañía también me vendrá bien.

Contó la historia de camino al ascensor, dejándose llevar la bolsa y cediendo al galanteo del paso cedido, la puerta abierta, la pequeña inclinación de cabeza al pasar que su ayudante le brindaba.

Se bajaba en el segundo. Se negó a la ayuda hasta la puerta de su casa, despidiéndose con dos besos y un Feliz Navidad que le dejó aroma a un perfume de supermercado en la cara y una calidez en las mejillas todo el trayecto que hizo solo hasta el cuarto piso.

Salió del ascensor y se dirigió a la puerta rotulada con una C dorada. La típica puerta de madera clara a la que unos niños le habían pegado un cartel que, con caligrafía infantil rezaba “Feliz Navidad” con las letras pintarrajeadas de colores brillantes y purpurina. Le trasladaron a su hogar, a unos pocos kilómetros de allí, dónde los suyos estarían ya con sus pijamas puestos, sus gorros rojos y sus sempiternos dibujos animados en la tele, esperando que él llegara para la cena, que esa noche sabían especial pese a que sólo serían los cuatro de la familia, para, acto seguido, ir corriendo a acostarse y dormir con fuerza para no molestar a Papá Noel y encontrar su regalo al despertar.

Suspiró. Se llevó la mano derecha al bolsillo interior de la chaqueta y, con un movimiento aprendido de la repetición martilleó el revolver sin sacarlo de su funda. Confió en acabar el trabajo pronto para no llegar tarde al calor de su hogar esa nochebuena.

Veintiuno

Boqueó.

Abrió la boca e intentó que sus pulmones se llenaran de aire puro. Buscó oxígeno puro para ver si éste le llegaba al cerebro para aclararle las ideas. No lo encontró. En su lugar, un ambiente cargado, rancio, se coló entre sus dientes, dejó su sabor amargo en la lengua y se coló hasta sus entrañas.

Se llevó la mano al cuello. De repente, la camisa se ahogaba, le asfixiaba, le agobiaba. Sus dedos se deslizaron por debajo de su nuez en la búsqueda del botón maldito, pero no lo encontraron. Hacía tiempo que ya había sido despasado, al igual que su corbata roja de seda, que, aunque no la viera, colgaba mortecina del bolsillo de su chaqueta, dejada con desdén en el respaldo de la silla que ocupaba.

De repente, un sonido agudo, repetitivo, se coló por su oído derecho. Se giró con violencia, en su búsqueda, pero no vio más que luces que se encendían y se apagaban, todo el espectro de colores se le apareció frente a sus ojos, en tonos brillantes y parpadeantes. Supuso que relucían, pero no eran más que puntos borrosos frente a sus ojos.

La vuelta de su vista hacia su mesa le deparó una visión del local. Al fondo, cortinas rojas sujetas sobre ventanas de pega con cordones dorados. El rojo se fundía con el verde de la tela de las paredes, haciendo que la estancia pareciera más pequeña de lo que debería ser, aunque a él, en ese momento, se le hacía minúscula. El suelo, enmoquetado, absorbía los pasos de la gente que se movía a su alrededor. Maniquíes de cera animados bailando al son de una música suave de jazz que manaba de altavoces estrategicamente escondidos tras las cortinas, pese a que una banda de pega hacía las veces de animación para un público inapetente de música.

El final del recorrido visual le llevó hasta sus manos. Estaban sudadas, al igual que el resto de su cuerpo, pese a que sólo su frente lo delatara. Se las llevó a la cara, cubriéndose los ojos, intentando recordar cómo había llegado hasta allí.

Se vio incapaz de recordar cuándo había empezado todo, aunque sí tenía en su mente el desarrollo posterior. Sus recuerdos comenzaban viendo un juego, una simple tontería llevada a cabo como prueba de su valía, como convencimiento de que sabía lo que hacía, que era capaz de dominar su vida y sus acciones. Poco a poco, el juego se fue volviendo serio, la apuesta aumentó casi sin que él fuera capaz de percatarse y el continuó, todavía seguro de su valía y su fuerza mental. El juego le atrapó y él disfrutaba en cada momento del mismo. Cada tirada, cada jugada, cada victoria le llenaba el ego, le engordaba la estima, le recordaba su fortaleza. Siguió jugando, ajeno a su parte racional que le decía que debía dejarlo en ese momento, tras haber disfrutado, tras haber ganado. Pero no hizo caso, siguió jugando.

Las apuestas cada vez eran más fuertes, cada vez más exigentes, cada vez más arriesgadas.

Se quitó las manos de la cara y lo vio con claridad. Ya no había vuelta atrás, ya no podía dejar un juego al que hacía tiempo que había decidido engancharse. La apuesta llegaba ahora, y ya no se trataba de calderilla, de minucias. Vio lo que tenía encima de la mesa y tembló. Se jugaba algo más que dinero, vio su vida encima del tapete verde: su casa, su esposa, sus hijos, sus amigos, la tranquilidad que había dominado el transcurrir de su tiempo. Todo estaba allí, apostado a un único número.

Al fondo, una voz anunció que comenzaba el juego. Con diligencia movió las aspas que tenía en sus manos. Se hizo el silencio, sólo roto por el sonido de una pequeña bola al rebotar sobre las delgadas paredes de metal que separaban los números.

En su cabeza desapareció todo y sólo se quedó en una de esas celdas, la que le podía llevar al cielo o al infierno. Aquella que llevaba grabada un único número, el veintiuno.

 

 

La mujer de mi vida

- Nunca he sido de esos romanticones que hablan del amor a primera vista, ni del destino. Siempre he sido más práctico. De hecho, cuando la conocí, no pensaba que se convertiría en lo que luego he llegado a sentir por ella. Fue poco a poco, al irnos conociendo cuando me di cuenta de que mi vida no podía estar ocupada por otra persona, no había hueco para otra mujer. Mi vida era suya, para siempre y siempre he hecho todo lo posible para que la suya también sea mía. He ido amándola poco a poco hasta llegar a lo más profundo de mi ser, hasta notar que ella ya era yo y que yo era ella, un único ente, una única persona, un único ser que se mueve al unísono. Últimamente discutíamos. Siempre lo he achacado al devenir normal de una relación, tenga en cuenta que nos mudamos a vivir juntos hace algo más de seis meses. Claro, al principio, hasta que te acoplas a la otra persona, la convivencia se hace un poco dura. Pero todas las diferencias se iban salvando poco a poco y se iban limando para conseguir esa vida en común. Sin embargo, la semana pasada la discusión subió de tono. Ambos estábamos muy nerviosos y ella llegó a amenazarme con irse de casa, con dejarme. No podía soportarlo. Estuve toda la semana casi sin dormir. En la cama ni nos rozábamos. Ella en un lado, yo en el mío de siempre. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose de mi. Así que me propuse reconquistarla. Lo preparé todo: cena, velas, vino, mantel de tela, los cubiertos que pedí prestados a mi madre. Todo perfecto para que volviera a ser una cita como la de antes. Hasta la música. Ella estuvo toda la cena casi sin hablar, por mucho que yo intentaba, nervioso, reconducir la conversación. Sonreía a medias, me miraba y bajaba la mirada a su plato. Al llegar a los postres no pude aguantar más y me levanté, caminando hacia ella. Le cogí el mentón con mis dedos y la obligué a mirarme a los ojos. Le besé en los labios, todo lo dulce que pude y le dije que ella era la mujer de mi vida y que me gustaría ser yo el hombre de la suya. Entonces lo vi. Vi ese brillo en sus ojos al mirarme fijamente. Vi cómo una lágrima empezaba a formarse en sus párpados. Y lo tuve claro.

La puerta se abrió. Sin llamadas, sin avisos. En ella apareció un hombre alto, trajeado, con un maletín en la mano. Con paso firme se acercó a la mesa. Y sin pestañear, dijo, autoritario:

– Cállate, Toni. Ni una palabra más.

– ¿Quién es usted? – La voz, bronca, también acostumbrada a dar órdenes, salió de los labios del más mayor.

– Soy Fernando Maestre. Abogado defensor de D. Antonio Guárez, aquí presente y padre de la víctima, Noelia Maestre. A partir de este momento, mi defendido se acoge al derecho de no declarar.

– Pero… – Balbuceó el joven.

– Cállate, Toni. Ni una palabra más. – Repitió con la misma autoridad mostrada antes.

– Señor Maestre. No se moleste. El caso está prácticamente cerrado. Lo tenemos todo a nuestro favor: el móvil, el arma…

– Tienen un joven sospechoso. Tienen una pistola. Pero no tienen nada más. no tienen ninguna confesión. La víctima se pudo haber suicidado. Y ahora, si no le importa, señor comisario, me gustaría hablar en privado un instante con mi defendido.

– No hay problema, les dejamos. Pero sea breve. Su defendido queda detenido, de momento, como sospechoso de asesinato. A espera de lo que el juez de guardia dictamine.

– Me parece perfecto.

El comisario y un agente se levantaron de sus respectivas sillas y, rodeando la mesa, se dirigieron a la puerta. Abandonaron la estancia sin mirar atrás. Justo en ese momento, el abogado se acercó al joven que cabizbajo era incapaz de articular palabra. Se sentó enfrente, en la silla que anteriormente había ocupado el comisario, y dio un manotazo en la mesa. El joven, asustado, levantó la vista y se encontró con una mirada dura, unas facciones serias y unos puños rojos de tanto apretarse.

– Fernando, ¿qué significa…?

– Cállate, hijo de puta – Dijo el abogado, lentamente, escupiendo cada una de sus palabras – Voy a ser tu abogado defensor, el mejor que vas a tener en tu puta vida. Voy a hacer que, ni el mejor juez del mundo, sea capaz de acusarte. Voy a conseguirte la libertad inmediata. Porque, si no lo consigo, cada día que pases en la cárcel será una condena también para mi, ya que será un día más que tendré que esperar para matarte con mis propias manos.

Acabada la frase se levantó, se dirigió a la puerta y salió. El joven se cogió la cabeza con las manos y explotó a llorar.

 

¡Vivan los novios!

Los que os pasáis habitualmente por aquí, ya sabéis que no soy mucho de escribir cosas que me ocurren, sino que soy más de ficción, pero esta entrada me hacía mucha ilusión el poder compartirla.

El caso es que a finales de septiembre pasado, dos personas muy queridas contrajeron matrimonio: Mi primo Ángel y Pili, su entonces novia, ahora esposa. Dos personas fantásticas que supieron hacer de su boda un momento inolvidable para todos.

Para dicha boda, el resto de primos decidimos que fueran los niños, sus sobrinos, quienes les leyeran unas palabras en nombre de todos. Y fui el encargado de escribirlas.

La tarea de la lectura recayó en Marta y Adrián, que lo hicieron de forma fantástica. Me ha apetecido compartir aquí esas palabras. Espero que os gusten. Van con todo el cariño para los recién casados y con los mejores deseos para esta vida en común.

boda

 

MARTA: Tío Ángel.

ADRIÁN: Tía Pili.

MARTA: Dicen que no hay nada más auténtico, más natural, más bonito que el mirar el mundo desde los ojos de un niño. Sin embargo, todos, al crecer, perdemos esa sensación, ese poder. Vosotros ya habéis crecido, y es probable que lo hayáis perdido.

ADRIÁN: Pero, tranquilos, aquí estamos nosotros para volver a abriros los ojos, para que podáis recordar que una vez visteis el mundo de otra forma y que todavía tenéis la posibilidad de seguir viéndolo de esa manera. Sólo hay que esforzarse un poco.

MARTA: Tío Ángel. Cuando eres un niño no sabes nada, tienes que empezar a descubrirlo todo, te tienen que enseñar a todo: a hablar, a andar, a comer. Todo es nuevo para ti y, por supuesto, todo te da miedo. Por ello siempre buscas un apoyo, algo en lo que poder descansar, un punto de referencia que te de seguridad para dar un paso más, para seguir aprendiendo y seguir avanzando. Necesitas algo que sea más fuerte que tú y que impida que decaigas, animándote a seguir adelante. Necesitas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili. Cuando eres una niña tienes miedo, mucho miedo. Nunca estás segura puesto que no sabes que hay más allá del paso que acabas de dar. No conoces nada del mundo que te rodea y necesitas que alguien te de seguridad. Por eso necesitas creer que, en algún sitio, más allá, existe un ser que te protege, que te cuida, que te mima y que vela para que nunca te pase nada. Un ser que te coge de la mano en los momentos difíciles, te envuelve con sus alas protectoras e impide que te pase nada malo. Necesitas un ángel.

MARTA: Tío Ángel, te llevas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili, te llevas un ángel.

MARTA: Nunca dejéis de miraros el uno al otro con la mirada de los niños que lleváis dentro.

ADRIÁN: Todos los primos y sobrinos os deseamos que seáis muy felices.

 

 

Hoy me apeteces

Hoy, no, ahora, en este mismo momento, me apeteces. Me apeteces mucho. 
Hoy llevaría mis labios hacia ti, lentamente. Abriría la boca y me llenaría de sabor, de tu sabor. Dejaría que toda tú entraras a través de mi boca, de mi lengua, de mi sentido más primario. 
Hoy saborearía cada segundo que te tuviera en mi lengua, dejando que me inundaras con tu frescura, tu alegría.
Cada instante sería analizado, ordenado y almacenado en mi memoria como placer extremo, como gusto exquisito. 
Hoy me emborracharía de ti, perdidamente, irremediablemente. 
Pero he ido a la nevera y no quedabas. 
Ayer se me olvidó comprar cerveza.

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.