Familia siniestrada

Los rayos del sol se colaban entre los huecos de la persiana. El invierno estaba siendo frío, por lo que aquellos días despejados parecían un oasis en medio de un desierto que, aquel año, estaba siendo largo.
Manuel levantó la vista hacia la ventana y sonrió. Le gustaba el sol, le ponía alegre e inyectaba en él una dosis de optimismo que le ayudaba a sobrellevar el día a día.
Se levantó y se acercó a la ventana. Acabó de subir la persiana dejando que el calor se posara en su cara mientras cerraba los ojos, llevando su mente lejos de allí, anhelando el prado húmedo que le esperaba los fines de semana, en la casa de campo, y en el que le gustaba tumbarse con una copa de vino en la mano.
Aguantó medio minuto más así, deleitándose, y luego abrió los ojos. Lentamente se giro hacia su mesa de trabajo, allí le esperaba la montaña de papeles habituales en su quehacer diario. Se frotó los ojos con el dorso de la mano y, con pasos lentos, como si no quisiera llegar nunca, se dirigió hacia ellos.
Se sentó en su silla y abrió el cajón de su derecha. Allí estaba la foto, escondida bajo un montón de folios aburridos y de números enmarañados. Desde ella, unos ojos marrones le miraban fijamente, mientras unos labios carnosos le devolvían una sonrisa que hacia tiempo que no se quitaba de la mente, desde aquel día que le devolvieron un beso sin mudar aquel gesto. Beso que guardaba en lo más profundo de su mente, y de su corazón.
Pasó los dedos sobre aquellos labios, esperando encontrar en la foto la carnosidad húmeda que los reales le habían hecho sentir una vez, anhelando el dia en que pudiera volver a hacerlo. Suspirando, volvió a enterrar la foto en el cajón, a sabiendas que volvería a ella varias veces ese mismo dia, al igual que en jornadas anteriores.
Movió el ratón del ordenador, lo que hizo que desapareciera de la pantalla la imagen fija que le acompañaba día a día: tres caritas sonrientes, dos niños y una mujer, la familia que le esperaba en el hogar al finalizar su horario de trabajo.
No había empezado a teclear la contraseña que bloqueaba su ordenador cuando su móvil empezó a moverse nervioso sobre la mesa. Siempre lo tenia en silencio, le avisaba la vibración y decidía si la llamada debía ser atendida en el momento.
Cogió aire, sonrió y descolgó
– Dime – contestó, sin dejar de sonreír.
Al otro lado, una voz femenina se lanzó a hablar, casi sin coger aire, y sin dejar momento a la replica.
Él le dejó hablar, explicarse, a sabiendas que la otra parte necesitaba desahogarse en ese momento de tensión.
Cuando vio que la otra parte acababa su exposición, volvió a coger aire, volvió a suspirar y contestó:
– Mira, Maruja. Siento mucho que el hámster de los niños haya mordido tu traje de fallera. Pero entiende que eso no está incluido en tu seguro de hogar. Y eso te lo aseguro yo, y cualquier otro corredor que consultes.
Se tuvo que separar el teléfono de la oreja, para que los gritos histéricos que salían del auricular no le rompieran el tímpano.
Su mente volvió a los labios de la foto, y al congreso que la aseguradora celebraba ese fin de semana, en el que esperaba volver a encontrarlos.

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Fue @manyez quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (corredor, Hámster, Fallera).

Gracias, Miguel, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

4 Respuestas a “Familia siniestrada

  1. jajaja, me ha gustado. Y seguro que la gente pregunta cosas peores sobre los seguros, jaaja.

  2. Si yo te contara, Teresa, si yo te contara…

  3. brillante, como el arroz… jajajaja. Muy bueno y creo que demasiado real :)
    Un abrazo y gracias

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