Cuellos

Siempre tuvo debilidad por los cuellos.

Los adoraba, eran su punto débil.

Podía hablarte de todos aquellos que había conocido, por poco que hubiera estado en contacto con ellos, por un leve roce, por una caricia, por un suave tacto. Era capaz de enumerar sus fallos, sus defectos, sus virtudes, sus perfecciones. Con toda claridad enumeraba sus pecas, sus lunares, sus cicatrices, sus pliegues.

Cada vez que tenía ocasión observaba cada centímetro, desde la nuca hasta el principio de la espalda; hacia delante, hacia las clavículas; por el costado, hacia los hombros; desde la barbilla hacia abajo.

Podías estar con él en un bar y ver cómo miraba embelesado el cuello de la chica que tenía delante, la cual se había echado hacia un lado la melena y había dejado a la vista ese trozo de piel. En ese momento se abstraía de la conversación, perdía el sentido del tiempo y se quedaba con la vista inmóvil sobre aquel punto de la anatomía.

Conocía cada músculo, cada vena, cada nervio que atravesaba los cuellos de cualquier humano. Sin distinciones, hombre o mujer, admiraba todos por igual, aunque el femenino siempre le podía por la suavidad de su piel. Cada vez que se acercaba a el cuello de alguna mujer lo hacía con precaución, con cuidado, con auténtica veneración, observando sus curvas.

Podías ponerle delante a la mujer más hermosa del mundo completamente desnuda que él sólo tendría ojos para su cuello, obviando el resto de su anatomía para centrarse en su obsesión. No las caderas, ni los ojos, ni el pecho, observaría su cuello y lo guardaría en su memoria para siempre, junto con el resto de aquellos a los que su vista o tacto había tenido acceso.

Siempre tuvo debilidad por los cuellos. Siempre supo respetarlos. Siempre supo tratarlos.

Fue, sin duda, nuestro mejor verdugo.

 

 

Mi tío Paco, el de Ibiza

 

Era el hermano pequeño de mi madre. Le llamábamos así porque vivía en la isla. Se había ido allí a trabajar siendo muy joven y se había quedado.

Era soltero y nunca nos hablaron de ninguna novia. Tenía un amigo que vivía con él, compartiendo el piso para que los gastos fueran menores. Aunque nunca lo vimos pese a que, de vez en cuando, le decíamos que le trajera. Él siempre contestaba que algún día, con una media sonrisa.

Lo recuerdo alegre, sonriente. Irradiaba humor por los cuatro costados, constantemente bromeando, siempre arrancando sonrisas. Le gustaban los colores vivos, como bien se deducía al ver la montura de sus gafas de pasta, siempre de color, siempre a juego con el que llevaba en alguna de sus camisas o camisetas, a cual más estrafalaria. Gafas que contrastaban con su cabeza, brillante, afeitada cada dos días y cuidada como el cutis de su cara: nunca faltaba alguna crema, mascarilla o loción.

Venía poco y habitualmente por navidad. Sus visitas nos alegraban a mi hermana y a mi, dado que se solían saldar con tardes en el parque, visitas a la capital y sesiones de cine con palomitas. Algunas tardes, en el parque, nos compraba chocolate y churros, que nosotros devorábamos con avidez mientras él y mi madre hablaban casi entre susurros. Nunca llegué, entonces, a comprender las palabras que se cruzaban, aquellos “compréndelos, son mayores”, “es otra generación” de mi madre o “yo soy igual que vosotros”, “es muy difícil para mi” de mi tío.

Aquel ambiente fuera de casa contrastaba con el que encontrábamos cuando él venía y se juntaba con mis abuelos. Las reuniones familiares se volvían infernales en algún punto, en el cual los gritos de mi abuelo se confundían con las lágrimas de mi abuela, intentando terciar entre su marido y su hijo, protagonistas de la discusión. No había un motivo, simplemente, un par de palabras por una de las partes para que la conversación cambiara de tono y mi abuelo, que solía permanecer callado con mala cara, soltara algún improperio mirando a mi tío y se liaba. La discusión acababa con mi abuela llorando en la cocina, abrazada por mi madre y mi abuelo soplando entre dientes, mientras mi tío se levantaba y se encerraba en su habitación o se iba a la calle.

Pero aquel año fue distinto. Fue a principio de los 90, yo todavía no había cumplido los 17 pero me faltaba poco. No habíamos visto a mi tío en todo el año, pese a que mi madre hablaba casi a diario con él por teléfono. Incluso llegó a decir que ese año igual no venía. Pero al final se presentó.

La tarde que llegó, en nochebuena, casi no lo reconocimos: estaba muy delgado, casi se le podía ver la calavera, cubierta sólo por una débil piel blanquecina. Ojeroso, con los ojos hundidos y rodeados por unos círculos morados. Ni tan siquiera la cabeza se libraba: había perdido su brillo y su piel también se veía flácida. Llegó tosiendo, llevándose el puño a la boca cada vez que le venía un acceso que parecía dejarle sin fuerzas para andar. Se movía lentamente, casi arrastrando cada paso. Su llegada fue fría, únicamente mi madre y mi padre se levantaron a darle un abrazo y dos besos. Mis abuelos se limitaron a saludarlo a media distancia.

Vestía sobrio, nada que ver con los estampados alegres de las otras veces: unos tejanos que le venían anchos y un sueter de lana blanco del que únicamente sobresalía la nota de color de un lazo rojo cogido con un alfiler a la altura de su pecho, a la izquierda, sobre el corazón. Un pañuelo también rojo que le cubría el cuello era la otra licencia de color que concedió a su vestimenta. Pañuelo que, pese a la calefacción, no se quitó en toda la noche.

La cena transcurrió en silencio, todos cabizbajos, centrados en sus platos. En aquella ocasión, los gritos fueron de mi abuela, de dolor, en alguna de sus escapadas a la cocina entre plato y plato, mientras mi madre se levantaba con ella, mientras que las lágrimas fueron de mi abuelo, calladas, resbalando lentamente sobre su cara mientras sus nudillos se volvían blancos al apretar los dedos contra sus palmas. Acabamos la cena y nos retiramos a dormir.

A la mañana siguiente, mientras yo estaba sentado en mi cama leyendo, él entró a la habitación. Había cambiado el sueter blanco y el pañuelo por uno más fino, negro, de cuello alto, aunque el lazo continuaba en su sitio, sobre el pecho. Lentamente, arrastrando los pasos, se acercó hasta sentarse junto a mi en la cama. Me miró fíjamente a los ojos y sonrió. Me cogió la mano derecha y, al abrirla, depositó un preservativo sobre ella, mientras la cerraba. Puso su mano en mi mejilla y la acarició mientras, sonriendo y casi en susurros me dijo: “siempre”. Y me dio un beso en la frente.

Igual de lento que se había sentado, se levantó y, sin mirar atrás salió de la habitación, cerrando una puerta de la que no pude apartar la vista hasta que escuché también como se cerraba la de entrada a casa de mis abuelos.

Fue la última vez que lo vi.

 

 

De repente, el otoño

 

color

Una breve señal, débil, etérea.

Un ligero matiz.

Una suave pincelada distinta.

Un ligero cambio de color.

No lo notas, no lo percibes, no lo sientes.

Pero, un día, y sin aviso, el otoño llega a tu vida.

Descuento

 

Yo, contable desde que tengo uso de razón, aprendí a descontar el día que te conocí:

 

Descontaba los días que quedaban hasta verte.

Descontaba las horas del día en que no te soñaba.

Descontaba los minutos entre mensajes cargados de intención.

 

Descontaba los besos que guardaba para ti.

Descontaba las caricias que acumulaba para cuando te viera.

Descontaba los abrazos que quedaban pendientes tras cada encuentro.

 

Descontaba las palabras que no me atrevía a decirte.

Descontaba las letras en borradores que no te enviaba.

Descontaba las canciones que no te cantaba.

 

Descontaba los desayunos que no compartíamos.

Descontaba las comidas que hacía pensando en ti.

Descontaba las cenas en las que te imaginaba junto a mi.

 

Y, ahora que ya no estás,

 

¡¡Descuento del 50% sobre el precio de venta en todos los regalos que me diste!!

 

 

Susto

 

¡¡ UH !!

Imprescindible

La camisa blanca, impoluta, almidonada, le ajusta sobre el cuerpo como una segunda piel. No sabe cuántas ha tenido, posiblemente cientos de ellas, de distintos estilos según el tiempo, pero siempre blancas. Las mangas, recogidas para que no entorpezcan su trabajo con un par de vueltas, sin llegar a los codos.

Mientras las manos van trabajando, su rictus es serio, como concentrado. Lleva horas en su puesto y no ha variado su gesto ni un segundo. Es su forma de ser, de actuar, de proceder. Aunque no siempre ha sido así.

Su mirada, de profundos ojos oscuros parece perdida en algún punto del horizonte. Si bien la baja de vez en cuando para corroborar la corrección de su trabajo, pero, una vez asegurado de ello, la vuelve a levantar y vuelve a perderla en el horizonte.

Frente a él, a escasos tres metros, se alza una pared con decenas de fotos de un pasado que, vistas las imágenes, se antoja mejor. Unas fotografías que devuelven el color del pelo, de la tez y los kilos que hace tiempo que ya ha perdido. Todas las paredes del local, mires donde mires, están repletas de fotos en las que aparece mucho mas joven, mucho más sonriente y mucho más vivo junto a ilustres personajes que visitaron su local en una época pasada. Él, desde su puesto de trabajo tras la barra, las mira, pero no las ve.

Es el dueño del local, un pequeño bar restaurante en una callejuela de la ciudad al final del camino. Pero, pese a ser el dueño, su trabajo sólo está tras la barra. Ni tan siquiera la caja la hace él. Desde hace tiempo, camareros extranjeros se ocupan de todo lo referente al despacho y atención a los clientes, desde la nota, hasta el pedido y la cuenta. Él se atrinchera tras la barra, a la que raramente accede alguien más, y se ocupa de que no falte nada desde allí.

A su izquierda, colgado sobre el micrófono de los pedidos a la cocina, un sencillo folio en un más sencillo marco lanza su mensaje: “El cementerio está lleno de imprescindibles”. Lo colgó ahí su único hijo, la noche antes de salir hacia Gabón de cooperante junto a su novio, harto de la indiferencia de su padre, harto de pasar las horas enteras en el bar porque éste no tenía tiempo para salir, harto de la no aceptación de su condición por el “qué dirán”, harto de sentirse ahogado, harto de no existir. No lo ha quitado, no se ha atrevido. Aunque no suele mirarlo, su hijo quedó muy lejos de él cuando dijo que aquella vida no era vida, que había algo más que servir mesas y que no iba a continuar con el negocio familiar. Fin del hijo.

Van pasando las horas, los clientes van pidiendo sus cuentas, pagan y se van. El local se va vaciando poco a poco. Los camareros, diligentes, recogen las mesas, limpian el suelo, sacan la basura, van preparando el cierre. Él, tras su barra, sigue impertérrito su tarea: limpiando la cafetera, arreglando las botellas de licor, rellenando de sobres de azúcar el cajón, metiendo botellas en las neveras.

Solamente al final de la noche, cuando ha comprobado que el local está totalmente vacío, cuando piensa que su trabajo diario ya está terminado, cuando sólo le queda apagar las luces, se acerca al último botellero, el de la esquina, el que está a más baja temperatura. Lo abre, mira dentro y esboza la única sonrisa del día, mientras introduce su mano lentamente hasta que acaricia la piel, fría pero todavía suave del brazo tantas veces conocido. Suspira y entre dientes, murmura “Mira, Modesta, ya ha pasado otro día, como tantos otros. Nada ha cambiado desde que te fuiste, igual que ayer, igual que mañana. Sabes que nada me apetece más que encontrarme contigo, aunque fuera de la misma forma que hiciste tú, de forma temprana por voluntad propia, pero esto no funcionaría sin mi.”

Se lleva la mano a los labios, deposita un beso sobre sus dedos y acerca éstos a esos labios, ahora fríos pero que él conoció calientes.

Cierra el botellero, vuelve a suspirar, apaga las luces y sale del local.

Mañana será otro día. Y tendrá que volver a su local para que la máquina siga funcionando.

 

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Tere, te la debía. Te lo prometí. Aquí la tienes.

Santy, en Gabón se lavan con “savon” (hablan francés).

Dolor físico

No pensé que podría ser así, no podía imaginarlo. Y más, sabiendo que fui yo el que tomó la decisión, asumiendo todas las consecuencias y siendo plenamente consciente de lo que hacía. No vale engañarme pensando que otros me influyeron a hacerlo, que me animaron a dar el paso. Fui yo, y sólo yo, quién decidió seguir adelante. 

Y, ahora, también soy yo, y sólo yo, quién lo está sufriendo. 

Y ahora estoy solo. Todos aquellos que me empujaron no están, ni se les espera. Me toca lamerme las heridas y pensar si realmente valió la pena hacerlo. 

Es un dolor físico, real. Es cómo si mil agujas se clavarán en mi ser cada vez que hago un movimiento familiar, cada vez que visito una parte de la casa, cada vez que , inconscientemente, realizo cualquier acto que, hasta ayer, hacía con total naturalidad. 

Incluso los más mínimos, me llevan a un dolor que se empeña en interrogarme si realmente valió la pena. 

No han pasado ni veinticuatro horas y aquí estoy, en la cama, tumbado mientras escribo estás letras intentando expiar mi culpa, retorciéndome a cada tecla que pulso, atormentándome al recordar el momento que decidí dar el primer paso. 

No hace ni veinticuatro horas de la carrera. 

Y estas agujetas me están matando. 

Nueva colaboración impresa

 

Cuando desde @SilencioEsMiedo me comentaron el tema del número 3 de su revista y me propusieron colaborar, no tuve ninguna duda: lo iba a hacer con uno de los relatos a los que más cariño le tengo desde que publico en el blog.

 

“Tierna mirada” surgió en la primera temporada del juego de las tres palabras gracias a la propuesta de la fantástica Rosa @mrsrosaperez, que me retó a escribir un relato que incluyera las palabras: Bicicleta, manzana y cuchara. Con ellos, escribí el texto que está incluido en la revista. Un relato de amor desde la inocencia pero con la potencia justa para llegar a los sentimientos. Cada vez que lo leo me enternece y ha sido, desde el primer día, uno de mis favoritos.

 

Desde aquí no quiero más que agradecer a @SilencioEsMiedo el que haya vuelto a contar conmigo para su fantástica revista y os animo a todos a que os la descarguéis en alguna de sus versiones que podréis encontrar en el post que se abre al pinchar en el siguiente link:

 

El silencio es miedo Nº3

 

Además del mio, podréis encontrar más relatos, poesía y artículos de ensayo que hacen de la revista una delicia para leer.

 

Si, por casualidad, me leéis desde Palencia, recordad que os podéis hacer con una copia en papel en los establecimientos colaboradores, así que no perdáis la ocasión.

 

Irreversibilidad decidida

Diario de supervivencia. Tercer día.

Hoy me he despertado con los músculos totalmente apelmazados. Me gustaría pensar que sólo he dormido una noche y que hoy es el tercer día que amanece tras la gran explosión, tal y como enumero en mi diario, pero no tengo la certeza de que así sea. Quizá haya estado varios días inconsciente, o en eso se empeñan mis músculos en convencerme cada vez que me muevo, o quizá los días y las noches ya no tengan la duración que solían tener. Tendrá que pasar más tiempo para poder averiguarlo por mi mismo.

El paisaje es, si cabe, más desolador que en mi anterior periodo de consciencia: Los troncos débiles y cortos que quedaban han desaparecido por completo, dejando el paisaje totalmente huérfano de vegetación y sólo hay una tierra yerma y suave a la vista.

Tras una mirada más amplia, he comprobado que sólo quedaba en medio de la nada el obelisco de la vieja fuente que se erige erguido sobre el terreno, pero también sin rastro del vaso que antaño refrescaba los pies de pequeños en el verano.

De repente, he sentido un ligero estremecimiento que ha recorrido el suelo, tras el cual el caño que encumbraba el obelisco ha soltado un chorro de líquido, viscoso, pastoso y blanquecino, quizá las últimas gotas que le quedaban en su interior para, a continuación, caer al suelo, perdiendo su esplendor y su firmeza, dejando el paisaje ya sin ningún punto de referencia.

Me he puesto la mano sobre la frente para intentar que los rayos del sol no castiguen más mis pupilas y he intentado escrutar el horizonte. Muy a lo lejos, justo donde parece que una cordillera se alza como un muro infranqueable, lo que parece ser una frontera de vegetación más densa se alza a la vista. No tengo claro que se trate de árboles, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de comprobarlo.

El camino se antoja muy duro, dado el extenso desierto que me separa de dicha frontera, y que tendré que recorrer bajo los rayos del sol, sin ninguna sombra a leguas que se pueda intuir ni líquido a la vista para refrescar mis pasos. Por lo menos, tengo la certeza de que la tierra que piso es llana y suave, sin accidentes y que la visión es perfecta, por lo que tampoco tengo miedo a los posibles depredadores, si es que ha quedado algún otro ser vivo tras el incidente 

Mi única esperanza es llegar y poder encontrar allí algún resquicio de la vida que aquí ha sido aniquilada, cortada casi de raíz desde su nacimiento y comprobar si existe algún otro humano además de mi persona y con capacidad para continuar la especie, porque algo me dice que yo no voy a ser capaz de ello.

Pensar que todo esto fue por mi culpa, por una decisión exclusivamente mía va a ser la mochila más pesada que voy a arrastrar a lo largo de todo el camino que recorra. Carga que tendré que llevar y que, a buen seguro, tratará de convertirse también en mi verdugo. Me aclamaré al ese cielo en el que dejé de creer hace ya mucho para no dejarme vencer por ella y lograr recomponer todo el daño que he causado. 

Maldigo el momento en que pulsé el botón de encendido, pensando que las consecuencias y los riesgos estaban controlados. Ojala pudiera volver sobre mis pasos. Pero ya es tarde. Ahora sólo queda la lucha más cruel, la que libraré contra el pasado, contra mis decisiones y contra mi culpa.

Espero poder seguir escribiendo más capítulos en este diario, por lo menos, para expiar mi alma y mostrar al mundo, si queda, mis razones para la devastación.

Escribo estas últimas líneas mientras mi frente se llena de sudor y mis pies empiezan a arder. Emprendo camino. Maldito camino.

Percepción

Rutina. Como cada día. Como algo aprendido e involuntario que hace el cuerpo de forma automática. Ahueca el cojín con un par de golpes de mano, con las palmas abiertas, sin dejar que caiga, el cojín ablandándose en el aire entre golpe y golpe. Le da una vuelta y lo deja caer sobre la almohada, como extensión de ésta. Se sienta sobre la cama y saca los pies de las zapatillas acolchadas. Se ajusta el pantalón del pijama y mete las piernas bajo las sábanas. Un breve giro hacia la izquierda buscando, a palpas, el interruptor de la lamparita que descansa sobre la mesilla de noche. Sube la mano por el cable hasta que encuentra la pequeña caja que acciona el mecanismo e ilumina la estancia. Una luz suave, directa sobre su regazo. Estira un poco más la mano hacia la izquierda hasta alcanzar el libro de ese momento. Lo lleva a su regazo y, pasando los dedos suavemente por el punto de lectura, lo abre por el lugar en el que la noche anterior le venció el sueño. Se ajusta las gafas, tose y se dispone a seguir su lectura.

Rutina. Como cada día. Desde hace mucho tiempo.

Pero, de momento, algo cambia, algo perturba su lectura. Es un chasquido de lengua, un chisteo persistente, una llamada. Levanta la vista buscando el origen del mismo y, entonces, la ve.

Está apoyada en el marco de la puerta del baño, el brazo levantado, el codo apoyado sobre la madera y la mano sobre su cabeza. Del hueco sale la luz, todavía encendida, potente, de los focos del espejo. Esa luz marca perfectamente su silueta sobre la bata de gasa que cubre su cuerpo, transparente por el efecto de la luminosidad de la estancia contigua, mucho mayor que la débil iluminación de su lamparilla de lectura.

Se quita las gafas, cierra el libro y lo deja en el punto inicial en el que lo había encontrado al llegar a la habitación. Esa noche puede esperar la lectura. No puede apartar los ojos de las curvas que se dibujan en la puerta de enfrente. Sugerentes, suaves. Recorre con la vista el contorno del brazo apoyado, la axila, la suave curva del pecho, que acentúa perfectamente la estrecha cintura, el giro hacia la cadera y las piernas.

No le ve la cara, pero intuye su sonrisa, pícara, sobre sus carnosos labios, dejando imaginar unos dientes bien cuidados. Ella puede ver perfectamente su sonrisa, lo que la empuja a bajar el brazo y, lentamente, acercarse hacia el lado de la cama en la que él la espera.

Suspira. Esos pasos ligeros, lentos. Ese movimiento de cadera cada vez que la planta del pie se apoya en el suelo. Se acerca llevando una mano apoyada en su cintura, lo que hace que su cuerpo se mueva como si bailara, como esa pareja de tango que busca el arranque del baile con movimientos sugerentes.

Llega a su altura y baja la cabeza. Suavemente, acerca los labios a su boca y deja caer el primer beso. Él nota la carne sobre sus comisuras, cómo presiona su boca. Es un beso dulce, pero a la vez húmedo, evocador, provocador. Sin que lleguen a separarse los labios llega otro beso, más fuerte, aquí ya puede notar toda la carne de los labios. Carne dura, pero suave. Unos labios carnosos, hambrientos de otros que le devuelven el movimiento.

No separa los labios y, con un rápido movimiento, sube a la cama y se sienta a horcajadas sobre él, que nota la presión por debajo de su ombligo. Lentamente empieza a mover la cadera y él le responde haciendo lo propio con la suya. Mientras, le ha cogido con ambas manos por el cuello y le ha subido la cabeza, haciendo que él separe la espalda del cabecero de la cama y la yerga sobre la almohada y el cojín, todo para responder a los besos, que se han intensificado al entrar en juego las lenguas, que pelean entre ellas por entrar a conquistar la boca del otro.

Una breve presión hace que él tenga que volver a echar el cuerpo hacia atrás, ella ha separado su cabeza y, con sus manos, busca los botones del pijama que tapa el pecho de él, que ya sube y baja en un compás agitado por la respiración. Sin dejar de mover las caderas, va desabrochando lentamente los botones, uno a uno hasta llegar al último, que se esconde un poco por debajo del ombligo, cerca del sitio en el que sus sexos están rozando, lo que obliga a parar el baile por un instante. La tregua es corta, pues el movimiento vuelve cuando ambos lados del pijama caen y dejan todo el torso masculino al descubierto, predispuesto a dejarse acariciar en círculos por las suaves yemas de los dedos de ella, que recorren los laterales de las costillas, rodean el pecho y suben hasta los hombros, en un recorrido estremecedor que hace erizar los poros de una piel que ya estaba a la espera.

Ella se incorpora, endereza su espalda y cruza las manos por su cintura para, con el movimiento típico femenino, lleno de sensualidad y delicadeza, quitarse la camiseta. Él aprovecha el momento para posar sus manos sobre la delicada cintura, notar con las yemas de sus dedos el raso de las braguitas, hundir un poco sus dedos sobre el elástico de éstas y recorrer todo el contorno hasta el ombligo. De ahí, sin dejar de disfrutar de la suave piel, cubre la distancia que separa la cintura de los tersos pechos lentamente, dejando que la piel de sus manos resbale por cada centímetro del torso que ella le ofrece y disfrute de cada milímetro conquistado.

Los pechos, generosos, firmes, llenan las palmas de sus manos que, en forma de cuenco, los abarcan, los aprietan, los juntan, los acarician. Nota el gemido cuando, con ambas manos, rodea los pezones y los pellizca suavemente, notando cómo se endurecen, como se ofrecen erectos a una caricia cada vez más potente.

El baile se ha ido acelerando, el roce se ha intensificado, el movimiento se ha hecho más salvaje. Los gemidos, las respiraciones, las pulsaciones han hecho lo propio. Los cuerpos van respondiendo. Es el momento. Un leve empujón, una caricia más fuerte y el cuerpo de ella se desploma sobre el otro lado de la cama. Abre las piernas y él se incorpora. Ahora le toca a él marcar el ritmo. Desde arriba, vuelve a buscar el roce, reanudar el movimiento, seguir la danza.

Apoya las manos a ambos lados de los hombros de ella, que sube las manos hasta su cuello y entrelaza sus dedos. Sus cabezas quedan a pocos centímetros. Sus miradas se encuentran, al igual que sus sonrisas. Y se vuelven a ver como la primera vez, hace ya cincuenta años, tal día como esa noche, al principio de verano. Esa primera vez en que sus cuerpos se encontraron sin tela de por medio y sus miradas estuvieron una encima de la otra a escasos centímetros y sus sonrisas se hablaron.

Cincuenta años que a él se le han pasado en un suspiro, en los que sus vidas y las de su entorno han cambiado pero en los que, para él, ella no ha cambiado ni un ápice, por mucho que las fotos digan lo contrario: la misma piel, los mismos pechos, la misma cintura, la misma cadera. Cincuenta años viendo un cuerpo perfecto entre sus brazos, disfrutando de una piel tersa entre sus dedos, recorriendo unas curvas suaves entre sus manos.

Cincuenta años con una única percepción, aquella que le volvió loco cuando la tuvo frente a sus ojos y sonrió. Como ahora. Como siempre.