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Cap.86 – #1tx100d

El último viaje

“Esimada amada:

Hay veces que el deber de un hombre está por encima de sus sentimientos personales…”

Así comenzaba la epístola que, en estos momentos, uno de sus fieles estaría depositando en el buzón de su amada.

Y, es que, en ciertos momentos de la vida, uno debe escoger  y él lo había hecho años atrás, con todas las consecuencias, cuando aquel grupo de hombres bien vestidos se habían acercado a él en el bar para ofrecerle un empleo. Le prometieron mucho a cambio, pero también le advirtieron del compromiso adquirido.

Su situación, en el paro y abandonado por su familia, era desesperada. Desahuciado y derrotado por las circunstancias tenía poco que perder y mucho por ganar, así que apuró su cerveza, se comió la última guindilla y aceptó.

Su vida cambió, y tanto que cambió: Coches caros, fiestas privadas, hoteles de lujo y, por supuesto, mujeres de escándalo.

Como contrapartida: Contrabando. Una palabra totalmente desconocida para él se hizo habitual. Nunca había oído hablar del wolframio y de sus aplicaciones para el blindaje de los proyectiles anti-tanque. Ni de que los rusos estuvieran tan interesados en dicho mineral. La guerra se había vuelto cruenta y lo necesitaban, pero los alemanes tenían su comercio muy controlado. De ahí el peligro de sus misiones.

Pero había decidido dejarlo, ya no podía más. Ese era su último envío y trabajo. Ahora sabía que le tocaría huir también del bando ruso, pero no le importaba, lo tenía todo pensado y en la carta cifrada a su amada estaban todas las instrucciones para poder ir a pasar el resto de sus vidas juntos a Argentina.

Echó un último vistazo a la veleta que coronaba la cabina de su zepelín, el único método de llegar a Stalingrado sin ser detectado por los radares alemanes y corrigió el rumbo, convencido de que su último cargamento sería entregado en tiempo y forma.

Todavía tuvo tiempo en pensar las últimas frases de su carta:

“… y tras este último viaje espero reencontrarme contigo en el más allá, para toda la eternidad.

Tuyo siempre,

tu amado.”

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La culpa de esta historia es de @Lailaelqadi

Gracias por tus tres palabras

…Espera… ¿tres?… ¡¡ en el texto hay más en negrita!!

Ya, pero es que nuestra amiga Laila tuvo un desliz y nos envió seis, así que las hemos reservado como traca final.

Gracias Laila!!!

 

 

 

 

 

Cerrados

 

Verdes; como el color del prado al que le acababa de caer una ligera capa de lluvia, anunciando que la primavera ya estaba aquí y llenando el aire de esa fragancia a hierba mojada y que tanto les gustaba admirar desde el porche de su casa cogidos de la mano.

Profundos; como el pozo de agua cristalina al que cada tarde acudían a bañarse las calurosas tardes de agosto, en el remanso del río. Dejando sus pantalones cortos en una piedra mientras ella hacía lo mismo con su falda azul, dejando al aire unas piernas limpias, morenas.

Expresivos; ellos solos se bastaban para sonreír, para hablar, para llorar, para transmitir, para conversar, para consolar, para agradecer, para animar, para vivir.

Pasionales; como los besos robados en el laberinto descuidado del palacio abandonado las noches de verano de luna llena mientras en la plaza sonaban los ecos de una orquesta de verbena.

Inolvidables; como muy bien sabía en estos momentos, mientras masticaba lentamente  una rodaja de salmón a la plancha mirando a la silla ahora vacía en el otro lado de la mesa y en la que esperaba ver los destellos cómplices de aquellos ojos verdes que le habían fascinado durante los últimos 60 años y que una semana atrás se habían cerrado para siempre.

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La culpa de esta historia es de @Manyez

Gracias por tus tres palabras

En un pueblo alejado

 

Con el mando a distancia del equipo de música subió el volumen, dejando que las notas de Vivaldi inundaran toda la habitación.

Fuera, en la calle, se podían escuchar los primeros gritos de la chiquillería que había dejado atrás el curso y se afanaban por empezar a disfrutar de sus vacaciones de verano, como si éste se fuera a acabar al día siguiente, ávidos de aprovechar hasta el último minuto de ese período intermedio que llegaba hasta septiembre.

Hacía ya cinco años desde la noticia del traslado a aquel pueblo perdido de la meseta, cinco años que había llevado con resignación, aceptando por las satisfacciones que su trabajo en el mismo le reportaban.

La noticia del traslado le había caído como una losa cuando se enteró del destino. Ella era una mujer de ciudad, de bullicio, de gente. El trasladarse a un pueblo que se le antojaba lejano a cualquier abismo de civilización, apartándola de sus amistades, su familia, su entorno se le hizo demasiado duro. Por suerte pudo llevar consigo a Rufo, su pastor alemán, fiel compañero que siempre estaba dispuesto a acercarle la compañía que necesitaba, a sobrellevar la soledad a la que estaba sometida en aquel destino.

El invierno había sido duro, como todos: Largo, oscuro, frio, solitario, pero ahora el calor empezaba a colarse por cada rincón de la casa. Un calor seco pero penetrante. Un calor que todavía era soportable pero que sabía que conforme iba avanzando el verano se tornaba denso, asfixiante, llegando en agosto a ser irrespirable y que te hacía buscar desesperadamente los rincones más frescos de la casa para pasar el mayor tiempo posible en ellos.

Y ahora allí estaba ella, dispuesta a pasar otro verano infernal. Pero eso ya llegaría poco a poco. Mientras, desnuda sobre el sofá, arqueó el cuerpo sobre su espalda, cerró los ojos con fuerza y apretó con el puño la funda que cubría el cuero del asiento. Dejó que su cuerpo se llenara de pequeñas perlas de sudor mientras notaba cómo el hocico húmedo que tenía entre las piernas la iba llevando lejos de aquel entorno, como otras tantas veces hacía.

 

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La culpa de esta historia es de @BlancaUO

Gracias por tus tres palabras

Rutina

Amanecía. Los primeros rayos de sol, tímidos, iban dejando atrás el negro de la noche, que los primeros pájaros se atrevían a anunciar como pasada con sus alegres trinos.

Giró la cabeza lo justo para ver la hora en el despertador. Suspiró. Escasas tres horas de sueño que le sabían a poco y dejaban en su boca el amargo sabor del descanso ausente.

Mientras se duchaban se sucedían en su mente las imágenes del día anterior: la sangre, los cuerpos, la carne abriéndose lentamente mientras el acero se desliza por ella, los lamentos, las quejas, los ruegos y las súplicas de aquellos que saben que son los siguientes en la lista.

Dejó que el agua templada resbalara sobre su cabeza hacia su cuerpo, con los ojos cerrados, deseando que todo lo que ahora le venía a a mente hubiera sido un sueño, una pesadilla. Pero sabía que no era así. Era real. Sucedía día tras día, en una rutina infernal.

Se preparó el desayuno. Café con mucha azúcar. Probablemente lo único dulce que le esperaba ese día, por eso se ponía tanta, como esperando que su sabor durara toda la jornada cubriendo todas las escenas amargas que tendría que pasar.

Era un profesional, era bueno, de los mejores. Por eso le habían contratado y delegado él una de las tareas más difíciles. Pero, aún así, al empezar el día, no podía evitar pensar en los rostros que tendría delante de él, suplicando mientras él sabía que hacía lo correcto, lo indicado. La sangre era solo consecuencia lógica del desempeño del trabajo, al igual que el dolor y el sufrimiento.

Se dirigió hacia la puerta. Se puso la chaqueta naranja fosforescente y cogió el maletín. Tomó aire profundamente antes de dar el paso de salir. Debía ser fuerte y continuar, hoy también le esperaban muchas vidas por salvar.
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La culpa de esta historia es de @mrsrosaperez

Gracias por tus tres palabras

Esta historia está auspiciada por las tres palabras de @mrsrosaperez, pero me gustaría dedicarla además a todas esas personas que día tras día están pendientes de nuestra salud así como a toda la gente que está haciendo de #EdCivEmerg una realidad que puede salvar vidas.

 

 

La asistenta

Como cada día, tras lavarse la cara bajó a la cocina. La asistenta ya estaba preparando el desayuno. Olía a café y tostadas.

Se sentó en la mesa y al momento tenía su tazón humeante de café con leche. Con mano temblorosa le puso una cucharada de azúcar y se lo acercó a la boca. Aspiró el aroma y sopló un poco para no quemarse los labios. Bebió un pequeño trago y levantó la cabeza, hacia un cuadro que estaba colgado en la cocina en el que se podía ver un girasol, amarillo, luminoso.

– Ese cuadro lo pintó mi hija -dijo – Hace tanto tiempo que no la veo. Aunque hay que entenderlo. Se fue a vivir fuera de la ciudad, lleva su vida. Con su marido y sus hijos. Cuando uno se hace viejo parece que la familia lo va dejando de lado. A veces, uno se siente perdido. Pero sé que en  mi caso no es así. Simplemente está muy ocupada, el estrés, que llaman ahora. No la culpo, le dimos todo lo que pudimos y trabajó mucho, primero en la universidad, luego en el bufete.

Paró su parlamento para volver a tomar un trago corto de su tazón. Lo acompañó con un pequeño mordisco de una galleta que tenía al lado. Masticó lentamente, sabía que se le podía salir la dentadura si lo hacía con demasiada fuerza.

Tomó aire y continuó:

– Siempre le gustó pintar. Ese cuadro de ahí lo pintó con poco más de 9 años. Luego, las obligaciones le han llevado a dejarlo un poco. Pero sé que sigue haciéndolo. ¿Te he contado ya que es abogada?. Ella quería hacer bellas artes, pero claro, nosotros le aconsejamos que no lo hiciera. Lo asumió sin rechistar. Realmente estoy orgulloso de ella. Recuérdame que luego la llame, para ver si puede venir a verme.

Volvió a coger el tazón de leche y tomar otro pequeño trago, saboreándolo. De repente giró la vista hacia la otra parte de la cocina y preguntó:

– Por cierto, ¿te han pagado ya este mes?. Haces bien el trabajo, no me gustaría que no estuvieras a gusto y te fueras.

La asistenta se acercó a la mesa, se agachó hasta sus cabezas estuvieron a la misma altura, le cogió las manos y le dio un beso en la mejilla. Un beso lleno de amor, ternura y comprensión.

– Tranquilo papá – dijo – No me voy a ir.

El viejo la miró a los ojos y ambos sonrieron.


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La culpa de esta historia es de @anlogar2

Gracias por tus tres palabras

Sal

Mar

Miró hacia el infinito. Cerró los ojos y tomó aire por la nariz. Cada milímetro de sus pulmones se llenaron de aroma a mar. Un olor profundo, intenso.

Avanzó.

Azul

Se lo imaginaba más azul. Nunca pensó que tendría aquel color oscuro, verdoso y marrón. Notó llenarse sus pulmones de mar.

Avanzó.

Luz

Poco a poco se fue apagando. Pasó de ser un todo a ser un punto sobre su cabeza. Luego se marchó. Era una oscuridad salada.

Ahora, ella también era mar.

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La culpa de esta historia es de @angelesbarc

Gracias por tus tres palabras

Vértigo

Vértigo. Era una sensación extraña: veía lo que le rodeaba como si flotara, como si estuviera en una nube, la cabeza la tenía embotada, los sonidos le llegaban apagados, lejanos… Pero, si le preguntaban qué es lo que sentía, la palabra que le venía a la cabeza era vértigo.

Para eso no le habían preparado en la facultad. Habían sido años de estudio de formas, de redacciones, de maquetas, de luces. Pero no de sensaciones, de impresiones, de vivencias.

Estaba claro que la última clase y la más completa nunca te la enseñaban en la facultad, eras tú quien tenías que aprenderla una vez estuvieras en la calle, en el mundo laboral, en la empresa. Y ella pensaba que lo tenía aprendido.

Pero, por lo visto, estaba equivocada.

Vértigo.

La situación no era nueva, o, por lo menos, ella no creía que lo fuera. Había estado en situaciones similares, en varias partes del mundo, pero todas con un denominador común. Sin embargo, desde que aceptó este nuevo trabajo ya supo que iba a ser distinto. Lo había estudiado desde la distancia y creyó que sería capaz de adaptarse. Nunca pensó que fuera a ser tan distinto, pese a ser tan cotidiano.

Quizá era la edad, la situación, el motivo, el olor, el sonido. Quizá era ella, desbordada por lo absurdo de la situación. Quizá era la gente que la rodeaba, ciega de odio al contrario. El caso es que ahí estaba, paralizada, incapaz de hacer su trabajo.

Vértigo.

Sacudió la cabeza con fuerza, para sacar de ella la sensación que la atenazaba, para despertar a la realidad. Todo volvió de golpe: los ruidos, los lamentos, los colores, las sirenas, los gritos…

Ajustó el zoom de su cámara hacia el zapato ensangrentado del niño que había quedado tirado, en mitad de los escombros a los que un proyectil había reducido la pared en la que se creía seguro. Intentó que la cámara captara el zapato y la mano inerte que todavía apretaba una piedra, su arma, pero que no llegara más arriba, hacia la mueca en que se había convertido su cara infantil.

Por primera vez en todos sus años como reportera de guerra había sentido vértigo.

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La culpa de esta historia es de @Vimartiz

Gracias por tus tres palabras

 

Rara Navidad

Aquel año no había regalo, ni árbol, ni calcetines o villancicos. La cena estaba programada a las 8 de la tarde, como todos los días. Le habían comentado que solía ser especial: alguna gamba, un poco de turrón para postre… Pero eso sí, que se fuera olvidando del vino, del cava o la cerveza. Allí no se brindaba, nunca.

Todo eso se lo estaba contando Julio, al principio del día, cuando se acercó a su cama al escuchar los sollozos apagados que había intentado esconder al darse cuenta del día que era. Allí, como muchos otros días, esos ojos azules, cansados de tantos años y tanta experiencia se habían convertido en su guía, su pilar, su apoyo. Lo había acogido desde que lo vio, consciente de que sólo sería incapaz de adaptarse a aquella selva en la que sólo sobrevivía el más fuerte.

Como cada día, al levantarse se preguntaba en qué momento se había dado la vuelta la tortilla. Desde que tenía uso de razón sólo se acordaba de haber estado trabajando: primero de peón, luego de oficial y finalmente de jefe de obra. Allí conoció a quien fue su último jefe, un promotor inmobiliario que en las buenas épocas se metió a la obra pública. Su jefe se dio cuenta enseguida de su valía y lo fue ascendiendo, hasta llegar a tomar parte en las decisiones de obra más importantes, estampando su firma en aquellos documentos necesarios para seguir creciendo y construyendo, que era lo que le gustaba.

Nunca se fijó en que firmaba, sus conocimientos legales eran escasos, lo suyo era el hormigón, las vigas, las riostras, los encofrados. Siempre se le transmitió confianza y él veía los resultados. Nunca pensó que le dejarían solo ante una adversidad. Pero ocurrió. El concejal de turno no quiso aceptar la comisión y destapó la trama. También la destapó para él.

Y ahí estaba, mientras veía como tras los barrotes el frío invierno dejaba caer copos de nieve sobre el patio que tanto había paseado a lo largo del año, una lágrima caía sobre sus mejillas al escuchar la voz de sus niños cantándole un villancico a través del teléfono. Sólo lo mantenía vivo la ilusión de cantarlo junto a ellos el año siguiente, en casa.

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La culpa de esta historia es de @MsConcu

Gracias por tus tres palabras

Sentencia: Culpable

 

Ya en lo que iba a ser su celda durante el tiempo que duraba la condena repasaba mentalmente todos y cada uno de los detalles que le habían llevado ahí, intentando recordar dónde se había equivocado y cuándo.

La ejecución había sido magistral, o así pensaba hasta que el juez mostró la última prueba.

No había visto venir ni su detención, ¿o se había confiado demasiado?. El caso es que estaba paseando por la nieve cuando notó la mano en su cuello. Ni un solo grito, ni un ¡alto!. Sigilosamente se había acercado hasta él y lo había cogido. No valieron los lamentos, los ruegos, los intentos de escapada. Le había cogido y le llevaba con fuerza hacia lo que iba a ser la sala de juicio.

Una vez en el juicio hizo lo que debía: negar todos y cada uno de los cargos, refutar las acusaciones, oponerse a los razonamientos. Por más que el juez intentara demostrar su culpabilidad, él se empeñaba en demostrar lo contrario.

Lo tenía claro. Estaba siendo convincente y pensaba que tenía el juicio ganado. Sus negaciones sonaban contundentes, reales. Pero no esperaba el as que el juez guardaba en la manga.

Cuando ya se veía de nuevo en la calle, el juez sacó la cortina, la maldita cortina. En ella se veía claramente las huellas de su mano en las manchas. Debía haber sido al mirar por la ventana para comprobar que nadie le había visto, porque luego se había empeñado en limpiarlo todo bien, pero, parecía que le había olvidado un detalle: esa cortina.

Se derrumbó. El juez sonrió. Había ganado. No iba a haber clemencia y la sentencia se preveía severa y doble: por el delito y por haber mentido al juez. Ésta no se hizo esperar y cayó como una losa: una semana sin tele, sin salir y quince días sin chocolate.

Y ahora, ahí estaba. Sentado en su cama, relamiéndose todavía del sabor que le quedaba en la boca y pensando si dicha tableta había valido la pena la sentencia.

Llegó a la conclusión que sí. Había valido la pena.

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La culpa de esta historia es de @inesbajo

Gracias por tus tres palabras