El escritor (Fragmento 3)

- No me digas que me calme, no se te ocurra decir que me calme. Joder.

– Por favor, escúchame…

– No, ahora quien me vas a escuchar vas a ser tu. ¿No tienes suficiente?¿No te he demostrado que soy capaz de hacer cualquier cosa por tí? Querías tiempo y te lo dí, querías espacio y te lo dí, querías pensar y te dejé hacerlo. Tu fuiste quien diste el paso, quien volviste a mí para hablar. ¿Hablar?, ¿para ésto?, ¿para ésto querías que nos volviéramos a ver?

– Tenía que decírtelo, que explicártelo…

– ¿El qué? Cojones, ¿el qué tenías que explicarme?¿Qué te habías cansado de mí?¿que tu amiguito empezaba a sospechar?¿Que mi mujer te daba miedo? Toda esa mierda ya la habíamos hablado, ya creía que estaba superada, que sabías y aceptabas lo nuestro tal y como era.

– No hagas un drama, por favor…

– ¿Drama? Encima el dramático soy yo. ¿Te parece poco lo que he hecho? Te he dado todo lo que querías, lo que necesitabas. Todo aquello que te hubiera sido imposible de alcanzar sin mi ayuda, sin mi apoyo. A cambio sólo te pedí que no me nombraras, que me mantuvieras apartado. Mi vida ya está estructurada. No puedo escandalizar sobre ella. Lo sabías desde el principio. Lo nuestro estuvo siempre claro.

– Y siempre te agradeceré…

– Creía que esta noche iba a ser distinto. Por eso lo preparé todo: la casa, en la que tuvimos nuestro primer encuentro solos, las velas, la iluminación en los cipreses de la entrada, el cava en el sofá del porche, la mesa, la chimenea, la música… Todo, todo en tu honor… Todo porque me dijiste que querías volver a verme a solas, porque estaba dispuesto a empezar de cero, a cambiar, a pedirte perdón por todos mis errores…

– Por favor, te lo suplico, siéntate y cálmate…

Pero él no se podía calmar, no se podía sentar, ya no sabía lo que estaba haciendo, lo que estaba diciendo, no tenía conciencia de sus actos, su ira, su frustración, su desesperación le impedía ver que estaba demasiado cerca de ella, que su voz era demasiado alta, le impedía notar cómo sus dedos se habían cerrado sobre el mango del cuchillo de cortar el pollo, apretándolo con fuerza haciendo que sus nudillos perdieran el color.

Ella lo miraba a los ojos, asustada, incapaz de mirar hacia otro lado. Tampoco había visto el cuchillo.

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