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Deseo

Mi papá, en su lecho de muerte, me dijo que lo más importante en un hombre era su palabra, que podía ser cómo fuera, pero que nunca faltara a mi palabra, pues sólo los hombres capaces de mantenerla eran dignos de respeto.

Como no podía ser de otra forma, le prometí que siempre la cumpliría.

Así que, aquel día, cuando, con mi mejor traje, recién salido de la peluquería, con una rosa en una mano y una caja de bombones en la otra me planté delante de ella, titubeante pero decidido y le prometí que cumpliría todos su deseos, no hubo marcha atrás.

Ella me miró como se mira a ese perro vagabundo que, sucio y esquelético, moviendo la cola suplicante, mendiga un trozo de pan para poder subsistir y, mirándome a los ojos, poco a poco, me dijo: “Deseo no volver a verte jamás”.

Una navaja, una pala y dos metros cúbicos de tierra me avalan como hombre de palabra.

La cita

Por fin, tras mucho tiempo, había conseguido que ella le invitara a cenar. A solas. En su casa.

Tal y como ella abrió la puerta comenzó a reír al ver la cantidad de comida que yo llevaba para la cena. Dios, cómo me gustaba verla reír, estaba más apetecible que nunca.

– Pero, ¿cuántos piensas que cenamos esta noche?- Dijo entre carcajadas al tiempo que guiñaba un ojo.- Recuerda que estamos tú y yo solos.

Había visto las cuatro botellas de vino y las seis barras de pan.

No el hacha.

 

Cómo olvidar

Cómo olvidar.

Era un sábado de enero, uno esos inviernos raros en los que el sol pica más de lo que debería. Aquel sábado había acudido con un amigo. Era de las primeras veces que iba, quizá la primera, y lo hacía porque a él le sobraba una entrada.

Todo transcurría con normalidad: pipas, refresco, tensión (poca)… hasta que llegó la alegría. Más de diez mil almas gritando al unísono, saltando, silbando, riendo.

Fue justo en aquel momento, cuando te vi: media melena recogida en una coleta alta, chaqueta de tres cuartos, pantalón vaquero y la bufanda rosa. Con los brazos arriba, saltando, te giraste y miraste cinco filas por encima de ti.

¿Cuánto tiempo nos aguantamos la mirada? Supongo que apenas unos segundos, pero se me hicieron eternos. Me perdí en tu sonrisa, en la que dibujaban tus labios dejando ver ligeramente tus dientes; me perdí en tu ojos, sonriendo casi más que tu boca y brillando más que las luces que ya estaban encendidas; me perdí en tu cuello, que asomaba ligeramente por encima de la bufanda. Y, lógicamente, a partir de ese momento, me perdí el resto del partido.

Ya no hubo nada más, aunque creo que me contaron algo de algún penalti no pitado o no se qué. Pero yo ya no pude desviar la mirada de esa parte de la grada en la que veía tu cabeza. Te giraste un par de veces más, sonriendo y desviando rápidamente la mirada al ver que se volvía a cruzar con la mía.

Acabó el partido y te perdí entre la maraña de gente que salía apresurada por los vomitorios hacia sus casas. Por más que busqué en las escaleras y las puertas de entrada, no volví a verte.

Al partido siguiente compré una entrada por la misma zona y al otro, y al otro.

Acabó la temporada y yo me saqué el pase para la siguiente con la esperanza de volver a coincidir.

Pero eso nunca ocurrió.

Cómo olvidar.

Algo pasó en Gol Orriols, un sábado de enero. Rubén Suárez chutó desde la esquina del área de grada central y el balón entró por la escuadra. El Levante ganó el partido y yo perdí el corazón para siempre.

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No está en el título, @manyez, pero espero que te sirva.

¿Los ha habido?

Abrazos.

Orriols

Mañana de sábado

“Ahí está Carmen. Siempre es la más madrugadora, la que antes abre la tienda. Siempre he admirado cómo tiene la floristería, aunque la tenga en la peor situación de la plaza, en la esquina de la entrada. Pero eso, a ella, no le importa. Día tras día se esmera en su escaparate con las mejores flores, las plantas más verdes y la decoración más moderna.

Y, ¿qué decir de Juan y Vicenta?. Ya de camino a la librería. Madre mía, cómo está ella. No hay vez que la vea que no se me caiga la baba y se me vaya la imaginación. Me la veo desnuda en mi cama, fuera de las garras de su marido, pidiendo guerra una y otra vez, una y otra vez. Le haría de todo sin cansarme. Si es que no puedo dejar de mirarla.

No como el pánfilo de Pedro. Míralo, en la puerta de su quiosco mirando a la pareja, saludando y no fijándose en semejante culo. Espera, ¿le está mirando el culo a él?. Vaya, por Dios. Este es invertido, como el degenerado de su hermano. Quizá debería matarlo también. Gente de esa calaña es la que degenera a la sociedad y nos está llevando al caos. Pensándolo bien, podría hacerlo. No sospecharían de mi, ¿cómo iban a hacerlo?. Ya me costó poco con el marica de su hermano y, a mi, ni me preguntaron.

Total, ¿quién lo iba a echar de menos?. A esta gente nadie la echa de menos…”

– Don Pascual, su carajillo.

– ¡Qué susto me has dado, hijo mío!.

– Si es que estaba ahí, en sus cosas, en su mundo. A saber en qué estaría pensando.

– En lo mucho que me gusta esta plaza, Manolín. ¿Te he contado alguna vez que ya mi padre venía a tomar su desayuno todos los días a este café, en esta mesa, a estas horas.

– Varias veces, Don Pascual, varias veces. Espero que no se repita así cuando diga su sermón. Por cierto, ¿qué toca esta tarde?

– Una boda, se casa la hija de Dolores con un forastero. Y, si te dejaras caer más veces por la iglesia, como es tu obligación, te darías cuenta de que tengo un buen repertorio para no repetirme. Qué, al final, acabarás en el infierno.

– No me da miedo el infierno, no puede ser Satanás peor que mi jefe.

– Anda, no digas burradas y dile a ese santo que tienes como jefe por aguantarte, que mañana le pago esto.

– Perfecto, Don Pascual. Vaya con Dios.

– Tú deberías venir, tú.

– No me líe, Pater. Buenos días.

“Buena gente, este Manolín. Un pedazo de cabrón, pero buena gente. Ya me gustaría que fueran así la mitad de las beatuzas que vienen los domingos a que les aguante sus aburridas vidas de confesionario y que son más malas que la peste. Mira, hablando del diablo…”

-Buenos días, doña Federica.

-Buenos nos los de Nuestro Señor, padre.

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Hace poco más de un mes, el gran @Miguel_Garvi me lanzó un guante. No me quedaba más remedio que recogerlo.

tuit

Un fuerte abrazo, señor. A ver si podemos coincidir pronto.

Campanas de boda

Había llegado el gran día, y parecía que todo en aquel pequeño reino de las montañas se había puesto de acuerdo para lucir sus mejores galas: el cielo, de un azul intenso desde primera hora de la mañana, no había dejado que ninguna nube cubriera el radiante sol que brillaba en su esplendor; las montañas que rodeaban el valle estaban cubiertas de un verde intenso, vivo; las aguas del río bajaban más limpias que nunca y, según quienes las habían probado, más frescas; hasta las flores parecía que desprendían su olor de una forma más intensa.

El pueblo, enclavado en mitad del valle y rodeado por el río, estaba esplendoroso. Todos los habitantes se habían esmerado en engalanar sus casas, bien colgando las mejores colchas en los balcones, unos; pintando las fachadas de colores brillantes, otros; y limpiando sus parcelas de acera la prácticamente totalidad de todos ellos.

Y, es que el día que tanto tiempo llevaba esperando el reino había llegado. Ese día, la bella princesa cumplía los 21 años y, por ello, llegaba el momento de que sus padres, los bondadosos reyes, eligieran para ella uno de los pretendientes para desposarla.

Y eso iba a ocurrir esa misma noche, en el gran baile que se había organizado en el palacio y al que todo el reino estaba invitado.

Ya desde hacía horas, largas colas de ciudadanos, vestidas ellas con sus más espectaculares ropajes, y ellos con sus trajes más elegantes, se desplazaban hacia el palacio situado sobre la colina que se aparecía hoy más lujoso, majestuoso y radiante que nunca.

Los suspiros de asombro, los ojos como platos y las bocas abiertas se sucedían uno tras otro tal y como cada uno de los ciudadanos accedían al gran salón del trono en el que se iba a celebrar el baile.

De techos altos como un campanario, cristaleras de mil colores y columnas labradas en oro que ascendían hacia el cielo, el salón aparecía esplendoroso. Las largas telas rojas que colgaban desde el techo y las cuatro grandes lámparas de araña repletas de brillantes le daban a la estancia una apariencia que ningún otro lugar del mundo podría nunca igualar.

Todo estaba dispuesto: la orquesta acababa de afinar sus instrumentos, los pretendientes se encontraban sentados en una fila de sillas forradas de terciopelo, los reyes, en una tarima sobre la que se encontraban sus tronos, esperaban con sus mejores galas que se abriera la puerta que se encontraba frente a ellos para que de ella saliera su hija, la princesa, que se estaba acabando de dar los últimos toques para realzar su ya amplia belleza.

– ¡Hostia, puta! – Exclamó la bella princesa, levantando la cabeza de la mesa y llevándose el dedo a la nariz, masajeando el conducto – Está jodidamente buena.

– Ya le dije, Alteza, que este tipo tenía la mejor mierda del reino – Le respondió el bufón a la vez que se llevaba su dedo índice a su nariz, indicando a la princesa que algo de polvo le brillaba sobre el labio.

La princesa, con su delicado dedo, recogió lo que quedaba sobre el labio y, con ese mismo dedo impregnado, lo distribuyó sobre sus encías.

– Lo quiero para mi, que no venda a nadie más – Ordenó.

– Eso es imposible, no se casa con nadie. Ya lo he intentado comprar para palacio pero sabe que es bueno, conoce su poder y lo utiliza. – Respondió el bufón.

– Tú tráelo, ya sabré yo cómo convencerlo.

– ¿Al igual que hizo con el mozo de caballerizas? – Dijo el bufón, guiñando un ojo.

– A ese gilipollas ni me lo mentes. El muy capullo se creyó que por meter su minúscula polla en tan regio lugar tenía ya todos los derechos del mundo y ha intentado chantajearme. Pero le queda nada, ya he hablado con el jefe de la guardia y esta misma noche, mientras suenan los fuegos artificiales, le va a dar matarile.

– Es usted una verdadera hija de puta, alteza.

– Pero la hija de puta más bella de todo el reino. ¿Cómo estoy? -preguntó la princesa dando vueltas y dejando que el vestido volase sobre sus pies.

– Está preciosa, verdaderamente radiante – replicó el bufón.

La princesa cogió al bufón por las axilas, levantó su escaso metro de estatura del suelo y acercándoselo a la cara, lo besó en los labios.

– Eres un puto pelota, bufón. – Dijo, soltándolo de golpe y cayendo éste sobre la alfombra. – Y ahora, si me perdonas, me voy a ver qué imbécil me eligen mis padres para que le amargue la vida. Con un poco de suerte, está fuerte y se va a la guerra pronto. Y ahora, venga, a actuar.

El bufón hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta, la entreabrió e hizo una señal a la orquesta, que empezó a tocar las trompetas.

La princesa se atusó el vestido, se recogió un mechón de pelo tras la oreja y alzó la barbilla. Las puertas de la estancia se abrieron de par en par y apareció en el salón, bajo la admiración de todos los ciudadanos que se iban arrodillando e inclinando a su paso y deslumbrando con su belleza a los pretendientes.

El reino nunca había estado tan feliz.

 

 

Café frío.

La comida fue agradable, como todas. Solía ir poco a Madrid, por lo que aprovechaba sus escasas escapadas para quedar a comer con alguno de los conocidos que allí tenía: gente variopinta, conocida, poco, por twitter pero con la que se identificaba a la hora de charlar, debatir y reír. Y, al fin y al cabo, eso es lo que encontró: risas, chafardeos y puestas al día en trabajo y proyectos.

Un par de veces le fue imposible que ella lo sorprendiera mirándola sonreír, a lo que él le respondía son otra sonrisa, aguantándose las miradas por unos eternos segundos.

Tras los cafés llegó la despedida: él tenía que volver a casa y su tren salía desde Atocha. Ella se ofreció a acompañarle: “Me pilla de paso y tengo viajes en el bono, yo te invito al viaje”. Besos, abrazos y promesas de volver a llamar al retornar a la capital.

Entraron al vagón y se quedaron de pie junto a la puerta, ambos agarrados a la barra central. Las primeras estaciones fueron una continuación de la comida, aderezadas con recuerdos recientes de la misma, comentando las mejores jugadas y riendo las bromas repetidas.

En un momento dado, al salir de la tercera estación hubo un breve frenazo, la mano de ella se deslizó por la barra hasta que su dedo meñique quedó sobre la mano de él, que seguía firmemente agarrada a la barra. Ella deslizó el dedo un poco más hacia abajo, acariciando levemente el dorso de la mano.

Él levantó la mirada y sus ojos se encontraron. El brillo del otoño de los ojos de ella contrastaba con su sonrisa, esta vez triste.

– ¿Tienes que coger ese tren? – Preguntó ella.

– Sabes que sí – Contestó. – No puedo quedarme, no tengo excusa. Mi familia me espera.

– ¿No podrías…

No pudo acabar la frase. Él posó su dedo índice sobre los labios de ella, con delicadeza. El contacto le erizó la piel. La suavidad era tal y como tantas veces lo había soñado.

– Por favor, no lo hagas más difícil. Sabes que llevo tiempo deseándolo.

Las últimas tres estaciones se hicieron eternas. Incapaces ambos de aguantarse la mirada pero deseando que ésta se encontrara. El silencio se hizo espeso, ninguno de los dos fue capaz de articular palabra.

La despedida en Atocha fue cálida: él la cogió por la cintura y a atrajo hacia sí, el abrazo duró tres segundos más de lo normal, lo justo para que el calor de ambos cuerpos se encontrara y los dos besos fueron lentos y silenciosos. Tomaron sus caminos cabizbajos: él hacia el andén, ella de vuelta al metro.

En los tornos de entrada, a punto de pasar el bono un doble pitido del teléfono la sacó de sus pensamientos: “He retrasado el billete para el último tren, tengo una hora, ¿un café?”.

Volvió sobre sus pasos. A mitad de camino se encontraron. No hicieron falta palabras. Cogidos de la mano salieron de la estación hacia una cafetería a mitad de la cuesta de Atocha.

Hablaron poco. Se besaron mucho.

Se enfrió el café.

Manchas

- Psst, ¡eh, chaval, ven un momento!

– Dígame, señor.

– Umm, Charlie, ¿no?. Eso pone en tu placa.

– Sí, señor.

– Mira, Charlie, quiero que me limpies el coche por dentro y por fuera, ¿ok?. Por fuera, con los rodillos es suficiente, pero por dentro, le metes una buena limpieza. Si consigues quitar esas manchas rojas del asiento de atrás, que no sé de qué son, a saber qué se le caería a mi mujer, te doy 20 pavos de propina. ¿Entendido?

– Perfectamente, señor.

– Eso sí, no abras el maletero, no quiero que lo limpies, ni lo toques. Es muy importante. ¿Lo harás?

– Por supuesto, señor, ni me acercaré.

– Buen chico. Mira, aquí tienes cinco dólares más, porque sé que me vas a hacer caso.

– Gracias, señor.

– Venga, Charlie, a la faena. Pasaré en dos horas. Métele caña a la tapicería, ¿ok?

– Perfecto, señor. Descuide.

– Ok, buen chico. Hasta luego.

-Hasta luego, señor.

 

 

 

Día de partido

El patio del colegio. Aquellas tardes de llegar a casa con las rodillas despellejadas de las caídas al suelo con los pantalones cortos.

Su tío Rafa, el de Madrid, que llegó al pueblo con el balón de cuero bajo el brazo y se lo dejó junto a la almohada mientras dormía. Ese balón que su abuela tantas veces remendó y añadió parches para alargar un uso diario y constante.

Sus primeras botas. Negras con los cordones largos y también negros que se ataba tras darles un par de vueltas por debajo de los tacos de metal. Botas que limpiaba cuidadosamente con betún antes y después de cada partido.

Su debut en el juvenil del equipo. Se había ganado fama en la escuela y en los entrenamientos a los que acudía pese a no tener la edad y en los que se dejaba la piel, el sudor y el alma por mero disfrute de aquello que era su pasión.

El salto al primer equipo. Un domingo de otoño, lluvioso, frío, bajo un vendaval pero que a él le pareció el paraíso.

Las temporadas jugadas. De campo en campo, la mayoría de tierra como no podía ser de otra forma en aquel tiempo y en categoría regional. Todos aquellos domingos en los que se tenían que juntar varios jugadores en el coche de alguien de la directiva para poder acudir a un pueblo a poco más de treinta kilómetros de distancia pero a casi dos horas de trayecto por carreteras llenas de curvas y baches.

El ascenso a preferente. Ya casi al final de su carrera, con su mujer y su hijo de dos años en la grada, llorando junto a él mientras le colocaba el brazalete de capitán al pequeño al acabar el partido instantes antes de que el resto de compañeros lo cogieran y lo  lanzaran al aire entre gritos de júbilo.

El momento de la retirada. Ese partido homenaje entre su club y un equipo compuesto por jugadores del resto de equipos de la comarca. Todos rivales y todos amigos. La cena posterior y el discurso que sus lágrimas y el  aplauso del resto de presentes en la sala le impidieron terminar.

La otra cara, la de ver los partidos desde el banquillo, como entrenador. Noches de llegar tarde a casa porque el entrenamiento se había alargado más de la cuenta al ensayar tácticas. Madrugadas entre hojas cuadriculadas en las que habían cientos de campos dibujados con nombres de alineaciones. La vuelta a los domingos fuera de casa pero ahora con desplazamientos más cómodos, en autobús.

La escuela, los niños, el futuro. Su última etapa como entrenador del fútbol base en ese club que, en sus tiempos se mantenía por amor al deporte y cabezonería de unos cuantos y que ahora contaba con equipos en todas las categorías federadas. Sus consejos, sus riñas, su fama de dura disciplina y la admiración futura de todos aquellos que pasaron bajo su batuta.

Toda una vida con la misma pasión, la misma ilusión, la misma devoción y la misma implicación.

Todo eso lo sabía Ana porque se lo habían contado los hijos de Felipe, al que cuidaba todos los días en la residencia en la que éste se encontraba internado por culpa del alzheimer. Esa enfermedad que le había borrado todos los recuerdos de una vida vivida con intensidad.

Pero Ana no se lo cree. Piensa que algo queda, no es posible que todo se borre de un plumazo, dejando vacía de imágenes una mente, vaciando de contenido una vida entera.

Por eso hoy, que juega la selección, levanta a Felipe de su cama, lo sienta en la silla de ruedas, le pone la bufanda roja y amarilla,  lo lleva a la sala y lo deja frente al televisor. Luego coge una silla y se sienta enfrente de él, esperando que, como en todos aquellos días en los que hay partido, Felipe levante la cabeza, abra los ojos e ilumine su cara con una sonrisa en el momento en que escuche cómo el árbitro pita el inicio del encuentro, dejando en evidencia que ella tiene razón y que, por mucho que una enfermedad se empeñe en borrar recuerdos, es imposible que haga desaparecer también una pasión.

 

 

Quédate con todo

Quédate con ese amanecer en la playa de Cadaqués, tú sentada entre mis piernas, viendo cómo iba naciendo el sol poco a poco en el horizonte, con el sudor todavía pegado a nuestros cuerpos de haber hecho el amor sobre la arena momentos antes de que apareciera el primer rayo.

Quédate con esa madrugada en las fiestas del pueblo, bailando lentamente, piel con piel, una melodía que sólo quedaba en nuestra cabeza porque la orquesta hacía rato que había dejado de tocar pero que nosotros nos empeñábamos en tararear al unísono entre los susurros que dejaban escapar los escasos milímetros que separaban nuestros labios.

Quédate con esa tarde de otoño en el Retiro, corriendo entre sus árboles, haciendo guerra de hojas secas a patadas con el pretexto de caer sobre ellas sólo para volver a sentir nuestros cuerpos pegados y fundirnos en un abrazo sólo deshecho por una risa, un empujón y otra carrera hacia el siguiente montón de hojas.

Quédate con ese helado a medias, sentados en esa terraza de la heladería de Alicante, al lado de un Mediterráneo azul en calma al que no prestábamos la mínima atención porque estábamos absortos en nuestras miradas, cada uno en la del otro, mientras pasábamos la lengua por la crema fría dejando que ambas se encontraran al final del recorrido y saboreando la dulzura del encuentro.

Quédate con esas lágrimas derramadas en el aeropuerto, aquel verano que tus padres te enviaron a Inglaterra para que mejoraras tu nivel de inglés. Lágrimas amargas por los tres meses de ausencia que auguraban y que suplimos esas largas cartas de letra redondeada que me llegaban cada semana en folios de colores y que me escondía a leer bajo el flexo de mi habitación para que no me las pillara mi hermano y se riera de mi. Quédate también con esas cartas.

Quédate con ese fin de semana en el camping de Salou, al que fuimos con la excusa de Port Aventura y en el que nuestros cuerpos se encontraron por primera vez totalmente desnudos. Esa noche en la que las yemas de nuestros dedos no dejaron ni un centímetro de piel por acariciar y nuestros labios se saciaron de cada poro recorrido, cada pliegue encontrado, cada arruga conquistada.

Quédate con cada foto, cada dibujo, cada vídeo, cada audio, cada mensaje, cada mail, cada carta.

Quédate con cada recuerdo, cada susurro, cada suspiro, cada lágrima, cada sonrisa, cada sueño, cada anhelo, cada palabra.

Quédate con todo.

Que yo me quedo con tu hermana.

 

 

¡Premio!

Desde hace cuatro años, la gente de @ValenciaNegra se curra un festival muy molón sobre el género negro en la capital del Turia.

Dentro del festival convocan un corcuso de relatos por tuit con el hastag #140tirs

Este año han decidido que un relato de esta humilde casa se encuentre entre los ganadores.

¡Y no quepo de gozo!


Y aquí estoy, con una sonrisa tonta que no se me quita de la cara.