Archivo diario: 11 enero, 2018

Campanas de boda

Había llegado el gran día, y parecía que todo en aquel pequeño reino de las montañas se había puesto de acuerdo para lucir sus mejores galas: el cielo, de un azul intenso desde primera hora de la mañana, no había dejado que ninguna nube cubriera el radiante sol que brillaba en su esplendor; las montañas que rodeaban el valle estaban cubiertas de un verde intenso, vivo; las aguas del río bajaban más limpias que nunca y, según quienes las habían probado, más frescas; hasta las flores parecía que desprendían su olor de una forma más intensa.

El pueblo, enclavado en mitad del valle y rodeado por el río, estaba esplendoroso. Todos los habitantes se habían esmerado en engalanar sus casas, bien colgando las mejores colchas en los balcones, unos; pintando las fachadas de colores brillantes, otros; y limpiando sus parcelas de acera la prácticamente totalidad de todos ellos.

Y, es que el día que tanto tiempo llevaba esperando el reino había llegado. Ese día, la bella princesa cumplía los 21 años y, por ello, llegaba el momento de que sus padres, los bondadosos reyes, eligieran para ella uno de los pretendientes para desposarla.

Y eso iba a ocurrir esa misma noche, en el gran baile que se había organizado en el palacio y al que todo el reino estaba invitado.

Ya desde hacía horas, largas colas de ciudadanos, vestidas ellas con sus más espectaculares ropajes, y ellos con sus trajes más elegantes, se desplazaban hacia el palacio situado sobre la colina que se aparecía hoy más lujoso, majestuoso y radiante que nunca.

Los suspiros de asombro, los ojos como platos y las bocas abiertas se sucedían uno tras otro tal y como cada uno de los ciudadanos accedían al gran salón del trono en el que se iba a celebrar el baile.

De techos altos como un campanario, cristaleras de mil colores y columnas labradas en oro que ascendían hacia el cielo, el salón aparecía esplendoroso. Las largas telas rojas que colgaban desde el techo y las cuatro grandes lámparas de araña repletas de brillantes le daban a la estancia una apariencia que ningún otro lugar del mundo podría nunca igualar.

Todo estaba dispuesto: la orquesta acababa de afinar sus instrumentos, los pretendientes se encontraban sentados en una fila de sillas forradas de terciopelo, los reyes, en una tarima sobre la que se encontraban sus tronos, esperaban con sus mejores galas que se abriera la puerta que se encontraba frente a ellos para que de ella saliera su hija, la princesa, que se estaba acabando de dar los últimos toques para realzar su ya amplia belleza.

– ¡Hostia, puta! – Exclamó la bella princesa, levantando la cabeza de la mesa y llevándose el dedo a la nariz, masajeando el conducto – Está jodidamente buena.

– Ya le dije, Alteza, que este tipo tenía la mejor mierda del reino – Le respondió el bufón a la vez que se llevaba su dedo índice a su nariz, indicando a la princesa que algo de polvo le brillaba sobre el labio.

La princesa, con su delicado dedo, recogió lo que quedaba sobre el labio y, con ese mismo dedo impregnado, lo distribuyó sobre sus encías.

– Lo quiero para mi, que no venda a nadie más – Ordenó.

– Eso es imposible, no se casa con nadie. Ya lo he intentado comprar para palacio pero sabe que es bueno, conoce su poder y lo utiliza. – Respondió el bufón.

– Tú tráelo, ya sabré yo cómo convencerlo.

– ¿Al igual que hizo con el mozo de caballerizas? – Dijo el bufón, guiñando un ojo.

– A ese gilipollas ni me lo mentes. El muy capullo se creyó que por meter su minúscula polla en tan regio lugar tenía ya todos los derechos del mundo y ha intentado chantajearme. Pero le queda nada, ya he hablado con el jefe de la guardia y esta misma noche, mientras suenan los fuegos artificiales, le va a dar matarile.

– Es usted una verdadera hija de puta, alteza.

– Pero la hija de puta más bella de todo el reino. ¿Cómo estoy? -preguntó la princesa dando vueltas y dejando que el vestido volase sobre sus pies.

– Está preciosa, verdaderamente radiante – replicó el bufón.

La princesa cogió al bufón por las axilas, levantó su escaso metro de estatura del suelo y acercándoselo a la cara, lo besó en los labios.

– Eres un puto pelota, bufón. – Dijo, soltándolo de golpe y cayendo éste sobre la alfombra. – Y ahora, si me perdonas, me voy a ver qué imbécil me eligen mis padres para que le amargue la vida. Con un poco de suerte, está fuerte y se va a la guerra pronto. Y ahora, venga, a actuar.

El bufón hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta, la entreabrió e hizo una señal a la orquesta, que empezó a tocar las trompetas.

La princesa se atusó el vestido, se recogió un mechón de pelo tras la oreja y alzó la barbilla. Las puertas de la estancia se abrieron de par en par y apareció en el salón, bajo la admiración de todos los ciudadanos que se iban arrodillando e inclinando a su paso y deslumbrando con su belleza a los pretendientes.

El reino nunca había estado tan feliz.