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Septiembre

Todo empezó con una mirada, mientras paseaba por el lateral de la piscina del apartamento, camino de la ducha.

Había algo en esa mirada: especial, misterioso, atractivo… Algo que le sedujo al instante y que nunca podría olvidar.

Luego vinieron otras miradas, acercamientos, sonrisas encontradizas… hasta que una noche, mientras en el local social la misma pareja de músicos con su órgano eléctrico tocaba las mismas canciones ya sabidas por todos y que sólo los más mayores del lugar bailaban llegó el saludo.

Fue un “hola”, sincero, sin pretensiones, seguido de una sonrisa franca y una mirada intensa. La cercanía de esa mirada fijada en la suya le hizo temblar las piernas como hacía tiempo que no sentía.

Luego, todo se precipitó. Una copa, una charla banal, un roce, una caricia y un beso robado en las escaleras junto al ascensor, camino cada uno de su respectivo apartamento.

Los días posteriores fueron como estar en una nube. Cada lunes se volvían a ver ávidos de encuentros fugaces, rezando para que el fin de semana, momento en el que tenían que separarse, no llegara nunca. Del ascensor se pasó al apartamento, de ahí a la cama y de ahí al cielo.

Y ahí estaban ahora, los dos en la playa, revolcados sobre la arena, tapando con besos el miedo a no poder volverse a ver, ahora que empezaba septiembre y el marido de ella cogía vacaciones y se instalaba todo el mes en el apartamento.

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La culpa de esta historia es de @anler7

Gracias por tus tres palabras

A 180 pulsaciones

¿Qué había ocurrido?, ¿cuándo se había torcido todo?

Habían sido buenos amigos desde niños, compañeros de colegio, de fatigas, de fiestas, de borracheras, hasta de novias.

Se habían contado todo: las penas, las alegrías, las confidencias, los secretos.

Habían reído juntos, llorado juntos, peleado juntos, bailado juntos, bebido y comido juntos.

Sin embargo, en un momento, algo cambió: las miradas se volvieron esquivas, las llamadas se espaciaron, los silencios se alargaron, las risas desaparecieron.

Habían creído que estaban tan unidos y preparados que dieron el último salto, hicieron lo que creían que sólo les faltaba y que seguro también les iba a ir bien: montaron un negocio.

Y, ciertamente, el negocio funcionó, a costa de estropear el resto.

Ambos se dieron cuenta y decidieron arreglarlo. Como tantas veces habían hecho antes, en tantas reconciliaciones pasadas. Cogieron su ropa de montaña, sus aperos de montañismo, sus botas de escalada y subieron a su montaña fetiche, la que tantas veces habían subido juntos, que se conocían de memoria como cada uno de sus gestos.

Y ahí estaba ahora él, en plena encrucijada. Viendo el cuerpo inerte del que había sido su mejor amigo cien metros debajo de él, destrozado por la caída y las aristas de las piedras. El exceso de confianza, las risas del momento, la conversación animada, la amistad restablecida. Todo ello le había llevado a no fijarse en la roca suelta que estaba bajo sus pies y resbaló, cayendo al vacío.

Con los ojos llenos de lágrimas por no haber tenido tiempo de agarrar su mano para salvarlo de la caída apartó la vista de su amigo y consultó su pulsómetro: 180 pulsaciones por minuto, su punto óptimo para el rendir al máximo.

No se lo pensó. Al fin y al cabo, siempre había deseado volar.

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La culpa de esta historia es de @Teresa_Saez

Gracias por tus tres palabras


Descanso

Descansaba.

Tumbado en la cama sonreía, dejando que el tiempo pasara lentamente. Todavía sentía cómo le picaban las heridas, pero era un picor agradable, esa sensación de que se había hecho lo correcto, de que, por fin, la justicia había ganado.

Hacía muy poco tiempo desde que había llegado el desenlace y le gustaba saborear la victoria. Una victoria ansiada durante años y buscada. En el camino había dejado varias víctimas, entre ellas algún amigo muy querido. Su pena volvía al pensar que no podían disfrutar de aquello que habían buscado juntos.

Ahora por fin podía dejar vagar su mente tan maltrecha durante tantos años de búsqueda de una respuesta, una pista, un responsable a la atrocidad que le había marcado durante toda su vida. No había buscado venganza, sino justicia. Nada le devolvería aquello que había perdido, pero podía descansar sabiendo que no lo volverían a repetir aquellos que lo habían hecho en un principio.

Y en eso estaba. Descansando y disfrutando. Totalmente relajado. Pasando lentamente su mano por los rizos de la melena de Lola, que con tanta ternura le había tratado y se había ocupado de él y viendo desde la ventana abierta de la habitación el azul del cielo de la ciudad.

Por primera vez en mucho tiempo Nolo sonreía tranquilo, y descansaba.

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La culpa de esta historia es de @Vitrubia

Gracias por tus tres palabras

 

Venganza

De los nervios. En aquel momento su ofuscación era tal que hasta las gotas de sudor le corrían la frente al apretar los dientes.

Aquel profesor le tenía manía. Ese pensamiento no se le iba de la cabeza. Desde el primer momento en que levantó la mano para hacerle una pregunta en clase vio en su cara como la incomodidad daba paso a un desprecio. Le había dejado en evidencia delante de toda la clase y eso lo iba a pagar.

Mientras rascaba el filo del cuchillo con el afilador para dejarlo listo para su uso iba repasando con su mente cada una de las miradas, las respuestas, las burlas, los desprecios que le había ido haciendo a cada una de sus intervenciones en clase. Le había dado igual que fueran preguntas, dudas o aclaraciones: Había vomitado su respuesta con vehemencia, aprovechando el mínimo resquicio de la pregunta para dejar a “usted, alumno” ,como le gustaba nombrarle, bien claro quién mandaba allí.

Luego vino la primera época de exámenes. Esa nota injusta, totalmente subjetiva, junto a su cara de satisfacción en la revisión de la misma al dejar totalmente claro que el mismo no estaba para aprobar y que debía de aplicarse más para el siguiente.

Pero lo tenía decidido. Iba a dejarle claro quién era él y de lo que era capaz. Le iba a demostrar que tenía agallas, fuerza y determinación. Que no le temblaba el pulso por mucho que a él le pareciera lo contrario. Le iba a borrar de un plumazo esa estúpida sonrisa de la cara.

Comprobó una vez más el filo del cuchillo y, satisfecho, lo dejó junto al resto. Comprobó que todo estaba en orden y le dio al interruptor. El letrero luminoso que rezaba “Carnicería” se encendió dejando a la vista la carne sangrienta recién cortada para su consumo.

Atendió al primer cliente con su mejor sonrisa mientras en su mente se dibujaba la imagen de una vida mejor cuando consiguiera aprobar la carrera que estudiaba por las tardes y pudiera, al fin, cambiar de trabajo.

Lo conseguiría, por mucho que le pesara al inepto del profesor

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La culpa de esta historia es de @Goroji

Gracias por tus tres palabras

Celos

 

Y allí estaba, llorando desconsoladamente en el sofá y preguntándose qué error había cometido, mientras con sus manos ensangrentadas sostenía su camisa manchada con el pintalabios de otra.

En ese momento, en la radio, empezaba a sonar su canción.

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La culpa de esta historia es de @Pilidorita

Gracias por tus tres palabras

 

Aniversario

Cerró el paraguas al llegar al porche y con la mano se quitó las gotas que le habían caído sobre los hombros. Parecía que la meteorología se había aliado con su estado de ánimo y una pertinaz tormenta le había acompañado hasta casa.
Ató al perro junto a su caseta, que había puesto también en el porche y abrió la puerta.
Dejó las llaves en el mueble de la entrada y vio la figura de la Torre Eiffel. París. Dejó viajar a su mente hacia los largos paseos por el borde del Sena, sus tardes tomando café en alguna de las maravillosas terrazas, las visitas al louvre. A ella le encantaba París. Pensó que quizá era hora de volver a visitar la cabeza.
Entró a la cocina y a su nariz le llegó el intenso aroma de un pastel de limón. Le pareció verla allí, exprimiendo limones para hacer la gelatina que luego cubriría la masa de queso que tenía preparada sobre una base de galletas machacadas. ¿Cuánto hacía que no cogía un trozo de esos maravillosos pasteles, para después salir al porche a comerlo mientras el sol se ponía en el horizonte? Demasiado, pensó. Demasiado.
Arrastrando los pies salió de la cocina para dirigirse hacia la habitación. Tardó un buen rato en llegar pues en cada escalón se paraba a mirar alguna de las fotos que adornaban la pared con paisajes de sus viajes: Londres, Moscú, Sevilla, la casa del lago… Cada uno con su historia, su recuerdo, su anécdota.
Una vez en la habitación se quitó el traje y la corbata negros que se ponía ese mismo día, desde hacía cinco años, desde el día que se lo puso por primera vez para despedirla.
Cinco años, pensó, y todavía era capaz de sentir su respiración junto a él, en la cama, aunque ya no tenía su cuerpo para abrazar.
Se metió en la cama y cerró los ojos. En voz baja repitió la plegaria de todos los días, rogando a Dios que fuera clemente con él y lo llevara junto a ella.

 

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La culpa de esta historia es de @Ada_Pineda

Gracias por tus tres palabras

 

Éxito

Sentado en su flamante Porsche miraba hacia la fachada de su majestuosa casa. Enclavada en mitad de una de las urbanizaciones de lujo de las afueras de la gran ciudad tenía todo lo que cualquiera pudiera soñar.

Se la hizo construir cuando recogió su primer cheque con siete ceros. Rodeada de jardines idílicos, la piscina, la pista de pádel, su fuente central con sus chorros de agua, sus líneas rectas, minimalistas, resaltaban sobre el conjunto de la urbanización. Pese a la alta valla de metal que la rodeaba, el hecho de estar en el punto más alto de la colina le daba un aire de superioridad, como estando por encima del resto. La vista desde su terraza era envidiable, con el mar de fondo.

Suspiró.

Su primer negocio. Todavía recordaba cómo si fuera hoy: El padre de su novia del pueblo tenía un terreno en el que plantaba las viñas de las que producía el vino que mantenía a la familia. Se enteró por su amigo el concejal que se iba a realizar un desarrollo inmobiliario. Convenció a su futuro suegro de que lo mejor era hipotecar el terreno para ampliar la bodega con uva de otros productores. Sus estudios de administración de empresas lo convencieron. Su suegro se arruinó. Él se quedó con el terreno a precio de saldo a través de empresas fantasma. Su primer millón de euros, su primera huida, su primera ruptura y su primer juicio. Sus abogados lo ganaron.

Después vinieron negocios similares: primos, amigos, tios… en todos ellos fue capaz de ver el negocio allá dónde ellos no lo veían. Sólo que el negocio era sólo para él.

Su ansia le llevó a seguir adelante, buscando el próximo negocio, el próximo millón. Y así llegó a su hermana, a su hermano, y, finalmente, a sus padres.

Ahora lo tenía todo: todo lo que se podía comprar. Pero le faltaba todo: todo aquello para lo que el dinero no llegaba.

Y allí, contemplando todo lo que había sido capaz de alcanzar intentaba pensar en cuándo sus sueños se habían hecho fuertes para llegar a ser deseos reales. Pero los recuerdos no le dejaban.

Apretó el gatillo.

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La culpa de esta historia es de @jesterhanny

Gracias por tus tres palabras

 

Saciando el hambre

Todos los días, el mismo camino, la misma gente, la misma rutina, el mismo paisaje… la misma ilusión.

Su padre la recogía en su flamante todoterreno al salir del cole. Ella iba ya preparada con sus mallas color rosa, su moño y sus labios pintados. Se sentaba en el asiento de atrás y comenzaba el viaje.

La academia de baile estaba al otro lado de la ciudad, y para llegar debían atravesar los suburbios. Calles llenas de suciedad, de mendicidad, de pobredumbre. Al llegar a ellas su padre subía las ventanillas y cerraba las puertas. Ella miraba a través de los cristales con una mezcla de pena y asco.

Sin embargo, al llegar al tercer semáforo las cosas cambiaban.

Estaba sucio, con la ropa rota y despeinado. Todo ello hacía que el blanco de sus ojos y de los dientes al sonreir sobresalieran del resto. Desde el primer momento se quedó prendada de esa sonrisa y esa mirada. Fue un instante, el justo cuando pasó al lado de su ventanilla con su cesta de manzanas en la cabeza ofreciéndolas a la venta mientras esperaba que el semáforo cambiara su color.

Él le sonrió, fue una sonrisa franca, del niño que era. Ella también lo hizo de forma automática, sin conseguir apartar su mirada de sus grandes ojos negros. No pasó de su ventanilla, se quedó mirándola fijamente con una de sus rojas manzanas en su mano, ofreciéndosela. Su padre bloqueó las ventanillas para que ella no pudiera bajarla la de su lado y emprendió la marcha en cuanto pudo.

La escena se repitió todos los días, durante semanas. Siempre igual. Él vendiendo en el semáforo hasta llegar a su coche, en el que se paraba para sonreir.

Aquella noche, en la que la luna estaba al principio de su cuarto creciente, dejando escapar un rácano rayo de luz, el sonido de una piedra sobre el cristal de la ventana de la habitación de su lujosa casa le sorprendió. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Sobre el alféizar, una manzana roja, brillante.

La cogió, y, con la mejor de sus sonrisas, la mordió.

El mordisco fue directamente a saciar el hambre de su corazón.

 

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Recuerda que tienes hasta el próximo día 29 para enviar tus tres palabras. 

Las instrucciones están aquí.

El próximo viernes, la primera historia de la nueva temporada.