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Deseando la lluvia

Agitó el tubo de ensayo con movimientos circulares y lo observó a contraluz, situándolo por encima de su cabeza.

El color rojo brillante que desprendía destacaba sobre el blanco que reinaba en el laboratorio. El líquido estaba empezando a tomar viscosidad, como era habitual cuando llevaba algún tiempo en el tubo de ensayo, por lo que hubo de volver a agitarlo para ver cómo arrancaba de las paredes las partículas ya densas para volver a juntarse con el resto y disolverse.

Tras la inspección ocular, se llevó el tubo a la nariz y aspiró con cuidado. Le encantaba aquel olor. No sabía por qué, pero desde siempre le había llamado la atención. Desde bien niño le había atraído cómo penetraba en sus nariz y le llenaba el paladar con su fragancia. Aquella muestra olía bien, lo que le llenaba de orgullo.

Se sentó en la mesa y comenzó a pulsar las teclas del ordenador, introduciendo los datos que había obtenido. El monitor empezó a volcar cifras, haciendo cálculos y a devolver resultados que fue leyendo con cuidado, parando cada vez que acababa uno de ellos para asimilarlo y procesarlo también en su mente.

Cuando el ordenador acabó de escupir datos sobre la pantalla, le dio al botón de imprimir y esperó a que la hoja estuviera completa de datos. La cogió y le dio un primer vistazo. Sin quitarla de su vista, salió del laboratorio del sótano y se dirigió al piso de arriba. Llegó a la cocina y se hizo un café con leche, humeante, tal y como le gustaba, y se dirigió al ventanal del salón.

Desde allí, sin soltar el folio con los datos en su mano, miró al cielo y volvió a expresar su deseo de que llegara esa lluvia que tanto anhelaba para que aquel año el vino fuera tan bueno como parecía que había conseguido con el del año anterior.

 

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Fue @TeresaOxxxOM quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vino, lluvia, deseo).

Gracias, María Teresa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Caridad compartida.

La bombilla que colgaba de la pared iluminaba la estancia con precariedad, haciendo que ésta pareciera más fría de lo que realmente era, pese a que aquél febrero estaba siendo especialmente duro. Ni tan siquiera ese día el tragaluz ayudaba, puesto que el aguacero del exterior llenaba sus cristales de la alegre melodía de las gotas al repicar, más que de la luz que, a esas horas, a principio de la tarde, debería estar dando.

Un relámpago lo sacó de su ensimismamiento, pues se encontraba en uno de esos estados en los que la mente, como si de un interruptor se tratara, se había desconectado, dejando la mirada perdida en un punto en el infinito. El estallido de luz hizo que la vista se fijara por un instante en el sótano que, desde hacía años, le servía de vivienda: el catre de la esquina, con un par de mantas intentando hacer conjunto y dando sensación de limpieza; la pequeña camilla del centro, recién rescatada del contenedor quince días antes y que parecía desnuda, a la espera de un mantel que escondiera su débil esqueleto; la estantería, casi repleta de libros ajados y manoseados, abiertos y cerrados una y otra vez, su única compañía algunos días en los que su salida a la calle se demoraba; la pared del fondo, llena de carteles que todavía conservaba de su época de afamado comediante, cuando su vida era un frenesí de viajes de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, de aplauso en aplauso y, cuya degradación, le recordaban su posición actual, pese a la torcida sonrisa que todavía esbozaba cuando los veía; y, por último, la mesa junto a la pared en la que colgaba el espejo, mesa llena por los tarros del maquillaje, por las brochas, los paños de limpieza y las cremas que utilizaba de fondo.

Miró hacia el espejo, pese a que tenía intactas las doce bombillas que debía de iluminar su rostro a la hora de maquillarse, ya hacía tiempo que ninguna de éstas funcionaba y su nostalgia le había impedido cambiarlas.

Humedeció el paño en la pintura blanca y, cuando vio que estaba perfectamente impregnado, se lo llevó hacia su cara. La mano le temblaba de frío. El clima desapacible de aquel mes hacía que las ventanillas de los coches que se paraban en el semáforo en el que pasaba las mañanas fueran más reacias a bajarse, por lo que las monedas que llegaban a su bolsillo escaseaban y tenía que elegir entre el alquiler o la calefacción. Su casera lo comprendía y no era demasiado estricta, pero tres meses de retraso le llevaron a tener que pagar parte del alquiler y cambiar el calor de los radiadores de gas por su desvencijado abrigo.

Tras la primera pincelada vino la segunda, y la tercera, que poco a poco daban a su cara el aspecto blanco deseado. Tras el blanco, llegó el negro para su ojo derecho, el verde para su izquierdo y el rojo que rodeaba sus labios, un centímetro por encima de su contorno natural, dándole el aspecto grotesco y divertido que buscaba.

Tardó los veinte minutos habituales en acabar la tarea. Se dio los últimos retoques y sonrió al espejo, para ver el resultado. Su sonrisa era amplia, generosa, tanto tiempo de práctica le habían llevado a esconder perfectamente la tristeza que escondía bajo aquella fachada. Se levantó, se puso la gabardina, a la que subió el cuello para protegerse y se dirigió hacia la puerta.

El hospital infantil le esperaba, aquel en el que pasaba las horas la mayoría de las tardes y en el que se había volcado el día que decidió que debía ser generoso, que su situación no debía enmascarar su corazón, que le quedaba suficiente alegría por compartir y que era de recibo el pagar con caridad la caridad que le permitía seguir vivo día tras día.

 

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Fue @Pink_Wall quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (tragaluz, comediante, aguacero).

Gracias, Rosa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Familia siniestrada

Los rayos del sol se colaban entre los huecos de la persiana. El invierno estaba siendo frío, por lo que aquellos días despejados parecían un oasis en medio de un desierto que, aquel año, estaba siendo largo.
Manuel levantó la vista hacia la ventana y sonrió. Le gustaba el sol, le ponía alegre e inyectaba en él una dosis de optimismo que le ayudaba a sobrellevar el día a día.
Se levantó y se acercó a la ventana. Acabó de subir la persiana dejando que el calor se posara en su cara mientras cerraba los ojos, llevando su mente lejos de allí, anhelando el prado húmedo que le esperaba los fines de semana, en la casa de campo, y en el que le gustaba tumbarse con una copa de vino en la mano.
Aguantó medio minuto más así, deleitándose, y luego abrió los ojos. Lentamente se giro hacia su mesa de trabajo, allí le esperaba la montaña de papeles habituales en su quehacer diario. Se frotó los ojos con el dorso de la mano y, con pasos lentos, como si no quisiera llegar nunca, se dirigió hacia ellos.
Se sentó en su silla y abrió el cajón de su derecha. Allí estaba la foto, escondida bajo un montón de folios aburridos y de números enmarañados. Desde ella, unos ojos marrones le miraban fijamente, mientras unos labios carnosos le devolvían una sonrisa que hacia tiempo que no se quitaba de la mente, desde aquel día que le devolvieron un beso sin mudar aquel gesto. Beso que guardaba en lo más profundo de su mente, y de su corazón.
Pasó los dedos sobre aquellos labios, esperando encontrar en la foto la carnosidad húmeda que los reales le habían hecho sentir una vez, anhelando el dia en que pudiera volver a hacerlo. Suspirando, volvió a enterrar la foto en el cajón, a sabiendas que volvería a ella varias veces ese mismo dia, al igual que en jornadas anteriores.
Movió el ratón del ordenador, lo que hizo que desapareciera de la pantalla la imagen fija que le acompañaba día a día: tres caritas sonrientes, dos niños y una mujer, la familia que le esperaba en el hogar al finalizar su horario de trabajo.
No había empezado a teclear la contraseña que bloqueaba su ordenador cuando su móvil empezó a moverse nervioso sobre la mesa. Siempre lo tenia en silencio, le avisaba la vibración y decidía si la llamada debía ser atendida en el momento.
Cogió aire, sonrió y descolgó
– Dime – contestó, sin dejar de sonreír.
Al otro lado, una voz femenina se lanzó a hablar, casi sin coger aire, y sin dejar momento a la replica.
Él le dejó hablar, explicarse, a sabiendas que la otra parte necesitaba desahogarse en ese momento de tensión.
Cuando vio que la otra parte acababa su exposición, volvió a coger aire, volvió a suspirar y contestó:
– Mira, Maruja. Siento mucho que el hámster de los niños haya mordido tu traje de fallera. Pero entiende que eso no está incluido en tu seguro de hogar. Y eso te lo aseguro yo, y cualquier otro corredor que consultes.
Se tuvo que separar el teléfono de la oreja, para que los gritos histéricos que salían del auricular no le rompieran el tímpano.
Su mente volvió a los labios de la foto, y al congreso que la aseguradora celebraba ese fin de semana, en el que esperaba volver a encontrarlos.

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Fue @manyez quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (corredor, Hámster, Fallera).

Gracias, Miguel, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Una nota discordante

Perseverante“. Así lo definió su madre el día que acudió a su primera clase de piano, hacía ya un par de años.

Desde aquel momento, dos tardes a la semana, una hora los martes y los jueves, se presentaba en aquella casa de estilo victoriano, saludaba con una ligera variación en sus labios, reprimiendo una sonrisa mientras el rojo coloreaba sus mejillas regordetas.

Pocas palabras escuchó de su boca. Casi flotando, sin hacer ruido, se sentaba en el piano y empezaba a hacer sonar sus notas, con la mirada fija en la partitura. Tenía los dedos torpes, como parecía ser todo él y aguantaba los reproches bajando la cabeza, hundiendo la barbilla en su pecho y ahogando una disculpa totalmente inaudible. Y continuaba, lo seguía intentando, una y otra vez.

Un par de veces, en verano, lo descubrió con la mirada fija en su generoso escote, que quizá mostraba más carne de la debida por el exceso de calor. A partir de ese momento, comenzó a jugar. De forma pícara al principio, a ver qué ocurría, luego ya intentando averiguar qué pasaría si forzaba la cuerda, si la tensaba.

Descubrió el maravilloso placer que le proporcionaba el ruborizar, amedrentar y avergonzar a aquel alumno con miradas esquivas, roces intencionados al poner los dedos en las teclas correctas, órdenes susurradas con la excusa del ritmo junto a sus oídos, cruces de piernas cuando la falda era corta, besos en las mejillas más largos de lo habitual por fechas señaladas y melodías a cuatro manos, con los cuerpos bien juntos en el taburete.

Disfrutó de su superioridad, su poder, su mando sobre aquel cuerpo todavía imberbe pese a su ya avanzada adolescencia. Anhelaba cada semana que volviera de nuevo para cargar sobre él toda su sensualidad, paladeando cada instante de humillación.

Ahora, en el sótano de aquella casa que pensaba abandonada, desnuda, atada a una silla y con el sabor de la sangre de su labio roto tras las sucesivas bofetadas, maldecía cada uno de esos momentos, esos instantes que ella tomó como placer. Jamás llegó a pensar que aquella mente tímida, callada, pausada, podría revelar en algún momento semejante violencia.

El piano falló. Una nota discordante se elevó hacia el techo echando a perder la melodía.

Ahogó un grito bajo su mordaza al ver cómo él volvía a suspirar, maldecía, se levantaba y, en esta ocasión, cogía un pequeño abrecartas afilado entre sus dedos.

Justo antes de desmayarse pudo escuchar como aquella voz tímida se tornaba una vez más dura para decirle al oído, en un susurro, mientras pasaba el metal suavemente por su lóbulo: “Esta nota tampoco me la has enseñado bien, puta”.

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Fue @dtorresd6 quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Partitura, Revelar, Perseverante).

Gracias, David, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Medicina moderna

 

–        Espectacular, soberbio, inconmensurable. Y no sólo por la forma, que es perfecta, tal y como se puede apreciar en su simetría, en cómo una parte se complementa perfectamente a la otra, haciendo del conjunto una armonía placentera a la vista, que atrae la mirada y no deja que ésta se distraiga, sino que invita a recorrer con los ojos cada centímetro. Pero es que, además, está el volumen. Ni mucho, ni poco. En su justa medida. Lo que hace que no hayan partes caídas, ni excesivamente levantadas. No es grande, lo que podría desagradar tanto a la vista como a ciertos cánones hoy aceptados, ni pequeño, que no llamaría la atención que éste despierta. Atención que te lleva a querer palparlo con tus propias manos. Que es, precisamente, otro de sus puntos fuertes, puesto que, al rozar los dedos con cualquier punto de su superficie, notas como tu propia piel se eriza al sedoso contacto, que te lleva a tener que seguir deslizando tus dedos, sintiendo que sería un verdadero crimen el dejar sin recorrer un solo centímetro del mismo. Todo eso sin olvidar que dicho roce hace que se ericen también sus poros, por lo que el tacto se hace, si cabe, más placentero al ver cómo responde al estímulo de la regregadura, tensándose, atirantándose, ratificando esa firmeza que se intuía a primera vista y que acaba de redondear el círculo de la maravilla que me ha presentado. Es, sinceramente y sin miedo a equivocarme, el mejor culamen que he podido observar en mi más que dilatado currículum.

–        Ejem, doctor, le recuerdo que se trata de mi mujer. Y que estamos aquí por anginas…

–        ¿Angina?, ¿de pecho?, magnífico, porque desde que le he visto entrar me ha apetecido el verle también el pecho. Esto va a ser orgásmico.

–        Pero, pero…

–        Nada, nada, amigo… esto es medicina, medicina moderna. El dospuntocero ese que llaman…

 

 

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Fue @Goroji quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Culamen, orgásmico, currículum).

Gracias, Iñaki, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este relato se publica al unísono en el blog de Iñaki, www.sobrevivirrhhe.com, dentro de su sección “Sábado, sabadete”. Un honor, como de costumbre, el estar en su casa.

 

PD: Sirva también esta entrada como un guiño a todos aquellos fantásticos profesionales de la salud que se pasan por este blog y que, con seguridad, tienen un gran sentido del humor.

Zozobra

Se dejó caer sobre la cama, a plomo. Un zapato salió despedido de su pie y tropezó contra la cómoda para caer después al suelo de forma violenta, golpeando el tacón contra el parqué, como un martillo.

Se llevó las manos a los ojos y los frotó, suavemente, como intentando quitarse el sueño que se pega a los párpados por la mañana. Solo que era poco antes de la cena, y ella no había dormido.

Suspiró y se quedó mirando el techo. Su corazón latía con fuerza, desbocado. Al igual que su respiración, agitada, entrecortada. Imposible de acompasar ambos, optó por intentar calmar la segunda.

Su mente bullía. Su cabeza era una amalgama de ideas, imágenes, mensajes, sentimientos cruzados y confusión. Por mucho que intentaba ordenar todo lo que pasaba por su mente, nunca llegaba a atar todos los cabos. Su corazón se lo impedía, volviendo a enmarañar todo lo ordenado hasta el momento y añadiendo más elementos discordantes.

Empezó a tirar de hilo, intentando recordar en qué momento su vida cambió de sentido, cuándo las aguas tranquilas del mar por el que navegaba se habían transformado en una marejada que movía su bote de un lado al otro haciéndole perder el equilibrio constantemente.

Cerró los ojos intentando dejar la mente en blanco, no pensar en nada, vaciar sus ideas para empezar de cero. Únicamente el sonido del agua de la ducha de su marido, en el baño al lado de la habitación, rompía el silencio en que la estancia estaba sumida.

De pronto, otro sonido la sacó de sus pensamientos. Una campana digital sonaba en su tablet, apoyada en la mesita. Se levantó sobresaltada, como un resorte y la cogió. Con dedos temblorosos pulsó los números correspondientes al desbloqueo del aparato.

El corazón le dio otro vuelco al leer las letras que le devolvía la pantalla: “No puedo esperar a volver a imaginarte. ¿Qué llevas puesto?”. 

Sonrió, se sonrojó y volvió a suspirar.

La marejada se estaba convirtiendo en tormenta.

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Fue @Bebra_enf quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Zapato, marejada, tablet).

Gracias, Bea, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

 

La misión

Volvió a mirar el papel en el que llevaba escrita la dirección, para acabar de cerciorarse. Miró el número del portal. Coincidía. Había llegado. Allí estaba el burdel.

Buscó en los números del telefonillo de la pared el que le habían indicado. No llevaba nombre, era el único que carecía de él. Tocó una vez. Nadie contestó. Un sonido grave le indicó que le estaban abriendo la puerta. Empujó con suavidad los barrotes negros y entró. El hall era amplio, con espejos. No cogió el ascensor, se veía con fuerzas para subir los dos pisos.

Llegó al segundo piso. Tres puertas por rellano. Buscó aquella rotulada con una C, era la que quedaba más a su derecha. Cuando llegó a su altura, se ajustó el cuello de la gabardina y se tocó el ala del sombrero antes de llamar al timbre. Tres veces, tal y como le dijeron que debía hacer.

Contó hasta diez tras el tercer timbrazo y, cuando estaba a punto de volver a pulsar el botón, la puerta se abrió con un quejido. Tras una cadena que impedía que la apertura fuera superior a los quince centímetros apareció la cara de una anciana, ajada, arrugada, vieja. Su edad era indescifrable, pero no cabía duda que cargaba una gran cantidad de años a su espalda.

– ¿Qué desea buen hombre? – preguntó, con voz trémula.

– Traigo el wolframio de Estalingrado – contestó.

La vieja levantó una ceja y lo miró de frente. Su mirada fija, viva le hizo rejuvenecer varias decenas de años. Asintió. La contraseña era la esperada.

La puerta se cerró y se pudo escuchar el sonido metálico de varios cerrojos. Tras un breve instante, se volvió a abrir la puerta y pudo ver a la anciana por completo. Ya no estaba curvada, su presencia llenaba toda la estancia. Su voz ya no sonó trémula, sino autoritaria.

– Espere ahí. Ahora le atienden.

Y desapareció tras unas cortinas. Aprovechó para observar la estancia. Era una sola pieza, no demasiado extensa. Le habían intentado dar un toque vintage, pero las cortinas de terciopelo rojo, el sofá con el mismo tapizado y la vitrina llena de cristales transparentes imitación a Svaroski le daban un ambiente rancio.

Tras la cortina por la que había desaparecido la anciana salió una chica; delgada, casi famélica; con una melena corta teñida de rubio y una bata semitrasparente en la que se le adivinaban dos pechos jóvenes, casi incipientes.

Se acercó a él y le puso la mano en el hombro. Él se la quitó de un manotazo, lo que hizo que en su cara se dibujara una mueca de asombro, acentuando la niñez que ella intentaba esconder.

– Quiero ver a la señora – dijo, fijando los ojos en el espejo grande que dominaba la estancia, consciente de que, tras él, era a su vez observado.

La chica desapareció por la cortina, rauda, sin mirar la vista atrás, en un suspiro y, tras unos instantes, apareció por ella una mujer madura, entrada en carnes, con una mirada dura, acostumbrada a lidiar con los tipos más desagradables.

– ¿No le gusta la niña? – dijo, sosteniéndole la mirada – Dígame sus preferencias.

– Quiero verlas a todas – dijo él, cortante, duro, pero intentando ser cortés tocándose el ala de su sombrero – Quiero elegir.

– ¿Es policía?, ¿está armado? – preguntó ella.

– Ni una cosa, ni la otra – dijo él con media sonrisa, mientras, con la mano derecha, notaba el tocar metálico de su herramienta de trabajo, escondida en el bolsillo de su gabardina y que siempre le acompañaba en aquel tipo de misiones.

Antes de que ella llegara a protestar sacó su mano izquierda del bolsillo de su gabardina, dejando caer sobre la mesa un fajo de billetes, lo suficientemente grueso para que la señora arqueara las cejas y, sin decir palabra, diera dos palmadas, a las que acudió otra niña, de similar edad a la anterior y vestida como ella, pero pelirroja y de pechos más generosos, como se podía adivinar por el que se le había salido de la bata con las prisas y que no se molestaba en esconder.

Antes de cinco minutos tenía ante él una docena de niñas, todas vestidas igual, pero con diferencias en el pelo, el color de la bata y la profundidad de sus curvas. Todo el catálogo del lupanar al alcance de su vista, la cual se fue fijando en cada una de ellas, poco a poco, evaluándolas, mientras su mano derecha seguía alternando entre el metal y la madera escondida en su bolsillo, jugando con ella a la espera de ser utilizada.

Tras repasar visualmente a todas ellas, decidió que era el momento de pasar a la acción, y comenzó a desabrocharse la gabardina. Las bocas de las niñas mostraron su asombro al ver cómo contrastaba el negro de su vestimenta con el cuadrado blanco, inmaculado que lucía en su cuello.

Con un gesto rápido cogió el crucifijo que todo el rato estaba acariciando y lo sacó de su bolsillo, blandiéndolo en alto, en el centro de la habitación, mientras de su garganta salía de viva voz:

– Arrepentíos pecadoras. Postraos ante el signo de la santa cruz que os muestro. Si realmente lo deseáis, Jesucristo os perdonará vuestros pecados y os llevará de nuevo por el camino de la fe verdadera…

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Fue @lailaelqadi quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vintage, fe, transparente).

Gracias, Laila, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

 

Su momento

El tiempo pasaba. Inexorable. Hora tras hora. Día tras día. Año tras año. La rutina estaba instalada en su vida como un órgano más de su todavía joven cuerpo, acompañándolo en su camino por la existencia en este mundo, de su mano, de su mente, de su corazón.

Como cada día, se había levantado. Tras la ducha, en la que dejaba que el agua recorriera por su cuerpo durante unos instantes, llegaba la hora de afeitarse. Camisa, corbata, americana y a desayunar. El café recalentado que había sobrado de la noche anterior, ni tan siquiera una tostada, no tenía tiempo.

Diez minutos en metro. Con las mismas caras de siempre, las mismas miserias, las mismas tristezas. Muchos días se sorprendía al pensar por qué tan poca gente sonreía a aquellas horas en el suburbano. Y, enseguida, se quitaba esa idea de la cabeza, él tampoco lo hacía.

Las siguientes ocho horas las pasaba entre papeles, números, asientos contables, facturas, albaranes y llamadas de teléfono. Su único descanso era la  hora que tenía para comer, y que pasaba aburrido junto a un periódico ya manoseado en la sala que habilitada para esos menesteres, con la única compañía de una nevera y un microondas.

Tras la jornada vespertina, apagaba el ordenador, se volvía a colocar la americana y volvía a casa, en el metro, con las mismas caras de todos los días, que, pese a haber cambiado respecto a las de la mañana, no habían cambiado su semblante.

Cena ligera, viendo la televisión, las malas noticias de todos los días narradas por un presentador de telediario monótono. Y, tras ella, vuelta a la cocina, a fregar los restos.

Ahí empezaba a sonreír. Al olor de café recién hecho que salía de la cafetera. Porque sabía que llegaba su momento, su instante, su lugar en el mundo. Llegaba la hora de ser él, de quitarse la máscara, de disfrutar su libertad.

A partir de ese momento, como todos los días, recuperaba la ilusión, la sonrisa, el llanto, la alegría, la pena, el amor, la tragedia, la comedia, el drama, el optimismo.

A partir de ese momento la vida se ponía a sus pies, decidiendo él, en cada instante sobre ella. Sobre la suya y sobre la de muchos otros.

Se sentó, tomó el primer sorbo de su café, abrió su libreta, quitó la capucha a su pluma y comenzó a escribir.

“Ella llegó a casa, dejó caer el abrigo al suelo. Como única vestimenta le quedaron las medias de rejilla que acentuaban sus largas piernas. Él, que la estaba esperando, sonrió, mientras acariciaba la pistola que guardaba bajo su axila derecha.”

Dejó de escribir y miró la ventana. Había comenzado a ser libre. Había comenzado a volar.

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Fue @criscondediaz quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (libreta, ilusión, volar).

Gracias, Cristina, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

 

 

Canto de sirenas

Blanca llega a la cocina, coge el periódico y se sienta en la mesa. Es la edición del día anterior, pero le gusta leerlo así, al desayunar del día siguiente, al empezar el domingo. Siempre dice que las noticias deben leerse en frío, cuando han perdido su ímpetu inicial, para poder analizarlas en su justa medida, sin juicios volcados prematuramente por la sorpresa del titular.
Al pasar la hoja lo ve: un pequeño recuadro en la esquina inferior derecha, unas pocas palabras y un nombre que lleva su mente atrás en el tiempo. Muchos años atrás.

El parque. Otoño. Los arboles ya habían perdido prácticamente todas sus hojas, dejando que los últimos rayos que el sol regalaba a la tarde se colaran entre las ramas ya desnudas. Tres niñas jugando: Inés, Elena y ella. Las dos primeras aguantan entre sus piernas una goma elástica que ella va entrelazando con sus pies mientras su voces agudas entonan una canción que habla de matrimonio, de amor, de novios y de tareas domesticas.
Junto a ellas, en un banco, está su padre. Lleva entre manos una novela de vaqueros que acaba de cambiar en el quiosco por la anterior, que ya ha leído. Sonríe al pasar las paginas amarillentas, cansadas de haber sido pasadas cientos de veces por decenas de manos distintas, contando siempre las mismas historias, los mismos tiros, los mismos bandidos y las mismas damas rescatadas por el vaquero guapo de turno.
En un momento de la tarde se oye un silbido y su padre levanta la cabeza. Cierra el libro y se pone de pie. Al fondo, por la entrada del parque, se ve una silueta que avanza hacia ellas. Está a contraluz, pero eso no impide que se le vea la sonrisa que siempre luce, amplia, dejando ver unos dientes oscuros por el tabaco consumido para hacer frente a las madrugadas en el barco.
Es Ricardo, “El Marinero“. Él mismo cuenta que no recuerda los años que lleva en el mar de tantos que son, aunque todos saben que no es mayor, por mucho que su cuerpo y su cara, curtidos y arrugados por la sal y el sol se empeñen en decir lo contrario.
Al llegar a su altura coge a su padre del hombro y lo saluda, con las mismas palabras de todos los domingos, con la misma sonrisa, con el mismo afecto:
– Coño, Miguel, cada día estás más viejo, y mas gordo.
Nos mira y nos guiña un ojo, mientras mi padre se ríe y se funden en un abrazo. Entonces nosotras dejamos de jugar y nos vamos corriendo al pequeño quiosco que hace de cantina en el parque, a esperar sentadas en una mesa a que nos pongan una taza de chocolate y a escuchar las historias de tiburones, ballenas enanas y atunes más grandes que la iglesia del pueblo que Ricardo cuenta mientras mi padre sonríe, y ambos remueven sus cafés, sus recuerdos y su amistad.
Inés, Elena y ella fueron creciendo, pero su padre y Ricardo continuaron sus encuentros, domingo tras domingo. Hasta que un día Ricardo no acudió. Y su padre perdió la sonrisa.
Recuerda preguntar a su padre por Ricardo. Recuerda a su padre, negando con la cabeza, cabizbajo, apesadumbrado y a su madre pidiendo silencio con un dedo en sus labios, comprensiva.
Recuerda conversaciones de viejas en el mercado, conversaciones que hablaban de un marinero, de una sirena de taberna, de un dinero proveniente de la venta de un barco lapidado en joyas, en palacios, en banquetes, de un abandono cuando el dinero se acabó, de alcohol, de tugurios, de miseria, de mendigos en puertas de iglesias, de casas hechas de cartón y de noches frías pasadas en portales.
Por último recuerda a su padre, años después, metiendo unos pocos billetes en un sobre y dando un beso a su madre, antes de despedirse por ir a un pueblo a pocos kilómetros a jugar su partida de mus de los domingos por la tarde. Recuerda esperar ansiosa su vuelta, siempre acompañado de tres tabletas de chocolate, que ella repartía religiosamente con sus dos amigas.

Fran entra a la cocina y ve a Blanca con la vista fija en el periódico. Su dedo índice señala, en una esquina, una pequeña esquela, que destaca del resto que la acompañan por la ausencia de palabras, de nombres, de ruegos. Simplemente un nombre, un apodo y una frase de recuerdo: “Ricardo, El Marinero. Ve barajando para cuando yo llegue. Miguel”
Fran pone sus dedos sobre la barbilla de Blanca y le levanta la cara. Antes de ver sus lágrimas ya la ha besado, con dulzura. No le hace falta hablar. Se separa de la mesa y se dirige a la nevera, a por leche para preparar un chocolate caliente.

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Fue @vitrubia quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (marinero, venta, chocolate).

Gracias, Mercedes, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Además, quiero agradecer a @anler7, @blancausoz, @erfran72, @inesbajo, @netbookk y @miguel_garvi que perturbaran mi siesta el pasado miércoles. Soy persona de palabra, así que tenía que cumplir mi amenaza ;-).

El tesoro

Giró la llave del contacto. El motor del coche se apagó con un ronroneo. Se hizo el silencio. Cogió aire profundamente y lo soltó lentamente. Dos, tres veces. Con los ojos cerrados. No se atrevía a abrirlos, pero tenía que hacerlo.

Sin todavía abrir los ojos abrió la puerta del coche y salió. Un aroma a pino le inundó; fresco, intenso. La lluvia que había caído la noche pasada acentuaba los olores. Volvió a tomar aire. Entonces abrió los ojos.

¿Cuánto tiempo hacía que no estaba allí? ¿30, 40 años?, quizá más. Había sido lugar de escarceos, de caricias, de besos robados y regalados, de manos inocentes buscando ansiosamente una piel que se erizaba a cada roce, de confidencias hechas con los ojos cerrados y el corazón abierto, de amor juvenil.

Pero hacía mucho de eso, quizá demasiado.

Empezó a andar hacia el riachuelo. El paisaje estaba cambiado, las urbanizaciones habían invadido buena parte del pinar antiguo. Pero todavía quedaban lugares tal y como él los recordaba. Con pasos lentos, apoyado en su bastón llegó hasta el puente. Le costó bajar el pequeño desnivel que llevaba a la bóveda que cubría lo poco que quedaba de cauce.

Llegó y empezó a contar ladrillos. Esperaba que la memoria no le fallase y así fue. Tras el quinto ladrillo de la cuarta fila encontró el agujero. Metió su mano temblorosa y palpó a ciegas. Cuando ya casi tenía el codo dentro notó el tacto del metal. Un último esfuerzo y consiguió agarrarlo con la yema de sus dedos. Poco a poco deslizó su mano hacia afuera, intentando que sus dedos no le fallaran en sus fuerzas.

Una vez la tuvo en sus manos se quedó mirándola: una pequeña cajita de metal dorado, con una ilustración impresa en su tapa de un molino rodeado de tulipanes.

Los dedos le temblaban mientras la abría. Suspiró antes de volver a ver su contenido: dos entradas de cine, un gancho de pelo, una pulsera de plástico, un recorte de un periódico con un fragmento de un poema y una pequeña foto, en blanco y negro, en la que se podía ver a una pareja de adolescentes entrando a una verbena.

No pudo evitar que una lágrima corriera por sus mejillas al ver esa foto, al verla a ella: alta, delgada, con esa melena morena larga que ella se empeñaba en rizar, por mucho que él le dijera que le gustaba lisa. Y, al lado, él, sin mirar al objetivo de la cámara, mirándola a ella, sólo tenía ojos para ella.

Las lágrimas brotaron, y él dejó que cayeran por su cara sin dejar de mirar la foto. Al poco volvió a coger aire y, tras introducir la foto en la cajita, se secó con el dorso de la mano los restos salados de sus mejillas. Apretó la caja contra su cuerpo y comenzó a andar hacia el coche, desandando sus pasos.

Antes de entrar al coche volvió a mirar el paisaje. Ahora sí que sabía que era la última vez que lo vería.

Encendió de nuevo el motor y emprendió la marcha, de vuelta a tanatorio. La caja cambiaba de lugar de descanso, volvía con su dueña, y esta vez era para siempre.

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Fue @montsecarrasco quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (bóveda, pino, rizar). 

Gracias, Montse, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.