Veintiuno

Boqueó.

Abrió la boca e intentó que sus pulmones se llenaran de aire puro. Buscó oxígeno puro para ver si éste le llegaba al cerebro para aclararle las ideas. No lo encontró. En su lugar, un ambiente cargado, rancio, se coló entre sus dientes, dejó su sabor amargo en la lengua y se coló hasta sus entrañas.

Se llevó la mano al cuello. De repente, la camisa se ahogaba, le asfixiaba, le agobiaba. Sus dedos se deslizaron por debajo de su nuez en la búsqueda del botón maldito, pero no lo encontraron. Hacía tiempo que ya había sido despasado, al igual que su corbata roja de seda, que, aunque no la viera, colgaba mortecina del bolsillo de su chaqueta, dejada con desdén en el respaldo de la silla que ocupaba.

De repente, un sonido agudo, repetitivo, se coló por su oído derecho. Se giró con violencia, en su búsqueda, pero no vio más que luces que se encendían y se apagaban, todo el espectro de colores se le apareció frente a sus ojos, en tonos brillantes y parpadeantes. Supuso que relucían, pero no eran más que puntos borrosos frente a sus ojos.

La vuelta de su vista hacia su mesa le deparó una visión del local. Al fondo, cortinas rojas sujetas sobre ventanas de pega con cordones dorados. El rojo se fundía con el verde de la tela de las paredes, haciendo que la estancia pareciera más pequeña de lo que debería ser, aunque a él, en ese momento, se le hacía minúscula. El suelo, enmoquetado, absorbía los pasos de la gente que se movía a su alrededor. Maniquíes de cera animados bailando al son de una música suave de jazz que manaba de altavoces estrategicamente escondidos tras las cortinas, pese a que una banda de pega hacía las veces de animación para un público inapetente de música.

El final del recorrido visual le llevó hasta sus manos. Estaban sudadas, al igual que el resto de su cuerpo, pese a que sólo su frente lo delatara. Se las llevó a la cara, cubriéndose los ojos, intentando recordar cómo había llegado hasta allí.

Se vio incapaz de recordar cuándo había empezado todo, aunque sí tenía en su mente el desarrollo posterior. Sus recuerdos comenzaban viendo un juego, una simple tontería llevada a cabo como prueba de su valía, como convencimiento de que sabía lo que hacía, que era capaz de dominar su vida y sus acciones. Poco a poco, el juego se fue volviendo serio, la apuesta aumentó casi sin que él fuera capaz de percatarse y el continuó, todavía seguro de su valía y su fuerza mental. El juego le atrapó y él disfrutaba en cada momento del mismo. Cada tirada, cada jugada, cada victoria le llenaba el ego, le engordaba la estima, le recordaba su fortaleza. Siguió jugando, ajeno a su parte racional que le decía que debía dejarlo en ese momento, tras haber disfrutado, tras haber ganado. Pero no hizo caso, siguió jugando.

Las apuestas cada vez eran más fuertes, cada vez más exigentes, cada vez más arriesgadas.

Se quitó las manos de la cara y lo vio con claridad. Ya no había vuelta atrás, ya no podía dejar un juego al que hacía tiempo que había decidido engancharse. La apuesta llegaba ahora, y ya no se trataba de calderilla, de minucias. Vio lo que tenía encima de la mesa y tembló. Se jugaba algo más que dinero, vio su vida encima del tapete verde: su casa, su esposa, sus hijos, sus amigos, la tranquilidad que había dominado el transcurrir de su tiempo. Todo estaba allí, apostado a un único número.

Al fondo, una voz anunció que comenzaba el juego. Con diligencia movió las aspas que tenía en sus manos. Se hizo el silencio, sólo roto por el sonido de una pequeña bola al rebotar sobre las delgadas paredes de metal que separaban los números.

En su cabeza desapareció todo y sólo se quedó en una de esas celdas, la que le podía llevar al cielo o al infierno. Aquella que llevaba grabada un único número, el veintiuno.

 

 

La mujer de mi vida

- Nunca he sido de esos romanticones que hablan del amor a primera vista, ni del destino. Siempre he sido más práctico. De hecho, cuando la conocí, no pensaba que se convertiría en lo que luego he llegado a sentir por ella. Fue poco a poco, al irnos conociendo cuando me di cuenta de que mi vida no podía estar ocupada por otra persona, no había hueco para otra mujer. Mi vida era suya, para siempre y siempre he hecho todo lo posible para que la suya también sea mía. He ido amándola poco a poco hasta llegar a lo más profundo de mi ser, hasta notar que ella ya era yo y que yo era ella, un único ente, una única persona, un único ser que se mueve al unísono. Últimamente discutíamos. Siempre lo he achacado al devenir normal de una relación, tenga en cuenta que nos mudamos a vivir juntos hace algo más de seis meses. Claro, al principio, hasta que te acoplas a la otra persona, la convivencia se hace un poco dura. Pero todas las diferencias se iban salvando poco a poco y se iban limando para conseguir esa vida en común. Sin embargo, la semana pasada la discusión subió de tono. Ambos estábamos muy nerviosos y ella llegó a amenazarme con irse de casa, con dejarme. No podía soportarlo. Estuve toda la semana casi sin dormir. En la cama ni nos rozábamos. Ella en un lado, yo en el mío de siempre. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose de mi. Así que me propuse reconquistarla. Lo preparé todo: cena, velas, vino, mantel de tela, los cubiertos que pedí prestados a mi madre. Todo perfecto para que volviera a ser una cita como la de antes. Hasta la música. Ella estuvo toda la cena casi sin hablar, por mucho que yo intentaba, nervioso, reconducir la conversación. Sonreía a medias, me miraba y bajaba la mirada a su plato. Al llegar a los postres no pude aguantar más y me levanté, caminando hacia ella. Le cogí el mentón con mis dedos y la obligué a mirarme a los ojos. Le besé en los labios, todo lo dulce que pude y le dije que ella era la mujer de mi vida y que me gustaría ser yo el hombre de la suya. Entonces lo vi. Vi ese brillo en sus ojos al mirarme fijamente. Vi cómo una lágrima empezaba a formarse en sus párpados. Y lo tuve claro.

La puerta se abrió. Sin llamadas, sin avisos. En ella apareció un hombre alto, trajeado, con un maletín en la mano. Con paso firme se acercó a la mesa. Y sin pestañear, dijo, autoritario:

– Cállate, Toni. Ni una palabra más.

– ¿Quién es usted? – La voz, bronca, también acostumbrada a dar órdenes, salió de los labios del más mayor.

– Soy Fernando Maestre. Abogado defensor de D. Antonio Guárez, aquí presente y padre de la víctima, Noelia Maestre. A partir de este momento, mi defendido se acoge al derecho de no declarar.

– Pero… – Balbuceó el joven.

– Cállate, Toni. Ni una palabra más. – Repitió con la misma autoridad mostrada antes.

– Señor Maestre. No se moleste. El caso está prácticamente cerrado. Lo tenemos todo a nuestro favor: el móvil, el arma…

– Tienen un joven sospechoso. Tienen una pistola. Pero no tienen nada más. no tienen ninguna confesión. La víctima se pudo haber suicidado. Y ahora, si no le importa, señor comisario, me gustaría hablar en privado un instante con mi defendido.

– No hay problema, les dejamos. Pero sea breve. Su defendido queda detenido, de momento, como sospechoso de asesinato. A espera de lo que el juez de guardia dictamine.

– Me parece perfecto.

El comisario y un agente se levantaron de sus respectivas sillas y, rodeando la mesa, se dirigieron a la puerta. Abandonaron la estancia sin mirar atrás. Justo en ese momento, el abogado se acercó al joven que cabizbajo era incapaz de articular palabra. Se sentó enfrente, en la silla que anteriormente había ocupado el comisario, y dio un manotazo en la mesa. El joven, asustado, levantó la vista y se encontró con una mirada dura, unas facciones serias y unos puños rojos de tanto apretarse.

– Fernando, ¿qué significa…?

– Cállate, hijo de puta – Dijo el abogado, lentamente, escupiendo cada una de sus palabras – Voy a ser tu abogado defensor, el mejor que vas a tener en tu puta vida. Voy a hacer que, ni el mejor juez del mundo, sea capaz de acusarte. Voy a conseguirte la libertad inmediata. Porque, si no lo consigo, cada día que pases en la cárcel será una condena también para mi, ya que será un día más que tendré que esperar para matarte con mis propias manos.

Acabada la frase se levantó, se dirigió a la puerta y salió. El joven se cogió la cabeza con las manos y explotó a llorar.

 

¡Vivan los novios!

Los que os pasáis habitualmente por aquí, ya sabéis que no soy mucho de escribir cosas que me ocurren, sino que soy más de ficción, pero esta entrada me hacía mucha ilusión el poder compartirla.

El caso es que a finales de septiembre pasado, dos personas muy queridas contrajeron matrimonio: Mi primo Ángel y Pili, su entonces novia, ahora esposa. Dos personas fantásticas que supieron hacer de su boda un momento inolvidable para todos.

Para dicha boda, el resto de primos decidimos que fueran los niños, sus sobrinos, quienes les leyeran unas palabras en nombre de todos. Y fui el encargado de escribirlas.

La tarea de la lectura recayó en Marta y Adrián, que lo hicieron de forma fantástica. Me ha apetecido compartir aquí esas palabras. Espero que os gusten. Van con todo el cariño para los recién casados y con los mejores deseos para esta vida en común.

boda

 

MARTA: Tío Ángel.

ADRIÁN: Tía Pili.

MARTA: Dicen que no hay nada más auténtico, más natural, más bonito que el mirar el mundo desde los ojos de un niño. Sin embargo, todos, al crecer, perdemos esa sensación, ese poder. Vosotros ya habéis crecido, y es probable que lo hayáis perdido.

ADRIÁN: Pero, tranquilos, aquí estamos nosotros para volver a abriros los ojos, para que podáis recordar que una vez visteis el mundo de otra forma y que todavía tenéis la posibilidad de seguir viéndolo de esa manera. Sólo hay que esforzarse un poco.

MARTA: Tío Ángel. Cuando eres un niño no sabes nada, tienes que empezar a descubrirlo todo, te tienen que enseñar a todo: a hablar, a andar, a comer. Todo es nuevo para ti y, por supuesto, todo te da miedo. Por ello siempre buscas un apoyo, algo en lo que poder descansar, un punto de referencia que te de seguridad para dar un paso más, para seguir aprendiendo y seguir avanzando. Necesitas algo que sea más fuerte que tú y que impida que decaigas, animándote a seguir adelante. Necesitas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili. Cuando eres una niña tienes miedo, mucho miedo. Nunca estás segura puesto que no sabes que hay más allá del paso que acabas de dar. No conoces nada del mundo que te rodea y necesitas que alguien te de seguridad. Por eso necesitas creer que, en algún sitio, más allá, existe un ser que te protege, que te cuida, que te mima y que vela para que nunca te pase nada. Un ser que te coge de la mano en los momentos difíciles, te envuelve con sus alas protectoras e impide que te pase nada malo. Necesitas un ángel.

MARTA: Tío Ángel, te llevas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili, te llevas un ángel.

MARTA: Nunca dejéis de miraros el uno al otro con la mirada de los niños que lleváis dentro.

ADRIÁN: Todos los primos y sobrinos os deseamos que seáis muy felices.

 

 

Hoy me apeteces

Hoy, no, ahora, en este mismo momento, me apeteces. Me apeteces mucho. 
Hoy llevaría mis labios hacia ti, lentamente. Abriría la boca y me llenaría de sabor, de tu sabor. Dejaría que toda tú entraras a través de mi boca, de mi lengua, de mi sentido más primario. 
Hoy saborearía cada segundo que te tuviera en mi lengua, dejando que me inundaras con tu frescura, tu alegría.
Cada instante sería analizado, ordenado y almacenado en mi memoria como placer extremo, como gusto exquisito. 
Hoy me emborracharía de ti, perdidamente, irremediablemente. 
Pero he ido a la nevera y no quedabas. 
Ayer se me olvidó comprar cerveza.

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.

 

Productividad

- Nada que hacer, jefe. Ya estaba frío cuando lo encontramos.

– ¿Accidente, un infarto?

– No, jefe. Suicidio.

– ¿Seguro?

– Sí, encontramos una nota. Por suerte la pudimos coger antes de que llegara la gente de asuntos internos y el sindicato. Se la he traído. Aquí tiene.

Una cuartilla, un folio cortado por el centro de un tirón. Se nota la ausencia de tijeras en el corte. Como si hubieran puesto una regla y hubieran estirado con fuerza. Es la parte de abajo del folio. Se pueden leer los datos de contacto, pero no el nombre ni el membrete de la empresa. Está escrito a mano, con un bolígrafo azul. La letra es menuda, temblorosa. Ha apretado sobre el folio al escribir, se nota el trazo, con rabia, con dolor. Conserva la rectitud en las líneas:

“No puedo más. Es imposible aguantar más. Ha sido mucho tiempo, quizá demasiado el que he tenido que soportar vuestra ingratitud, vuestro desprecio y vuestras quejas. He hecho todo lo que he podido. Siempre he estado ahí, con una sonrisa para vosotros que nunca habéis querido ver. Yo siempre he sido vuestro principio, ese en el que os apoyabais a la hora de querer conseguir algo. Sin mi, no hubierais sido capaces de conseguir todo aquello que tenéis ahora: los coches, las casas, los viajes… Y, ¿qué he conseguido a cambio?, burlas, chanzas, desprecios, malas caras.

Me he cansado. Estoy abatido. Triste. Creo, sinceramente, que habéis conseguido vaciar toda la bondad que había dentro de mi y que os he brindado. Sin pedir nada a cambio, sin exigir.

Así que me voy, os dejo para siempre. Espero que os vaya bien, porque, en el fondo, no os guardo rencor. Ya os podéis aclamar a vuestro tan amado y ansiado Viernes. Seguro que él os comprende mejor que yo. Pero cuidado, esto no ha sido siempre así y puede cambiar en cualquier momento.

Sinceramente, que seáis felices sin mi.

Lunes”

Cerró el papel y volvió a mirar a su empleado.

– No veo peligro en enseñar la carta. Pero, por si acaso, la voy a guardar. No quiero escándalos.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Suspended el sábado. A partir de ahora, será laborable. Sólo nos quedan seis días, necesitamos que la productividad siga.

– Va a haber protestas.

– Siempre las hay. Pero, tranquilo. Nos necesitan para seguir manteniendo su ritmo de vida. Sin nosotros no hay salidas al cine, ni cenas, ni consolas para los niños. En poco tiempo las aguas volverán a su cauce. Cuándo esto ocurra, quiero que dejéis pasar un par de meses y empecéis la campaña contra el Martes. Igual que esta. Que empiece desde dentro, entre los infiltrados. Que no se note. Pequeños mensajes de desaprobación.

– Entendido, jefe.

– Ha sido un paso importante. En poco tiempo conseguiremos nuestra meta. Que no haya ningún día sin productividad, sin actividad. Cuando lo consigamos, seremos invencibles y los tendremos a todos a nuestros pies.

 

La única noche

El sol, ya alto en el horizonte, entraba con fuerza por la rendija que dejaba la cortina a medio cerrar, iluminando la estancia lo suficiente para tener una visión completa de ella pero no demasiado como para despertarla.

Él estaba sentado en un pequeño sillón situado junto a la ventana, entre la cama y ésta, a un lado del escritorio. Su mirada estaba fija en el medio cuerpo que, las blancas sábanas, arrugadas, dejaban al descubierto. La espalda, larga, delgada, todavía conservaba un ligero tono tostado, reminiscencia de un verano que no acababa de irse del todo. El pelo castaño, revuelto, quedaba ligeramente apartado, dejando a la vista la media cara que él tenía de frente y esa parte de cuello, tan suave cómo sus labios recordaban. El brazo derecho subía por encima de la almohada, hasta situar la muñeca sobre ésta a unos centímetros de la frente dejando a la vista una peca situada en el interior del brazo derecho, que él se había propuesto probar desde el momento en el que la vio en la pantalla de la videoconferencia, una de tantas que los había unido.

Respiraba pausadamente, con una cadencia sosegada, profunda. Sus labios, hinchados por el sueño, parecían sonreír, pese a la serenidad y la relajación de toda la cara. Ahí fijó él su vista por última vez, sonriendo al mismo tiempo, un instante antes de apartarla y dejarla caer sobre el reloj de su muñeca.

Llevaba casi quince minutos sentado, observándola. Era hora de marchar.

Se levantó y se dirigió hacia el pasillo que llevaba a la puerta de la habitación. La moqueta del hotel amortiguó sus pasos, ejerciendo de silenciador para no perturbar el sueño de aquella que iba a dejar atrás. Al llegar al pasillo se giró, volvió a depositar su mirada sobre aquellas curvas y suspiró.

El acuerdo había sido claro: una única noche. Tras los chats, los mensajes por el móvil, las llamadas y las video él le propuso pasar una noche juntos. Sería en un hotel, en Zaragoza, a medio camino entre el Cantábrico que bañaba los pies de él y el Mar Menor que la refrescaba a ella. Ambos buscarían una excusa que contar a sus respectivas familias y se encontrarían. Una noche de pasión, de encuentro, de cuerpos sudados y labios chocando. Pero, eso sí, sería la única. Una vez acabada la noche, volverían a sus casas  y se acabarían las charlas, los mensajes, los encuentros virtuales. Ella había aceptado, con la esperanza de que ese encuentro consiguiera cambiar las reglas propuestas, con la esperanza de enganchar su corazón. Pero él estaba dispuesto a cumplir lo pactado.

Se acercó la mano a los labios y lanzó un beso al aire, hacia la cama. Un nudo en la garganta le impidió pronunciar las dos palabras que atenazaban su corazón e, incapaz de aguantar más, se dirigió a la puerta. Una vez en el pasillo cerró con suavidad, para no hacer ruido y se dirigió al ascensor.

Las puertas del ascensor se cerraron  mientras él luchaba contra su móvil, intentando borrar el contacto de ella, acción que, una y otra vez, impedían las lágrimas que caían sobre la pantalla. Finalmente lo consiguió, borrando una parte tangible de su vida que, para siempre, quedaría grabada en su memoria y en su corazón.

 

¿Cuánto cuesta un café?

Estaba habituado a hacer cuentas, a mirar balances, a estudiar ratios, a realizar escandallos. Su titulación y su pasión lo llevaban a ello. Eran ya muchos años de realizar estudios sobre costes, de analizar todas y cada una de las partidas que conformaban el resultado final para ir ajustando, afinando, de forma que, cada euro, cada céntimo, cada pequeña porción, era analizada para poder llegar a un resultado final satisfactorio para él y para la empresa a la que trabajaba.

Así que su cabeza no podía parar. “¿Cuánto le costaba cada uno de esos cafés?” era la pregunta que ocupaba su cabeza, tanto en el efímero camino de ida como en el eterno de vuelta hasta su casa. Ciento ochenta kilómetros en cada uno de los sentidos pero que se le antojaban totalmente distintos al realizarlos hacia uno u otro sentido. Y, tanto en uno como en el otro, en algún momento la pregunta le rondaba la cabeza.

Pero claro, acostumbrado a moverse en términos reales, en costes físicos, en euros certeros, aquella pregunta, en aquel momento, se le antojaba imposible de contestar.

Porque, podía cuantificar sin problemas la gasolina, el desgaste del coche, el café, el azúcar, incluso, su tiempo, sus horas empleadas en ello. Sin embargo, ¿cómo cuantificar todas las noches pasadas junto al teléfono, esperando que ella publicara una foto para poder comentarla?, ¿cómo cuantificar las horas esperando a ver si la publicación era contestada, era leída, era, simplemente, tomada en cuenta? ¿Cómo poner precio a cada minuto ante el ordenador, eligiendo las palabras apropiadas a la hora de escribir un mensaje, una nota? ¿o cada una de las gotas de sudor en el momento de pinchar el botón de “enviar”, al pensar que alguna de ellas no era la adecuada, no era la precisa? ¿Cómo traspasar a dinero aquella angustia, aquel desasosiego al recibir un mensaje de despedida, con deseos de buena suerte, pero de despedida? ¿Cuánto le había costado realmente todos y cada uno de los kilos perdidos en aquel régimen autoimpuesto? Pero, sobre todo, ¿cuál era el coste de los suspiros ahogados, los nervios contenidos, los besos no deseados, las palabras no dichas en todos y cada uno de los cafés compartidos?

Pero hoy, #730 días después lo tiene claro. Ya no se hace esa pregunta, ya conoce la respuesta. #730 días que se le han hecho cortos, muy cortos. #730 días en los que la música no ha dejado de sonar, la risa no ha dejado de escucharse, los bailes se han sucedido, así como los juegos de los niños. #730 días de fiesta, de besos, de abrazos. #730 días de felicidad compartida.

Por eso hoy, #730 días después la volverá a coger de la mano, se plantará frente a ella, le subirá la cara apoyando su dedo en la barbilla, haciendo que sus miradas se encuentren, se volverá a perder en la inmensidad de esos maravillosos ojos azules que lo volvieron loco desde el primer día, en la media melena rubia que noche tras noche, café tras café, ansiaba acariciar y, sobre todo, en esa sonrisa franca, sincera y, desde hacía #730 días, feliz y lo tendrá claro: No hay dinero en el mundo suficiente para pagar uno sólo de esos cafés.

Porque esos cafés no tenían precio.

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Hoy, una fantástica pareja  cumplen #730 días juntos.

Estas palabras son un regalo de ella hacia él.

Enhorabuena a los dos y ojalá sea por muchos más años.

Amor de verano

¿Qué pasará cuando la orquesta toque la última canción de la verbena de las fiestas?

El sol, tímido, estará saliendo por el este, más allá de la sierra que envuelve el pueblo. Mientras, las luces de colores de la pista empezarán a dejar de vestir de arcoiris el suelo, gris y pulido, del frontón dónde se celebra el baile. El resto de la gente empezará a pedir el último bis, la canción más conocida. Pero ya no habrá para más. Los músicos empezarán a guardar sus guitarras y el batería tirará sus baquetas, mientras el cantante bebe el último sorbo de la botella de agua y el del bajo desenchufará la clavija que lo unía, hasta entonces, al ritmo bailado durante la última noche.

Pero nosotros no nos daremos cuenta de ello, enfrascados en un abrazo al compás de una música que hace poco habría dejado de sonar, nuestros pies moviéndose sobre la pista, lentamente, mientras tu cabeza descansará en mi hombro derecho, tus brazos abrazarán mi cuello mientras los míos, con las manos entrelazadas, rodearán tu cintura, negándose a aceptar que, en breves instantes, tendrán que dejar de hacerlo.

Los silbidos por la falta de música nos sacarán de nuestra nube, y nos miraremos a los ojos, con esa mirada triste de los que saben que el final se acerca, incapaces, ambos, de darnos un beso, por mucho que nuestros labios lo pidan, por mucho que sepan cómo hacerlo, dado que han estado el resto de la noche juntos, practicando, buscando que ambos se impregnen de un sabor que no querrán olvidar nunca.

Al final, resignados, separaremos nuestros cuerpos, incapaces de mirarnos a los ojos de nuevo. Y así seguiremos, cabizbajos, cogidos de la mano, sin decirnos ni una palabra por miedo a expresar lo que realmente sentimos, camino de casa de tus abuelos. Esa casa que tantas veces había mirado pero que no había visto hasta este verano, cuando te decidiste a salir por la puerta mientras yo, con mis amigos, estaba enfrente, en la puerta de los recreativos, masticando un chicle que casi me trago.

El camino se nos hará corto, pese a los intentos porque se alargue arrastrando los pies, haciendo lentos los pasos, tomando aire en cada bocacalle, suspirando en silencio.

Al llegar a casa de tus abuelos tu subirás el escalón de la entrada, quedando nuestros ojos, de nuevo, a la misma altura. Al igual que nuestros labios, que ya no podrán detener el impulso. Tus manos acariciarán mi pelo, por la nuca, mientras las mías harán lo propio con tu cintura, con tus caderas y, finalmente, con tus nalgas. Nuestras lenguas volverán a chocar, húmedas, ansiosas, buscando los últimos rincones no saboreados.

Con el último beso prometeremos escribirnos, llamarnos, pensarnos, soñarnos. Prometeremos escribir nuestros nombres en cada libreta, cada lápiz, cada plumier, cada carpeta y leerlo en silencio, en voz baja, para que quede entre nosotros. Prometeremos vernos en cada foto, en cada imagen, en cada reposición de la película que tantas veces habríamos visto en el cine de verano, a oscuras, esas escenas vistas entre beso y beso en la fila de los mancos.

Finalmente nos separaremos. Lentamente. Nuestros dedos se irán deslizando, dejando que las yemas se rocen por última vez. Al final, te llevarás tu mano derecha a tus labios, y me lanzarás un beso. Yo suspiraré y tardaré cinco minutos en irme, pese a que tu ya habrás subido por la escalera hacia la puerta de casa. Esa escalera en la que habremos medido cada uno de sus peldaños en anteriores despedidas.

No podré pegar ojo y, a las cinco de la tarde, acudiré al banco que hay sobre el puente de la carretera, con mi bicicleta a ver pasar tu coche. El banco, nuestro banco, en el que nos dimos el primer beso y en el que nuestras manos sintieron la piel del otro por primera vez, por debajo de nuestras camisetas. Manos temblorosas, inexpertas en abrir un cierre de un sujetador que se resistió hasta que decidiste a ayudarme, entre risas.

Mis ojos, rojos por la falta de sueño y por las lágrimas reprimidas escudriñarán la procesión de coches de vuelta en búsqueda del tuyo, anhelando que tu también mires hacia arriba y me dediques tu última sonrisa, aquella que recordaré toda la vida mientras la mía se apaga, al ver cómo vuelves a tu Madrid mientras yo me quedo en el pueblo, suspirando y rezando para que el otoño pase pronto, el invierno sea corto, la primavera no se alargue y que, el año siguiente, tu vuelvas con tus padres a veranear al pueblo, ese pueblo al que no querías ir en Junio y del que nunca te olvidarás a finales de Agosto.

 

 

Siesta

 

Aún adormilada y perezosa, hizo un intento de estirarse, pero no llegó muy lejos. Le pesaban los brazos, el cuerpo, el pensamiento. La siesta le había sentado muy bien. Había sido una siesta profunda, reparadora, de esas de las que te cuesta respirar. Sonreía sin abrir los ojos.

Apoyado en el quicio de la puerta, él la observaba. Llevaba ya un rato ahí, incapaz de apartar la vista del pecho de ella, que, mientras dormía, subía y bajaba acompasado, haciendo que las sábanas azules se movieran al compás, en un movimiento hipnótico. Imaginaba que llevaba muy poca ropa bajo esas sábanas, quizá sólo algo negro y quería comprobarlo.

Ella entreabrió los ojos y lo vio, en la puerta. Volvió a sonreír. Volvió a bostezar, pero esta vez acompañó el bostezo de un estiramiento de brazo, desperezándose, haciendo que la sábana le cayera un poco por debajo del pecho derecho, dejando a la vista una areola tersa, tostada, justo en el centro de un pecho turgente, que desafiaba a la gravedad.

Él sonrió, había acertado en su primera impresión: llevaba poca ropa.

Ella levantó el otro brazo, dejando que la sábana cayera esta vez hasta su cintura, y cogiéndose con ambas manos sobre el negro de la forja del cabecero de la cama, que sobresalía sobre el rojo que teñía las paredes de la habitación. Él la contempló un instante, volviendo a su mente los momentos en los que aquellos barrotes habían asido las blancas muñecas, con blandos nudos trenzados por sus corbatas de seda. Avanzó hacia la cama.

Al llegar al borde, ella, con un giro rápido, salió de entre las sábanas y lo agarró de la cintura, haciéndolo caer entre sus piernas, que rápidamente lo abrazaron en una llave completada por sus brazos, que se cernieron sobre la espalda, juntando ambos pechos. No llegaron a rozar sus labios, simplemente se miraron a los ojos, como tantas otras veces, y sonrieron al unísono.

Él bajó lentamente sus brazos, rozando con las yemas de sus dedos las largas piernas que lo atenazaban y, también con suavidad, las separó de su cuerpo, librándose del tierno abrazo. Aprovechó para comprobar si su intuición seguía siendo igual de buena al acertar el color: llevaba unas bragas negras, de algodón, cuyo único adorno consistía en un ribete blanco que cubría la circunferencia de la cintura. Las cómodas, pensó, las de la siesta. Había vuelto a acertar.

Con diligencia, pero sin brusquedad, como en una caricia, metió su mano sobre la curva que dibujaba la cintura femenina que tenía debajo y la obligó a darse la vuelta, dejándola de espaldas. Con la yema de los dedos apartó su media melena castaña del lado derecho del cuello, dejando éste a la vista, momento que aprovechó para acercar sus labios al lóbulo y dejar un primer beso húmedo, caliente bajo el apéndice de carne.

Lentamente fue bajando hacia abajo, hacia el cuello, que colmó de besos y saliva, de calor, de humedad, de sudor y de sabor salado. Siguió bajando, parando cada cierto tiempo para humedecer sus labios y su lengua, que se iba secando a cada vértebra, a cada poro. Los omóplatos fueron oasis para los sentidos, ávidos de colmar el sentido del gusto. La lengua fue pasando de uno a otro, entre los huecos que dejaban al estremecerse y encogerse. Los picos del hueso daban paso a valles que la lengua cruzaba hasta debajo de la axila, justo en el sitio en el que nacían cada uno de los pechos, cuyo contorno ésta recorría con avidez para volver de nuevo hacia el centro de la espalda y cruzarla en un camino que se tornaba infinito por las curvas y requiebros que tomaba, intentando abarcar el mayor número de superficie posible al recorrerlo.

Poco a poco la lengua siguió su recorrido hacia abajo, hacia el final de la espalda, momento en el que encontró la franja blanca sabor de algodón que culminaba el telón del espectáculo esperado. Puso ambas manos sobre la cintura y empezó a empujar hacia abajo, dejando que el negro del tinte del algodón dejara a la vista un blanco suave, virgen del sol de verano, al que tenía prohibida la entrada.

A mitad de camino, volvió a bajar la cabeza, hundiendo la lengua justo al principio del cañón que formaban ambas nalgas, lo que fue correspondido con un ligero respingo, un breve gemido y una respuesta automática de los poros, que se erizaron, estimulando, a su vez, a la lengua.

En ese instante, un “ding” metálico sonó sobre el mármol de la mesilla de noche. Ambos abrieron los ojos y, mecánicamente, alargaron las manos hacia allí. A tientas localizaron el móvil y lo cogieron.

El icono verde les anunciaba que un mensaje nuevo les había llegado, con diligencia, desbloquearon el terminal y lo leyeron: “Estoy pensando en tí, llevo ya un rato sin que te vayas de mi cabeza”.

Sonrieron y pusieron sus pulgares sobre el teclado electrónico, comenzando a moverlos con diligencia.

Y volvieron a acariciarse, ya totalmente despiertos, sobre las pantallas luminosas de sus móviles, con agilidad y suavidad, pero, esta vez, a 215 kilómetros de distancia y de forma mucho más real.