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Runner

¿Que cómo empecé en esto?
Bueno, supongo que como mucha otra gente: un día, sin que lo veas venir, tu empresa cierra y te ves en casa, con treinta y pico de años, con todo el tiempo del mundo y sin saber que hacer. Has visto cómo muchos otros lo hacen y te preguntas, ¿por qué yo no?

Recuerdas que, cuando eras más joven eras rápido y ágil, no eras de carreras de fondo, eras más de velocidad, de explosividad. Ahora tu cuerpo ha cambiado (mucho), pero con un poco de práctica crees que mejorará. Te acercas al armario y allí está el chándal, ese que sólo te ponías los domingos por la tarde, para ver el fútbol en la tele junto a una cerveza.

Así que un día te decides, y saltas a la calle. Empiezas alejándote de tu barrio, te da vergüenza que te vean y, en una ciudad grande como la tuya, encontrar otros sitios para empezar es fácil. Las primeras veces son agotadoras, realmente has perdido la forma y tu estilo no es el adecuado. No controlas tu cuerpo, tu velocidad, lo que hace que te canses demasiado, no llegues muy lejos y no consigas lo que te habías propuesto. Pero te lo tomas como algo normal.

La falta de práctica hace que muchas veces no consigas tu objetivo, lo que te lleva a obligarte a estar un par de días “en dique seco”, pero, cada vez éstos son menos.

Pero, por otra parte, empiezas a ver a otros que están como tú, y ahí ves lo maravilloso que puede ser el compañerismo. Primero te miran con una media sonrisa, luego te saludan y, poco a poco, se produce un acercamiento que te lleva a compartir con ellos esos momentos. Se vuelcan en ti, te ayudan a mejorar estilo, a coger fondo, a elegir los mejores sitios, a que veas itinerarios alternativos. En poco tiempo te ves quedando con ellos, saliendo juntos, compartiendo momentos. Entras en una dinámica en la que te hacen pertenecer a un grupo, selecto, apartado del resto que no hace nada, te arropan, te apoyan.

Hasta que, un día, se plantan ante ti, te miran, sonríen y te enseñan el caramelo: Una media.

Tu te niegas: no es lo tuyo, es demasiado, no es tu propósito, no te ves, es arriesgado… Pero ellos te razonan, te animan: es más fácil de lo que crees, nosotros te apoyaremos, te instruiremos, estaremos acompañándote en todo momento.

Te convencen.

A partir de ahí, son un par de meses de no parar: recorridos, entrenamientos, planes… Hasta que llega el gran día. Ese día todo son nervios, pero es cierto, ellos están contigo, desde el principio hasta el final. Lo han hecho otras veces, y se nota. Alcanzas el objetivo y te sientes fuerte.

Repites, una, dos, tres veces y te vas confiando, lo vas dominando. Hasta que llega el día en que algo falla, y no puedes acabar.

En mi caso fue el Sebas. Ese día estaba nervioso. Se lo notamos tal y como se puso la media y la tomó con el de seguridad de la sucursal: empujones, insultos, una patada y, de pronto, la recortada que se le dispara. Fue al techo, pero nos asustamos, siempre habíamos hablado de balas de fogueo, sólo por intimidar, pero estaba cargada de verdad. Nos tiramos al suelo, momento que aprovecharon el de seguridad y unos cuantos clientes más para saltar sobre nosotros y reducirnos. Intentamos zafarnos, pero fue imposible. Llegó la policía y nos detuvieron.

Yo era el más nuevo, no estaba fichado por algo tan gordo, era mi primera vez, así que decidieron enviarme a una cárcel tranquila, sin presos demasiado peligrosos.

Hace ya tres años que estoy en Teruel, mis compañeros se quedaron en Alcalá Meco. Me quedan dos años, a ellos más. No he vuelto a saber de ellos. Ahora paso los días paseando al sol. Y lo tengo claro, cuando salga se acabaron las aventuras, ni media, ni tirones.

No quiero volver.

Colores de fiesta (II): Carreras de cintas

Una mano, un lápiz, pericia, destreza…

Un breve gesto con los pies y el caballo sale al trote, el jinete levanta la mano e intenta deslizar el lápiz entre la anilla.

La multitud grita cuando el caballo sigue y sobre la mano del jinete asoma una cinta blanca.

Ha acertado. Es merecedor del premio.