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Quédate con todo

Quédate con ese amanecer en la playa de Cadaqués, tú sentada entre mis piernas, viendo cómo iba naciendo el sol poco a poco en el horizonte, con el sudor todavía pegado a nuestros cuerpos de haber hecho el amor sobre la arena momentos antes de que apareciera el primer rayo.

Quédate con esa madrugada en las fiestas del pueblo, bailando lentamente, piel con piel, una melodía que sólo quedaba en nuestra cabeza porque la orquesta hacía rato que había dejado de tocar pero que nosotros nos empeñábamos en tararear al unísono entre los susurros que dejaban escapar los escasos milímetros que separaban nuestros labios.

Quédate con esa tarde de otoño en el Retiro, corriendo entre sus árboles, haciendo guerra de hojas secas a patadas con el pretexto de caer sobre ellas sólo para volver a sentir nuestros cuerpos pegados y fundirnos en un abrazo sólo deshecho por una risa, un empujón y otra carrera hacia el siguiente montón de hojas.

Quédate con ese helado a medias, sentados en esa terraza de la heladería de Alicante, al lado de un Mediterráneo azul en calma al que no prestábamos la mínima atención porque estábamos absortos en nuestras miradas, cada uno en la del otro, mientras pasábamos la lengua por la crema fría dejando que ambas se encontraran al final del recorrido y saboreando la dulzura del encuentro.

Quédate con esas lágrimas derramadas en el aeropuerto, aquel verano que tus padres te enviaron a Inglaterra para que mejoraras tu nivel de inglés. Lágrimas amargas por los tres meses de ausencia que auguraban y que suplimos esas largas cartas de letra redondeada que me llegaban cada semana en folios de colores y que me escondía a leer bajo el flexo de mi habitación para que no me las pillara mi hermano y se riera de mi. Quédate también con esas cartas.

Quédate con ese fin de semana en el camping de Salou, al que fuimos con la excusa de Port Aventura y en el que nuestros cuerpos se encontraron por primera vez totalmente desnudos. Esa noche en la que las yemas de nuestros dedos no dejaron ni un centímetro de piel por acariciar y nuestros labios se saciaron de cada poro recorrido, cada pliegue encontrado, cada arruga conquistada.

Quédate con cada foto, cada dibujo, cada vídeo, cada audio, cada mensaje, cada mail, cada carta.

Quédate con cada recuerdo, cada susurro, cada suspiro, cada lágrima, cada sonrisa, cada sueño, cada anhelo, cada palabra.

Quédate con todo.

Que yo me quedo con tu hermana.

 

 

Nueva colaboración impresa

 

Cuando desde @SilencioEsMiedo me comentaron el tema del número 3 de su revista y me propusieron colaborar, no tuve ninguna duda: lo iba a hacer con uno de los relatos a los que más cariño le tengo desde que publico en el blog.

 

“Tierna mirada” surgió en la primera temporada del juego de las tres palabras gracias a la propuesta de la fantástica Rosa @mrsrosaperez, que me retó a escribir un relato que incluyera las palabras: Bicicleta, manzana y cuchara. Con ellos, escribí el texto que está incluido en la revista. Un relato de amor desde la inocencia pero con la potencia justa para llegar a los sentimientos. Cada vez que lo leo me enternece y ha sido, desde el primer día, uno de mis favoritos.

 

Desde aquí no quiero más que agradecer a @SilencioEsMiedo el que haya vuelto a contar conmigo para su fantástica revista y os animo a todos a que os la descarguéis en alguna de sus versiones que podréis encontrar en el post que se abre al pinchar en el siguiente link:

 

El silencio es miedo Nº3

 

Además del mio, podréis encontrar más relatos, poesía y artículos de ensayo que hacen de la revista una delicia para leer.

 

Si, por casualidad, me leéis desde Palencia, recordad que os podéis hacer con una copia en papel en los establecimientos colaboradores, así que no perdáis la ocasión.

 

Percepción

Rutina. Como cada día. Como algo aprendido e involuntario que hace el cuerpo de forma automática. Ahueca el cojín con un par de golpes de mano, con las palmas abiertas, sin dejar que caiga, el cojín ablandándose en el aire entre golpe y golpe. Le da una vuelta y lo deja caer sobre la almohada, como extensión de ésta. Se sienta sobre la cama y saca los pies de las zapatillas acolchadas. Se ajusta el pantalón del pijama y mete las piernas bajo las sábanas. Un breve giro hacia la izquierda buscando, a palpas, el interruptor de la lamparita que descansa sobre la mesilla de noche. Sube la mano por el cable hasta que encuentra la pequeña caja que acciona el mecanismo e ilumina la estancia. Una luz suave, directa sobre su regazo. Estira un poco más la mano hacia la izquierda hasta alcanzar el libro de ese momento. Lo lleva a su regazo y, pasando los dedos suavemente por el punto de lectura, lo abre por el lugar en el que la noche anterior le venció el sueño. Se ajusta las gafas, tose y se dispone a seguir su lectura.

Rutina. Como cada día. Desde hace mucho tiempo.

Pero, de momento, algo cambia, algo perturba su lectura. Es un chasquido de lengua, un chisteo persistente, una llamada. Levanta la vista buscando el origen del mismo y, entonces, la ve.

Está apoyada en el marco de la puerta del baño, el brazo levantado, el codo apoyado sobre la madera y la mano sobre su cabeza. Del hueco sale la luz, todavía encendida, potente, de los focos del espejo. Esa luz marca perfectamente su silueta sobre la bata de gasa que cubre su cuerpo, transparente por el efecto de la luminosidad de la estancia contigua, mucho mayor que la débil iluminación de su lamparilla de lectura.

Se quita las gafas, cierra el libro y lo deja en el punto inicial en el que lo había encontrado al llegar a la habitación. Esa noche puede esperar la lectura. No puede apartar los ojos de las curvas que se dibujan en la puerta de enfrente. Sugerentes, suaves. Recorre con la vista el contorno del brazo apoyado, la axila, la suave curva del pecho, que acentúa perfectamente la estrecha cintura, el giro hacia la cadera y las piernas.

No le ve la cara, pero intuye su sonrisa, pícara, sobre sus carnosos labios, dejando imaginar unos dientes bien cuidados. Ella puede ver perfectamente su sonrisa, lo que la empuja a bajar el brazo y, lentamente, acercarse hacia el lado de la cama en la que él la espera.

Suspira. Esos pasos ligeros, lentos. Ese movimiento de cadera cada vez que la planta del pie se apoya en el suelo. Se acerca llevando una mano apoyada en su cintura, lo que hace que su cuerpo se mueva como si bailara, como esa pareja de tango que busca el arranque del baile con movimientos sugerentes.

Llega a su altura y baja la cabeza. Suavemente, acerca los labios a su boca y deja caer el primer beso. Él nota la carne sobre sus comisuras, cómo presiona su boca. Es un beso dulce, pero a la vez húmedo, evocador, provocador. Sin que lleguen a separarse los labios llega otro beso, más fuerte, aquí ya puede notar toda la carne de los labios. Carne dura, pero suave. Unos labios carnosos, hambrientos de otros que le devuelven el movimiento.

No separa los labios y, con un rápido movimiento, sube a la cama y se sienta a horcajadas sobre él, que nota la presión por debajo de su ombligo. Lentamente empieza a mover la cadera y él le responde haciendo lo propio con la suya. Mientras, le ha cogido con ambas manos por el cuello y le ha subido la cabeza, haciendo que él separe la espalda del cabecero de la cama y la yerga sobre la almohada y el cojín, todo para responder a los besos, que se han intensificado al entrar en juego las lenguas, que pelean entre ellas por entrar a conquistar la boca del otro.

Una breve presión hace que él tenga que volver a echar el cuerpo hacia atrás, ella ha separado su cabeza y, con sus manos, busca los botones del pijama que tapa el pecho de él, que ya sube y baja en un compás agitado por la respiración. Sin dejar de mover las caderas, va desabrochando lentamente los botones, uno a uno hasta llegar al último, que se esconde un poco por debajo del ombligo, cerca del sitio en el que sus sexos están rozando, lo que obliga a parar el baile por un instante. La tregua es corta, pues el movimiento vuelve cuando ambos lados del pijama caen y dejan todo el torso masculino al descubierto, predispuesto a dejarse acariciar en círculos por las suaves yemas de los dedos de ella, que recorren los laterales de las costillas, rodean el pecho y suben hasta los hombros, en un recorrido estremecedor que hace erizar los poros de una piel que ya estaba a la espera.

Ella se incorpora, endereza su espalda y cruza las manos por su cintura para, con el movimiento típico femenino, lleno de sensualidad y delicadeza, quitarse la camiseta. Él aprovecha el momento para posar sus manos sobre la delicada cintura, notar con las yemas de sus dedos el raso de las braguitas, hundir un poco sus dedos sobre el elástico de éstas y recorrer todo el contorno hasta el ombligo. De ahí, sin dejar de disfrutar de la suave piel, cubre la distancia que separa la cintura de los tersos pechos lentamente, dejando que la piel de sus manos resbale por cada centímetro del torso que ella le ofrece y disfrute de cada milímetro conquistado.

Los pechos, generosos, firmes, llenan las palmas de sus manos que, en forma de cuenco, los abarcan, los aprietan, los juntan, los acarician. Nota el gemido cuando, con ambas manos, rodea los pezones y los pellizca suavemente, notando cómo se endurecen, como se ofrecen erectos a una caricia cada vez más potente.

El baile se ha ido acelerando, el roce se ha intensificado, el movimiento se ha hecho más salvaje. Los gemidos, las respiraciones, las pulsaciones han hecho lo propio. Los cuerpos van respondiendo. Es el momento. Un leve empujón, una caricia más fuerte y el cuerpo de ella se desploma sobre el otro lado de la cama. Abre las piernas y él se incorpora. Ahora le toca a él marcar el ritmo. Desde arriba, vuelve a buscar el roce, reanudar el movimiento, seguir la danza.

Apoya las manos a ambos lados de los hombros de ella, que sube las manos hasta su cuello y entrelaza sus dedos. Sus cabezas quedan a pocos centímetros. Sus miradas se encuentran, al igual que sus sonrisas. Y se vuelven a ver como la primera vez, hace ya cincuenta años, tal día como esa noche, al principio de verano. Esa primera vez en que sus cuerpos se encontraron sin tela de por medio y sus miradas estuvieron una encima de la otra a escasos centímetros y sus sonrisas se hablaron.

Cincuenta años que a él se le han pasado en un suspiro, en los que sus vidas y las de su entorno han cambiado pero en los que, para él, ella no ha cambiado ni un ápice, por mucho que las fotos digan lo contrario: la misma piel, los mismos pechos, la misma cintura, la misma cadera. Cincuenta años viendo un cuerpo perfecto entre sus brazos, disfrutando de una piel tersa entre sus dedos, recorriendo unas curvas suaves entre sus manos.

Cincuenta años con una única percepción, aquella que le volvió loco cuando la tuvo frente a sus ojos y sonrió. Como ahora. Como siempre.

 

Sé que esperas un “Te quiero”

Estimada Clara:

Por fin, tras mucho tiempo meditando y pensando, me he decidido a escribirte estas palabras. Tenía mis sinceras reservas, pero he llegado a la conclusión de que no debía tener miedo a escribirlas puesto que dudo mucho que las leas. Tú, con todos tus estudios, todas tus publicaciones, todas tus revistas científicas no vas a rebajarte en leer este blog de un pobre diablo que no hace más que dejar plasmadas aquellas ocurrencias que se le pasan por la cabeza. Y, ¡encima!, mentiras, cuentos y relatos inventados en los que el rigor científico y el estudio real y pausado no tienen cabida.

Por eso he tomado la decisión de dejar aquí plasmadas mis intenciones, no tengo ningún miedo a que las descubras y, mucho menos, a que las leas, dado que, de ser así, no serás capaz de dilucidar la certeza de las mismas.

Tú, la gran antropóloga, la gran erudita de la raza y el comportamiento humano, la gran conocedora de los entresijos por los que las personas se mueven, piensan y actúan siempre lo has tenido claro y, por ello, lo has explicado en las decenas de artículos publicados en libros y en revistas de rigor: La naturaleza humana no es poseedora, es conseguidora. No nos sirve el tener algo, el poseerlo, el ser dueños de lo más anhelado. En el momento en que cae en nuestras manos lo que ha sido objeto de deseo durante mucho tiempo pasamos página rápidamente, dando un salto más, buscando un punto más allá de ese objeto largamente buscado. No nos sirve con tener, la tenencia no es más que la consecución de una meta intermedia, aquello que sirve a nuestro ego para convencerlo que somos capaces de realizar lo que se propone, lo que nos propone.

Pero necesitamos más, no podemos parar ahí. Una vez alcanzado el objetivo, inmediatamente, pasamos a uno superior, otro que nos vuelva a hacer sentir vivos, a buscar el placer de obtener. De ahí que queramos un coche más grande, una casa más grande, más dinero en la cuenta.

Por eso nunca te declararé mi amor. Nunca dejaré que sepas que lo tienes, que es tuyo, que ya lo posees. Por mucho que sepa que hace tiempo que soy tuyo, desde lo más profundo de mi. Pero no escucharás dichas palabras pronunciadas por mi.

Eso te obligará a esforzarte, a superarte, a buscar la manera de alcanzar algo que no tienes, que sabes que está ahí, al alcance de tu mano, pero que no puedes agarrar. Eso te desesperará. Tú, que hasta ahora has conseguido todo aquello que te has propuesto, no serás capaz de tener algo tan simple como mi corazón. Tú, acostumbrada a ganar y desechar corazones no concebirás que haya uno que se te resista. Por eso pelearás.

Seré consciente que tendrás que divertirte por el camino. Que una tensión excesiva te puede llevar al hartazgo, por eso te iré dejando migajas de mi pasión, a ratos, a días, a meses. Haciéndote creer que estás a punto de alcanzar algo que ya tienes, pero que no sabes de su posesión, para, inmediatamente después, volver a alejarme, dejándote con la sensación de que lo pierdes, de que se te puede escapar, de que no puedes conseguirlo todo.

Sé, también, que eso hará que te sientas insegura, por lo que tendrás que reafirmarte en tu alma de cazadora y saldrás a por algún otro corazón. Corazón que, por supuesto, conseguirás, dadas tus altas dotes para la caza humana pero que, tal y como consigas, volverás a desechar en la búsqueda de más carnaza para tu colección.

Pero seguirá reconcomiéndote el no tener el mío, el que haya uno que se te resista. Por lo que no podrás resistir la tentación de volver a por él, de seguir tentando en su consecución.

Y yo, enamorado hasta la médula, me volveré a hacer el fuerte para no decirte que te quiero, que hace tiempo que me tienes, que no puedo sentir por ti más de lo que ya siento por miedo a que, una vez me consigas, me dejes para ir a conseguir algún otro corazón que se te antoje.

¿Soy un cobarde? Es posible. Pero es el miedo a perderte el que me lleva a escribir estas letras. Aún arriesgándome a que las leas, te convenzas y me dejes. También puedes tomar, si quieres, esta carta como nota de suicidio. Pero yo también necesito tomar aire de vez en cuando o mi corazón estallará.

Creo que vale la pena el riesgo.

Desde hace tiempo y, ahora ya, seguro, siempre tuyo.

M.

La mujer de mi vida

- Nunca he sido de esos romanticones que hablan del amor a primera vista, ni del destino. Siempre he sido más práctico. De hecho, cuando la conocí, no pensaba que se convertiría en lo que luego he llegado a sentir por ella. Fue poco a poco, al irnos conociendo cuando me di cuenta de que mi vida no podía estar ocupada por otra persona, no había hueco para otra mujer. Mi vida era suya, para siempre y siempre he hecho todo lo posible para que la suya también sea mía. He ido amándola poco a poco hasta llegar a lo más profundo de mi ser, hasta notar que ella ya era yo y que yo era ella, un único ente, una única persona, un único ser que se mueve al unísono. Últimamente discutíamos. Siempre lo he achacado al devenir normal de una relación, tenga en cuenta que nos mudamos a vivir juntos hace algo más de seis meses. Claro, al principio, hasta que te acoplas a la otra persona, la convivencia se hace un poco dura. Pero todas las diferencias se iban salvando poco a poco y se iban limando para conseguir esa vida en común. Sin embargo, la semana pasada la discusión subió de tono. Ambos estábamos muy nerviosos y ella llegó a amenazarme con irse de casa, con dejarme. No podía soportarlo. Estuve toda la semana casi sin dormir. En la cama ni nos rozábamos. Ella en un lado, yo en el mío de siempre. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose de mi. Así que me propuse reconquistarla. Lo preparé todo: cena, velas, vino, mantel de tela, los cubiertos que pedí prestados a mi madre. Todo perfecto para que volviera a ser una cita como la de antes. Hasta la música. Ella estuvo toda la cena casi sin hablar, por mucho que yo intentaba, nervioso, reconducir la conversación. Sonreía a medias, me miraba y bajaba la mirada a su plato. Al llegar a los postres no pude aguantar más y me levanté, caminando hacia ella. Le cogí el mentón con mis dedos y la obligué a mirarme a los ojos. Le besé en los labios, todo lo dulce que pude y le dije que ella era la mujer de mi vida y que me gustaría ser yo el hombre de la suya. Entonces lo vi. Vi ese brillo en sus ojos al mirarme fijamente. Vi cómo una lágrima empezaba a formarse en sus párpados. Y lo tuve claro.

La puerta se abrió. Sin llamadas, sin avisos. En ella apareció un hombre alto, trajeado, con un maletín en la mano. Con paso firme se acercó a la mesa. Y sin pestañear, dijo, autoritario:

– Cállate, Toni. Ni una palabra más.

– ¿Quién es usted? – La voz, bronca, también acostumbrada a dar órdenes, salió de los labios del más mayor.

– Soy Fernando Maestre. Abogado defensor de D. Antonio Guárez, aquí presente y padre de la víctima, Noelia Maestre. A partir de este momento, mi defendido se acoge al derecho de no declarar.

– Pero… – Balbuceó el joven.

– Cállate, Toni. Ni una palabra más. – Repitió con la misma autoridad mostrada antes.

– Señor Maestre. No se moleste. El caso está prácticamente cerrado. Lo tenemos todo a nuestro favor: el móvil, el arma…

– Tienen un joven sospechoso. Tienen una pistola. Pero no tienen nada más. no tienen ninguna confesión. La víctima se pudo haber suicidado. Y ahora, si no le importa, señor comisario, me gustaría hablar en privado un instante con mi defendido.

– No hay problema, les dejamos. Pero sea breve. Su defendido queda detenido, de momento, como sospechoso de asesinato. A espera de lo que el juez de guardia dictamine.

– Me parece perfecto.

El comisario y un agente se levantaron de sus respectivas sillas y, rodeando la mesa, se dirigieron a la puerta. Abandonaron la estancia sin mirar atrás. Justo en ese momento, el abogado se acercó al joven que cabizbajo era incapaz de articular palabra. Se sentó enfrente, en la silla que anteriormente había ocupado el comisario, y dio un manotazo en la mesa. El joven, asustado, levantó la vista y se encontró con una mirada dura, unas facciones serias y unos puños rojos de tanto apretarse.

– Fernando, ¿qué significa…?

– Cállate, hijo de puta – Dijo el abogado, lentamente, escupiendo cada una de sus palabras – Voy a ser tu abogado defensor, el mejor que vas a tener en tu puta vida. Voy a hacer que, ni el mejor juez del mundo, sea capaz de acusarte. Voy a conseguirte la libertad inmediata. Porque, si no lo consigo, cada día que pases en la cárcel será una condena también para mi, ya que será un día más que tendré que esperar para matarte con mis propias manos.

Acabada la frase se levantó, se dirigió a la puerta y salió. El joven se cogió la cabeza con las manos y explotó a llorar.

 

¿Cuánto cuesta un café?

Estaba habituado a hacer cuentas, a mirar balances, a estudiar ratios, a realizar escandallos. Su titulación y su pasión lo llevaban a ello. Eran ya muchos años de realizar estudios sobre costes, de analizar todas y cada una de las partidas que conformaban el resultado final para ir ajustando, afinando, de forma que, cada euro, cada céntimo, cada pequeña porción, era analizada para poder llegar a un resultado final satisfactorio para él y para la empresa a la que trabajaba.

Así que su cabeza no podía parar. “¿Cuánto le costaba cada uno de esos cafés?” era la pregunta que ocupaba su cabeza, tanto en el efímero camino de ida como en el eterno de vuelta hasta su casa. Ciento ochenta kilómetros en cada uno de los sentidos pero que se le antojaban totalmente distintos al realizarlos hacia uno u otro sentido. Y, tanto en uno como en el otro, en algún momento la pregunta le rondaba la cabeza.

Pero claro, acostumbrado a moverse en términos reales, en costes físicos, en euros certeros, aquella pregunta, en aquel momento, se le antojaba imposible de contestar.

Porque, podía cuantificar sin problemas la gasolina, el desgaste del coche, el café, el azúcar, incluso, su tiempo, sus horas empleadas en ello. Sin embargo, ¿cómo cuantificar todas las noches pasadas junto al teléfono, esperando que ella publicara una foto para poder comentarla?, ¿cómo cuantificar las horas esperando a ver si la publicación era contestada, era leída, era, simplemente, tomada en cuenta? ¿Cómo poner precio a cada minuto ante el ordenador, eligiendo las palabras apropiadas a la hora de escribir un mensaje, una nota? ¿o cada una de las gotas de sudor en el momento de pinchar el botón de “enviar”, al pensar que alguna de ellas no era la adecuada, no era la precisa? ¿Cómo traspasar a dinero aquella angustia, aquel desasosiego al recibir un mensaje de despedida, con deseos de buena suerte, pero de despedida? ¿Cuánto le había costado realmente todos y cada uno de los kilos perdidos en aquel régimen autoimpuesto? Pero, sobre todo, ¿cuál era el coste de los suspiros ahogados, los nervios contenidos, los besos no deseados, las palabras no dichas en todos y cada uno de los cafés compartidos?

Pero hoy, #730 días después lo tiene claro. Ya no se hace esa pregunta, ya conoce la respuesta. #730 días que se le han hecho cortos, muy cortos. #730 días en los que la música no ha dejado de sonar, la risa no ha dejado de escucharse, los bailes se han sucedido, así como los juegos de los niños. #730 días de fiesta, de besos, de abrazos. #730 días de felicidad compartida.

Por eso hoy, #730 días después la volverá a coger de la mano, se plantará frente a ella, le subirá la cara apoyando su dedo en la barbilla, haciendo que sus miradas se encuentren, se volverá a perder en la inmensidad de esos maravillosos ojos azules que lo volvieron loco desde el primer día, en la media melena rubia que noche tras noche, café tras café, ansiaba acariciar y, sobre todo, en esa sonrisa franca, sincera y, desde hacía #730 días, feliz y lo tendrá claro: No hay dinero en el mundo suficiente para pagar uno sólo de esos cafés.

Porque esos cafés no tenían precio.

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Hoy, una fantástica pareja  cumplen #730 días juntos.

Estas palabras son un regalo de ella hacia él.

Enhorabuena a los dos y ojalá sea por muchos más años.

Amor de verano

¿Qué pasará cuando la orquesta toque la última canción de la verbena de las fiestas?

El sol, tímido, estará saliendo por el este, más allá de la sierra que envuelve el pueblo. Mientras, las luces de colores de la pista empezarán a dejar de vestir de arcoiris el suelo, gris y pulido, del frontón dónde se celebra el baile. El resto de la gente empezará a pedir el último bis, la canción más conocida. Pero ya no habrá para más. Los músicos empezarán a guardar sus guitarras y el batería tirará sus baquetas, mientras el cantante bebe el último sorbo de la botella de agua y el del bajo desenchufará la clavija que lo unía, hasta entonces, al ritmo bailado durante la última noche.

Pero nosotros no nos daremos cuenta de ello, enfrascados en un abrazo al compás de una música que hace poco habría dejado de sonar, nuestros pies moviéndose sobre la pista, lentamente, mientras tu cabeza descansará en mi hombro derecho, tus brazos abrazarán mi cuello mientras los míos, con las manos entrelazadas, rodearán tu cintura, negándose a aceptar que, en breves instantes, tendrán que dejar de hacerlo.

Los silbidos por la falta de música nos sacarán de nuestra nube, y nos miraremos a los ojos, con esa mirada triste de los que saben que el final se acerca, incapaces, ambos, de darnos un beso, por mucho que nuestros labios lo pidan, por mucho que sepan cómo hacerlo, dado que han estado el resto de la noche juntos, practicando, buscando que ambos se impregnen de un sabor que no querrán olvidar nunca.

Al final, resignados, separaremos nuestros cuerpos, incapaces de mirarnos a los ojos de nuevo. Y así seguiremos, cabizbajos, cogidos de la mano, sin decirnos ni una palabra por miedo a expresar lo que realmente sentimos, camino de casa de tus abuelos. Esa casa que tantas veces había mirado pero que no había visto hasta este verano, cuando te decidiste a salir por la puerta mientras yo, con mis amigos, estaba enfrente, en la puerta de los recreativos, masticando un chicle que casi me trago.

El camino se nos hará corto, pese a los intentos porque se alargue arrastrando los pies, haciendo lentos los pasos, tomando aire en cada bocacalle, suspirando en silencio.

Al llegar a casa de tus abuelos tu subirás el escalón de la entrada, quedando nuestros ojos, de nuevo, a la misma altura. Al igual que nuestros labios, que ya no podrán detener el impulso. Tus manos acariciarán mi pelo, por la nuca, mientras las mías harán lo propio con tu cintura, con tus caderas y, finalmente, con tus nalgas. Nuestras lenguas volverán a chocar, húmedas, ansiosas, buscando los últimos rincones no saboreados.

Con el último beso prometeremos escribirnos, llamarnos, pensarnos, soñarnos. Prometeremos escribir nuestros nombres en cada libreta, cada lápiz, cada plumier, cada carpeta y leerlo en silencio, en voz baja, para que quede entre nosotros. Prometeremos vernos en cada foto, en cada imagen, en cada reposición de la película que tantas veces habríamos visto en el cine de verano, a oscuras, esas escenas vistas entre beso y beso en la fila de los mancos.

Finalmente nos separaremos. Lentamente. Nuestros dedos se irán deslizando, dejando que las yemas se rocen por última vez. Al final, te llevarás tu mano derecha a tus labios, y me lanzarás un beso. Yo suspiraré y tardaré cinco minutos en irme, pese a que tu ya habrás subido por la escalera hacia la puerta de casa. Esa escalera en la que habremos medido cada uno de sus peldaños en anteriores despedidas.

No podré pegar ojo y, a las cinco de la tarde, acudiré al banco que hay sobre el puente de la carretera, con mi bicicleta a ver pasar tu coche. El banco, nuestro banco, en el que nos dimos el primer beso y en el que nuestras manos sintieron la piel del otro por primera vez, por debajo de nuestras camisetas. Manos temblorosas, inexpertas en abrir un cierre de un sujetador que se resistió hasta que decidiste a ayudarme, entre risas.

Mis ojos, rojos por la falta de sueño y por las lágrimas reprimidas escudriñarán la procesión de coches de vuelta en búsqueda del tuyo, anhelando que tu también mires hacia arriba y me dediques tu última sonrisa, aquella que recordaré toda la vida mientras la mía se apaga, al ver cómo vuelves a tu Madrid mientras yo me quedo en el pueblo, suspirando y rezando para que el otoño pase pronto, el invierno sea corto, la primavera no se alargue y que, el año siguiente, tu vuelvas con tus padres a veranear al pueblo, ese pueblo al que no querías ir en Junio y del que nunca te olvidarás a finales de Agosto.

 

 

Eterna

El día había sido aburrido. La feria era un verdadero tedio, una auténtica perdida de tiempo. En la empresa habíamos decidido venir porque, pensábamos, que el sector asegurador sólo era rancio en España. Pero, ya por la mañana, nuestra creencia se había ido por los suelos: También lo era fuera de nuestro país.

La tarde no había mejorado: un par de contactos, una charla intrascendente, tres visitas a entidades… Así que, un poco antes de lo previsto, decidí ir a descansar un poco al hotel.

Una vez allí, tumbado en la cama, me puse a pensar lo diferente que hubiera sido si hubieras podido acudir tú también a un encuentro profesional, tal y como comentaste.

Hubiera sido gracioso el conocernos aquí, ¿verdad?, estando tan cerca en España y hacer más de 1.000 kilómetros para vernos las caras.

Habríamos quedado cerca del Pantheon. Siempre me has comentado que es tu monumento favorito, así que sería el mejor sitio.

Apoyado en la fuente del centro, te habría visto llegar y mi estómago hubiera dado un vuelco, removiendo el millón de mariposas que, desde que hablo contigo, han hecho de ese rincón de mi cuerpo, su hogar.

Tras los dos besos de rigor, nos hubiéramos sentado en una de las terrazas de la plaza a tomar un café. La charla hubiera sido la normal: el trabajo, el tiempo, la ciudad, la familia, hasta que, incapaces ambos de hablar lo que tan bien no sale el escribir, hubiéramos decidido ir paseando a ver el Coliseo, que yo no conocía.

El trayecto habría sido cordial, entre risas nerviosas y bromas ligeras, con las palabras más saliendo por nervios que por deseo realmente de decirlas.

El sofocante calor hubiera hecho que, en la Piazza Venezia, hubiéramos parado a pedir un helado en uno de los puestos callejeros. Me habría reído de tu italiano macarrónico una vez reanudado la marcha, lo que me habría reportado un puñetazo cariñoso en el hombro.

Al llegar al Coliseo te habría hecho parar para quitarte con la yema de mi dedo un poco de helado que se te habría quedado en la comisura de los labios, rozándote suavemente éstos. Un maldito vendedor ambulante de agua habría roto el momento al acercarse con su cantinela y habríamos vuelto a pasear, en silencio, ambos sin saber qué decir tras ese instante  en el que el tiempo, y los paseantes, se habían detenido.

Tras un vistazo rápido, hubiéramos decidido ir a cenar a una de las terrazas de la Piazza Navona, siempre animada por músicos callejeros. De camino, al ir a cruzar la Via de San Marco, una moto se habría saltado el paso de cebra lo que me hubiera llevado a apartarte con rapidez cogiéndote de la mano. Ya no te la habría soltado. Nuestros dedos se habrían entrelazado y ambos habríamos bajado la vista, incapaces de sostenernos la mirada.

Una vez allí, mientras buscábamos un sitio para acomodarnos, unos acordes de violín de una joven, probablemente una estudiante de música buscando un poco de dinero para los gastos de sus estudios, nos habría llamado la atención. Me habría acercado a ella, con diez euros en la mano y le habría susurrado una canción al oído. Ella habría sonreído y se habría preparado.

El primer compás de “Por una cabeza” me habría pillado ya con la mano en tu cintura y, tras un primer momento de indecisión, te habrías dejado llevar, moviéndonos ambos al compás del ritmo de tango que el violín iba desgarrando. En las últimas notas te habrías dejado caer sobre mi brazo y nuestras miradas se habrían encontrado. El pequeño corro que habríamos hecho en nuestro baile habría empezado a aplaudir, pero nosotros no lo habríamos escuchado, pues nuestros labios se habrían juntado por primera vez.

Ya no hubiera habido cena, aunque sí mucha hambre. El camino hacia el hotel habría sido una sucesión de batallas, dónde cada portal hubiera sido una trinchera en la que buscar el cuerpo del otro se habría convertido en la norma habitual. Cada esquina, cada semáforo, cada cruce hubiera servido para recobrar un aliento que hacía rato que habríamos perdido.

Me habrías contado que te alojabas en el Quatro Fontane, un pequeño hotel frente al Palazzo Barberini muy pequeño, pero con unas habitaciones, a ti, que tanto te gusta la decoración, preciosas. Pero, sinceramente, no me habría fijado en la habitación dado que, al llegar, de un empujón me habrías dejado sentado en la cama mientras tu, de pie, enfrente, de habrías desabrochado los tirantes del maravilloso vestido azul que llevabas puesto, dejándolo caer al suelo y dejándome hipnotizado por la vista de tu cuerpo desnudo, sólo cubierto por unas preciosas bragas de encaje negro que no hacían más que resaltar tus curvas y que te habrías quitado lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Tras ese momento, habría llegado la verdadera batalla, en la que brazos, manos, dedos, bocas, lenguas y ojos habrían escudriñado, acariciado, besado y saboreado cada una de las partes de nuestros cuerpos, haciendo y deshaciendo nudos, mientras las respiraciones se sincronizaban y se perdían, entre jadeos, gemidos y suspiros.

El agotamiento habría dejado que el sueño nos pillara en el último beso, incapaces de desearnos buenas noches, al no poder despegar nuestros labios.

A las cuatro de la mañana me habría despertado notando el tacto de la seda de tu cintura en mis dedos, oliendo el aroma de tu larga cabellera castaña, escuchando tu respiración tranquila y viendo cómo, al compás de ésta, tu pecho subía y bajaba. Así que no habría tenido más remedio que utiliza el único sentido que me quedaba libre y te habría empezado a saborear. Lentamente. Hubiera empezado en el lóbulo de la oreja y habría ido bajando hacia el cuello, dejando que mis labios se pararan una milésima de segundo en cada poro encontrado por el camino. Al llegar al pecho, tu pezón, terso, duro, me habría indicado que la senda era la correcta, por lo que me habría recreado en él, alternando los labios y la lengua para no perderme ni un ápice de su sabor.

Habría seguido bajando, por el lateral de tu pecho, siguiendo la curva de tus costillas, hacia el ombligo, dónde, otra obligada parada me hubiera servido para coger fuerzas, consciente del terreno en el que me estaba adentrando. No tardé en hundir mi cabeza entre tus piernas, dejando que mi lengua se entretuviera en recorrer cada uno de los rizos que allí encontraría para llegar al tesoro que había estado buscando.

Un estremecimiento me hubiera indicado que era el momento, así que te habría cogido de la mano y nos habríamos ido a la ducha, a terminar juntos lo que yo había empezado. Al acabar, habríamos dejado que el agua corriera por nuestros cuerpos, templada, llevándose tras de si los últimos restos de la pasión de esa noche.

Nos habríamos vestido deprisa y habríamos salido corriendo, cogidos de la mano, hacia la Piazza de Spagna, dónde el amanecer nos habría pillado sentados, tu un escalón debajo del mío, entre mis piernas, con tu cabeza apoyada en mi pecho mientras nuestras manos, entrelazadas sobre el tuyo, acompañaban nuestras respiraciones acompasadas y el sol iba tiñendo de luz la cúpula de San Pietro frente a nuestros ojos.

Pero no fue así. A las cuatro abrí los ojos debido al zumbido de la alarma de mi móvil y me encontré solo, en mi hotel barato de la Via Nazionale. La ducha fue triste, rápida y el amanecer me pilló camino de Fiumicino, a tomar un vuelo que me llevaría de vuelta a Barcelona, dónde tenía que redactar el informe sobre la jornada en la feria mientras tú, a un par de cientos de kilómetros de distancia, estabas preparando el desayuno a los niños y a punto de salir hacia tu trabajo, a tus expedientes, sin saber que, aquella noche, para mi te habías convertido en, al igual que la ciudad de Roma, eterna.

Déjate llevar

- No, no, no te gires, no me mires, simplemente, llévame. Lejos, muy lejos. Allí dónde el cielo se junta con las estrellas , dónde el mar se funde con el horizonte, dónde el aire mece las nubes haciéndolas bailar sobre un fondo azul celeste. O quizá más lejos todavía, dónde los sueños se cumplen con sólo volver a cerrar los ojos; dónde todos los labios tienen su contrapartida, no quedando ningún beso sin ser dado; dónde los abrazos son sinceros, cálidos, reconfortantes; dónde las manos sólo sirven para rozar con las yemas de sus dedos la piel ávida de contacto. Llévame lejos, muy lejos, dónde la música flote, las palabras fluyan y los pensamientos sean libres. Llévame allí, sin demora, porque sé que nuestros corazones latirán con mas fuerza.

– Que mire, señora, que yo la llevo. Pero la carera le va a salir por un pico.

– Ainsss… En fin, pues lléveme a Arturo Soria, a tráfico. Pero póngame usted la COPE.

– Ah, no. En mi taxi sólo se oye al Francino.

– …Y encima me toca el único taxista rojo de Madrid.

– ¿Cómo dice?

– Nada, nada, que ponga lo que quiera.

– Pues vamos marchando. Qué tiempo tan raro, ¿eh?, igual hace sol que llueve. Y qué días de aire.

– Si, si, si…

La tercera vez

Afuera las gotas de lluvia caían sobre la hierba del jardín, haciendo que ésta brillara bajo la luz del farol del porche, encendido pese a la hora precoz de la tarde.

Con una taza humeante en las manos ella observaba cómo se iba formando un reguero por el camino de piedra que unía la entrada del jardín con la casa, a la vez que se divertía viendo las gotas correr por el cristal de la ventana, alternando la visión entre ambos acontecimientos.

Notó cómo una mano iba acariciando su cintura de atrás hacia adelante, con fuerza, obligando a su cuerpo a moverse hacia atrás. Respondió al gesto ladeando ligeramente la cabeza, dando la bienvenida a ese beso en el cuello que sabía de antemano se iba a producir. Cuando éste llegó, bajó su mano derecha hasta alcanzar aquella que se había posado en la cintura para entrelazar sus dedos y apretarla más contra su cuerpo. Cerró los ojos, disfrutando de la calidez de los labios que se posaban en su cuello.

– Siempre te gustó la lluvia – Escuchó, en un susurro.

– Hubo un día que creía que la llegaría a odiar – Contestó.

Una carcajada. Seca. Franca. Sincera. Cómplice.

Se giró y se encontró de bruces con aquellos ojos azules. Pese al tiempo que los conocía, siempre los había visto brillar, nunca habían reducido un ápice su vitalidad. Desenlazó sus dedos de la mano que los asían y los acercó a esos ojos. Por el camino encontró una sonrisa rodeada de arrugas, que la acogió con un beso dulce en la palma que la rozaba.

– “Boda lluviosa, boda dichosa”

– Eso dicen, pero, en ese momento, el mundo se te hunde bajo los pies, maldices al cielo, a los refranes y a todo aquel que te viene con la cantinela.

Otra risa, menos sonora, menos ruidosa, pero igual de sincera.

La mano se separa de su cintura en el momento en que él da un paso atrás y se queda plantado frente a ella. Sonriendo.

– ¿Qué tal estoy? – Pregunta.

– Tan guapo como siempre – Responde ella, ajustándole el nudo de la corbata. Ese nudo que jamás ha conseguido saber hacerse por él mismo o, quizá, que ella nunca le ha querido enseñar a que lo haga, para poder tener sus dedos cerca de su piel, de su cuello, al ajustárselo.

– Y tu tan mentirosa, también como siempre – Le responde, al tiempo que vuelve a bajar la mano hacia su cintura y la agarra con fuerza, obligándola a juntar su cuerpo y besándola en los labios.

Dulce. Siempre le han sabido dulces. Comiera lo que comiera y fuera la hora del día que fuera, siempre estaban dulces. O ella los notaba así.

El sonido de un claxon los sorprende besándose, haciendo que sus labios se separen lentamente, pero sin dejar que sus ojos hagan lo mismo.

– Ya están aquí – Dice él.

– Puntuales, los malditos. Podrían haberse retrasado un poco – Contesta ella, con cara de fingido fastidio.

– Te habría tocado volver a maquillarte – Añade él, lo que lleva a ambos a una carcajada al unísono.

Acaban la risa al mismo tiempo, momento que él aprovecha para darle otro beso. Esta vez corto, rápido, para no perder la sonrisa.

– ¿Preparada? – Pregunta, ofreciéndole el codo izquierdo, que ella acepta entrelazando su mano derecha en el hueco que deja y cogiendo con la izquierda el bastón que estaba apoyado en la ventana.

– Por supuesto – Contesta, decidida.

Caminan cogidos hacia la puerta, a pasos cortos. Ella apoyada en el brazo de él. Él cogiéndole la mano que sobresale entre su costado y su codo. Al llegar a la puerta, él coge el picaporte y, antes de moverlo, se vuelve a girar hacia ella.

– ¿Estás segura de lo que vas a hacer? – Pregunta.

– Te dije que sí hace cincuenta años. Lo repetí hace veinticinco. Soy demasiado vieja y terca como para cambiar de opinión, ¿no crees? – Responde ella.

La puerta se abre entre las risas de ambos, que acalla por ese momento el rumor que produce la lluvia cayendo sobre el jardín.

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Este relato va dedicado a Itzi, @miotraella.

Se lo prometí, ahora que me ha pillado navegando por uno de mis #OcéanosDeÑoñez