La asesina

Aparcó el coche en la acera opuesta a la casa y se quedó observándola antes de salir. La escena era la típica en esos casos: dos coches de policía, tres agentes tras la tira de plástico amarilla aguantando a las dos docenas escasas de curiosos que, a esas horas de la noche, se apretaban para ver algo (¿la gente no dormía?) y un par de cámaras de televisión.

“Carroña”, pensó al ver a éstos últimos. ¿Cómo diablos se enteraban? En algunos casos llegaban antes que la misma policía.

Se apeó del coche y tomó aire antes de cruzar la calle. Tal y como pisó la acera contraria notó el primer flash, directo a sus ojos, dejándolo en una penumbra instantánea. Se llevó la mano a la cara instintivamente y suspiró. No tardaría en llegar la primera pregunta: “Inspector, ¿Se sabe algo del asesino?”

Un agente levantó la cinta amarilla al verle llegar, que agradeció con un gesto de la mano cuando se agachaba para pasarla. Detrás dejó que los dos agentes que quedaban se las apañaran para mantener alejada a la pequeña multitud que se apretó contra la entrada del jardín al verle llegar. En sus oídos se mezclaban las preguntas que, a gritos, le lanzaban los de la prensa.

“Maldita carroña” llegó a mascullar entre dientes, mientras cruzaba el sendero enladrillado que rompía el pequeño jardín de césped y llegaba hasta la casa.
La puerta principal estaba abierta, pero la mosquitera no, así que abrió ésta y entró en la casa.

La escena que le esperaba también era la habitual: dos policías de uniforme charlaban en la entrada, uno de ellos con un café en la mano (¿Lo traería de casa?, lo dudaba); una mujer se las veía con su pincel en varios pomos, la científica buscando huellas; el flash del fotógrafo se unía al ruido del disparador…

El forense le esperaba a los pies de la escalera.
– Doctor – dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha a la frente.
– Hola, inspector – contestó éste – ¿Una noche movidita?
– Lo normal, es como si la primavera les alterara y los hiciera más gamberros. ¿Qué tenemos?
– Está arriba. No hay ninguna duda. Asesinato.
– ¿Me acompaña y me cuenta detalles?
– Por supuesto, aunque hay poco que contar, ya lo verá usted mismo.
Acompañó la última frase apoyando la mano sobre la espalda del inspector, animándolo a emprender el camino por las escaleras. El trayecto lo hicieron en silencio, hasta la habitación.

Nada mas entrar vio el cadáver en el suelo, tapado con una manta. No le hizo falta ni acercarse. Se giró hacia el forense, que asentía con la cabeza.
– Hay que buscar a la mujer que ha hecho esto.
– Se lo había dicho, estaba claro: un asesinato de libro.
– Tenemos que empezar a pensar en una asesina en serie, es el tercer caso de priapismo que nos encontramos este mes.

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