Todo un jardín

Apoyado en el marco de la puerta, no podía evitar que una amplia sonrisa iluminara su cara. El espejo le devolvía una carita pequeña, sonrosada, de ojos vivos y rodeada de rizos rubios. En el centro de la misma, un cepillo minúsculo de dientes llenaba de espuma unos labios finos. El aroma a flúor sabor de fresa impregnaba la pequeña estancia.

Esperó a que se enjuagara la pequeña boca para ofrecerle su mano y que ella la tomara con delicadeza. Se recreó en el suave tacto que ofrecía aquella pequeña extremidad en contacto con la suya, nervuda y arrugada. Así, cogidos, se acercaron a la cocina, donde su mujer estaba acabando de fregar los restos de la cena. Sin dejar de tocar el agua y con cuidado de no mojarla, bajó la cabeza a la altura de la pequeña.

- Buenas noches, abuela.

- Buenas noches, cielo. Que duermas bien.

Acompasó sus pasos a los pequeños pies que caminaban junto a los suyos hasta la habitación que había a mitad del pasillo. Encendió la pequeña luz de la mesita y se recreó en arropar aquel pequeño cuerpo, que casi ni llegaba a arrugar la almohada. Ella sacó los brazos de las sábanas y los estiró, esperando un abrazo y un beso que llegó raudo.

Todavía abrazados, le dijo al oído:

- Abuelo, cuéntame otra vez lo de los nombres de los tíos y las tías.

Suspiró. Lo esperaba con ganas, aunque no lo dijera. Sabía que era la historia favorita y le encantaba que le pidiera que se la contara. Aclaró la voz y comenzó:

- Todo viene de tu bisabuelo, mi padre. Él era jardinero, uno de los mejores de la ciudad. Por eso vino el rey a buscarlo, para sus palacios. Eso hizo que tuviera que irse a vivir a la capital. Eran otros tiempos, en los que viajar era muy costoso y llevaba mucho tiempo. Él siempre quiso tener hijas, pero sólo me pudo tener a mi. Él fue quien me enseñó todo lo relativo al jardín y las flores. A ratos, cuando podía escaparse y pasar un par de días conmigo, pasaba horas y horas enseñándome flores, plantas y la forma de cuidarlas. En una ocasión, mientras estábamos cuidando un rosal,  me dijo: “Algún día, aunque yo no esté, te casarás y tendrás niños o niñas. Recuerda que ellos serán como este jardín, dependiendo el cuidado y el cariño que les ofrezcas, crecerán sanos y fuertes o bien débiles y enfermos. A ellos también tendrás que darles comida, cuidarlos, arreglarlos y darles mucho cariño, al igual que todas estas flores. Yo te vigilaré aunque no esté, para que el jardín no se llene de malas hierbas y sea el más bonito del lugar.” Mi primera hija, tu tía la mayor, vino en el mes de Mayo. Él la cogió en sus brazos. Estaba sonrosada y era delicada. Miró el jardín mientras la acunaba y dijo: “Ha llegado cuando florecen las rosas, su misma cara es un pequeño capullo que está empezando a reventar y que quiere enseñarnos su color.” Le pusimos de nombre Rosa. Fue la única que vio, porque tu bisabuelo subió a cuidarnos desde el cielo ese mismo invierno. Pero no se me olvidó cuidar mi jardín, porque sabía que me observaba y que lo sigue haciendo. Tras la tía Rosa vinieron el resto: Tu tío Narciso y tu madre, Violeta. Cada uno con el nombre de la flor que florecía en el época en que nacieron.

- ¿Y el tío Paco?

- Bueno, esa es otra historia que habla de una guerra, un abuelo que pasa tiempo fuera de casa y una abuela a la que le gusta mucho el baile y el clarete…

- ¡¡Jacinto!! – Se escuchó una voz enérgica que venía de la cocina – ¿qué le estás contando a la niña?. Déjala que duerma.

- Bueno, ya has oído a tu abuela, Margarita. Es hora de dormir. Mañana iremos al monte a por amapolas silvestres, ¿vale?

- Vale abuelo. Buenas noches.

- Buenas noches.

El beso fue dulce, como siempre.

La asesina

Aparcó el coche en la acera opuesta a la casa y se quedó observándola antes de salir. La escena era la típica en esos casos: dos coches de policía, tres agentes tras la tira de plástico amarilla aguantando a las dos docenas escasas de curiosos que, a esas horas de la noche, se apretaban para ver algo (¿la gente no dormía?) y un par de cámaras de televisión.

“Carroña”, pensó al ver a éstos últimos. ¿Cómo diablos se enteraban? En algunos casos llegaban antes que la misma policía.

Se apeó del coche y tomó aire antes de cruzar la calle. Tal y como pisó la acera contraria notó el primer flash, directo a sus ojos, dejándolo en una penumbra instantánea. Se llevó la mano a la cara instintivamente y suspiró. No tardaría en llegar la primera pregunta: “Inspector, ¿Se sabe algo del asesino?”

Un agente levantó la cinta amarilla al verle llegar, que agradeció con un gesto de la mano cuando se agachaba para pasarla. Detrás dejó que los dos agentes que quedaban se las apañaran para mantener alejada a la pequeña multitud que se apretó contra la entrada del jardín al verle llegar. En sus oídos se mezclaban las preguntas que, a gritos, le lanzaban los de la prensa.

“Maldita carroña” llegó a mascullar entre dientes, mientras cruzaba el sendero enladrillado que rompía el pequeño jardín de césped y llegaba hasta la casa.
La puerta principal estaba abierta, pero la mosquitera no, así que abrió ésta y entró en la casa.

La escena que le esperaba también era la habitual: dos policías de uniforme charlaban en la entrada, uno de ellos con un café en la mano (¿Lo traería de casa?, lo dudaba); una mujer se las veía con su pincel en varios pomos, la científica buscando huellas; el flash del fotógrafo se unía al ruido del disparador…

El forense le esperaba a los pies de la escalera.
- Doctor – dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha a la frente.
- Hola, inspector – contestó éste – ¿Una noche movidita?
- Lo normal, es como si la primavera les alterara y los hiciera más gamberros. ¿Qué tenemos?
– Está arriba. No hay ninguna duda. Asesinato.
- ¿Me acompaña y me cuenta detalles?
- Por supuesto, aunque hay poco que contar, ya lo verá usted mismo.
Acompañó la última frase apoyando la mano sobre la espalda del inspector, animándolo a emprender el camino por las escaleras. El trayecto lo hicieron en silencio, hasta la habitación.

Nada mas entrar vio el cadáver en el suelo, tapado con una manta. No le hizo falta ni acercarse. Se giró hacia el forense, que asentía con la cabeza.
- Hay que buscar a la mujer que ha hecho esto.
- Se lo había dicho, estaba claro: un asesinato de libro.
- Tenemos que empezar a pensar en una asesina en serie, es el tercer caso de priapismo que nos encontramos este mes.

Runner

¿Que cómo empecé en esto?
Bueno, supongo que como mucha otra gente: un día, sin que lo veas venir, tu empresa cierra y te ves en casa, con treinta y pico de años, con todo el tiempo del mundo y sin saber que hacer. Has visto cómo muchos otros lo hacen y te preguntas, ¿por qué yo no?

Recuerdas que, cuando eras más joven eras rápido y ágil, no eras de carreras de fondo, eras más de velocidad, de explosividad. Ahora tu cuerpo ha cambiado (mucho), pero con un poco de práctica crees que mejorará. Te acercas al armario y allí está el chándal, ese que sólo te ponías los domingos por la tarde, para ver el fútbol en la tele junto a una cerveza.

Así que un día te decides, y saltas a la calle. Empiezas alejándote de tu barrio, te da vergüenza que te vean y, en una ciudad grande como la tuya, encontrar otros sitios para empezar es fácil. Las primeras veces son agotadoras, realmente has perdido la forma y tu estilo no es el adecuado. No controlas tu cuerpo, tu velocidad, lo que hace que te canses demasiado, no llegues muy lejos y no consigas lo que te habías propuesto. Pero te lo tomas como algo normal.

La falta de práctica hace que muchas veces no consigas tu objetivo, lo que te lleva a obligarte a estar un par de días “en dique seco”, pero, cada vez éstos son menos.

Pero, por otra parte, empiezas a ver a otros que están como tú, y ahí ves lo maravilloso que puede ser el compañerismo. Primero te miran con una media sonrisa, luego te saludan y, poco a poco, se produce un acercamiento que te lleva a compartir con ellos esos momentos. Se vuelcan en ti, te ayudan a mejorar estilo, a coger fondo, a elegir los mejores sitios, a que veas itinerarios alternativos. En poco tiempo te ves quedando con ellos, saliendo juntos, compartiendo momentos. Entras en una dinámica en la que te hacen pertenecer a un grupo, selecto, apartado del resto que no hace nada, te arropan, te apoyan.

Hasta que, un día, se plantan ante ti, te miran, sonríen y te enseñan el caramelo: Una media.

Tu te niegas: no es lo tuyo, es demasiado, no es tu propósito, no te ves, es arriesgado… Pero ellos te razonan, te animan: es más fácil de lo que crees, nosotros te apoyaremos, te instruiremos, estaremos acompañándote en todo momento.

Te convencen.

A partir de ahí, son un par de meses de no parar: recorridos, entrenamientos, planes… Hasta que llega el gran día. Ese día todo son nervios, pero es cierto, ellos están contigo, desde el principio hasta el final. Lo han hecho otras veces, y se nota. Alcanzas el objetivo y te sientes fuerte.

Repites, una, dos, tres veces y te vas confiando, lo vas dominando. Hasta que llega el día en que algo falla, y no puedes acabar.

En mi caso fue el Sebas. Ese día estaba nervioso. Se lo notamos tal y como se puso la media y la tomó con el de seguridad de la sucursal: empujones, insultos, una patada y, de pronto, la recortada que se le dispara. Fue al techo, pero nos asustamos, siempre habíamos hablado de balas de fogueo, sólo por intimidar, pero estaba cargada de verdad. Nos tiramos al suelo, momento que aprovecharon el de seguridad y unos cuantos clientes más para saltar sobre nosotros y reducirnos. Intentamos zafarnos, pero fue imposible. Llegó la policía y nos detuvieron.

Yo era el más nuevo, no estaba fichado por algo tan gordo, era mi primera vez, así que decidieron enviarme a una cárcel tranquila, sin presos demasiado peligrosos.

Hace ya tres años que estoy en Teruel, mis compañeros se quedaron en Alcalá Meco. Me quedan dos años, a ellos más. No he vuelto a saber de ellos. Ahora paso los días paseando al sol. Y lo tengo claro, cuando salga se acabaron las aventuras, ni media, ni tirones.

No quiero volver.

Déjate llevar

- No, no, no te gires, no me mires, simplemente, llévame. Lejos, muy lejos. Allí dónde el cielo se junta con las estrellas , dónde el mar se funde con el horizonte, dónde el aire mece las nubes haciéndolas bailar sobre un fondo azul celeste. O quizá más lejos todavía, dónde los sueños se cumplen con sólo volver a cerrar los ojos; dónde todos los labios tienen su contrapartida, no quedando ningún beso sin ser dado; dónde los abrazos son sinceros, cálidos, reconfortantes; dónde las manos sólo sirven para rozar con las yemas de sus dedos la piel ávida de contacto. Llévame lejos, muy lejos, dónde la música flote, las palabras fluyan y los pensamientos sean libres. Llévame allí, sin demora, porque sé que nuestros corazones latirán con mas fuerza.

- Que mire, señora, que yo la llevo. Pero la carera le va a salir por un pico.

- Ainsss… En fin, pues lléveme a Arturo Soria, a tráfico. Pero póngame usted la COPE.

- Ah, no. En mi taxi sólo se oye al Francino.

- …Y encima me toca el único taxista rojo de Madrid.

- ¿Cómo dice?

- Nada, nada, que ponga lo que quiera.

- Pues vamos marchando. Qué tiempo tan raro, ¿eh?, igual hace sol que llueve. Y qué días de aire.

- Si, si, si…

Punto de inflexión

Viernes, 7 de Febrero de 2.014

6:10 – Suena el despertador;  inexorable, tirano, incontestable, como todos los días. La Yol se levanta lentamente y se queda sentada en el borde de la cama. La oigo suspirar, últimamente las noches están siendo duras, el sueño no llega como debe y el descanso no es el debido. Sé que tengo parte de la culpa, pero no puedo evitarlo. Lentamente, se quita la camiseta del pijama y veo cómo su silueta se dibuja sobre la luz de las farolas que se cuela tímidamente entre los agujeros de la persiana. Pienso lo mucho que me gusta, y lo increíble que puede parecer que, después de veintitrés años, ese cuerpo me siga enamorando cada vez que lo veo. Se levanta y se dirige hacia el baño.  Me acurruco en su lado de la cama, abrazando la almohada y notando su ausencia.

6:35 – La Yol ha acabado y sale del baño, se sienta en mi lado de la cama y, con los ojos todavía sin acostumbrar a la falta de luz, me busca para darme el beso de despedida. Juego a que no me encuentra, sonríe al dar un par de besos al aire hasta que me acerco y nuestros labios se encuentran. La despedida habitual y baja a la cocina, a desayunar. Yo aprovecho para encender la luz de mi mesita y, mientras la escucho prepararse el desayuno, abro el libro para leer un rato. Es mi momento de tranquilidad lectora. Estoy con “De qué hablo cuando hablo de correr”, un libro de Haruki Murakami que hacía tiempo que quería leer. Me está gustando, te hace pensar sobre la vida que llevamos. Escucho la puerta mientras paso las paginas, la Yol se va a trabajar.

7:10 – Hora de empezar. Salgo de la cama, pongo las sabanas en la ventana, me aseo y bajo a desayunar. Preparo los almuerzos de los niños y me siento con mi tazón de café con leche, mis galletas y mi iPad. Abro el apalabrados y veo las jugadas. Últimamente son Fran, Susana y Gabi quienes estimulan mis neuronas de buena mañana haciendo que busque las palabras con mayor puntuación. Y Mònica, por supuesto, que se ha convertido en algo más que una contrincante para pasar a ser una parte de mi vida a la que echo en falta las mañanas que no la tengo al otro lado del desayuno, para compartir jugada, saludo o confidencia.

7:45 – Toca truncar los sueños infantiles. Adrián se hace un poco más el remolón y Nico se despierta con su habitual sonrisa. Quien no lo ha sentido no puede imaginar lo bien que saben esos besos pastosos a primera hora de la mañana.  Aseo, desayuno, camas preparadas, dientes limpios, un rato de tele, chaquetas, zapatillas, mochilas y al cole.

8:20 – Salimos hacia el cole. Desde que yo estoy en casa vamos andando, las abuelas los llevaban en coche. Son poco menos de veinte minutos a paso infantil. Nico de la mano, Adrián un par de pasos por detrás. Hablamos por el camino; Adrián del cole, de sus amigos, de sus pensamientos, de su mundo; Nico de fútbol, como siempre.

9:10 – Tras dejar a los niños en el cole, llego a casa, me cambio y salgo a correr. Hoy no hace mucho frío y cojo ritmo rápido. Casi nueve kilómetros a poco más de cinco minutos el kilometro. Me conformo con la marca, aunque debería aumentar la distancia. Hago propósito de enmienda para que así sea, como cada día, aunque sé que no lo cumpliré. Día tras día salgo pensando que debo pasar la barrera de los diez kilómetros, pero, cuando me estoy acercando, mis piernas no acaban de responder y vuelvo hacia casa. Sé que cuando consiga hacerlo más de dos días seguidos, lo veré de otra forma, pero hoy sigo como siempre.

11:00 – Una vez duchado y repuesto salgo hacia el Ecus, a almorzar con Juanlu y con Juanjo. Es increíble cómo un rato así, con los amigos, es capaz de cargarte las pilas, de llenarte de energía positiva, aunque no hables de nada importante, sólo tontees y compartas el momento. Es de lo mejor de la semana, ese momento que tal y como acaba, esperas que vuelva, aunque tengas que esperar otros siete días. Muchas mañanas me encuentro con el móvil en la mano, dudando si llamar para quedar, pero no lo hago, mis obligaciones laborales me tienen atado en casa, tras el ordenador. Tras el almuerzo, toca comprar para hacer la cena: Consum y la carnicería. En esta última se me hace la boca agua. La carne cruda se presenta ante mí y me llevaría de todo. Se nota cómo los pequeños comercios cuidan más la calidad de sus productos que las grandes superficies.

12:15 – Una vez en casa comienzo a cocinar. Voy alternando entre las carrilladas al vino tinto y el tiramisú, pues los tiempos de cocción dan para ello. Pongo música. Elijo una lista con la Banda Sonora de True Blood, country y rock a partes iguales. La receta lleva vino y aprovecho para tomarme una copa. Me sorprendo cantando a grito el “Bad things” de Jace Everett y bailando mientras voy añadiendo ingredientes a la olla. Paso el resto de la mañana en la cocina, cantando, bailando, cocinando, bebiendo vino y limpiando.

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Son las 15:30 y estoy sentado en el sofá, hace rato que he acabado de cocinar y de comer y en poco tiempo llegará la Yol de trabajar. Estoy escribiendo esto en el ipad mientras una amplia sonrisa se dibuja en mi cara. Hacía mucho que no sonreía así, de forma sincera, sin nadie que me mire, sin nadie a quien sonreír, sólo para mí. Casi se me había olvidado la sensación. Es una sonrisa inesperada por el momento en que llega, pero agradecida por lo que significa. Esta tarde no podré ir a por los niños al cole, pues tengo que cumplir con mis quehaceres laborales dado que esta mañana no he podido adelantar nada del trabajo pendiente, he estado más ocupado en vivir. Es lo único que me molesta, el perderme el momento de salir de clase y darles la merienda. Me he dado cuenta que el resto me da igual, que hoy he sido realmente feliz, que he disfrutado en casa, de la casa, con la familia y de la familia. Que algo dentro de mi ha hecho “clic” y un resorte ha saltado por los aires haciéndome entender lo simple que puede ser la vida. En estos momentos, mientras escribo estas líneas me planteo dejar el trabajo, darme de baja de autónomo y dedicarme a escribir, en casa, a plasmar letras sobre un papel hasta llegar a formar una novela, algo largo, sustancial. Supongo que de baja calidad al principio, pero no me importa, pues la satisfacción vendría al acabarla. Sería duro, renunciar a los exiguos ingresos que tengo ahora, convencer a la familia de mi decisión, aplicarme una disciplina que, en estos momentos, no tengo y lanzarme al vacío. Al igual que hizo en su día Haruki Murakami.

Quizá debería hacerlo.

O quizá debería dejar de leer a Murakami.

Advertencia

Tenía las manos entrelazadas por encima de su cabeza. Él las sujetaba con fuerza, con una mano aguantando ambas muñecas al mismo tiempo, mientras las presionaba sobre la puerta del frigorífico al que habían llegado a golpes, a empujones, tropezando antes con algunos muebles de la cocina, él empujando su cadera, ella dejándose llevar.

Él puso sus dedos índice y corazón en su nuca, y los fue llevando lentamente hacia el lóbulo de su oreja. La esquivó lentamente, siguiendo su camino por la barbilla, hacia el cuello. Sus labios estaban a escasos milímetros de distancia, lo que hacía que casi se rozaran cada vez que ella jadeaba, boqueando mientras buscaba aire para llenar sus pulmones.

- Soy capaz de subirte al cielo – empezó a decir él, susurrando, sin separar sus labios ni un ápice – De hacerte gritar de placer. De ponerte a mi merced.

Mientras iba hablando su mano seguía bajando por su cuerpo: tras la barbilla llegó el cuello, que ella ofreció ladeando ligeramente la cabeza, lo que él aprovechó para deslizar su cabeza y besarlo, con un beso húmedo, dejando que sus labios resbalaran por la piel, ya sudada, mientras su mano seguía hacia el escote.

Tras el beso volvió a subir la cabeza, para volver a poner sus labios a escasos milímetros de los de ella, y siguió con su discurso.

- Soy capaz de  grabar mi nombre a fuego en tu corazón, en tus entrañas, en tu cabeza. Soy capaz de hacer que susurres mi nombre aunque encima tengas a otro…

Tras resbalar por la piel entre los pechos y acariciar el pequeño pedazo de tela suave que unía ambas copas del sujetador, la mano siguió hacia abajo, por encima de la camisa, a la que le quedaban dos botones para acabar de desabrocharse. Al llegar al pantalón ella escondió la barriga, en un acto reflejo que no dejaba ninguna duda a la invitación a continuar.

- Soy capaz de humedecerte con sólo saludarte, con sólo llamarte, con sólo enviarte un mensaje. Soy capaz de hacer que jadees con una mirada. Soy capaz de hacerte temblar de placer hasta que pierdas el sentido…

Ella se mordió suavemente el labio cuando los dedos alcanzaron su vello púbico, empezando a acariciarlo, enredándose en ellos, mientras él los acariciaba con suavidad. Hasta que, lentamente, notó como cerró la mano sobre ellos, estirándolos con suavidad, lo que la sorprendió gimiendo, esperando más.

- Soy capaz de todo eso, y mucho más…

Los dedos se cerraron con más fuerza sobre el vello.

- Pero recuerda. Soy un hombre… y puedo ser capaz también de ser muy hijo de puta.

La mano se aferró con fuerza y salió hacia afuera del pantalón, llevando tras de sí una mínima mata de esos cabellos. Ella gimió más fuerte, mordiéndose el labio inferior, ahogando un grito que le subía de dentro, caliente.

Él se giró, se llevó la mano hacia la cara y aspiró el aroma de aquel trofeo que le sobresalía negro, brillante, ensortijado, entre los dedos. Lentamente se dirigió hacia la puerta, la abrió y, sin mirar atrás, salió y cerró.

Ella resbaló su espalda sobre la puerta del frigorífico hasta quedar sentada en el suelo. Se llevó las manos a la cara y, casi en silencio, entre susurros, comenzó a llorar.

Sonámbulo

Siempre he sido sonámbulo, desde, incluso, antes de tener uso de razón. Mis padres me cuentan que, nada más empezar a andar, me bajaba de mi camita por las noches y aparecía en su habitación, balbuceando palabras ininteligibles, cantando, llorando o riendo. Al principio se asustaron, pero se dieron cuenta que lo hacía dormido.

Eso les llevó a preguntar a especialistas sobre mis paseos nocturnos. Ahí empezó mi periplo: noches en hospitales con la cabeza llena de electrodos, pruebas, análisis, electros…

Al principio, no me enteraba de mucho, mi conciencia todavía no era capaz de asumir lo que me hacían, pero, conforme fui creciendo empecé a darme cuenta de que mi mente no era la habitual o, por lo menos, eso intentaban averiguar.

Durante el día, era un niño de lo más normal; jugaba, reía, iba al colegio… Pero por las noches empezaba el calvario en casa; paseos por el pasillo, carreras, gritos, monólogos absurdos…

Mis padres empezaron a blindar toda la casa. Cada esquina, cada recoveco, cada cuadro, cada ventana, cada puerta, cada situación, por inofensiva para el resto, era potencialmente peligrosa para mi. La casa se llenó de barreras para las escaleras, de espuma para las esquinas, de cierres para los cajones, de pestillos para las puertas.

A los dos meses de cumplir cinco años nació mi hermano menor. Tras un primer año de angustia se demostró que, en su caso, no habría paseos nocturnos. Era normal.

A partir de ese momento, su vida se llenó de comprensión y dulzura. Yo pasé a ser el rarito, el niño con el que no se podía jugar, el saludo forzado para centrarse en el pequeño, la mirada incómoda llega de interrogantes, el apartado, el apestoso. Mi hermano centró todas las caricias, todos los juegos, todas las miradas. Toda la tranquilidad de un niño.

Mañana cumplo quince años. Sigo con mis paseos nocturnos. Ahora son más espaciados, pero todavía hay noches que me levanto o hablo. La casa sigue blindada, mis padres han creído oportuno que así siga. Pero he crecido, estoy más alto. Eso deben de haberlo obviado, pues no han descolgado la katana que se trajeron de su viaje a Japón.

Ha sido sencillo: he llegado al pasillo, la he descolgado con cuidado y la he desenfundado. Aunque tengo fuerza, no ha hecho falta pues estaba tan afilada que, con sólo dejarla caer ha hecho su trabajo. Limpio, sin ruido.

No me he molestado en volverla a colgar, ¿para qué?. Al fin y al cabo, no me he enterado, lo he hecho de forma inconsciente.

O, por lo menos, eso volverán a decir los médicos, cuando me vuelvan a hacer de nuevo todos los análisis. Ahora que mis padres tendrán que volver a centrar sus atenciones en su único hijo. El rarito. El sonámbulo.

Deseando la lluvia

Agitó el tubo de ensayo con movimientos circulares y lo observó a contraluz, situándolo por encima de su cabeza.

El color rojo brillante que desprendía destacaba sobre el blanco que reinaba en el laboratorio. El líquido estaba empezando a tomar viscosidad, como era habitual cuando llevaba algún tiempo en el tubo de ensayo, por lo que hubo de volver a agitarlo para ver cómo arrancaba de las paredes las partículas ya densas para volver a juntarse con el resto y disolverse.

Tras la inspección ocular, se llevó el tubo a la nariz y aspiró con cuidado. Le encantaba aquel olor. No sabía por qué, pero desde siempre le había llamado la atención. Desde bien niño le había atraído cómo penetraba en sus nariz y le llenaba el paladar con su fragancia. Aquella muestra olía bien, lo que le llenaba de orgullo.

Se sentó en la mesa y comenzó a pulsar las teclas del ordenador, introduciendo los datos que había obtenido. El monitor empezó a volcar cifras, haciendo cálculos y a devolver resultados que fue leyendo con cuidado, parando cada vez que acababa uno de ellos para asimilarlo y procesarlo también en su mente.

Cuando el ordenador acabó de escupir datos sobre la pantalla, le dio al botón de imprimir y esperó a que la hoja estuviera completa de datos. La cogió y le dio un primer vistazo. Sin quitarla de su vista, salió del laboratorio del sótano y se dirigió al piso de arriba. Llegó a la cocina y se hizo un café con leche, humeante, tal y como le gustaba, y se dirigió al ventanal del salón.

Desde allí, sin soltar el folio con los datos en su mano, miró al cielo y volvió a expresar su deseo de que llegara esa lluvia que tanto anhelaba para que aquel año el vino fuera tan bueno como parecía que había conseguido con el del año anterior.

 

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Fue @TeresaOxxxOM quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vino, lluvia, deseo).

Gracias, María Teresa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Caridad compartida.

La bombilla que colgaba de la pared iluminaba la estancia con precariedad, haciendo que ésta pareciera más fría de lo que realmente era, pese a que aquél febrero estaba siendo especialmente duro. Ni tan siquiera ese día el tragaluz ayudaba, puesto que el aguacero del exterior llenaba sus cristales de la alegre melodía de las gotas al repicar, más que de la luz que, a esas horas, a principio de la tarde, debería estar dando.

Un relámpago lo sacó de su ensimismamiento, pues se encontraba en uno de esos estados en los que la mente, como si de un interruptor se tratara, se había desconectado, dejando la mirada perdida en un punto en el infinito. El estallido de luz hizo que la vista se fijara por un instante en el sótano que, desde hacía años, le servía de vivienda: el catre de la esquina, con un par de mantas intentando hacer conjunto y dando sensación de limpieza; la pequeña camilla del centro, recién rescatada del contenedor quince días antes y que parecía desnuda, a la espera de un mantel que escondiera su débil esqueleto; la estantería, casi repleta de libros ajados y manoseados, abiertos y cerrados una y otra vez, su única compañía algunos días en los que su salida a la calle se demoraba; la pared del fondo, llena de carteles que todavía conservaba de su época de afamado comediante, cuando su vida era un frenesí de viajes de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, de aplauso en aplauso y, cuya degradación, le recordaban su posición actual, pese a la torcida sonrisa que todavía esbozaba cuando los veía; y, por último, la mesa junto a la pared en la que colgaba el espejo, mesa llena por los tarros del maquillaje, por las brochas, los paños de limpieza y las cremas que utilizaba de fondo.

Miró hacia el espejo, pese a que tenía intactas las doce bombillas que debía de iluminar su rostro a la hora de maquillarse, ya hacía tiempo que ninguna de éstas funcionaba y su nostalgia le había impedido cambiarlas.

Humedeció el paño en la pintura blanca y, cuando vio que estaba perfectamente impregnado, se lo llevó hacia su cara. La mano le temblaba de frío. El clima desapacible de aquel mes hacía que las ventanillas de los coches que se paraban en el semáforo en el que pasaba las mañanas fueran más reacias a bajarse, por lo que las monedas que llegaban a su bolsillo escaseaban y tenía que elegir entre el alquiler o la calefacción. Su casera lo comprendía y no era demasiado estricta, pero tres meses de retraso le llevaron a tener que pagar parte del alquiler y cambiar el calor de los radiadores de gas por su desvencijado abrigo.

Tras la primera pincelada vino la segunda, y la tercera, que poco a poco daban a su cara el aspecto blanco deseado. Tras el blanco, llegó el negro para su ojo derecho, el verde para su izquierdo y el rojo que rodeaba sus labios, un centímetro por encima de su contorno natural, dándole el aspecto grotesco y divertido que buscaba.

Tardó los veinte minutos habituales en acabar la tarea. Se dio los últimos retoques y sonrió al espejo, para ver el resultado. Su sonrisa era amplia, generosa, tanto tiempo de práctica le habían llevado a esconder perfectamente la tristeza que escondía bajo aquella fachada. Se levantó, se puso la gabardina, a la que subió el cuello para protegerse y se dirigió hacia la puerta.

El hospital infantil le esperaba, aquel en el que pasaba las horas la mayoría de las tardes y en el que se había volcado el día que decidió que debía ser generoso, que su situación no debía enmascarar su corazón, que le quedaba suficiente alegría por compartir y que era de recibo el pagar con caridad la caridad que le permitía seguir vivo día tras día.

 

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Fue @Pink_Wall quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (tragaluz, comediante, aguacero).

Gracias, Rosa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Ya es tarde.

La página de Salud Pública del Ayuntamiento de Madrid, Madridsalud, siguiendo con su encomiable labor de concienciación sobre el SIDA convocó recientemente su II Concurso de Microrrelatos sobre la Prevención del SIDA.

Viendo la temática y sabiendo de la gran labor de sus organizadores a la hora de plantear el concurso y de la divulgación de dicha prevención, decidí volver a presentarme, al igual que hice el año pasado a dicho concurso con el siguiente relato:

 

YA ES TARDE

Una caña llevó a una cena, la cena a un gintonic, el gintonic a un beso, el beso a una caricia y la caricia a una noche de pasión, de roces, de piel sobre piel y de abrazos infinitos.

A la mañana siguiente ella despertó y vio sobre la mesita la funda del preservativo sin abrir.
-Ya es tarde – dijo ahogando un grito.
Él despertó y, mirando su reloj, respondió:
-Todavía es temprano, podemos estar un poco más.
Pero ella lo miró a los ojos y repitió, lentamente:
- No lo entiendes. Ya es tarde.

 

El nivel de los relatos ha sido muy alto, así como numerosa la participación. Por eso, quiero agradecer a todos los miembros del jurado que hayan tenido en cuenta mi relato y lo hayan considerado digno de ser finalista del concurso, quedando en segundo lugar.

Por desgracia, no he podido acudir a recoger el premio como me hubiera gustado y como merece la ocasión, pero la fantástica @lailaelqadi ha ido en mi lugar y, de buen seguro, el cambio ha sido a mejor.

El concurso lo ha ganado Belle de Jour, con su relato “Primera Cita”. Desde aquí mi más sincera enhorabuena a la ganadora. No dejéis de leerlo.

Gracias, de nuevo a toda la gente de MadridSalud, más que por el concurso, por la gran labor que están haciendo en el terreno de la salud y, en concreto, en la difusión de la prevención del SIDA. Desde aquí os animo a seguir en el camino que estáis llevando.

¿Repetiremos participación en una tercera edición del concurso?. Espero con ganas el poder hacerlo.