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El mar, sólo el mar

Pisadas_mar

Ya lo dejó claro desde el primer día que llegó, cuando pidió que se le pintara su habitación de azul. Lógicamente, el centro se negó, las normas eran las normas y no se podían hacer excepciones. No le importó. Se las ingenió para llenar las paredes de fotos, posters, panfletos publicitarios y dibujos. Todos, con un elemento común: el mar.

Y es que su vida giraba en torno al mar: allá dónde iba, se las ingeniaba para abstraerse y escuchar en su interior el rumor de una ola; sus conversaciones siempre incluían el agua salada, en cualquiera de sus acepciones; toda su música versaba sobre el mar, o los marineros; los libros que leía llevaban el mar en algún párrafo; si hasta se ponía más sal en las comidas.

Y, sin embargo, nunca había visto el mar, jamás había pisado una playa, ni había escuchado en directo el romper de una ola en la arena, o el sonido del agua furiosa, al chocar contra un acantilado, o el aullar de una sirena de un barco, al llegar a puerto. Todo estaba en su imaginación, en su cabeza, en sus pensamientos.

Por eso, cada vez ella se acercaba a mi mesa de trabajo, a hablarme del mar, de la nueva canción que había escuchado, de la noticia que había oído en la que hablaban de algún marinero, cuando me pedía que le buscara en internet fotos de acantilados, de playas, de puertos, me entristecía, porque sabía lo difícil que era para ella cumplir su sueño de estar en una playa, pese a tener una a poco más de sesenta kilómetros.

Así que no lo pensé. No recuerdo cuál de todos a los que seguía en twitter lo compartió, pero su frase me decidió: “Todo el mundo debe tener la oportunidad de cumplir su sueño”. No decía más el tuit, pero lo decía todo.

Esa tarde, al acabar mi turno me pasé por su habitación. Estaba leyendo, como de costumbre. En aquella ocasión, “El viejo y el mar”, de Hemingway. Me acerqué y le susurré al oído: “Nos vamos a ver el mar”. Sonrió mientras cogía el casco.

Un trayecto de poco más de media hora en moto y llegamos. Nunca olvidaré su cara al verlo: sus ojos abiertos como platos, casi tanto como su boca, sus suspiros, sus gritos al saltar cada ola, sus pasos cortos pero repetidos, para sentir la arena en sus pies descalzos, su sonrisa al dejar caer esa misma arena entre sus dedos.

No le importó que le dijera que teníamos que volver. Subió a la moto feliz. Yo también lo estaba, sabía que había infringido las normas, que iba a perder el trabajo en el psiquiátrico, que me enfrentaba a problemas legales. Pero no me importaba. Llevaba un paquete en la moto que suplía con creces esas pequeñas cosas. Porque lo sentía, podía notar en su cuerpo pegado al mío la felicidad, la respiración entrecortada de la emoción y, sobre todo, aquella sonrisa infantil que escondía aquel cuerpo adulto.

Tiempo después volví al psiquiátrico a verla, me dejaron que la visitara. Su habitación había cambiado: ya no tenía nada en las paredes, había cambiado toda la decoración por un pequeño marco en la mesita con la foto que yo le había hecho y en la que se la veía a ella con el mar de fondo. Ya no necesitaba soñar, ya podía, simplemente, recordar.

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Fue @inesbajo quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (twitter, psiquiátrico, paquete). 

Gracias, presi, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

Además, aprovecho para desearte toda la suerte del mundo este domingo, para que puedas cumplir también lo que creo que debe ser, aunque en menor medida, un sueño para ti.

 

 

La despedida

Alberto conocía a todos y cada uno de los que le rodeaban. Había compartido con ellos muchas jornadas de trabajo, muchas reuniones, muchas horas de charlas, de confidencias.

Y ahora, su último día allí, en su última reunión, los observaba, uno a uno, sus caras, y le parecía que los conocía desde siempre, pese a haber compartido con ellos poco más de dos años. Pero habían sido dos años muy intensos, de trabajar duro codo con codo, de apoyarse mutuamente en los momentos más difíciles.

El primero a su derecha era Fede, “el becario”. Lo llamaban así porque había sido el último en llegar, pese a ser el más mayor de todos. Le estaban enseñando el funcionamiento y todavía se le veía esquivo, pero tenía buen fondo, se adaptaría.

Le seguía Rober, el más joven, el más guerrero, el más combativo. Aquello no le gustaba, nunca lo había hecho, pero sabía que era su única salida y sus momentos de furia los compensaba con momentos de arrepentimiento, perdón y penitencia.

Luego estaban Vicente, Aarón y Felipe. Siempre juntos, dónde miraras. Si había uno, estaban los otros tres. Se bromeaba si tambien meaban juntos. Un verdadero equipo en el trabajo. Era inconcebible verlos por separado. Se apoyaban sin fisuras. Habían llegado juntos e hicieron la promesa de irse juntos, cuando fuera, aunque uno de ellos había tenido la oportunidad de cambiar se había quedado, fiel a su promesa del primer día.

Andrés, Tino, Juan… se sabía la historia de cada uno de ellos, se la habían contado, bien juntos, o por separado.

Por último estaba Pedro, casado, con dos niñas a las que hacía años que no veía. Lo recordaba del mismo día en el que llegó, fue el primero que lo acogió, como uno más, le presentó al resto y lo integró. Le enseñó las normas, las escritas y las no escritas y lo acompañó en todo momento. Sería uno de los que más echaría en falta. Echaría en falta aquellas charlas en los momentos de bajón, aquel hombro en el que tantas veces se había apoyado. Sin embargo era él quien se iba, dejando a Pedro allí, luchando por una empresa personal en la que llevaba mucho tiempo.

Y es que todos y cada uno de ellos llevaba su pena en la espalda, su condena individual, su Alcatraz particular. En su caso había sido el alcohol, en otros la heroína o el crack, daba igual.

Se levantó y se dirigió a cada uno de sus compañeros, para despedirse de cada uno de ellos individualmente, abrazándolos. Llegó Pedro, fue el último.

Hasta luego – dijo.

– Jamás – le respondió Pedro – Nunca aceptaré nada tuyo que no sea un Adiós. No te quiero volver a ver nunca. Ni de visita.

Se fundieron en un abrazo. Y Alberto lloró. Por él, por su victoria. Pero también por Pedro, porque sabía que seguía luchando y sabía que seguiría así siempre.

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Fue @olguitaolga quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Hasta luego, Alcatraz). 

Gracias, Olga, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

 

 

Necesidad

Marisa abre la ventana, en busca de una ráfaga de aire fresco que sabe que no va a encontrar, pero lo intenta. Este verano aprieta el calor, pero no han encendido el aire acondicionado. La familia lo mitiga como puede a base de cerrar persianas para mantener la casa fresca y de los abanicos improvisados con los catálogos del super, que se acumulan en el cubo llenos de anotaciones sobre comparaciones de precios entre ellos.

Se da la vuelta en la cocina y se dirige al fregadero. Abre el grifo y espera a que el agua caiga un poco, para tenerla más fresca. Coge una poca con las manos y se la lleva a la nuca, con cuidado de que no le toque la cara, recién maquillada y apartando la melena oscura, peinada para la ocasión.

Los sonidos que le llegan desde el comedor hacen que asome la cabeza por la puerta. Allí está Pedro, en calzoncillos para no pasar calor, jugando con la caja de botones. Ha construido un campo de fútbol y recrea en él los partidos que sus ídolos juegan sobre el césped. Marisa lo mira, tierna y sonríe al verlo feliz, en su mundo lleno de ilusiones, juegos y fantasías.

Vuelve a la cocina y mira el frigorífico. No le hace falta abrirlo, sabe de memoria lo que contiene: un brick de leche, dos manzanas, media docena de huevos y un tomate al que le falta un gajo, el que ella le ha quitado para comer hoy. Todo sobre el mismo estante, el resto está vacío.

El viejo reloj que hay sobre la campana de la cocina marca las 8 de la tarde cuando Marisa escucha cómo se abre la puerta de casa. Se pone en pie y sale al recibidor. Juan llega en ese momento, cierra la puerta lentamente. Se miran a los ojos. Marisa vuelve a ver la derrota en ellos justo en el momento en que Juan niega con la cabeza mientras la baja.

Marisa da un paso hacia su marido y lo abraza. Él se deja hacer, cogiéndola con fuerza por la cintura y hundiendo la cabeza en su hombro. Le cuesta respirar, está haciendo un esfuerzo por no llorar. Marisa lo nota. Se separa lentamente, le sube la cara poniéndole los dedos en la barbilla y le da un beso. Sonríe mientras le quita el carmín de los labios, intentando que él también lo haga. Juan le devuelve una sonrisa amarga, forzada, haciéndose el fuerte.

Están un instante así, mirándose y forzándose a sonreír, hasta que Marisa se separa y avanza hasta el armario. Saca los zapatos de tacón y se los pone. Mientras, escucha como Juan abre el grifo y se pone un vaso de agua.

Una última mirada en el espejo, un último retoque con el pintalabios, un último arreglo al vestido y Marisa se dirige hacia la puerta de casa. Al abrirla se gira, en el cristal de la puerta de la cocina ve reflejado a Juan, que está sentado en una silla, ha dejado el vaso sobre la mesa y hunde su cara entre sus manos, dando rienda suelta a aquello que no ha querido hacer mientras ella estaba delante.

Marisa coge aire y gira sobre sus talones, apartando esa imagen de su vista. No le queda más remedio, tiene una familia a la que dar de comer y sabe que en la calle siempre hay gente dispuesta a pagar por un rato de amor, aunque el suyo, el verdadero, lo deba dejar en casa para ello.

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Fue @BlancaUsoz quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Vacío, amor, verano). 

Gracias, Blanca, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

Sellando el pacto

Chasca la lengua, toma aire lentamente por la boca y asiente, mientras saborea el líquido que acaba de tragar. En su mano, un vaso de cristal con hielo y whisky, traído expresamente de Escocia, pues me habían dicho que era el que más le gustaba.

Es mayor, pero no viejo. Lleva el pelo canoso peinado hacia atrás y una barba bien cuidada, también ya blanca. Viste impecable: traje, chaleco y corbata. Tras la mesa de su escritorio no se le ven los pies, pero me lo puedo imaginar con unos zapatos de piel impolutos.

Ya me habían dicho que con una botella no sería suficiente, así que abro el cofre que me acompaña a la reunión y le tiento con su contenido, seleccionado entre lo mejor del mundo: Champán francés, caviar iraní, aceite Belluga, ostras francesas, embutido segorbino y el hueco dejado por la botella que, en estos momentos, está en sus manos.

Lo mira. Da un par de vueltas al vaso que lleva en las manos y, acercándoselo a los labios, da otro trago corto. Se vuelve a mirarme y sonríe. Una sonrisa franca, pero pícara. Vuelve a asentir con la cabeza. Sé que cuento con su beneplácito.

Pasa un minuto así, saboreando mientras su vista se pierde en su amplia biblioteca, repleta de libros que se me antojan muy antiguos y llenos de historias, casi todas reales, según me han contado.

La espera se me hace eterna, sin poder apartar los ojos de su figura, de su temple, de su seguridad a la hora de moverse. Prácticamente no ha dicho nada en todo el rato que llevamos reunidos, salvo la presentación inicial.

Finalmente se gira y me mira, fijando sus ojos en los mios. Unos ojos negros, profundos, pero vivos, que no aparentan el tiempo que su dueño lleva vivido, y que transmiten un fuerza descomunal.

Mueve su mano hacia un cajón de su escritorio, lo abre y saca una carpeta de piel. Abre el lazo que la envuelve y mete la mano en su interior, cogiendo lo folios que ésta esconde. Los deja sobre la mesa, perfectamente alineados con los bordes de ésta y, empujándolos suavemente con sus dedos, me los acerca. 

La caligrafía es exquisita, perfecta. Está escrito en rojo, tal y como me imaginaba y lleva mi nombre en el encabezamiento. No leo más allá de los dos primeros párrafos, los preliminares del contrato. Sé perfectamente a lo que he venido y lo que voy a firmar.

Veo como saca de su bolsillo una pluma, de un oro reluciente que duele a la vista. Le quita la capucha y me la acerca con su mano. La cojo y noto que la sujeta con fuerza, durante un instante quedamos los dos unidos por los extremos de la pluma que sostienen nuestras manos. En ese momento me vuelve a mirar a los ojos y vuelvo a escuchar su voz, profunda:

– Ahí tienes el contrato – dice – Firma y su corazón será tuyo para siempre. Pero recuerda, a cambio, tu alma será mia para toda la eternidad.

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Fue @perezromera quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Escocia, tiento, beneplácito). 

Gracias, Emma, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

Ocaso

Un suave compás sonaba en su oído: pom, pom… pom, pom… pequeños golpes en su tímpano que la relajaban, la adormecían y la tranquilizaban. Cerró los ojos y se dejó llevar por sus recuerdos, muchos años atrás, cuando todo empezó.

No eran más que un par de críos, que creían que el amor sería suficiente para llenar sus vidas. A los 16 años, la vida siempre se veía fácil, y más, si tenías a tu lado a la persona que considerabas idónea en tu vida. Pero sus familias no pensaban lo mismo: enfrentadas por las distintas clases sociales a las que pertenecían, encorsetadas en una sociedad totalmente cerrada, que impedía la libertad de sentimientos, desde un principio se opusieron a aquella relación.

Por eso huyeron, lejos, muy lejos. Fue una noche de luna llena; clara como sus ideas, fría como sus familias. Él tiró una piedra sobre su ventana, ella ya le estaba esperando. Se deslizó por la canal hasta llegar a los brazos que, cálidos, le esperaban en el jardín.

No corrieron, no les hacía falta. Sabían que ninguna de sus familias los iba a buscar, sabían que hacía tiempo que ya no los sentían como suyos. Subieron al primer tren que salía esa madrugada, sin destino, lo más lejos que la parte del dinero apartado para el viaje de aquel que pudieron reunir les permitió. Durmieron en el trayecto, abrazados en el asiento del tren, dejándose mecer por el leve traqueteo del vagón.

Estaba despuntando el sol cuando llegaron a aquella tierra de nadie, un pueblo perdido en mitad de la nada. Apenas un centenar de casas rodeadas de inmensos prados sembrados de maíz. Bajaron del tren y se dirigieron hacia el único local que vieron abierto, un bar.

A aquellas horas el local bullía de ambiente, todos los hombres de pueblo estaban reunidos, a la espera de salir hacia los campos a sembrar, limpiar o recoger la cosecha que cada uno de ellos, o sus patronos, tenía en la pradera. Tal y como entraron se hizo el silencio; una pareja de forasteros, casi ni adolescentes, sin más equipaje que una vieja maleta y una incipiente barriga en la parte femenina de ellos.

No encontraron ni una sola sonrisa en el trayecto hasta la barra del bar, sólo miradas: inquisitivas unas, mordaces otras, de pena las más.

Nuna podría olvidar lo sucedido a continuación, cómo él se separó de su mano, se subió a una mesa y, con su voz todavía infantil acalló todas las voces, todas las miradas, todos los cuchicheos con una frase: “No pido pena, ni comprensión, sólo trabajo para esta familia que quiero formar”.

Una risa infantil la devolvió al presente. Abrió los ojos. Todavía con la cabeza apoyada sobre el mismo pecho con el que emprendió el viaje vio cómo los niños jugaban a la pelota junto al porche de su casa, justo al principio del jardín que separaba la entrada de la casa del campo de maíz. Dentro de la casa, en la cocina, se escuchaban voces de varios hombres y mujeres recogiendo los restos de la comida dominical, mientras el olor a café impregnaba el ambiente.

Desde hacía tiempo se reunían con ellos a comer sus hijos y sus nietos, haciendo que, en el ocaso de su vida, la palabra familia cobrara todo su pleno significado.

Miró al horizonte, a los campos plantados, a la tierra fértil. No pudo evitar pensar en una de las últimas palabras que su abuela le dijo la noche antes de partir: “arriesga, puede que ganes o no, pero no permitas quedarte con la duda.”

Ella arriesgó. Y había ganado.

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Fue @mariet_la quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (“tierra de nadie”) Además, así, entrecomilladas, lo que me ha llevado a utilizarlas en una sola frase.

Gracias, María, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

 

Acantilado

Tumbado boca arriba, iba moviendo las manos lentamente, separándolas y juntándolas a su cuerpo, dejando que sus dedos se dejaran acariciar por la hierba, que aquella noche estaba húmeda, fresca.

Mientras, su imaginación volaba unos cuantos meses atrás, durante el final del verano. En aquel mismo sitio, en la misma posición, pero, en aquella ocasión no estaba sólo. Le acompañaba Eva. La había conocido aquella noche, en el baile de las fiestas del pueblo. Le había cautivado su sonrisa, su larga melena morena y su forma de mover las caderas mientras bailaba.

Tras una charla y un par de copas, se descubrieron andando por la vieja carretera que llegaba al acantilado, cogidos de la mano, hablando con sonrisas y medias miradas. No hizo falta ninguna palabra, se tumbaron en la hierba, contemplando la luna, hasta que un breve roce hizo que saltara la chispa: primero un beso, tímido, tanteando, al que dio paso un roce con la lengua en los labios. A partir de ahí las manos entraron en acción.

Sus cuerpos, ya desnudos, se encontraron ávidos de calor, bailando al compás de la música de gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas.

Sacudió su cabeza, para quitarse esa imagen de su mente y se levantó del suelo. Se quedo de pie y miró fijamente al horizonte, en el que la rectilínea que separaba el mar del cielo sólo se veía rota por el reflejo de la luna llena sobre el agua, calma en aquella madrugada tranquila.

Dio dos pasos hacia delante, hasta llegar al borde del acantilado y miró hacia abajo. La pared bajaba recta hasta las rocas, en las que relucía la espuma blanca que creaban las olas al chocar contra las piedras. Estuvo un buen rato mirando hacia ellas, intentando descubrir alguna pista, algún indicio, alguna imagen que pudiera lleva a alguien descubrir el bulto que minutos antes había dejado caer.

Sus sentidos no le devolvieron más que el rumor de las olas al chocar y el aroma salado del mar. Se había asegurado de que aquel pequeño bulto no saliera a la superficie una vez arrojado.

Asintió. Giró sobre sus talones y, mientras una lágrima recorría su cara, comenzó a andar de vuelta hacia el pueblo. Andaba lento, no quería llegar a aquella casa en la que sabía que una joven le esperaba llorando por la pérdida de un hijo que, desde un principio, ambos supieron que no debían tener.

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Fue @erfran72 quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (carretera, agua, rectilínea).

Gracias, Fran, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.