Hoy me apeteces

Hoy, no, ahora, en este mismo momento, me apeteces. Me apeteces mucho. 
Hoy llevaría mis labios hacia ti, lentamente. Abriría la boca y me llenaría de sabor, de tu sabor. Dejaría que toda tú entraras a través de mi boca, de mi lengua, de mi sentido más primario. 
Hoy saborearía cada segundo que te tuviera en mi lengua, dejando que me inundaras con tu frescura, tu alegría.
Cada instante sería analizado, ordenado y almacenado en mi memoria como placer extremo, como gusto exquisito. 
Hoy me emborracharía de ti, perdidamente, irremediablemente. 
Pero he ido a la nevera y no quedabas. 
Ayer se me olvidó comprar cerveza.

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.

 

Productividad

- Nada que hacer, jefe. Ya estaba frío cuando lo encontramos.

– ¿Accidente, un infarto?

– No, jefe. Suicidio.

– ¿Seguro?

– Sí, encontramos una nota. Por suerte la pudimos coger antes de que llegara la gente de asuntos internos y el sindicato. Se la he traído. Aquí tiene.

Una cuartilla, un folio cortado por el centro de un tirón. Se nota la ausencia de tijeras en el corte. Como si hubieran puesto una regla y hubieran estirado con fuerza. Es la parte de abajo del folio. Se pueden leer los datos de contacto, pero no el nombre ni el membrete de la empresa. Está escrito a mano, con un bolígrafo azul. La letra es menuda, temblorosa. Ha apretado sobre el folio al escribir, se nota el trazo, con rabia, con dolor. Conserva la rectitud en las líneas:

“No puedo más. Es imposible aguantar más. Ha sido mucho tiempo, quizá demasiado el que he tenido que soportar vuestra ingratitud, vuestro desprecio y vuestras quejas. He hecho todo lo que he podido. Siempre he estado ahí, con una sonrisa para vosotros que nunca habéis querido ver. Yo siempre he sido vuestro principio, ese en el que os apoyabais a la hora de querer conseguir algo. Sin mi, no hubierais sido capaces de conseguir todo aquello que tenéis ahora: los coches, las casas, los viajes… Y, ¿qué he conseguido a cambio?, burlas, chanzas, desprecios, malas caras.

Me he cansado. Estoy abatido. Triste. Creo, sinceramente, que habéis conseguido vaciar toda la bondad que había dentro de mi y que os he brindado. Sin pedir nada a cambio, sin exigir.

Así que me voy, os dejo para siempre. Espero que os vaya bien, porque, en el fondo, no os guardo rencor. Ya os podéis aclamar a vuestro tan amado y ansiado Viernes. Seguro que él os comprende mejor que yo. Pero cuidado, esto no ha sido siempre así y puede cambiar en cualquier momento.

Sinceramente, que seáis felices sin mi.

Lunes”

Cerró el papel y volvió a mirar a su empleado.

– No veo peligro en enseñar la carta. Pero, por si acaso, la voy a guardar. No quiero escándalos.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Suspended el sábado. A partir de ahora, será laborable. Sólo nos quedan seis días, necesitamos que la productividad siga.

– Va a haber protestas.

– Siempre las hay. Pero, tranquilo. Nos necesitan para seguir manteniendo su ritmo de vida. Sin nosotros no hay salidas al cine, ni cenas, ni consolas para los niños. En poco tiempo las aguas volverán a su cauce. Cuándo esto ocurra, quiero que dejéis pasar un par de meses y empecéis la campaña contra el Martes. Igual que esta. Que empiece desde dentro, entre los infiltrados. Que no se note. Pequeños mensajes de desaprobación.

– Entendido, jefe.

– Ha sido un paso importante. En poco tiempo conseguiremos nuestra meta. Que no haya ningún día sin productividad, sin actividad. Cuando lo consigamos, seremos invencibles y los tendremos a todos a nuestros pies.

 

La única noche

El sol, ya alto en el horizonte, entraba con fuerza por la rendija que dejaba la cortina a medio cerrar, iluminando la estancia lo suficiente para tener una visión completa de ella pero no demasiado como para despertarla.

Él estaba sentado en un pequeño sillón situado junto a la ventana, entre la cama y ésta, a un lado del escritorio. Su mirada estaba fija en el medio cuerpo que, las blancas sábanas, arrugadas, dejaban al descubierto. La espalda, larga, delgada, todavía conservaba un ligero tono tostado, reminiscencia de un verano que no acababa de irse del todo. El pelo castaño, revuelto, quedaba ligeramente apartado, dejando a la vista la media cara que él tenía de frente y esa parte de cuello, tan suave cómo sus labios recordaban. El brazo derecho subía por encima de la almohada, hasta situar la muñeca sobre ésta a unos centímetros de la frente dejando a la vista una peca situada en el interior del brazo derecho, que él se había propuesto probar desde el momento en el que la vio en la pantalla de la videoconferencia, una de tantas que los había unido.

Respiraba pausadamente, con una cadencia sosegada, profunda. Sus labios, hinchados por el sueño, parecían sonreír, pese a la serenidad y la relajación de toda la cara. Ahí fijó él su vista por última vez, sonriendo al mismo tiempo, un instante antes de apartarla y dejarla caer sobre el reloj de su muñeca.

Llevaba casi quince minutos sentado, observándola. Era hora de marchar.

Se levantó y se dirigió hacia el pasillo que llevaba a la puerta de la habitación. La moqueta del hotel amortiguó sus pasos, ejerciendo de silenciador para no perturbar el sueño de aquella que iba a dejar atrás. Al llegar al pasillo se giró, volvió a depositar su mirada sobre aquellas curvas y suspiró.

El acuerdo había sido claro: una única noche. Tras los chats, los mensajes por el móvil, las llamadas y las video él le propuso pasar una noche juntos. Sería en un hotel, en Zaragoza, a medio camino entre el Cantábrico que bañaba los pies de él y el Mar Menor que la refrescaba a ella. Ambos buscarían una excusa que contar a sus respectivas familias y se encontrarían. Una noche de pasión, de encuentro, de cuerpos sudados y labios chocando. Pero, eso sí, sería la única. Una vez acabada la noche, volverían a sus casas  y se acabarían las charlas, los mensajes, los encuentros virtuales. Ella había aceptado, con la esperanza de que ese encuentro consiguiera cambiar las reglas propuestas, con la esperanza de enganchar su corazón. Pero él estaba dispuesto a cumplir lo pactado.

Se acercó la mano a los labios y lanzó un beso al aire, hacia la cama. Un nudo en la garganta le impidió pronunciar las dos palabras que atenazaban su corazón e, incapaz de aguantar más, se dirigió a la puerta. Una vez en el pasillo cerró con suavidad, para no hacer ruido y se dirigió al ascensor.

Las puertas del ascensor se cerraron  mientras él luchaba contra su móvil, intentando borrar el contacto de ella, acción que, una y otra vez, impedían las lágrimas que caían sobre la pantalla. Finalmente lo consiguió, borrando una parte tangible de su vida que, para siempre, quedaría grabada en su memoria y en su corazón.

 

¿Cuánto cuesta un café?

Estaba habituado a hacer cuentas, a mirar balances, a estudiar ratios, a realizar escandallos. Su titulación y su pasión lo llevaban a ello. Eran ya muchos años de realizar estudios sobre costes, de analizar todas y cada una de las partidas que conformaban el resultado final para ir ajustando, afinando, de forma que, cada euro, cada céntimo, cada pequeña porción, era analizada para poder llegar a un resultado final satisfactorio para él y para la empresa a la que trabajaba.

Así que su cabeza no podía parar. “¿Cuánto le costaba cada uno de esos cafés?” era la pregunta que ocupaba su cabeza, tanto en el efímero camino de ida como en el eterno de vuelta hasta su casa. Ciento ochenta kilómetros en cada uno de los sentidos pero que se le antojaban totalmente distintos al realizarlos hacia uno u otro sentido. Y, tanto en uno como en el otro, en algún momento la pregunta le rondaba la cabeza.

Pero claro, acostumbrado a moverse en términos reales, en costes físicos, en euros certeros, aquella pregunta, en aquel momento, se le antojaba imposible de contestar.

Porque, podía cuantificar sin problemas la gasolina, el desgaste del coche, el café, el azúcar, incluso, su tiempo, sus horas empleadas en ello. Sin embargo, ¿cómo cuantificar todas las noches pasadas junto al teléfono, esperando que ella publicara una foto para poder comentarla?, ¿cómo cuantificar las horas esperando a ver si la publicación era contestada, era leída, era, simplemente, tomada en cuenta? ¿Cómo poner precio a cada minuto ante el ordenador, eligiendo las palabras apropiadas a la hora de escribir un mensaje, una nota? ¿o cada una de las gotas de sudor en el momento de pinchar el botón de “enviar”, al pensar que alguna de ellas no era la adecuada, no era la precisa? ¿Cómo traspasar a dinero aquella angustia, aquel desasosiego al recibir un mensaje de despedida, con deseos de buena suerte, pero de despedida? ¿Cuánto le había costado realmente todos y cada uno de los kilos perdidos en aquel régimen autoimpuesto? Pero, sobre todo, ¿cuál era el coste de los suspiros ahogados, los nervios contenidos, los besos no deseados, las palabras no dichas en todos y cada uno de los cafés compartidos?

Pero hoy, #730 días después lo tiene claro. Ya no se hace esa pregunta, ya conoce la respuesta. #730 días que se le han hecho cortos, muy cortos. #730 días en los que la música no ha dejado de sonar, la risa no ha dejado de escucharse, los bailes se han sucedido, así como los juegos de los niños. #730 días de fiesta, de besos, de abrazos. #730 días de felicidad compartida.

Por eso hoy, #730 días después la volverá a coger de la mano, se plantará frente a ella, le subirá la cara apoyando su dedo en la barbilla, haciendo que sus miradas se encuentren, se volverá a perder en la inmensidad de esos maravillosos ojos azules que lo volvieron loco desde el primer día, en la media melena rubia que noche tras noche, café tras café, ansiaba acariciar y, sobre todo, en esa sonrisa franca, sincera y, desde hacía #730 días, feliz y lo tendrá claro: No hay dinero en el mundo suficiente para pagar uno sólo de esos cafés.

Porque esos cafés no tenían precio.

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Hoy, una fantástica pareja  cumplen #730 días juntos.

Estas palabras son un regalo de ella hacia él.

Enhorabuena a los dos y ojalá sea por muchos más años.

Amor de verano

¿Qué pasará cuando la orquesta toque la última canción de la verbena de las fiestas?

El sol, tímido, estará saliendo por el este, más allá de la sierra que envuelve el pueblo. Mientras, las luces de colores de la pista empezarán a dejar de vestir de arcoiris el suelo, gris y pulido, del frontón dónde se celebra el baile. El resto de la gente empezará a pedir el último bis, la canción más conocida. Pero ya no habrá para más. Los músicos empezarán a guardar sus guitarras y el batería tirará sus baquetas, mientras el cantante bebe el último sorbo de la botella de agua y el del bajo desenchufará la clavija que lo unía, hasta entonces, al ritmo bailado durante la última noche.

Pero nosotros no nos daremos cuenta de ello, enfrascados en un abrazo al compás de una música que hace poco habría dejado de sonar, nuestros pies moviéndose sobre la pista, lentamente, mientras tu cabeza descansará en mi hombro derecho, tus brazos abrazarán mi cuello mientras los míos, con las manos entrelazadas, rodearán tu cintura, negándose a aceptar que, en breves instantes, tendrán que dejar de hacerlo.

Los silbidos por la falta de música nos sacarán de nuestra nube, y nos miraremos a los ojos, con esa mirada triste de los que saben que el final se acerca, incapaces, ambos, de darnos un beso, por mucho que nuestros labios lo pidan, por mucho que sepan cómo hacerlo, dado que han estado el resto de la noche juntos, practicando, buscando que ambos se impregnen de un sabor que no querrán olvidar nunca.

Al final, resignados, separaremos nuestros cuerpos, incapaces de mirarnos a los ojos de nuevo. Y así seguiremos, cabizbajos, cogidos de la mano, sin decirnos ni una palabra por miedo a expresar lo que realmente sentimos, camino de casa de tus abuelos. Esa casa que tantas veces había mirado pero que no había visto hasta este verano, cuando te decidiste a salir por la puerta mientras yo, con mis amigos, estaba enfrente, en la puerta de los recreativos, masticando un chicle que casi me trago.

El camino se nos hará corto, pese a los intentos porque se alargue arrastrando los pies, haciendo lentos los pasos, tomando aire en cada bocacalle, suspirando en silencio.

Al llegar a casa de tus abuelos tu subirás el escalón de la entrada, quedando nuestros ojos, de nuevo, a la misma altura. Al igual que nuestros labios, que ya no podrán detener el impulso. Tus manos acariciarán mi pelo, por la nuca, mientras las mías harán lo propio con tu cintura, con tus caderas y, finalmente, con tus nalgas. Nuestras lenguas volverán a chocar, húmedas, ansiosas, buscando los últimos rincones no saboreados.

Con el último beso prometeremos escribirnos, llamarnos, pensarnos, soñarnos. Prometeremos escribir nuestros nombres en cada libreta, cada lápiz, cada plumier, cada carpeta y leerlo en silencio, en voz baja, para que quede entre nosotros. Prometeremos vernos en cada foto, en cada imagen, en cada reposición de la película que tantas veces habríamos visto en el cine de verano, a oscuras, esas escenas vistas entre beso y beso en la fila de los mancos.

Finalmente nos separaremos. Lentamente. Nuestros dedos se irán deslizando, dejando que las yemas se rocen por última vez. Al final, te llevarás tu mano derecha a tus labios, y me lanzarás un beso. Yo suspiraré y tardaré cinco minutos en irme, pese a que tu ya habrás subido por la escalera hacia la puerta de casa. Esa escalera en la que habremos medido cada uno de sus peldaños en anteriores despedidas.

No podré pegar ojo y, a las cinco de la tarde, acudiré al banco que hay sobre el puente de la carretera, con mi bicicleta a ver pasar tu coche. El banco, nuestro banco, en el que nos dimos el primer beso y en el que nuestras manos sintieron la piel del otro por primera vez, por debajo de nuestras camisetas. Manos temblorosas, inexpertas en abrir un cierre de un sujetador que se resistió hasta que decidiste a ayudarme, entre risas.

Mis ojos, rojos por la falta de sueño y por las lágrimas reprimidas escudriñarán la procesión de coches de vuelta en búsqueda del tuyo, anhelando que tu también mires hacia arriba y me dediques tu última sonrisa, aquella que recordaré toda la vida mientras la mía se apaga, al ver cómo vuelves a tu Madrid mientras yo me quedo en el pueblo, suspirando y rezando para que el otoño pase pronto, el invierno sea corto, la primavera no se alargue y que, el año siguiente, tu vuelvas con tus padres a veranear al pueblo, ese pueblo al que no querías ir en Junio y del que nunca te olvidarás a finales de Agosto.

 

 

Siesta

 

Aún adormilada y perezosa, hizo un intento de estirarse, pero no llegó muy lejos. Le pesaban los brazos, el cuerpo, el pensamiento. La siesta le había sentado muy bien. Había sido una siesta profunda, reparadora, de esas de las que te cuesta respirar. Sonreía sin abrir los ojos.

Apoyado en el quicio de la puerta, él la observaba. Llevaba ya un rato ahí, incapaz de apartar la vista del pecho de ella, que, mientras dormía, subía y bajaba acompasado, haciendo que las sábanas azules se movieran al compás, en un movimiento hipnótico. Imaginaba que llevaba muy poca ropa bajo esas sábanas, quizá sólo algo negro y quería comprobarlo.

Ella entreabrió los ojos y lo vio, en la puerta. Volvió a sonreír. Volvió a bostezar, pero esta vez acompañó el bostezo de un estiramiento de brazo, desperezándose, haciendo que la sábana le cayera un poco por debajo del pecho derecho, dejando a la vista una areola tersa, tostada, justo en el centro de un pecho turgente, que desafiaba a la gravedad.

Él sonrió, había acertado en su primera impresión: llevaba poca ropa.

Ella levantó el otro brazo, dejando que la sábana cayera esta vez hasta su cintura, y cogiéndose con ambas manos sobre el negro de la forja del cabecero de la cama, que sobresalía sobre el rojo que teñía las paredes de la habitación. Él la contempló un instante, volviendo a su mente los momentos en los que aquellos barrotes habían asido las blancas muñecas, con blandos nudos trenzados por sus corbatas de seda. Avanzó hacia la cama.

Al llegar al borde, ella, con un giro rápido, salió de entre las sábanas y lo agarró de la cintura, haciéndolo caer entre sus piernas, que rápidamente lo abrazaron en una llave completada por sus brazos, que se cernieron sobre la espalda, juntando ambos pechos. No llegaron a rozar sus labios, simplemente se miraron a los ojos, como tantas otras veces, y sonrieron al unísono.

Él bajó lentamente sus brazos, rozando con las yemas de sus dedos las largas piernas que lo atenazaban y, también con suavidad, las separó de su cuerpo, librándose del tierno abrazo. Aprovechó para comprobar si su intuición seguía siendo igual de buena al acertar el color: llevaba unas bragas negras, de algodón, cuyo único adorno consistía en un ribete blanco que cubría la circunferencia de la cintura. Las cómodas, pensó, las de la siesta. Había vuelto a acertar.

Con diligencia, pero sin brusquedad, como en una caricia, metió su mano sobre la curva que dibujaba la cintura femenina que tenía debajo y la obligó a darse la vuelta, dejándola de espaldas. Con la yema de los dedos apartó su media melena castaña del lado derecho del cuello, dejando éste a la vista, momento que aprovechó para acercar sus labios al lóbulo y dejar un primer beso húmedo, caliente bajo el apéndice de carne.

Lentamente fue bajando hacia abajo, hacia el cuello, que colmó de besos y saliva, de calor, de humedad, de sudor y de sabor salado. Siguió bajando, parando cada cierto tiempo para humedecer sus labios y su lengua, que se iba secando a cada vértebra, a cada poro. Los omóplatos fueron oasis para los sentidos, ávidos de colmar el sentido del gusto. La lengua fue pasando de uno a otro, entre los huecos que dejaban al estremecerse y encogerse. Los picos del hueso daban paso a valles que la lengua cruzaba hasta debajo de la axila, justo en el sitio en el que nacían cada uno de los pechos, cuyo contorno ésta recorría con avidez para volver de nuevo hacia el centro de la espalda y cruzarla en un camino que se tornaba infinito por las curvas y requiebros que tomaba, intentando abarcar el mayor número de superficie posible al recorrerlo.

Poco a poco la lengua siguió su recorrido hacia abajo, hacia el final de la espalda, momento en el que encontró la franja blanca sabor de algodón que culminaba el telón del espectáculo esperado. Puso ambas manos sobre la cintura y empezó a empujar hacia abajo, dejando que el negro del tinte del algodón dejara a la vista un blanco suave, virgen del sol de verano, al que tenía prohibida la entrada.

A mitad de camino, volvió a bajar la cabeza, hundiendo la lengua justo al principio del cañón que formaban ambas nalgas, lo que fue correspondido con un ligero respingo, un breve gemido y una respuesta automática de los poros, que se erizaron, estimulando, a su vez, a la lengua.

En ese instante, un “ding” metálico sonó sobre el mármol de la mesilla de noche. Ambos abrieron los ojos y, mecánicamente, alargaron las manos hacia allí. A tientas localizaron el móvil y lo cogieron.

El icono verde les anunciaba que un mensaje nuevo les había llegado, con diligencia, desbloquearon el terminal y lo leyeron: “Estoy pensando en tí, llevo ya un rato sin que te vayas de mi cabeza”.

Sonrieron y pusieron sus pulgares sobre el teclado electrónico, comenzando a moverlos con diligencia.

Y volvieron a acariciarse, ya totalmente despiertos, sobre las pantallas luminosas de sus móviles, con agilidad y suavidad, pero, esta vez, a 215 kilómetros de distancia y de forma mucho más real.

 

 

 

 

Distintos ritmos.

La camiseta empapada, la piel roja, las piernas pesadas, el aire ausente. Había sido una tarde sofocante. Pese a la hora, las 7 y media, el sol todavía calentaba. Dando bocanadas de aire, como un pez al que acaban de sacar del agua, miré el teléfono: media hora corriendo (escasa) a un ritmo de algo más de 7 minutos por kilómetro.

A tientas por el bolsillo saqué la llave de casa, los brazos me temblaban del esfuerzo, me costó acertar en el bombín a la primera y más el girarla para abrir la pesada puerta de hierro. Lo conseguí apoyando el hombro y empujando, dejándome caer, pues los pies se negaban a dar un paso más.

Entré al rellano del bloque de pisos. Y me lo encontré.

La eterna sonrisa puesta. Impecable con su pantalón corto, su camiseta rosa fosforito, sus zapatillas con triple amortiguación, sus pantorrilleras negras sobre unos gemelos depilados y el cable de su mp3 saliendo del teléfono que llevaba en su brazo derecho hacia sus orejas, de la que colgaban los dos auriculares, todavía sin ajustar.

– ¿Qué, vecino, de dar una vuelta? – Me dijo.

A duras penas pude balbucear un “si” entrecortado, tras varias tomas infructuosas de aire y un par de toses en el medio.

– Eso está bien, yo salgo ahora, pero nada, un paseo tranquilo. No quiero forzar. Una horita y media a 5 minutos el kilómetro, para soltar músculo más que nada.

Y me sonrió. Con esa dentadura blanca, esos dientes que brillaban en el centro de su bronceada cara. Todo amabilidad.

Tuve que hacerlo.

Fue con el cable del mp3, alrededor de su cuello, notando cómo a él también se le acababa el aire, al igual que a mi. Viendo cómo él también boqueaba buscando el oxígeno, como yo.

Lo dejé allí, con toda su vestimenta y su parafernalia, en el suelo, en posición de carrera, de medio lado. Le puse los auriculares y encendí el podómetro, a ver cuánto tardaba en llegar al cielo. El ritmo, que lo pusiera él.

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Relato (humildemente) inspirado en “Crímenes ejemplares” de Max Aub. Libro del que recomiendo encarecidamente su lectura.

Eterna

El día había sido aburrido. La feria era un verdadero tedio, una auténtica perdida de tiempo. En la empresa habíamos decidido venir porque, pensábamos, que el sector asegurador sólo era rancio en España. Pero, ya por la mañana, nuestra creencia se había ido por los suelos: También lo era fuera de nuestro país.

La tarde no había mejorado: un par de contactos, una charla intrascendente, tres visitas a entidades… Así que, un poco antes de lo previsto, decidí ir a descansar un poco al hotel.

Una vez allí, tumbado en la cama, me puse a pensar lo diferente que hubiera sido si hubieras podido acudir tú también a un encuentro profesional, tal y como comentaste.

Hubiera sido gracioso el conocernos aquí, ¿verdad?, estando tan cerca en España y hacer más de 1.000 kilómetros para vernos las caras.

Habríamos quedado cerca del Pantheon. Siempre me has comentado que es tu monumento favorito, así que sería el mejor sitio.

Apoyado en la fuente del centro, te habría visto llegar y mi estómago hubiera dado un vuelco, removiendo el millón de mariposas que, desde que hablo contigo, han hecho de ese rincón de mi cuerpo, su hogar.

Tras los dos besos de rigor, nos hubiéramos sentado en una de las terrazas de la plaza a tomar un café. La charla hubiera sido la normal: el trabajo, el tiempo, la ciudad, la familia, hasta que, incapaces ambos de hablar lo que tan bien no sale el escribir, hubiéramos decidido ir paseando a ver el Coliseo, que yo no conocía.

El trayecto habría sido cordial, entre risas nerviosas y bromas ligeras, con las palabras más saliendo por nervios que por deseo realmente de decirlas.

El sofocante calor hubiera hecho que, en la Piazza Venezia, hubiéramos parado a pedir un helado en uno de los puestos callejeros. Me habría reído de tu italiano macarrónico una vez reanudado la marcha, lo que me habría reportado un puñetazo cariñoso en el hombro.

Al llegar al Coliseo te habría hecho parar para quitarte con la yema de mi dedo un poco de helado que se te habría quedado en la comisura de los labios, rozándote suavemente éstos. Un maldito vendedor ambulante de agua habría roto el momento al acercarse con su cantinela y habríamos vuelto a pasear, en silencio, ambos sin saber qué decir tras ese instante  en el que el tiempo, y los paseantes, se habían detenido.

Tras un vistazo rápido, hubiéramos decidido ir a cenar a una de las terrazas de la Piazza Navona, siempre animada por músicos callejeros. De camino, al ir a cruzar la Via de San Marco, una moto se habría saltado el paso de cebra lo que me hubiera llevado a apartarte con rapidez cogiéndote de la mano. Ya no te la habría soltado. Nuestros dedos se habrían entrelazado y ambos habríamos bajado la vista, incapaces de sostenernos la mirada.

Una vez allí, mientras buscábamos un sitio para acomodarnos, unos acordes de violín de una joven, probablemente una estudiante de música buscando un poco de dinero para los gastos de sus estudios, nos habría llamado la atención. Me habría acercado a ella, con diez euros en la mano y le habría susurrado una canción al oído. Ella habría sonreído y se habría preparado.

El primer compás de “Por una cabeza” me habría pillado ya con la mano en tu cintura y, tras un primer momento de indecisión, te habrías dejado llevar, moviéndonos ambos al compás del ritmo de tango que el violín iba desgarrando. En las últimas notas te habrías dejado caer sobre mi brazo y nuestras miradas se habrían encontrado. El pequeño corro que habríamos hecho en nuestro baile habría empezado a aplaudir, pero nosotros no lo habríamos escuchado, pues nuestros labios se habrían juntado por primera vez.

Ya no hubiera habido cena, aunque sí mucha hambre. El camino hacia el hotel habría sido una sucesión de batallas, dónde cada portal hubiera sido una trinchera en la que buscar el cuerpo del otro se habría convertido en la norma habitual. Cada esquina, cada semáforo, cada cruce hubiera servido para recobrar un aliento que hacía rato que habríamos perdido.

Me habrías contado que te alojabas en el Quatro Fontane, un pequeño hotel frente al Palazzo Barberini muy pequeño, pero con unas habitaciones, a ti, que tanto te gusta la decoración, preciosas. Pero, sinceramente, no me habría fijado en la habitación dado que, al llegar, de un empujón me habrías dejado sentado en la cama mientras tu, de pie, enfrente, de habrías desabrochado los tirantes del maravilloso vestido azul que llevabas puesto, dejándolo caer al suelo y dejándome hipnotizado por la vista de tu cuerpo desnudo, sólo cubierto por unas preciosas bragas de encaje negro que no hacían más que resaltar tus curvas y que te habrías quitado lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Tras ese momento, habría llegado la verdadera batalla, en la que brazos, manos, dedos, bocas, lenguas y ojos habrían escudriñado, acariciado, besado y saboreado cada una de las partes de nuestros cuerpos, haciendo y deshaciendo nudos, mientras las respiraciones se sincronizaban y se perdían, entre jadeos, gemidos y suspiros.

El agotamiento habría dejado que el sueño nos pillara en el último beso, incapaces de desearnos buenas noches, al no poder despegar nuestros labios.

A las cuatro de la mañana me habría despertado notando el tacto de la seda de tu cintura en mis dedos, oliendo el aroma de tu larga cabellera castaña, escuchando tu respiración tranquila y viendo cómo, al compás de ésta, tu pecho subía y bajaba. Así que no habría tenido más remedio que utiliza el único sentido que me quedaba libre y te habría empezado a saborear. Lentamente. Hubiera empezado en el lóbulo de la oreja y habría ido bajando hacia el cuello, dejando que mis labios se pararan una milésima de segundo en cada poro encontrado por el camino. Al llegar al pecho, tu pezón, terso, duro, me habría indicado que la senda era la correcta, por lo que me habría recreado en él, alternando los labios y la lengua para no perderme ni un ápice de su sabor.

Habría seguido bajando, por el lateral de tu pecho, siguiendo la curva de tus costillas, hacia el ombligo, dónde, otra obligada parada me hubiera servido para coger fuerzas, consciente del terreno en el que me estaba adentrando. No tardé en hundir mi cabeza entre tus piernas, dejando que mi lengua se entretuviera en recorrer cada uno de los rizos que allí encontraría para llegar al tesoro que había estado buscando.

Un estremecimiento me hubiera indicado que era el momento, así que te habría cogido de la mano y nos habríamos ido a la ducha, a terminar juntos lo que yo había empezado. Al acabar, habríamos dejado que el agua corriera por nuestros cuerpos, templada, llevándose tras de si los últimos restos de la pasión de esa noche.

Nos habríamos vestido deprisa y habríamos salido corriendo, cogidos de la mano, hacia la Piazza de Spagna, dónde el amanecer nos habría pillado sentados, tu un escalón debajo del mío, entre mis piernas, con tu cabeza apoyada en mi pecho mientras nuestras manos, entrelazadas sobre el tuyo, acompañaban nuestras respiraciones acompasadas y el sol iba tiñendo de luz la cúpula de San Pietro frente a nuestros ojos.

Pero no fue así. A las cuatro abrí los ojos debido al zumbido de la alarma de mi móvil y me encontré solo, en mi hotel barato de la Via Nazionale. La ducha fue triste, rápida y el amanecer me pilló camino de Fiumicino, a tomar un vuelo que me llevaría de vuelta a Barcelona, dónde tenía que redactar el informe sobre la jornada en la feria mientras tú, a un par de cientos de kilómetros de distancia, estabas preparando el desayuno a los niños y a punto de salir hacia tu trabajo, a tus expedientes, sin saber que, aquella noche, para mi te habías convertido en, al igual que la ciudad de Roma, eterna.

El presente puede esperar

El viaje de julio

 

Despertó.

Por la rendija abierta de la ventana se colaba un rayo del sol de la mañana que dejaba  un reguero de motas de polvo brillantes en su camino desde el alféizar hasta sus ojos. Pero no había sido ese rayo el que lo había despertado. De la habitación contigua llegaba el sonido brusco de una persona vomitando. Era el grito sordo de aquel que ya no le queda más que tirar pero su cuerpo se empeña en vaciarse por dentro.

Julio sonrió, el preparado que había juntado con el hielo del ponche había hecho su efecto. Se imaginó que, en el resto de habitaciones de la casa, se estarían sucediendo escenas similares.

Dio un repaso visual a la habitación: las estanterías que acompañaban al cabecero de la cama estaban repletas de libros de tapas marrones, color que se acrecentaba con el polvo pasado de los años sin abrir; varios cuadros con motivos florales, recargados, descansaban en la pared frente a él, junto al mozo perchero que, desnudo, presidía la estancia; al fondo, el diván mostraba el último recuerdo de la fiesta pasada: su sombrero sobre un globo rojo, lo que le recordó que no estaba solo.

Miró hacia el lado derecho de la cama. De espaldas, dormida, como indicaba su acompasada respiración, yacía una melena rizada, oscura como la noche que acababan de dejar atrás. Julio volvió a sonreír, recordando el momento en que ambos se escaparon de la fiesta, a hurtadillas. La excusa perfecta para abandonar la estancia mientras el hielo seguía intacto.

Se levantó lentamente y se acercó hacia el montón de ropa que había a los pies de la cama, construido horas antes de forma precipitada por el ansia de dos cuerpos a encontrarse desnudos. Cogió el la chaqueta del esmoquin y buscó hurgó en el bolsillo hasta llegar al reloj. Le costó abrir la tapa, no estaba acostumbrado a los artilugios de aquella época que no era la suya y de la que estaba luchando por escapar.

El congreso de inventología había sido la excusa perfecta para reunir en aquel caserón de veraneo, perdido en las montañas de Barcelona, a todos los científicos de renombre en aquella época de finales del siglo XIX con el fin de poder reunir las piezas necesarias que le faltaban al transmutador que debía devolverlo a su verdadera época, 150 años más tarde de aquel 1864 que, aunque romántico y delicioso en las formas, no llegaba a acostumbrarse.

Dio un paso hacia la cama y bajó lentamente la sábana, descubriendo unas curvas voluptuosas que, desde que abandonaban la larga cabellera, mostraban un camino firme, terso, blanco como la leche hacia el placer.

Volvió a consultar el reloj. Las 7 de la mañana. Tenía hasta la puesta de sol para conseguir volver a su tiempo. No era mucho, debía ir con prisa, pero todavía le quedaba algo para recrearse en los placeres de esa época. Puso su mano sobre el tobillo, caliente por el sueño que todavía guardaba y la fue subiendo lentamente, por el interior de los muslos, notando cómo los poros se erizaban, respondiendo, así, esa blanca piel al estímulo de sus dedos.

El presente tendría que esperar un poco más.

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La foto del post está realizada en la jornada en la que el grupo asegurador Catalana Occidente presentó a un grupo de Igers la aplicación “El viaje de Julio”, con la que quieren celebrar el #150aniversario de su fundación. Una app en la que, a través de varios juegos y pruebas debes ayudar a su protagonista a volver a la época. Puedes ganar fantásticos premios jugando a ella. Tienes toda la información en este enlace.

Con este post, quiero dar las gracias a todo el equipo de Catalana Occidente la deferencia que tuvieron al invitarme a dicha jornada y, además de pasar un día fantástico, darme la oportunidad de conocer a un grupo maravilloso de gente a la que les une la pasión por la fotografía e instagram.