Archivo mensual: enero 2018

Cómo olvidar

Cómo olvidar.

Era un sábado de enero, uno esos inviernos raros en los que el sol pica más de lo que debería. Aquel sábado había acudido con un amigo. Era de las primeras veces que iba, quizá la primera, y lo hacía porque a él le sobraba una entrada.

Todo transcurría con normalidad: pipas, refresco, tensión (poca)… hasta que llegó la alegría. Más de diez mil almas gritando al unísono, saltando, silbando, riendo.

Fue justo en aquel momento, cuando te vi: media melena recogida en una coleta alta, chaqueta de tres cuartos, pantalón vaquero y la bufanda rosa. Con los brazos arriba, saltando, te giraste y miraste cinco filas por encima de ti.

¿Cuánto tiempo nos aguantamos la mirada? Supongo que apenas unos segundos, pero se me hicieron eternos. Me perdí en tu sonrisa, en la que dibujaban tus labios dejando ver ligeramente tus dientes; me perdí en tu ojos, sonriendo casi más que tu boca y brillando más que las luces que ya estaban encendidas; me perdí en tu cuello, que asomaba ligeramente por encima de la bufanda. Y, lógicamente, a partir de ese momento, me perdí el resto del partido.

Ya no hubo nada más, aunque creo que me contaron algo de algún penalti no pitado o no se qué. Pero yo ya no pude desviar la mirada de esa parte de la grada en la que veía tu cabeza. Te giraste un par de veces más, sonriendo y desviando rápidamente la mirada al ver que se volvía a cruzar con la mía.

Acabó el partido y te perdí entre la maraña de gente que salía apresurada por los vomitorios hacia sus casas. Por más que busqué en las escaleras y las puertas de entrada, no volví a verte.

Al partido siguiente compré una entrada por la misma zona y al otro, y al otro.

Acabó la temporada y yo me saqué el pase para la siguiente con la esperanza de volver a coincidir.

Pero eso nunca ocurrió.

Cómo olvidar.

Algo pasó en Gol Orriols, un sábado de enero. Rubén Suárez chutó desde la esquina del área de grada central y el balón entró por la escuadra. El Levante ganó el partido y yo perdí el corazón para siempre.

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No está en el título, @manyez, pero espero que te sirva.

¿Los ha habido?

Abrazos.

Orriols

Mañana de sábado

“Ahí está Carmen. Siempre es la más madrugadora, la que antes abre la tienda. Siempre he admirado cómo tiene la floristería, aunque la tenga en la peor situación de la plaza, en la esquina de la entrada. Pero eso, a ella, no le importa. Día tras día se esmera en su escaparate con las mejores flores, las plantas más verdes y la decoración más moderna.

Y, ¿qué decir de Juan y Vicenta?. Ya de camino a la librería. Madre mía, cómo está ella. No hay vez que la vea que no se me caiga la baba y se me vaya la imaginación. Me la veo desnuda en mi cama, fuera de las garras de su marido, pidiendo guerra una y otra vez, una y otra vez. Le haría de todo sin cansarme. Si es que no puedo dejar de mirarla.

No como el pánfilo de Pedro. Míralo, en la puerta de su quiosco mirando a la pareja, saludando y no fijándose en semejante culo. Espera, ¿le está mirando el culo a él?. Vaya, por Dios. Este es invertido, como el degenerado de su hermano. Quizá debería matarlo también. Gente de esa calaña es la que degenera a la sociedad y nos está llevando al caos. Pensándolo bien, podría hacerlo. No sospecharían de mi, ¿cómo iban a hacerlo?. Ya me costó poco con el marica de su hermano y, a mi, ni me preguntaron.

Total, ¿quién lo iba a echar de menos?. A esta gente nadie la echa de menos…”

– Don Pascual, su carajillo.

– ¡Qué susto me has dado, hijo mío!.

– Si es que estaba ahí, en sus cosas, en su mundo. A saber en qué estaría pensando.

– En lo mucho que me gusta esta plaza, Manolín. ¿Te he contado alguna vez que ya mi padre venía a tomar su desayuno todos los días a este café, en esta mesa, a estas horas.

– Varias veces, Don Pascual, varias veces. Espero que no se repita así cuando diga su sermón. Por cierto, ¿qué toca esta tarde?

– Una boda, se casa la hija de Dolores con un forastero. Y, si te dejaras caer más veces por la iglesia, como es tu obligación, te darías cuenta de que tengo un buen repertorio para no repetirme. Qué, al final, acabarás en el infierno.

– No me da miedo el infierno, no puede ser Satanás peor que mi jefe.

– Anda, no digas burradas y dile a ese santo que tienes como jefe por aguantarte, que mañana le pago esto.

– Perfecto, Don Pascual. Vaya con Dios.

– Tú deberías venir, tú.

– No me líe, Pater. Buenos días.

“Buena gente, este Manolín. Un pedazo de cabrón, pero buena gente. Ya me gustaría que fueran así la mitad de las beatuzas que vienen los domingos a que les aguante sus aburridas vidas de confesionario y que son más malas que la peste. Mira, hablando del diablo…”

-Buenos días, doña Federica.

-Buenos nos los de Nuestro Señor, padre.

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Hace poco más de un mes, el gran @Miguel_Garvi me lanzó un guante. No me quedaba más remedio que recogerlo.

tuit

Un fuerte abrazo, señor. A ver si podemos coincidir pronto.

Campanas de boda

Había llegado el gran día, y parecía que todo en aquel pequeño reino de las montañas se había puesto de acuerdo para lucir sus mejores galas: el cielo, de un azul intenso desde primera hora de la mañana, no había dejado que ninguna nube cubriera el radiante sol que brillaba en su esplendor; las montañas que rodeaban el valle estaban cubiertas de un verde intenso, vivo; las aguas del río bajaban más limpias que nunca y, según quienes las habían probado, más frescas; hasta las flores parecía que desprendían su olor de una forma más intensa.

El pueblo, enclavado en mitad del valle y rodeado por el río, estaba esplendoroso. Todos los habitantes se habían esmerado en engalanar sus casas, bien colgando las mejores colchas en los balcones, unos; pintando las fachadas de colores brillantes, otros; y limpiando sus parcelas de acera la prácticamente totalidad de todos ellos.

Y, es que el día que tanto tiempo llevaba esperando el reino había llegado. Ese día, la bella princesa cumplía los 21 años y, por ello, llegaba el momento de que sus padres, los bondadosos reyes, eligieran para ella uno de los pretendientes para desposarla.

Y eso iba a ocurrir esa misma noche, en el gran baile que se había organizado en el palacio y al que todo el reino estaba invitado.

Ya desde hacía horas, largas colas de ciudadanos, vestidas ellas con sus más espectaculares ropajes, y ellos con sus trajes más elegantes, se desplazaban hacia el palacio situado sobre la colina que se aparecía hoy más lujoso, majestuoso y radiante que nunca.

Los suspiros de asombro, los ojos como platos y las bocas abiertas se sucedían uno tras otro tal y como cada uno de los ciudadanos accedían al gran salón del trono en el que se iba a celebrar el baile.

De techos altos como un campanario, cristaleras de mil colores y columnas labradas en oro que ascendían hacia el cielo, el salón aparecía esplendoroso. Las largas telas rojas que colgaban desde el techo y las cuatro grandes lámparas de araña repletas de brillantes le daban a la estancia una apariencia que ningún otro lugar del mundo podría nunca igualar.

Todo estaba dispuesto: la orquesta acababa de afinar sus instrumentos, los pretendientes se encontraban sentados en una fila de sillas forradas de terciopelo, los reyes, en una tarima sobre la que se encontraban sus tronos, esperaban con sus mejores galas que se abriera la puerta que se encontraba frente a ellos para que de ella saliera su hija, la princesa, que se estaba acabando de dar los últimos toques para realzar su ya amplia belleza.

– ¡Hostia, puta! – Exclamó la bella princesa, levantando la cabeza de la mesa y llevándose el dedo a la nariz, masajeando el conducto – Está jodidamente buena.

– Ya le dije, Alteza, que este tipo tenía la mejor mierda del reino – Le respondió el bufón a la vez que se llevaba su dedo índice a su nariz, indicando a la princesa que algo de polvo le brillaba sobre el labio.

La princesa, con su delicado dedo, recogió lo que quedaba sobre el labio y, con ese mismo dedo impregnado, lo distribuyó sobre sus encías.

– Lo quiero para mi, que no venda a nadie más – Ordenó.

– Eso es imposible, no se casa con nadie. Ya lo he intentado comprar para palacio pero sabe que es bueno, conoce su poder y lo utiliza. – Respondió el bufón.

– Tú tráelo, ya sabré yo cómo convencerlo.

– ¿Al igual que hizo con el mozo de caballerizas? – Dijo el bufón, guiñando un ojo.

– A ese gilipollas ni me lo mentes. El muy capullo se creyó que por meter su minúscula polla en tan regio lugar tenía ya todos los derechos del mundo y ha intentado chantajearme. Pero le queda nada, ya he hablado con el jefe de la guardia y esta misma noche, mientras suenan los fuegos artificiales, le va a dar matarile.

– Es usted una verdadera hija de puta, alteza.

– Pero la hija de puta más bella de todo el reino. ¿Cómo estoy? -preguntó la princesa dando vueltas y dejando que el vestido volase sobre sus pies.

– Está preciosa, verdaderamente radiante – replicó el bufón.

La princesa cogió al bufón por las axilas, levantó su escaso metro de estatura del suelo y acercándoselo a la cara, lo besó en los labios.

– Eres un puto pelota, bufón. – Dijo, soltándolo de golpe y cayendo éste sobre la alfombra. – Y ahora, si me perdonas, me voy a ver qué imbécil me eligen mis padres para que le amargue la vida. Con un poco de suerte, está fuerte y se va a la guerra pronto. Y ahora, venga, a actuar.

El bufón hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta, la entreabrió e hizo una señal a la orquesta, que empezó a tocar las trompetas.

La princesa se atusó el vestido, se recogió un mechón de pelo tras la oreja y alzó la barbilla. Las puertas de la estancia se abrieron de par en par y apareció en el salón, bajo la admiración de todos los ciudadanos que se iban arrodillando e inclinando a su paso y deslumbrando con su belleza a los pretendientes.

El reino nunca había estado tan feliz.