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Imprescindible

La camisa blanca, impoluta, almidonada, le ajusta sobre el cuerpo como una segunda piel. No sabe cuántas ha tenido, posiblemente cientos de ellas, de distintos estilos según el tiempo, pero siempre blancas. Las mangas, recogidas para que no entorpezcan su trabajo con un par de vueltas, sin llegar a los codos.

Mientras las manos van trabajando, su rictus es serio, como concentrado. Lleva horas en su puesto y no ha variado su gesto ni un segundo. Es su forma de ser, de actuar, de proceder. Aunque no siempre ha sido así.

Su mirada, de profundos ojos oscuros parece perdida en algún punto del horizonte. Si bien la baja de vez en cuando para corroborar la corrección de su trabajo, pero, una vez asegurado de ello, la vuelve a levantar y vuelve a perderla en el horizonte.

Frente a él, a escasos tres metros, se alza una pared con decenas de fotos de un pasado que, vistas las imágenes, se antoja mejor. Unas fotografías que devuelven el color del pelo, de la tez y los kilos que hace tiempo que ya ha perdido. Todas las paredes del local, mires donde mires, están repletas de fotos en las que aparece mucho mas joven, mucho más sonriente y mucho más vivo junto a ilustres personajes que visitaron su local en una época pasada. Él, desde su puesto de trabajo tras la barra, las mira, pero no las ve.

Es el dueño del local, un pequeño bar restaurante en una callejuela de la ciudad al final del camino. Pero, pese a ser el dueño, su trabajo sólo está tras la barra. Ni tan siquiera la caja la hace él. Desde hace tiempo, camareros extranjeros se ocupan de todo lo referente al despacho y atención a los clientes, desde la nota, hasta el pedido y la cuenta. Él se atrinchera tras la barra, a la que raramente accede alguien más, y se ocupa de que no falte nada desde allí.

A su izquierda, colgado sobre el micrófono de los pedidos a la cocina, un sencillo folio en un más sencillo marco lanza su mensaje: “El cementerio está lleno de imprescindibles”. Lo colgó ahí su único hijo, la noche antes de salir hacia Gabón de cooperante junto a su novio, harto de la indiferencia de su padre, harto de pasar las horas enteras en el bar porque éste no tenía tiempo para salir, harto de la no aceptación de su condición por el “qué dirán”, harto de sentirse ahogado, harto de no existir. No lo ha quitado, no se ha atrevido. Aunque no suele mirarlo, su hijo quedó muy lejos de él cuando dijo que aquella vida no era vida, que había algo más que servir mesas y que no iba a continuar con el negocio familiar. Fin del hijo.

Van pasando las horas, los clientes van pidiendo sus cuentas, pagan y se van. El local se va vaciando poco a poco. Los camareros, diligentes, recogen las mesas, limpian el suelo, sacan la basura, van preparando el cierre. Él, tras su barra, sigue impertérrito su tarea: limpiando la cafetera, arreglando las botellas de licor, rellenando de sobres de azúcar el cajón, metiendo botellas en las neveras.

Solamente al final de la noche, cuando ha comprobado que el local está totalmente vacío, cuando piensa que su trabajo diario ya está terminado, cuando sólo le queda apagar las luces, se acerca al último botellero, el de la esquina, el que está a más baja temperatura. Lo abre, mira dentro y esboza la única sonrisa del día, mientras introduce su mano lentamente hasta que acaricia la piel, fría pero todavía suave del brazo tantas veces conocido. Suspira y entre dientes, murmura “Mira, Modesta, ya ha pasado otro día, como tantos otros. Nada ha cambiado desde que te fuiste, igual que ayer, igual que mañana. Sabes que nada me apetece más que encontrarme contigo, aunque fuera de la misma forma que hiciste tú, de forma temprana por voluntad propia, pero esto no funcionaría sin mi.”

Se lleva la mano a los labios, deposita un beso sobre sus dedos y acerca éstos a esos labios, ahora fríos pero que él conoció calientes.

Cierra el botellero, vuelve a suspirar, apaga las luces y sale del local.

Mañana será otro día. Y tendrá que volver a su local para que la máquina siga funcionando.

 

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Tere, te la debía. Te lo prometí. Aquí la tienes.

Santy, en Gabón se lavan con “savon” (hablan francés).

Hipnotizado

- Y, a ver si te dejas caer por aquí con más frecuencia, que desde que estás con esa casi no te veo.

- ¡Lola, pero si vine la semana pasada!

- Pues, a mi, se me ha hecho muy largo.


Lo dejó caer en un susurro, acercándose a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó hacia la barra, tarareando esa canción que ya no sonaba en la gramola pues se había estropeado de tanto ponerla para bailar pegados cuando cerraba el bar, y dejando a Nolo sin saber que hacer con la cucharilla del carajillo, mirando cómo movía las caderas al alejarse, hipnotizado como tantas otras veces.

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Sensibilidad: ISO-400

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