Sonámbulo

Siempre he sido sonámbulo, desde, incluso, antes de tener uso de razón. Mis padres me cuentan que, nada más empezar a andar, me bajaba de mi camita por las noches y aparecía en su habitación, balbuceando palabras ininteligibles, cantando, llorando o riendo. Al principio se asustaron, pero se dieron cuenta que lo hacía dormido.

Eso les llevó a preguntar a especialistas sobre mis paseos nocturnos. Ahí empezó mi periplo: noches en hospitales con la cabeza llena de electrodos, pruebas, análisis, electros…

Al principio, no me enteraba de mucho, mi conciencia todavía no era capaz de asumir lo que me hacían, pero, conforme fui creciendo empecé a darme cuenta de que mi mente no era la habitual o, por lo menos, eso intentaban averiguar.

Durante el día, era un niño de lo más normal; jugaba, reía, iba al colegio… Pero por las noches empezaba el calvario en casa; paseos por el pasillo, carreras, gritos, monólogos absurdos…

Mis padres empezaron a blindar toda la casa. Cada esquina, cada recoveco, cada cuadro, cada ventana, cada puerta, cada situación, por inofensiva para el resto, era potencialmente peligrosa para mi. La casa se llenó de barreras para las escaleras, de espuma para las esquinas, de cierres para los cajones, de pestillos para las puertas.

A los dos meses de cumplir cinco años nació mi hermano menor. Tras un primer año de angustia se demostró que, en su caso, no habría paseos nocturnos. Era normal.

A partir de ese momento, su vida se llenó de comprensión y dulzura. Yo pasé a ser el rarito, el niño con el que no se podía jugar, el saludo forzado para centrarse en el pequeño, la mirada incómoda llega de interrogantes, el apartado, el apestoso. Mi hermano centró todas las caricias, todos los juegos, todas las miradas. Toda la tranquilidad de un niño.

Mañana cumplo quince años. Sigo con mis paseos nocturnos. Ahora son más espaciados, pero todavía hay noches que me levanto o hablo. La casa sigue blindada, mis padres han creído oportuno que así siga. Pero he crecido, estoy más alto. Eso deben de haberlo obviado, pues no han descolgado la katana que se trajeron de su viaje a Japón.

Ha sido sencillo: he llegado al pasillo, la he descolgado con cuidado y la he desenfundado. Aunque tengo fuerza, no ha hecho falta pues estaba tan afilada que, con sólo dejarla caer ha hecho su trabajo. Limpio, sin ruido.

No me he molestado en volverla a colgar, ¿para qué?. Al fin y al cabo, no me he enterado, lo he hecho de forma inconsciente.

O, por lo menos, eso volverán a decir los médicos, cuando me vuelvan a hacer de nuevo todos los análisis. Ahora que mis padres tendrán que volver a centrar sus atenciones en su único hijo. El rarito. El sonámbulo.

Una respuesta a “Sonámbulo

  1. ana belen Lopez

    Jolín… el estómago a los pies!

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