Eterna

El día había sido aburrido. La feria era un verdadero tedio, una auténtica perdida de tiempo. En la empresa habíamos decidido venir porque, pensábamos, que el sector asegurador sólo era rancio en España. Pero, ya por la mañana, nuestra creencia se había ido por los suelos: También lo era fuera de nuestro país.

La tarde no había mejorado: un par de contactos, una charla intrascendente, tres visitas a entidades… Así que, un poco antes de lo previsto, decidí ir a descansar un poco al hotel.

Una vez allí, tumbado en la cama, me puse a pensar lo diferente que hubiera sido si hubieras podido acudir tú también a un encuentro profesional, tal y como comentaste.

Hubiera sido gracioso el conocernos aquí, ¿verdad?, estando tan cerca en España y hacer más de 1.000 kilómetros para vernos las caras.

Habríamos quedado cerca del Pantheon. Siempre me has comentado que es tu monumento favorito, así que sería el mejor sitio.

Apoyado en la fuente del centro, te habría visto llegar y mi estómago hubiera dado un vuelco, removiendo el millón de mariposas que, desde que hablo contigo, han hecho de ese rincón de mi cuerpo, su hogar.

Tras los dos besos de rigor, nos hubiéramos sentado en una de las terrazas de la plaza a tomar un café. La charla hubiera sido la normal: el trabajo, el tiempo, la ciudad, la familia, hasta que, incapaces ambos de hablar lo que tan bien no sale el escribir, hubiéramos decidido ir paseando a ver el Coliseo, que yo no conocía.

El trayecto habría sido cordial, entre risas nerviosas y bromas ligeras, con las palabras más saliendo por nervios que por deseo realmente de decirlas.

El sofocante calor hubiera hecho que, en la Piazza Venezia, hubiéramos parado a pedir un helado en uno de los puestos callejeros. Me habría reído de tu italiano macarrónico una vez reanudado la marcha, lo que me habría reportado un puñetazo cariñoso en el hombro.

Al llegar al Coliseo te habría hecho parar para quitarte con la yema de mi dedo un poco de helado que se te habría quedado en la comisura de los labios, rozándote suavemente éstos. Un maldito vendedor ambulante de agua habría roto el momento al acercarse con su cantinela y habríamos vuelto a pasear, en silencio, ambos sin saber qué decir tras ese instante  en el que el tiempo, y los paseantes, se habían detenido.

Tras un vistazo rápido, hubiéramos decidido ir a cenar a una de las terrazas de la Piazza Navona, siempre animada por músicos callejeros. De camino, al ir a cruzar la Via de San Marco, una moto se habría saltado el paso de cebra lo que me hubiera llevado a apartarte con rapidez cogiéndote de la mano. Ya no te la habría soltado. Nuestros dedos se habrían entrelazado y ambos habríamos bajado la vista, incapaces de sostenernos la mirada.

Una vez allí, mientras buscábamos un sitio para acomodarnos, unos acordes de violín de una joven, probablemente una estudiante de música buscando un poco de dinero para los gastos de sus estudios, nos habría llamado la atención. Me habría acercado a ella, con diez euros en la mano y le habría susurrado una canción al oído. Ella habría sonreído y se habría preparado.

El primer compás de “Por una cabeza” me habría pillado ya con la mano en tu cintura y, tras un primer momento de indecisión, te habrías dejado llevar, moviéndonos ambos al compás del ritmo de tango que el violín iba desgarrando. En las últimas notas te habrías dejado caer sobre mi brazo y nuestras miradas se habrían encontrado. El pequeño corro que habríamos hecho en nuestro baile habría empezado a aplaudir, pero nosotros no lo habríamos escuchado, pues nuestros labios se habrían juntado por primera vez.

Ya no hubiera habido cena, aunque sí mucha hambre. El camino hacia el hotel habría sido una sucesión de batallas, dónde cada portal hubiera sido una trinchera en la que buscar el cuerpo del otro se habría convertido en la norma habitual. Cada esquina, cada semáforo, cada cruce hubiera servido para recobrar un aliento que hacía rato que habríamos perdido.

Me habrías contado que te alojabas en el Quatro Fontane, un pequeño hotel frente al Palazzo Barberini muy pequeño, pero con unas habitaciones, a ti, que tanto te gusta la decoración, preciosas. Pero, sinceramente, no me habría fijado en la habitación dado que, al llegar, de un empujón me habrías dejado sentado en la cama mientras tu, de pie, enfrente, de habrías desabrochado los tirantes del maravilloso vestido azul que llevabas puesto, dejándolo caer al suelo y dejándome hipnotizado por la vista de tu cuerpo desnudo, sólo cubierto por unas preciosas bragas de encaje negro que no hacían más que resaltar tus curvas y que te habrías quitado lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Tras ese momento, habría llegado la verdadera batalla, en la que brazos, manos, dedos, bocas, lenguas y ojos habrían escudriñado, acariciado, besado y saboreado cada una de las partes de nuestros cuerpos, haciendo y deshaciendo nudos, mientras las respiraciones se sincronizaban y se perdían, entre jadeos, gemidos y suspiros.

El agotamiento habría dejado que el sueño nos pillara en el último beso, incapaces de desearnos buenas noches, al no poder despegar nuestros labios.

A las cuatro de la mañana me habría despertado notando el tacto de la seda de tu cintura en mis dedos, oliendo el aroma de tu larga cabellera castaña, escuchando tu respiración tranquila y viendo cómo, al compás de ésta, tu pecho subía y bajaba. Así que no habría tenido más remedio que utiliza el único sentido que me quedaba libre y te habría empezado a saborear. Lentamente. Hubiera empezado en el lóbulo de la oreja y habría ido bajando hacia el cuello, dejando que mis labios se pararan una milésima de segundo en cada poro encontrado por el camino. Al llegar al pecho, tu pezón, terso, duro, me habría indicado que la senda era la correcta, por lo que me habría recreado en él, alternando los labios y la lengua para no perderme ni un ápice de su sabor.

Habría seguido bajando, por el lateral de tu pecho, siguiendo la curva de tus costillas, hacia el ombligo, dónde, otra obligada parada me hubiera servido para coger fuerzas, consciente del terreno en el que me estaba adentrando. No tardé en hundir mi cabeza entre tus piernas, dejando que mi lengua se entretuviera en recorrer cada uno de los rizos que allí encontraría para llegar al tesoro que había estado buscando.

Un estremecimiento me hubiera indicado que era el momento, así que te habría cogido de la mano y nos habríamos ido a la ducha, a terminar juntos lo que yo había empezado. Al acabar, habríamos dejado que el agua corriera por nuestros cuerpos, templada, llevándose tras de si los últimos restos de la pasión de esa noche.

Nos habríamos vestido deprisa y habríamos salido corriendo, cogidos de la mano, hacia la Piazza de Spagna, dónde el amanecer nos habría pillado sentados, tu un escalón debajo del mío, entre mis piernas, con tu cabeza apoyada en mi pecho mientras nuestras manos, entrelazadas sobre el tuyo, acompañaban nuestras respiraciones acompasadas y el sol iba tiñendo de luz la cúpula de San Pietro frente a nuestros ojos.

Pero no fue así. A las cuatro abrí los ojos debido al zumbido de la alarma de mi móvil y me encontré solo, en mi hotel barato de la Via Nazionale. La ducha fue triste, rápida y el amanecer me pilló camino de Fiumicino, a tomar un vuelo que me llevaría de vuelta a Barcelona, dónde tenía que redactar el informe sobre la jornada en la feria mientras tú, a un par de cientos de kilómetros de distancia, estabas preparando el desayuno a los niños y a punto de salir hacia tu trabajo, a tus expedientes, sin saber que, aquella noche, para mi te habías convertido en, al igual que la ciudad de Roma, eterna.

El presente puede esperar

El viaje de julio

 

Despertó.

Por la rendija abierta de la ventana se colaba un rayo del sol de la mañana que dejaba  un reguero de motas de polvo brillantes en su camino desde el alféizar hasta sus ojos. Pero no había sido ese rayo el que lo había despertado. De la habitación contigua llegaba el sonido brusco de una persona vomitando. Era el grito sordo de aquel que ya no le queda más que tirar pero su cuerpo se empeña en vaciarse por dentro.

Julio sonrió, el preparado que había juntado con el hielo del ponche había hecho su efecto. Se imaginó que, en el resto de habitaciones de la casa, se estarían sucediendo escenas similares.

Dio un repaso visual a la habitación: las estanterías que acompañaban al cabecero de la cama estaban repletas de libros de tapas marrones, color que se acrecentaba con el polvo pasado de los años sin abrir; varios cuadros con motivos florales, recargados, descansaban en la pared frente a él, junto al mozo perchero que, desnudo, presidía la estancia; al fondo, el diván mostraba el último recuerdo de la fiesta pasada: su sombrero sobre un globo rojo, lo que le recordó que no estaba solo.

Miró hacia el lado derecho de la cama. De espaldas, dormida, como indicaba su acompasada respiración, yacía una melena rizada, oscura como la noche que acababan de dejar atrás. Julio volvió a sonreír, recordando el momento en que ambos se escaparon de la fiesta, a hurtadillas. La excusa perfecta para abandonar la estancia mientras el hielo seguía intacto.

Se levantó lentamente y se acercó hacia el montón de ropa que había a los pies de la cama, construido horas antes de forma precipitada por el ansia de dos cuerpos a encontrarse desnudos. Cogió el la chaqueta del esmoquin y buscó hurgó en el bolsillo hasta llegar al reloj. Le costó abrir la tapa, no estaba acostumbrado a los artilugios de aquella época que no era la suya y de la que estaba luchando por escapar.

El congreso de inventología había sido la excusa perfecta para reunir en aquel caserón de veraneo, perdido en las montañas de Barcelona, a todos los científicos de renombre en aquella época de finales del siglo XIX con el fin de poder reunir las piezas necesarias que le faltaban al transmutador que debía devolverlo a su verdadera época, 150 años más tarde de aquel 1864 que, aunque romántico y delicioso en las formas, no llegaba a acostumbrarse.

Dio un paso hacia la cama y bajó lentamente la sábana, descubriendo unas curvas voluptuosas que, desde que abandonaban la larga cabellera, mostraban un camino firme, terso, blanco como la leche hacia el placer.

Volvió a consultar el reloj. Las 7 de la mañana. Tenía hasta la puesta de sol para conseguir volver a su tiempo. No era mucho, debía ir con prisa, pero todavía le quedaba algo para recrearse en los placeres de esa época. Puso su mano sobre el tobillo, caliente por el sueño que todavía guardaba y la fue subiendo lentamente, por el interior de los muslos, notando cómo los poros se erizaban, respondiendo, así, esa blanca piel al estímulo de sus dedos.

El presente tendría que esperar un poco más.

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La foto del post está realizada en la jornada en la que el grupo asegurador Catalana Occidente presentó a un grupo de Igers la aplicación “El viaje de Julio”, con la que quieren celebrar el #150aniversario de su fundación. Una app en la que, a través de varios juegos y pruebas debes ayudar a su protagonista a volver a la época. Puedes ganar fantásticos premios jugando a ella. Tienes toda la información en este enlace.

Con este post, quiero dar las gracias a todo el equipo de Catalana Occidente la deferencia que tuvieron al invitarme a dicha jornada y, además de pasar un día fantástico, darme la oportunidad de conocer a un grupo maravilloso de gente a la que les une la pasión por la fotografía e instagram.

 

Hamburguesas

Miró el libro de recetas. Era fácil: carne picada, perejil, pan rallado, huevo… Un vistazo rápido a la despensa y vio que lo tenía todo. Sacó la carne del congelador y la puso en el microondas, a descongelar. Mientras, acabó de limpiar de polvo la picadora de carne (¿Cuánto hacía que no la utilizaba?) y preparó sobre el banco de la cocina el resto de ingredientes.

Hacía una semana que había decidido dejar de luchar. Ya estaba harta. Estaba muy bien eso de la dieta equilibrada y tal, pero había llegado al límite de sus fuerzas. Todos los días era una verdadera pelea con los niños. Cuando había pasta, o arroz, o carne, o cualquiera de esos platos precocinados del super, no había problemas. Pero si el plato del día era pescado, o verdura, o cualquier otra cosa de las que todos llaman “sanas”, de las que “hay que comer alguna vez”, la pelea era continua: lloros, gritos, bocas cerradas, comida por los suelos, por las paredes, manotazos, castigos que no se cumplían…

Y ya no podía más. Después de todo el trabajo de casa, de no pisar la calle para tenerlo todo listo, de matarse a limpiar, a planchar, a organizar, después de todo eso, llegaba la noche y, derrotada, no le quedaban fuerzas para seguir peleando.

Y lo peor no eran los niños. Lo peor era él. Que llegaba del trabajo, a las tantas, oliendo a vino barato del bar, o a cerveza o a cualquier cosa que había tomado ese día hasta que se le nublaba la vista, o cuando no, a sexo de alguna puta barata con la que había decidido desahogar sus frustraciones. Se sentaba, miraba el plato y, sin mediar palabra lo levantaba y lo tiraba contra la pared, contra el suelo o, la mayoría de veces, contra su cara. Luego ya venían los insultos, los gritos contra ella, recordándole su ineptitud para cocinar y, finalmente, los golpes.

Así que ya estaba cansada de todo eso. Ya no le quedaban fuerzas para luchar, para seguir una guerra diaria que no sentía, que no quería.

Llevaban una semana a base de carne: en filetes, empanada, al horno. Ahora iba a empezar también a picarla: hamburguesas, albóndigas, pastel de carne…

Una semana sin gritos, sin lloros, sin peleas. Una semana ya de tranquilidad.

Y nadie había echado en falta todavía a aquel hijo de puta.

Bombones

a1000manos

Eran los mejores de toda la provincia. Incluso había quien decía que de todo el país. De todas partes llegaba gente a comprar alguno y por correo se recibían a diario muchas peticiones para que se realizaran envíos, envíos que siempre se declinaban por la dificultad de que llegaran a destino en buenas condiciones.

Su fama había protagonizado noticias de periódicos, charlas en la radio, hasta aquellos que tenían una televisión en casa contaban que los habían visto allí, aunque nadie podía probarlo.

Los había de muchos sabores: fresa, ciruela, café, caramelo… Pero el de chocolate con leche era el más famoso, el que más se vendía, el que más pedían.

Lógicamente, y dado el esmero con que los fabricaban, la gran calidad de la materia prima y su difícil conservación, el precio era desorbitado para la amplia mayoría de la gente de la ciudad. Sólo aquellos que pertenecían a la aristocracia o a la alta sociedad podían permitirse el lujo de enviar a sus criadas a comprar algunos para celebraciones o por el simple hecho de degustarlos. El resto se conformaba con poder probar alguno en ocasiones especiales y muy contadas.

Juanillo recordaba perfectamente el día en que, de camino al colegio, acercó su cara al escaparate de la confitería y quedó maravillado de lo que allí vio. A partir de ese momento, todos los días se paraba y se quedaba contemplando dentro. Más de un pellizco, escozón y colleja de su madre le había costado dicha costumbre, dado que siempre iban con el tiempo justo para llegar a clase. Pero no cejaba. Día tras día. Lloviera, nevara o hiciera un sol de justicia. Siempre encontraba un momento para acercar su cara al escaparate y pasar un rato deleitando la vista.

Por eso aquel día estaba dispuesto a dar el paso. Había estado trabajando duro cuatro días a la semana en la carbonería, cargando carbón en los sacos que, más tarde, eran repartidos por toda la ciudad como combustible de estufas y cocinas. Eso le había valido un jornal de tres monedas, que estuvo acariciando todo el camino desde el viejo almacén hasta su casa. Tras entregar dos monedas a su madre para ayudar al sustento familiar se dirigió al pequeño cuarto de aseo, se bañó hasta quitar cualquier resquicio del negro carbón de su piel, se puso su mejor chaqueta y pantalón e incluso se atrevió a pasar un poco de loción de su padre por su, aún, imberbe cara.

Y allí estaba, en la puerta de la confitería, con una mano en el bolsillo acariciando la moneda y con la respiración entrecortada. Tomó aire profundamente y  empujó la puerta de entrada.

Le chocó la calidez de la estancia más que el olor a chocolate. La esperaba más fría, por aquello de la conservación. El olor lo impregnaba todo, casi se podía cortar. Te entraba por los orificios de la nariz y te llegaba al alma, embriagándote por completo.

Se acercó con pasos temblorosos al mostrador, donde una señora con un delantal blanco, reluciente, le estaba esperando con una sonrisa en los labios.

- ¿Qué deseas, pequeño? – Le preguntó sin que la sonrisa desapareciera de su cara.

- Bombones de chocolate con leche – Acertó a contestar, casi en un susurro.

- ¿Cuántos querías?

Juanillo sacó la mano del bolsillo y depositó con cuidado la moneda en el mostrador.

La señora enterneció su mirada, sonrió con más cariño, si cabía y le dijo:

- Con esto te puedo dar tres bombones, ¿te sirve?

Juanillo se encogió de hombros, bajando la vista avergonzado. Pero, tras coger aire, volvió a levantar la cara, diciendo con determinación:

- Para regalo, por favor.

La dependienta mostró sus dientes al sonreír y le guiñó un ojo. Con delicadeza cogió unas pinzas y depositó tres bombones en una pequeña bandeja de cartón dorado, que rápida y diligentemente envolvió con un papel de celofán rematado con un precioso lazo rojo. Tras ello, con la misma delicadeza, depositó la bandeja en las pequeñas manos del mozo.

Juanillo, tras un “gracias” casi inaudible giró hacia la derecha, volvió a coger aire en profundidad y dio tres pasos, hacia la otra parte del mostrador.

Allí estaba ella, con sus ojos grises, su rizada melena morena recogida en una trenza que le caía por su hombro derecho y sus labios carnosos, en los que se adivinaba un destello de carmín, quizá un pequeño gesto de coquetería consentido por su madre los días en que le dejaba ayudar en la confitería.

Se puso frente a ella y levantó las manos, depositando la pequeña bandeja sobre el mostrador, a escasos centímetros de otras pequeñas manos, más delicadas, que se adivinaban también temblorosas.

Ella rozó con las yemas de sus dedos el lazo rojo y levantó la vista.

Sus miradas se volvieron a cruzar, al igual que sus sonrisas, al igual que ocurría todos los días desde que tres años atrás Juanillo acercara su cara al escaparate de la confitería y quedara prendado.

En aquel momento no le cupo ninguna duda: esa sonrisa le acompañaría el resto de su vida.

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Por el mundo hay gente fantástica que, con muy poco, es capaz de hacer embarcar en distintas aventuras a aquellos que les leemos con ganas y le seguimos en todas sus andanzas.

Dos de estas personas son Iñaki (@goroji) y Rut (@Rutroncal)

En esta ocasión, se han propuesto que aquellos que tenemos un blog lo prestemos a algo tan maravilloso como es compartir una sonrisa y que escribamos algo que la foto que encabeza este post nos transmita y lo publiquemos hoy, 3 de junio.

Este proyecto lo han llamado #A1000manos

No he podido resistir la tentación de colaborar dejando mi granito de arena al proyecto.

Espero haber estado a la altura.

Gracias Iñaki y Rut por vuestra generosidad y vuestra iniciativa.

 

 

A todo. A nada.

A fresa, a plátano, a naranja, a uva, a kiwi, a albaricoque, a melocotón, a sandía, a melón, a cereza.

A galleta, a turrón, a barquillo, a helado, a merengue, a magdalena, a bizcocho, a chocolate.

A algo dulce, a algo salado, a algo amargo, a algo ácido, a algo agridulce.

A vino, a cerveza, a cocacola, a té, a café, a coñac, a ginebra, a alcohol, a zumo, a infusión, a medicina.

A llegada, a despedida, a tristeza, a melancolía, a alegría, a esperanza, a desesperanza, a consuelo, a lujuria, a temblor, a pago, a cobro, a impulso, a mentira, a miseria, a euforia, a deleite, a nervios, a tranquilidad, a cansancio, a sueño, a realidad, a venganza, a desconsuelo, a sinceridad, a prudencia, a ansia, a libertad, a prisión, a unión, a sorpresa.

A sudor, a sangre, a lágrimas, a carmín.

A saliva.

Con la cantidad de cosas a las que pueden saber unos labios y los tuyos siempre me saben a poco.

 

Todo un jardín

Apoyado en el marco de la puerta, no podía evitar que una amplia sonrisa iluminara su cara. El espejo le devolvía una carita pequeña, sonrosada, de ojos vivos y rodeada de rizos rubios. En el centro de la misma, un cepillo minúsculo de dientes llenaba de espuma unos labios finos. El aroma a flúor sabor de fresa impregnaba la pequeña estancia.

Esperó a que se enjuagara la pequeña boca para ofrecerle su mano y que ella la tomara con delicadeza. Se recreó en el suave tacto que ofrecía aquella pequeña extremidad en contacto con la suya, nervuda y arrugada. Así, cogidos, se acercaron a la cocina, donde su mujer estaba acabando de fregar los restos de la cena. Sin dejar de tocar el agua y con cuidado de no mojarla, bajó la cabeza a la altura de la pequeña.

- Buenas noches, abuela.

- Buenas noches, cielo. Que duermas bien.

Acompasó sus pasos a los pequeños pies que caminaban junto a los suyos hasta la habitación que había a mitad del pasillo. Encendió la pequeña luz de la mesita y se recreó en arropar aquel pequeño cuerpo, que casi ni llegaba a arrugar la almohada. Ella sacó los brazos de las sábanas y los estiró, esperando un abrazo y un beso que llegó raudo.

Todavía abrazados, le dijo al oído:

- Abuelo, cuéntame otra vez lo de los nombres de los tíos y las tías.

Suspiró. Lo esperaba con ganas, aunque no lo dijera. Sabía que era la historia favorita y le encantaba que le pidiera que se la contara. Aclaró la voz y comenzó:

- Todo viene de tu bisabuelo, mi padre. Él era jardinero, uno de los mejores de la ciudad. Por eso vino el rey a buscarlo, para sus palacios. Eso hizo que tuviera que irse a vivir a la capital. Eran otros tiempos, en los que viajar era muy costoso y llevaba mucho tiempo. Él siempre quiso tener hijas, pero sólo me pudo tener a mi. Él fue quien me enseñó todo lo relativo al jardín y las flores. A ratos, cuando podía escaparse y pasar un par de días conmigo, pasaba horas y horas enseñándome flores, plantas y la forma de cuidarlas. En una ocasión, mientras estábamos cuidando un rosal,  me dijo: “Algún día, aunque yo no esté, te casarás y tendrás niños o niñas. Recuerda que ellos serán como este jardín, dependiendo el cuidado y el cariño que les ofrezcas, crecerán sanos y fuertes o bien débiles y enfermos. A ellos también tendrás que darles comida, cuidarlos, arreglarlos y darles mucho cariño, al igual que todas estas flores. Yo te vigilaré aunque no esté, para que el jardín no se llene de malas hierbas y sea el más bonito del lugar.” Mi primera hija, tu tía la mayor, vino en el mes de Mayo. Él la cogió en sus brazos. Estaba sonrosada y era delicada. Miró el jardín mientras la acunaba y dijo: “Ha llegado cuando florecen las rosas, su misma cara es un pequeño capullo que está empezando a reventar y que quiere enseñarnos su color.” Le pusimos de nombre Rosa. Fue la única que vio, porque tu bisabuelo subió a cuidarnos desde el cielo ese mismo invierno. Pero no se me olvidó cuidar mi jardín, porque sabía que me observaba y que lo sigue haciendo. Tras la tía Rosa vinieron el resto: Tu tío Narciso y tu madre, Violeta. Cada uno con el nombre de la flor que florecía en el época en que nacieron.

- ¿Y el tío Paco?

- Bueno, esa es otra historia que habla de una guerra, un abuelo que pasa tiempo fuera de casa y una abuela a la que le gusta mucho el baile y el clarete…

- ¡¡Jacinto!! – Se escuchó una voz enérgica que venía de la cocina – ¿qué le estás contando a la niña?. Déjala que duerma.

- Bueno, ya has oído a tu abuela, Margarita. Es hora de dormir. Mañana iremos al monte a por amapolas silvestres, ¿vale?

- Vale abuelo. Buenas noches.

- Buenas noches.

El beso fue dulce, como siempre.

La asesina

Aparcó el coche en la acera opuesta a la casa y se quedó observándola antes de salir. La escena era la típica en esos casos: dos coches de policía, tres agentes tras la tira de plástico amarilla aguantando a las dos docenas escasas de curiosos que, a esas horas de la noche, se apretaban para ver algo (¿la gente no dormía?) y un par de cámaras de televisión.

“Carroña”, pensó al ver a éstos últimos. ¿Cómo diablos se enteraban? En algunos casos llegaban antes que la misma policía.

Se apeó del coche y tomó aire antes de cruzar la calle. Tal y como pisó la acera contraria notó el primer flash, directo a sus ojos, dejándolo en una penumbra instantánea. Se llevó la mano a la cara instintivamente y suspiró. No tardaría en llegar la primera pregunta: “Inspector, ¿Se sabe algo del asesino?”

Un agente levantó la cinta amarilla al verle llegar, que agradeció con un gesto de la mano cuando se agachaba para pasarla. Detrás dejó que los dos agentes que quedaban se las apañaran para mantener alejada a la pequeña multitud que se apretó contra la entrada del jardín al verle llegar. En sus oídos se mezclaban las preguntas que, a gritos, le lanzaban los de la prensa.

“Maldita carroña” llegó a mascullar entre dientes, mientras cruzaba el sendero enladrillado que rompía el pequeño jardín de césped y llegaba hasta la casa.
La puerta principal estaba abierta, pero la mosquitera no, así que abrió ésta y entró en la casa.

La escena que le esperaba también era la habitual: dos policías de uniforme charlaban en la entrada, uno de ellos con un café en la mano (¿Lo traería de casa?, lo dudaba); una mujer se las veía con su pincel en varios pomos, la científica buscando huellas; el flash del fotógrafo se unía al ruido del disparador…

El forense le esperaba a los pies de la escalera.
- Doctor – dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha a la frente.
- Hola, inspector – contestó éste – ¿Una noche movidita?
- Lo normal, es como si la primavera les alterara y los hiciera más gamberros. ¿Qué tenemos?
– Está arriba. No hay ninguna duda. Asesinato.
- ¿Me acompaña y me cuenta detalles?
- Por supuesto, aunque hay poco que contar, ya lo verá usted mismo.
Acompañó la última frase apoyando la mano sobre la espalda del inspector, animándolo a emprender el camino por las escaleras. El trayecto lo hicieron en silencio, hasta la habitación.

Nada mas entrar vio el cadáver en el suelo, tapado con una manta. No le hizo falta ni acercarse. Se giró hacia el forense, que asentía con la cabeza.
- Hay que buscar a la mujer que ha hecho esto.
- Se lo había dicho, estaba claro: un asesinato de libro.
- Tenemos que empezar a pensar en una asesina en serie, es el tercer caso de priapismo que nos encontramos este mes.

Runner

¿Que cómo empecé en esto?
Bueno, supongo que como mucha otra gente: un día, sin que lo veas venir, tu empresa cierra y te ves en casa, con treinta y pico de años, con todo el tiempo del mundo y sin saber que hacer. Has visto cómo muchos otros lo hacen y te preguntas, ¿por qué yo no?

Recuerdas que, cuando eras más joven eras rápido y ágil, no eras de carreras de fondo, eras más de velocidad, de explosividad. Ahora tu cuerpo ha cambiado (mucho), pero con un poco de práctica crees que mejorará. Te acercas al armario y allí está el chándal, ese que sólo te ponías los domingos por la tarde, para ver el fútbol en la tele junto a una cerveza.

Así que un día te decides, y saltas a la calle. Empiezas alejándote de tu barrio, te da vergüenza que te vean y, en una ciudad grande como la tuya, encontrar otros sitios para empezar es fácil. Las primeras veces son agotadoras, realmente has perdido la forma y tu estilo no es el adecuado. No controlas tu cuerpo, tu velocidad, lo que hace que te canses demasiado, no llegues muy lejos y no consigas lo que te habías propuesto. Pero te lo tomas como algo normal.

La falta de práctica hace que muchas veces no consigas tu objetivo, lo que te lleva a obligarte a estar un par de días “en dique seco”, pero, cada vez éstos son menos.

Pero, por otra parte, empiezas a ver a otros que están como tú, y ahí ves lo maravilloso que puede ser el compañerismo. Primero te miran con una media sonrisa, luego te saludan y, poco a poco, se produce un acercamiento que te lleva a compartir con ellos esos momentos. Se vuelcan en ti, te ayudan a mejorar estilo, a coger fondo, a elegir los mejores sitios, a que veas itinerarios alternativos. En poco tiempo te ves quedando con ellos, saliendo juntos, compartiendo momentos. Entras en una dinámica en la que te hacen pertenecer a un grupo, selecto, apartado del resto que no hace nada, te arropan, te apoyan.

Hasta que, un día, se plantan ante ti, te miran, sonríen y te enseñan el caramelo: Una media.

Tu te niegas: no es lo tuyo, es demasiado, no es tu propósito, no te ves, es arriesgado… Pero ellos te razonan, te animan: es más fácil de lo que crees, nosotros te apoyaremos, te instruiremos, estaremos acompañándote en todo momento.

Te convencen.

A partir de ahí, son un par de meses de no parar: recorridos, entrenamientos, planes… Hasta que llega el gran día. Ese día todo son nervios, pero es cierto, ellos están contigo, desde el principio hasta el final. Lo han hecho otras veces, y se nota. Alcanzas el objetivo y te sientes fuerte.

Repites, una, dos, tres veces y te vas confiando, lo vas dominando. Hasta que llega el día en que algo falla, y no puedes acabar.

En mi caso fue el Sebas. Ese día estaba nervioso. Se lo notamos tal y como se puso la media y la tomó con el de seguridad de la sucursal: empujones, insultos, una patada y, de pronto, la recortada que se le dispara. Fue al techo, pero nos asustamos, siempre habíamos hablado de balas de fogueo, sólo por intimidar, pero estaba cargada de verdad. Nos tiramos al suelo, momento que aprovecharon el de seguridad y unos cuantos clientes más para saltar sobre nosotros y reducirnos. Intentamos zafarnos, pero fue imposible. Llegó la policía y nos detuvieron.

Yo era el más nuevo, no estaba fichado por algo tan gordo, era mi primera vez, así que decidieron enviarme a una cárcel tranquila, sin presos demasiado peligrosos.

Hace ya tres años que estoy en Teruel, mis compañeros se quedaron en Alcalá Meco. Me quedan dos años, a ellos más. No he vuelto a saber de ellos. Ahora paso los días paseando al sol. Y lo tengo claro, cuando salga se acabaron las aventuras, ni media, ni tirones.

No quiero volver.

Déjate llevar

- No, no, no te gires, no me mires, simplemente, llévame. Lejos, muy lejos. Allí dónde el cielo se junta con las estrellas , dónde el mar se funde con el horizonte, dónde el aire mece las nubes haciéndolas bailar sobre un fondo azul celeste. O quizá más lejos todavía, dónde los sueños se cumplen con sólo volver a cerrar los ojos; dónde todos los labios tienen su contrapartida, no quedando ningún beso sin ser dado; dónde los abrazos son sinceros, cálidos, reconfortantes; dónde las manos sólo sirven para rozar con las yemas de sus dedos la piel ávida de contacto. Llévame lejos, muy lejos, dónde la música flote, las palabras fluyan y los pensamientos sean libres. Llévame allí, sin demora, porque sé que nuestros corazones latirán con mas fuerza.

- Que mire, señora, que yo la llevo. Pero la carera le va a salir por un pico.

- Ainsss… En fin, pues lléveme a Arturo Soria, a tráfico. Pero póngame usted la COPE.

- Ah, no. En mi taxi sólo se oye al Francino.

- …Y encima me toca el único taxista rojo de Madrid.

- ¿Cómo dice?

- Nada, nada, que ponga lo que quiera.

- Pues vamos marchando. Qué tiempo tan raro, ¿eh?, igual hace sol que llueve. Y qué días de aire.

- Si, si, si…

Punto de inflexión

Viernes, 7 de Febrero de 2.014

6:10 – Suena el despertador;  inexorable, tirano, incontestable, como todos los días. La Yol se levanta lentamente y se queda sentada en el borde de la cama. La oigo suspirar, últimamente las noches están siendo duras, el sueño no llega como debe y el descanso no es el debido. Sé que tengo parte de la culpa, pero no puedo evitarlo. Lentamente, se quita la camiseta del pijama y veo cómo su silueta se dibuja sobre la luz de las farolas que se cuela tímidamente entre los agujeros de la persiana. Pienso lo mucho que me gusta, y lo increíble que puede parecer que, después de veintitrés años, ese cuerpo me siga enamorando cada vez que lo veo. Se levanta y se dirige hacia el baño.  Me acurruco en su lado de la cama, abrazando la almohada y notando su ausencia.

6:35 – La Yol ha acabado y sale del baño, se sienta en mi lado de la cama y, con los ojos todavía sin acostumbrar a la falta de luz, me busca para darme el beso de despedida. Juego a que no me encuentra, sonríe al dar un par de besos al aire hasta que me acerco y nuestros labios se encuentran. La despedida habitual y baja a la cocina, a desayunar. Yo aprovecho para encender la luz de mi mesita y, mientras la escucho prepararse el desayuno, abro el libro para leer un rato. Es mi momento de tranquilidad lectora. Estoy con “De qué hablo cuando hablo de correr”, un libro de Haruki Murakami que hacía tiempo que quería leer. Me está gustando, te hace pensar sobre la vida que llevamos. Escucho la puerta mientras paso las paginas, la Yol se va a trabajar.

7:10 – Hora de empezar. Salgo de la cama, pongo las sabanas en la ventana, me aseo y bajo a desayunar. Preparo los almuerzos de los niños y me siento con mi tazón de café con leche, mis galletas y mi iPad. Abro el apalabrados y veo las jugadas. Últimamente son Fran, Susana y Gabi quienes estimulan mis neuronas de buena mañana haciendo que busque las palabras con mayor puntuación. Y Mònica, por supuesto, que se ha convertido en algo más que una contrincante para pasar a ser una parte de mi vida a la que echo en falta las mañanas que no la tengo al otro lado del desayuno, para compartir jugada, saludo o confidencia.

7:45 – Toca truncar los sueños infantiles. Adrián se hace un poco más el remolón y Nico se despierta con su habitual sonrisa. Quien no lo ha sentido no puede imaginar lo bien que saben esos besos pastosos a primera hora de la mañana.  Aseo, desayuno, camas preparadas, dientes limpios, un rato de tele, chaquetas, zapatillas, mochilas y al cole.

8:20 – Salimos hacia el cole. Desde que yo estoy en casa vamos andando, las abuelas los llevaban en coche. Son poco menos de veinte minutos a paso infantil. Nico de la mano, Adrián un par de pasos por detrás. Hablamos por el camino; Adrián del cole, de sus amigos, de sus pensamientos, de su mundo; Nico de fútbol, como siempre.

9:10 – Tras dejar a los niños en el cole, llego a casa, me cambio y salgo a correr. Hoy no hace mucho frío y cojo ritmo rápido. Casi nueve kilómetros a poco más de cinco minutos el kilometro. Me conformo con la marca, aunque debería aumentar la distancia. Hago propósito de enmienda para que así sea, como cada día, aunque sé que no lo cumpliré. Día tras día salgo pensando que debo pasar la barrera de los diez kilómetros, pero, cuando me estoy acercando, mis piernas no acaban de responder y vuelvo hacia casa. Sé que cuando consiga hacerlo más de dos días seguidos, lo veré de otra forma, pero hoy sigo como siempre.

11:00 – Una vez duchado y repuesto salgo hacia el Ecus, a almorzar con Juanlu y con Juanjo. Es increíble cómo un rato así, con los amigos, es capaz de cargarte las pilas, de llenarte de energía positiva, aunque no hables de nada importante, sólo tontees y compartas el momento. Es de lo mejor de la semana, ese momento que tal y como acaba, esperas que vuelva, aunque tengas que esperar otros siete días. Muchas mañanas me encuentro con el móvil en la mano, dudando si llamar para quedar, pero no lo hago, mis obligaciones laborales me tienen atado en casa, tras el ordenador. Tras el almuerzo, toca comprar para hacer la cena: Consum y la carnicería. En esta última se me hace la boca agua. La carne cruda se presenta ante mí y me llevaría de todo. Se nota cómo los pequeños comercios cuidan más la calidad de sus productos que las grandes superficies.

12:15 – Una vez en casa comienzo a cocinar. Voy alternando entre las carrilladas al vino tinto y el tiramisú, pues los tiempos de cocción dan para ello. Pongo música. Elijo una lista con la Banda Sonora de True Blood, country y rock a partes iguales. La receta lleva vino y aprovecho para tomarme una copa. Me sorprendo cantando a grito el “Bad things” de Jace Everett y bailando mientras voy añadiendo ingredientes a la olla. Paso el resto de la mañana en la cocina, cantando, bailando, cocinando, bebiendo vino y limpiando.

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Son las 15:30 y estoy sentado en el sofá, hace rato que he acabado de cocinar y de comer y en poco tiempo llegará la Yol de trabajar. Estoy escribiendo esto en el ipad mientras una amplia sonrisa se dibuja en mi cara. Hacía mucho que no sonreía así, de forma sincera, sin nadie que me mire, sin nadie a quien sonreír, sólo para mí. Casi se me había olvidado la sensación. Es una sonrisa inesperada por el momento en que llega, pero agradecida por lo que significa. Esta tarde no podré ir a por los niños al cole, pues tengo que cumplir con mis quehaceres laborales dado que esta mañana no he podido adelantar nada del trabajo pendiente, he estado más ocupado en vivir. Es lo único que me molesta, el perderme el momento de salir de clase y darles la merienda. Me he dado cuenta que el resto me da igual, que hoy he sido realmente feliz, que he disfrutado en casa, de la casa, con la familia y de la familia. Que algo dentro de mi ha hecho “clic” y un resorte ha saltado por los aires haciéndome entender lo simple que puede ser la vida. En estos momentos, mientras escribo estas líneas me planteo dejar el trabajo, darme de baja de autónomo y dedicarme a escribir, en casa, a plasmar letras sobre un papel hasta llegar a formar una novela, algo largo, sustancial. Supongo que de baja calidad al principio, pero no me importa, pues la satisfacción vendría al acabarla. Sería duro, renunciar a los exiguos ingresos que tengo ahora, convencer a la familia de mi decisión, aplicarme una disciplina que, en estos momentos, no tengo y lanzarme al vacío. Al igual que hizo en su día Haruki Murakami.

Quizá debería hacerlo.

O quizá debería dejar de leer a Murakami.