El escritor (Fragmento 4)

Hacía frío allí dentro. Siempre lo había hecho. Desde que tenía la casa recordaba el panteón como un lugar frío. Ya de pequeño se escondía en él en verano, cuando quería estar sólo. Con sus cuartillas y sus lápices afilados. Aquellos nichos le inspiraban para escribir y sabía que nadie lo molestaría allí.

Pese al tiempo que la casa había pertenecido a su familia, el lugar no estaba lleno, todavía quedaban algunos huecos esperando inquilino. Sin embargo, todos ellos tenían la tapa preparada, sin nombre, con una placa de mármol impoluta.

Escogió la que le vino más cómoda para depositar el cuerpo. Las llaves de todas ellas estaban colgadas junto a la puerta y tardó un rato en encontrar la que quería. “He de ponerles nombre a los llaveros”, pensó.

Justo antes de cerrar, le dio un último beso en la frente, ya fría. Una despedida rápida, le quedaba mucha sangre por limpiar. Así que cerró la puerta del nicho, salió del panteón y se dirigió hacia la casa.

“Tengo que controlar esos prontos”, dijo en voz baja, “con ésta ya estoy empezando a quedarme sin sitio”.

Entró en la casa y empezó a limpiar.

 

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