Sin más.

Me sobran las rosas, las orquídeas, los lirios. Me sobra el champagne, el caviar, el chocolate. Me sobra el jacuzzi, las almohadas de plumas, el albornoz de hilo egipcio. Me sobra el Ritz, el Real, el Thissen, el Diverxo.

Me sobra todo, no quiero nada.

Porque lo que yo quiero es un hotel barato, una pensión de tercera. Una de esa a la que accedes por una escalera con los peldaños de mármol desgastados y paredes desconchadas. De esas con recepción de madera tras la que una señora entrada en años, y en carnes, te mira de reojo, te sonríe y te guiña un ojo cuando le muestras el dni. Una de esas con habitaciones altas, lámparas de latón y cabeceros de forja, baños minúsculos y olor a cocido de la casa contigua colándose por la rendija de la puerta de madera que cierra mal y por la que se intuye un patio de luces lleno de ropa tendida y fracasos personales.

Porque lo que yo quiero es una tarde en un cine de películas de reestreno, en sesión continua, palomitas en bolsa y cocacola de lata. Un cine en el que el relleno del asiento haya casi desaparecido, el respaldo sea duro y el sonido infame. Uno de esos que conserva el olor rancio de cuando se podía fumar, la entrada no esté numerada y no haya acomodador. Una tarde en el cine en el que no nos importen las palomitas, ni las butacas, ni el sonido, ni, por supuesto, la película.

Porque lo que yo quiero es un bocata en un bar de una esquina de una calle oscura. Un bar con mesas de formica y sillas de madera que rechinan al arrastrar sobre el suelo de terrazo. Un bar con servilletas de papel finas que no secan ni limpian, con un camarero que mira aburrido la tele sentado en un taburete delante de la barra mientras en la mesa de atrás nuestro cuatro jubilados apuran su café al compás del sonido que las fichas de dominó hacen al golpear la mesa. Un bar con la barra llena de tortillas de patata, calamares, pinchos y sepia que saben igual porque se han hecho con el mismo aceite.

Porque lo que yo quiero es una tarde en el retiro, paseos interminables cogidos de la mano, besos inacabables apoyados en los árboles, risas infinitas sobre el césped por las cosquillas, una bolsa de pipas que no se ha empezado, e igual ni se empieza y sonrisas, y miradas, y caricias.

Porque si te tengo no necesito nada más. Por eso me sobra el lujo, el artificio, la decoración. Porque cuando le quitas el maquillaje a la vida, lo que queda es el amor, el de verdad, el puro, el que no necesita esconder porque se sabe verdadero. El amor limpio, que se alimenta de miradas, de gestos, de silencios y de sonrisas.

Porque, en definitiva, yo quiero tu amor.

Sin más.

 

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