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Canto de sirenas

Blanca llega a la cocina, coge el periódico y se sienta en la mesa. Es la edición del día anterior, pero le gusta leerlo así, al desayunar del día siguiente, al empezar el domingo. Siempre dice que las noticias deben leerse en frío, cuando han perdido su ímpetu inicial, para poder analizarlas en su justa medida, sin juicios volcados prematuramente por la sorpresa del titular.
Al pasar la hoja lo ve: un pequeño recuadro en la esquina inferior derecha, unas pocas palabras y un nombre que lleva su mente atrás en el tiempo. Muchos años atrás.

El parque. Otoño. Los arboles ya habían perdido prácticamente todas sus hojas, dejando que los últimos rayos que el sol regalaba a la tarde se colaran entre las ramas ya desnudas. Tres niñas jugando: Inés, Elena y ella. Las dos primeras aguantan entre sus piernas una goma elástica que ella va entrelazando con sus pies mientras su voces agudas entonan una canción que habla de matrimonio, de amor, de novios y de tareas domesticas.
Junto a ellas, en un banco, está su padre. Lleva entre manos una novela de vaqueros que acaba de cambiar en el quiosco por la anterior, que ya ha leído. Sonríe al pasar las paginas amarillentas, cansadas de haber sido pasadas cientos de veces por decenas de manos distintas, contando siempre las mismas historias, los mismos tiros, los mismos bandidos y las mismas damas rescatadas por el vaquero guapo de turno.
En un momento de la tarde se oye un silbido y su padre levanta la cabeza. Cierra el libro y se pone de pie. Al fondo, por la entrada del parque, se ve una silueta que avanza hacia ellas. Está a contraluz, pero eso no impide que se le vea la sonrisa que siempre luce, amplia, dejando ver unos dientes oscuros por el tabaco consumido para hacer frente a las madrugadas en el barco.
Es Ricardo, “El Marinero“. Él mismo cuenta que no recuerda los años que lleva en el mar de tantos que son, aunque todos saben que no es mayor, por mucho que su cuerpo y su cara, curtidos y arrugados por la sal y el sol se empeñen en decir lo contrario.
Al llegar a su altura coge a su padre del hombro y lo saluda, con las mismas palabras de todos los domingos, con la misma sonrisa, con el mismo afecto:
– Coño, Miguel, cada día estás más viejo, y mas gordo.
Nos mira y nos guiña un ojo, mientras mi padre se ríe y se funden en un abrazo. Entonces nosotras dejamos de jugar y nos vamos corriendo al pequeño quiosco que hace de cantina en el parque, a esperar sentadas en una mesa a que nos pongan una taza de chocolate y a escuchar las historias de tiburones, ballenas enanas y atunes más grandes que la iglesia del pueblo que Ricardo cuenta mientras mi padre sonríe, y ambos remueven sus cafés, sus recuerdos y su amistad.
Inés, Elena y ella fueron creciendo, pero su padre y Ricardo continuaron sus encuentros, domingo tras domingo. Hasta que un día Ricardo no acudió. Y su padre perdió la sonrisa.
Recuerda preguntar a su padre por Ricardo. Recuerda a su padre, negando con la cabeza, cabizbajo, apesadumbrado y a su madre pidiendo silencio con un dedo en sus labios, comprensiva.
Recuerda conversaciones de viejas en el mercado, conversaciones que hablaban de un marinero, de una sirena de taberna, de un dinero proveniente de la venta de un barco lapidado en joyas, en palacios, en banquetes, de un abandono cuando el dinero se acabó, de alcohol, de tugurios, de miseria, de mendigos en puertas de iglesias, de casas hechas de cartón y de noches frías pasadas en portales.
Por último recuerda a su padre, años después, metiendo unos pocos billetes en un sobre y dando un beso a su madre, antes de despedirse por ir a un pueblo a pocos kilómetros a jugar su partida de mus de los domingos por la tarde. Recuerda esperar ansiosa su vuelta, siempre acompañado de tres tabletas de chocolate, que ella repartía religiosamente con sus dos amigas.

Fran entra a la cocina y ve a Blanca con la vista fija en el periódico. Su dedo índice señala, en una esquina, una pequeña esquela, que destaca del resto que la acompañan por la ausencia de palabras, de nombres, de ruegos. Simplemente un nombre, un apodo y una frase de recuerdo: “Ricardo, El Marinero. Ve barajando para cuando yo llegue. Miguel”
Fran pone sus dedos sobre la barbilla de Blanca y le levanta la cara. Antes de ver sus lágrimas ya la ha besado, con dulzura. No le hace falta hablar. Se separa de la mesa y se dirige a la nevera, a por leche para preparar un chocolate caliente.

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Fue @vitrubia quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (marinero, venta, chocolate).

Gracias, Mercedes, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Además, quiero agradecer a @anler7, @blancausoz, @erfran72, @inesbajo, @netbookk y @miguel_garvi que perturbaran mi siesta el pasado miércoles. Soy persona de palabra, así que tenía que cumplir mi amenaza ;-).

Enrédate

 

La vida está llena de gente maravillosa que va tejiendo redes a su alrededor. Gente a la cual acercarte, conocer, explorar.

Gente de la que, una vez has caído en sus redes, te es imposible salir, porque te absorbe su amistad, su cariño, su comprensión y su compañía.

Los conocerás enseguida, en cuanto hables con ellos. Y, cuando los conozcas, no lo dudes, déjate enredar en tu tela.

Yo conozco a varios que me tienen enredado y de los que nunca saldré de su red.

No lo dudes, enrédate.

 

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/5´6

Velocidad: 1/500 s

Sensibilidad: ISO-400

Flash: NO

Photoshop: NO

A 180 pulsaciones

¿Qué había ocurrido?, ¿cuándo se había torcido todo?

Habían sido buenos amigos desde niños, compañeros de colegio, de fatigas, de fiestas, de borracheras, hasta de novias.

Se habían contado todo: las penas, las alegrías, las confidencias, los secretos.

Habían reído juntos, llorado juntos, peleado juntos, bailado juntos, bebido y comido juntos.

Sin embargo, en un momento, algo cambió: las miradas se volvieron esquivas, las llamadas se espaciaron, los silencios se alargaron, las risas desaparecieron.

Habían creído que estaban tan unidos y preparados que dieron el último salto, hicieron lo que creían que sólo les faltaba y que seguro también les iba a ir bien: montaron un negocio.

Y, ciertamente, el negocio funcionó, a costa de estropear el resto.

Ambos se dieron cuenta y decidieron arreglarlo. Como tantas veces habían hecho antes, en tantas reconciliaciones pasadas. Cogieron su ropa de montaña, sus aperos de montañismo, sus botas de escalada y subieron a su montaña fetiche, la que tantas veces habían subido juntos, que se conocían de memoria como cada uno de sus gestos.

Y ahí estaba ahora él, en plena encrucijada. Viendo el cuerpo inerte del que había sido su mejor amigo cien metros debajo de él, destrozado por la caída y las aristas de las piedras. El exceso de confianza, las risas del momento, la conversación animada, la amistad restablecida. Todo ello le había llevado a no fijarse en la roca suelta que estaba bajo sus pies y resbaló, cayendo al vacío.

Con los ojos llenos de lágrimas por no haber tenido tiempo de agarrar su mano para salvarlo de la caída apartó la vista de su amigo y consultó su pulsómetro: 180 pulsaciones por minuto, su punto óptimo para el rendir al máximo.

No se lo pensó. Al fin y al cabo, siempre había deseado volar.

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La culpa de esta historia es de @Teresa_Saez

Gracias por tus tres palabras