Vértigo

Vértigo. Era una sensación extraña: veía lo que le rodeaba como si flotara, como si estuviera en una nube, la cabeza la tenía embotada, los sonidos le llegaban apagados, lejanos… Pero, si le preguntaban qué es lo que sentía, la palabra que le venía a la cabeza era vértigo.

Para eso no le habían preparado en la facultad. Habían sido años de estudio de formas, de redacciones, de maquetas, de luces. Pero no de sensaciones, de impresiones, de vivencias.

Estaba claro que la última clase y la más completa nunca te la enseñaban en la facultad, eras tú quien tenías que aprenderla una vez estuvieras en la calle, en el mundo laboral, en la empresa. Y ella pensaba que lo tenía aprendido.

Pero, por lo visto, estaba equivocada.

Vértigo.

La situación no era nueva, o, por lo menos, ella no creía que lo fuera. Había estado en situaciones similares, en varias partes del mundo, pero todas con un denominador común. Sin embargo, desde que aceptó este nuevo trabajo ya supo que iba a ser distinto. Lo había estudiado desde la distancia y creyó que sería capaz de adaptarse. Nunca pensó que fuera a ser tan distinto, pese a ser tan cotidiano.

Quizá era la edad, la situación, el motivo, el olor, el sonido. Quizá era ella, desbordada por lo absurdo de la situación. Quizá era la gente que la rodeaba, ciega de odio al contrario. El caso es que ahí estaba, paralizada, incapaz de hacer su trabajo.

Vértigo.

Sacudió la cabeza con fuerza, para sacar de ella la sensación que la atenazaba, para despertar a la realidad. Todo volvió de golpe: los ruidos, los lamentos, los colores, las sirenas, los gritos…

Ajustó el zoom de su cámara hacia el zapato ensangrentado del niño que había quedado tirado, en mitad de los escombros a los que un proyectil había reducido la pared en la que se creía seguro. Intentó que la cámara captara el zapato y la mano inerte que todavía apretaba una piedra, su arma, pero que no llegara más arriba, hacia la mueca en que se había convertido su cara infantil.

Por primera vez en todos sus años como reportera de guerra había sentido vértigo.

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La culpa de esta historia es de @Vimartiz

Gracias por tus tres palabras

 

Cap. 70 – #1tx100d

Sed mortal

.. Deja que beba del agua de tu rocío. Prefiero morir con ella que vivir sin haberla probado.

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/8

Velocidad: 1/125 s

Sensibilidad: ISO-360

Flash: NO

Photoshop: SI. Recortada para mejorar el encuadre.

 

Rara Navidad

Aquel año no había regalo, ni árbol, ni calcetines o villancicos. La cena estaba programada a las 8 de la tarde, como todos los días. Le habían comentado que solía ser especial: alguna gamba, un poco de turrón para postre… Pero eso sí, que se fuera olvidando del vino, del cava o la cerveza. Allí no se brindaba, nunca.

Todo eso se lo estaba contando Julio, al principio del día, cuando se acercó a su cama al escuchar los sollozos apagados que había intentado esconder al darse cuenta del día que era. Allí, como muchos otros días, esos ojos azules, cansados de tantos años y tanta experiencia se habían convertido en su guía, su pilar, su apoyo. Lo había acogido desde que lo vio, consciente de que sólo sería incapaz de adaptarse a aquella selva en la que sólo sobrevivía el más fuerte.

Como cada día, al levantarse se preguntaba en qué momento se había dado la vuelta la tortilla. Desde que tenía uso de razón sólo se acordaba de haber estado trabajando: primero de peón, luego de oficial y finalmente de jefe de obra. Allí conoció a quien fue su último jefe, un promotor inmobiliario que en las buenas épocas se metió a la obra pública. Su jefe se dio cuenta enseguida de su valía y lo fue ascendiendo, hasta llegar a tomar parte en las decisiones de obra más importantes, estampando su firma en aquellos documentos necesarios para seguir creciendo y construyendo, que era lo que le gustaba.

Nunca se fijó en que firmaba, sus conocimientos legales eran escasos, lo suyo era el hormigón, las vigas, las riostras, los encofrados. Siempre se le transmitió confianza y él veía los resultados. Nunca pensó que le dejarían solo ante una adversidad. Pero ocurrió. El concejal de turno no quiso aceptar la comisión y destapó la trama. También la destapó para él.

Y ahí estaba, mientras veía como tras los barrotes el frío invierno dejaba caer copos de nieve sobre el patio que tanto había paseado a lo largo del año, una lágrima caía sobre sus mejillas al escuchar la voz de sus niños cantándole un villancico a través del teléfono. Sólo lo mantenía vivo la ilusión de cantarlo junto a ellos el año siguiente, en casa.

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La culpa de esta historia es de @MsConcu

Gracias por tus tres palabras

Cap. 69 – #1tx100d

Enrédate

 

La vida está llena de gente maravillosa que va tejiendo redes a su alrededor. Gente a la cual acercarte, conocer, explorar.

Gente de la que, una vez has caído en sus redes, te es imposible salir, porque te absorbe su amistad, su cariño, su comprensión y su compañía.

Los conocerás enseguida, en cuanto hables con ellos. Y, cuando los conozcas, no lo dudes, déjate enredar en tu tela.

Yo conozco a varios que me tienen enredado y de los que nunca saldré de su red.

No lo dudes, enrédate.

 

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/5´6

Velocidad: 1/500 s

Sensibilidad: ISO-400

Flash: NO

Photoshop: NO

Cap. 68 – #1tx100d

Sentencia: Culpable

 

Ya en lo que iba a ser su celda durante el tiempo que duraba la condena repasaba mentalmente todos y cada uno de los detalles que le habían llevado ahí, intentando recordar dónde se había equivocado y cuándo.

La ejecución había sido magistral, o así pensaba hasta que el juez mostró la última prueba.

No había visto venir ni su detención, ¿o se había confiado demasiado?. El caso es que estaba paseando por la nieve cuando notó la mano en su cuello. Ni un solo grito, ni un ¡alto!. Sigilosamente se había acercado hasta él y lo había cogido. No valieron los lamentos, los ruegos, los intentos de escapada. Le había cogido y le llevaba con fuerza hacia lo que iba a ser la sala de juicio.

Una vez en el juicio hizo lo que debía: negar todos y cada uno de los cargos, refutar las acusaciones, oponerse a los razonamientos. Por más que el juez intentara demostrar su culpabilidad, él se empeñaba en demostrar lo contrario.

Lo tenía claro. Estaba siendo convincente y pensaba que tenía el juicio ganado. Sus negaciones sonaban contundentes, reales. Pero no esperaba el as que el juez guardaba en la manga.

Cuando ya se veía de nuevo en la calle, el juez sacó la cortina, la maldita cortina. En ella se veía claramente las huellas de su mano en las manchas. Debía haber sido al mirar por la ventana para comprobar que nadie le había visto, porque luego se había empeñado en limpiarlo todo bien, pero, parecía que le había olvidado un detalle: esa cortina.

Se derrumbó. El juez sonrió. Había ganado. No iba a haber clemencia y la sentencia se preveía severa y doble: por el delito y por haber mentido al juez. Ésta no se hizo esperar y cayó como una losa: una semana sin tele, sin salir y quince días sin chocolate.

Y ahora, ahí estaba. Sentado en su cama, relamiéndose todavía del sabor que le quedaba en la boca y pensando si dicha tableta había valido la pena la sentencia.

Llegó a la conclusión que sí. Había valido la pena.

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La culpa de esta historia es de @inesbajo

Gracias por tus tres palabras

Septiembre

Todo empezó con una mirada, mientras paseaba por el lateral de la piscina del apartamento, camino de la ducha.

Había algo en esa mirada: especial, misterioso, atractivo… Algo que le sedujo al instante y que nunca podría olvidar.

Luego vinieron otras miradas, acercamientos, sonrisas encontradizas… hasta que una noche, mientras en el local social la misma pareja de músicos con su órgano eléctrico tocaba las mismas canciones ya sabidas por todos y que sólo los más mayores del lugar bailaban llegó el saludo.

Fue un “hola”, sincero, sin pretensiones, seguido de una sonrisa franca y una mirada intensa. La cercanía de esa mirada fijada en la suya le hizo temblar las piernas como hacía tiempo que no sentía.

Luego, todo se precipitó. Una copa, una charla banal, un roce, una caricia y un beso robado en las escaleras junto al ascensor, camino cada uno de su respectivo apartamento.

Los días posteriores fueron como estar en una nube. Cada lunes se volvían a ver ávidos de encuentros fugaces, rezando para que el fin de semana, momento en el que tenían que separarse, no llegara nunca. Del ascensor se pasó al apartamento, de ahí a la cama y de ahí al cielo.

Y ahí estaban ahora, los dos en la playa, revolcados sobre la arena, tapando con besos el miedo a no poder volverse a ver, ahora que empezaba septiembre y el marido de ella cogía vacaciones y se instalaba todo el mes en el apartamento.

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La culpa de esta historia es de @anler7

Gracias por tus tres palabras

Cap. 67 – #1tx100d