Caridad compartida.

La bombilla que colgaba de la pared iluminaba la estancia con precariedad, haciendo que ésta pareciera más fría de lo que realmente era, pese a que aquél febrero estaba siendo especialmente duro. Ni tan siquiera ese día el tragaluz ayudaba, puesto que el aguacero del exterior llenaba sus cristales de la alegre melodía de las gotas al repicar, más que de la luz que, a esas horas, a principio de la tarde, debería estar dando.

Un relámpago lo sacó de su ensimismamiento, pues se encontraba en uno de esos estados en los que la mente, como si de un interruptor se tratara, se había desconectado, dejando la mirada perdida en un punto en el infinito. El estallido de luz hizo que la vista se fijara por un instante en el sótano que, desde hacía años, le servía de vivienda: el catre de la esquina, con un par de mantas intentando hacer conjunto y dando sensación de limpieza; la pequeña camilla del centro, recién rescatada del contenedor quince días antes y que parecía desnuda, a la espera de un mantel que escondiera su débil esqueleto; la estantería, casi repleta de libros ajados y manoseados, abiertos y cerrados una y otra vez, su única compañía algunos días en los que su salida a la calle se demoraba; la pared del fondo, llena de carteles que todavía conservaba de su época de afamado comediante, cuando su vida era un frenesí de viajes de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, de aplauso en aplauso y, cuya degradación, le recordaban su posición actual, pese a la torcida sonrisa que todavía esbozaba cuando los veía; y, por último, la mesa junto a la pared en la que colgaba el espejo, mesa llena por los tarros del maquillaje, por las brochas, los paños de limpieza y las cremas que utilizaba de fondo.

Miró hacia el espejo, pese a que tenía intactas las doce bombillas que debía de iluminar su rostro a la hora de maquillarse, ya hacía tiempo que ninguna de éstas funcionaba y su nostalgia le había impedido cambiarlas.

Humedeció el paño en la pintura blanca y, cuando vio que estaba perfectamente impregnado, se lo llevó hacia su cara. La mano le temblaba de frío. El clima desapacible de aquel mes hacía que las ventanillas de los coches que se paraban en el semáforo en el que pasaba las mañanas fueran más reacias a bajarse, por lo que las monedas que llegaban a su bolsillo escaseaban y tenía que elegir entre el alquiler o la calefacción. Su casera lo comprendía y no era demasiado estricta, pero tres meses de retraso le llevaron a tener que pagar parte del alquiler y cambiar el calor de los radiadores de gas por su desvencijado abrigo.

Tras la primera pincelada vino la segunda, y la tercera, que poco a poco daban a su cara el aspecto blanco deseado. Tras el blanco, llegó el negro para su ojo derecho, el verde para su izquierdo y el rojo que rodeaba sus labios, un centímetro por encima de su contorno natural, dándole el aspecto grotesco y divertido que buscaba.

Tardó los veinte minutos habituales en acabar la tarea. Se dio los últimos retoques y sonrió al espejo, para ver el resultado. Su sonrisa era amplia, generosa, tanto tiempo de práctica le habían llevado a esconder perfectamente la tristeza que escondía bajo aquella fachada. Se levantó, se puso la gabardina, a la que subió el cuello para protegerse y se dirigió hacia la puerta.

El hospital infantil le esperaba, aquel en el que pasaba las horas la mayoría de las tardes y en el que se había volcado el día que decidió que debía ser generoso, que su situación no debía enmascarar su corazón, que le quedaba suficiente alegría por compartir y que era de recibo el pagar con caridad la caridad que le permitía seguir vivo día tras día.

 

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Fue @Pink_Wall quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (tragaluz, comediante, aguacero).

Gracias, Rosa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

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