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El escritor (fragmento)

Ella estaba en la puerta del restaurante, esperando.

Él se iba acercando sin poderle quitar la vista de encima. Era como las fotos que había visto en internet, aunque en aquellas únicamente se había mostrado de cintura hacia arriba. Sin embargo, la mitad inferior era tal y como la había imaginado.

Ella giró la cara y lo vio. Sonrió. Se acercaron y se dieron dos besos, uno en cada mejilla. La conversación típica: encantado, ya tenía ganas y tal.

Entraron al restaurante y eligieron mesa. Indecisión, ninguno se atrevía a dar el paso. Al final se sentaron en una al fondo. Mesa para dos, pequeña, discreta. Ella pidió ensalada, él pescado con verduras, todo regado con un vino blanco de Rueda. La comida fue agradable, de tanteo. Hablaron de sus familias, de su vida, de la red y de cómo se conocieron, del grupo de referencia. Él se sonrojó las dos veces que ella lo pilló con la mirada perdida en el marrón de sus ojos, profundo y brillante como las hojas húmedas de un otoño. Ella respondió al sonrojo con su maravillosa sonrisa, coqueta.

Al final de la comida, en el café, él le dio el libro.

– Ya tenía ganas. – Dijo ella

– Te lo debía hace tiempo – Respondió el.

Un poco más de charla con los cafés y pidieron la cuenta. Él invitó, ella protestó, pero sabía que esa batalla la tenía perdida.

Él tenía que ir a casa a escribir un poco más y la acompañó a coger el metro. Diez minutos de paseo que se hicieron cortos. Un par de silencios entre conversaciones de relleno.

Cuando estaba a punto de entrar en la parada de metro ella hojeó el libro.

– No me lo has dedicado – dijo.

Él cogió un bolígrafo de su bolsillo. El Montblanc que se había comprado con el dinero de la firma de la editorial. El de las grandes ocasiones.

“Cuando el hecho de conocer a una persona, por mucho que se haya idealizado, supera todas las expectativas. Un beso.”

– ¿Siempre te despides con un beso? – Preguntó ella.

– Bueno – contestó – es una forma de despedida. Me gusta creer que la otra persona, al leerlo, recuerda el momento como si volviera a recibir el beso.

– Pero yo no lo he recibido. – Protestó ella.

Él se acercó. Le pasó la mano por la cintura, centímetro a centímetro, dejando que sus dedos se deslizaran desde el costado hasta la espalda. Al llegar al centro de ésta, empujó el cuerpo de ella hacia el suyo, dejando sus caras juntas. Acercó sus labios a los de ella, lentamente y los dejó varios segundos a un milímetro para, al final, juntarlos, notando como se le erizaba cada poro de su piel al suave contacto de los otros labios, húmedos, cálidos.

El tiempo se detuvo, nunca supo cuánto había pasado, quizá diez segundos, quizá medio minuto, pero fuera el tiempo que fuera, se hizo corto. Él separó sus labios con la misma lentitud con la que los había juntado y la miró a los ojos, que parpadeó. Se separaron y, sonriendo, ella se fue alejando hacia la entrada del metro. Él la vio alejarse, incapaz de separar la mirada unos centímetros por debajo de su espalda hasta que ella desapareció por las escaleras.

Una vez en casa encendió el ordenador, abrió el editor de textos y se preparó a escribir, con sus dedos en el teclado.

“Un beso”, escribió.

Fue incapaz de ir más allá de esas dos palabras. Se quedó una hora mirándolas en la pantalla. Sus dedos estaban agarrotados, su mente confundida, su recuerdo vívido.

A la hora de la cena su mujer le preguntó qué quería cenar. El dijo que nada, que había comido mucho, mintió y siguió pasando su lengua por sus labios, lentamente, buscando un sabor que hacía ya rato que había perdido de tanto intentar recordarlo, pero que se le había metido en lo más profundo de su corazón.