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El tesoro

Giró la llave del contacto. El motor del coche se apagó con un ronroneo. Se hizo el silencio. Cogió aire profundamente y lo soltó lentamente. Dos, tres veces. Con los ojos cerrados. No se atrevía a abrirlos, pero tenía que hacerlo.

Sin todavía abrir los ojos abrió la puerta del coche y salió. Un aroma a pino le inundó; fresco, intenso. La lluvia que había caído la noche pasada acentuaba los olores. Volvió a tomar aire. Entonces abrió los ojos.

¿Cuánto tiempo hacía que no estaba allí? ¿30, 40 años?, quizá más. Había sido lugar de escarceos, de caricias, de besos robados y regalados, de manos inocentes buscando ansiosamente una piel que se erizaba a cada roce, de confidencias hechas con los ojos cerrados y el corazón abierto, de amor juvenil.

Pero hacía mucho de eso, quizá demasiado.

Empezó a andar hacia el riachuelo. El paisaje estaba cambiado, las urbanizaciones habían invadido buena parte del pinar antiguo. Pero todavía quedaban lugares tal y como él los recordaba. Con pasos lentos, apoyado en su bastón llegó hasta el puente. Le costó bajar el pequeño desnivel que llevaba a la bóveda que cubría lo poco que quedaba de cauce.

Llegó y empezó a contar ladrillos. Esperaba que la memoria no le fallase y así fue. Tras el quinto ladrillo de la cuarta fila encontró el agujero. Metió su mano temblorosa y palpó a ciegas. Cuando ya casi tenía el codo dentro notó el tacto del metal. Un último esfuerzo y consiguió agarrarlo con la yema de sus dedos. Poco a poco deslizó su mano hacia afuera, intentando que sus dedos no le fallaran en sus fuerzas.

Una vez la tuvo en sus manos se quedó mirándola: una pequeña cajita de metal dorado, con una ilustración impresa en su tapa de un molino rodeado de tulipanes.

Los dedos le temblaban mientras la abría. Suspiró antes de volver a ver su contenido: dos entradas de cine, un gancho de pelo, una pulsera de plástico, un recorte de un periódico con un fragmento de un poema y una pequeña foto, en blanco y negro, en la que se podía ver a una pareja de adolescentes entrando a una verbena.

No pudo evitar que una lágrima corriera por sus mejillas al ver esa foto, al verla a ella: alta, delgada, con esa melena morena larga que ella se empeñaba en rizar, por mucho que él le dijera que le gustaba lisa. Y, al lado, él, sin mirar al objetivo de la cámara, mirándola a ella, sólo tenía ojos para ella.

Las lágrimas brotaron, y él dejó que cayeran por su cara sin dejar de mirar la foto. Al poco volvió a coger aire y, tras introducir la foto en la cajita, se secó con el dorso de la mano los restos salados de sus mejillas. Apretó la caja contra su cuerpo y comenzó a andar hacia el coche, desandando sus pasos.

Antes de entrar al coche volvió a mirar el paisaje. Ahora sí que sabía que era la última vez que lo vería.

Encendió de nuevo el motor y emprendió la marcha, de vuelta a tanatorio. La caja cambiaba de lugar de descanso, volvía con su dueña, y esta vez era para siempre.

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Fue @montsecarrasco quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (bóveda, pino, rizar). 

Gracias, Montse, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.