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Quédate con todo

Quédate con ese amanecer en la playa de Cadaqués, tú sentada entre mis piernas, viendo cómo iba naciendo el sol poco a poco en el horizonte, con el sudor todavía pegado a nuestros cuerpos de haber hecho el amor sobre la arena momentos antes de que apareciera el primer rayo.

Quédate con esa madrugada en las fiestas del pueblo, bailando lentamente, piel con piel, una melodía que sólo quedaba en nuestra cabeza porque la orquesta hacía rato que había dejado de tocar pero que nosotros nos empeñábamos en tararear al unísono entre los susurros que dejaban escapar los escasos milímetros que separaban nuestros labios.

Quédate con esa tarde de otoño en el Retiro, corriendo entre sus árboles, haciendo guerra de hojas secas a patadas con el pretexto de caer sobre ellas sólo para volver a sentir nuestros cuerpos pegados y fundirnos en un abrazo sólo deshecho por una risa, un empujón y otra carrera hacia el siguiente montón de hojas.

Quédate con ese helado a medias, sentados en esa terraza de la heladería de Alicante, al lado de un Mediterráneo azul en calma al que no prestábamos la mínima atención porque estábamos absortos en nuestras miradas, cada uno en la del otro, mientras pasábamos la lengua por la crema fría dejando que ambas se encontraran al final del recorrido y saboreando la dulzura del encuentro.

Quédate con esas lágrimas derramadas en el aeropuerto, aquel verano que tus padres te enviaron a Inglaterra para que mejoraras tu nivel de inglés. Lágrimas amargas por los tres meses de ausencia que auguraban y que suplimos esas largas cartas de letra redondeada que me llegaban cada semana en folios de colores y que me escondía a leer bajo el flexo de mi habitación para que no me las pillara mi hermano y se riera de mi. Quédate también con esas cartas.

Quédate con ese fin de semana en el camping de Salou, al que fuimos con la excusa de Port Aventura y en el que nuestros cuerpos se encontraron por primera vez totalmente desnudos. Esa noche en la que las yemas de nuestros dedos no dejaron ni un centímetro de piel por acariciar y nuestros labios se saciaron de cada poro recorrido, cada pliegue encontrado, cada arruga conquistada.

Quédate con cada foto, cada dibujo, cada vídeo, cada audio, cada mensaje, cada mail, cada carta.

Quédate con cada recuerdo, cada susurro, cada suspiro, cada lágrima, cada sonrisa, cada sueño, cada anhelo, cada palabra.

Quédate con todo.

Que yo me quedo con tu hermana.

 

 

¡Premio!

Desde hace cuatro años, la gente de @ValenciaNegra se curra un festival muy molón sobre el género negro en la capital del Turia.

Dentro del festival convocan un corcuso de relatos por tuit con el hastag #140tirs

Este año han decidido que un relato de esta humilde casa se encuentre entre los ganadores.

¡Y no quepo de gozo!


Y aquí estoy, con una sonrisa tonta que no se me quita de la cara.

 

 

El regalo (Versión Extendida)

¿Qué tendría?, ¿11, 12 años?. No lo recordaba exactamente, pero en su cabeza sí que tenía la escena: Su madre, con lágrimas en los ojos, diciendo palabras ininteligibles para un niño de esa edad, hablando de temas que, hasta ese momento, no se habían tocado en casa: su padre, la muerte de éste, él, SIDA, VIH… Pero recordaba perfectamente cuál de ellas le había marcado: “sexo”. Suponía que sería por la edad, esa preadolescencia que te llena el cuerpo de hormonas y la cabeza de fantasías.

Y luego, el momento del regalo, que él recibió con los ojos muy abiertos mientras ella se lo entregaba sin dejar de llorar, un paquete pequeño, cuadrado y plastificado.

Y la promesa que le hizo hacer: Su uso. Siempre. Con quien fuera. Donde fuera. Cuando fuera.

Habían pasado ya muchos años desde aquel momento, pero el recuerdo era fuerte. Al principio no acababa de entenderlo, con los años tomó verdadera conciencia y fuerza en sus convicciones. Al igual que la promesa, que cumplió al principio por mera inercia, por caso a su madre, pero que al final se convirtió en algo a transmitir, en algo obligado.

Se levantó, había pedido que lo dejaran sólo y allí estaba, junto al lado del ataúd con su difunta madre, llorando al igual que ella aquella tarde, aunque por motivos muy distintos: por pena, por agradecimiento.

Deslizó la mano sobre su bolsillo y sacó el regalo que su madre le había hecho aquella tarde de años atrás: Una caja de preservativos. Había caducado antes de que tuviera la oportunidad de estrenarla pero nunca la tiró. Después de ella vinieron muchas otras, todas utilizadas, metódicamente, una tras otra, para no transmitir la enfermedad que su madre le había pasado a él mientras todavía estaba en su vientre.

La metió en el bolsillo del vestido de su madre. Acercó sus labios a la fría mejilla y la besó, dejando que una lágrima cayera de mejilla a mejilla.

“Gracias”, susurró.

Cerró la tapa y salió.

 

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Fue @jesterhanny quien me puso sobre el aviso de un concurso que la página de salud del Ayuntamiento de Madrid había convocado para el día mundial de la lucha contra el SIDA. Miré las bases (y el premio) y me puse a la faena.

Me salió el relato de arriba. Al ir a transcribirlo vino la sorpresa, no eran 500 palabras, sino 500 carácteres. Horror!!

Lo tuve que reducir hasta su mínima expresión para presentar uno acorde con las bases. Si queréis leer cómo quedó, lo tenéis pinchando aquí.

Cuando escribo estas palabras todavía no se conoce el ganador (yo no estoy entre los finalistas). Hay relatos muy buenos, vale la pena leerlos.

Por último, me gustaría dedicar esta entrada a @fernandezdjr por la fantástica forma de difundir el concurso y su estupendo trabajo al frente de www.madridsalud.es 

 

Se alquila habitación

 

 

– Vaya, Iván. Así que alquilas habitaciones.

– Pues sí, Marta, ya sabes, compartir gastos, la cosa está mal.

–  ¿Y desde hace mucho?

–  Pues unos tres años. Eres la cuarta persona que entraría aquí.

–  Te duran poco, jeje.

–  Jaja, sí. Eran estudiantes, como tu. Acaban el curso y vuelven a su casa.

–  Lo que me ha parecido curioso es que las distintas partes de la casa lleven nombre.

–  Pues si. Mira, llevan los nombres de los anteriores inquilinos. La habitación se llama Rebeca, que era una conicillas; el baño, Julián, un maniático de la ducha y la habitación del principio, Irene, que se pasaba el día en ella, estudiando.

–  ¿Y esta sería mi habitación?

–  Si te gusta y llegamos a un acuerdo, si.

–  ¿Y le pondrás mi nombre?

–  Eso te lo tendrás que ganar, jaja.

–  Lo que me gusta es lo luminosa que es.

–  Pues tiene unas vistas espectaculares de la sierra, sal al balcón y verás.

Ella salió al balcón, a observar la maravillosa vista de la sierra, mientras él se quedaba en la habitación, mirando fijamente las paredes para ver cuál de ellas sería la idónea para esconder el cuerpo. Definitivamente, esa habitación llevaría el nombre de Marta.

 

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QUE LA SUERTE TE ACOMPAÑE

Unas luces de colores llamaron su atención. Juan se giró hacia la derecha, hacia el escaparate de la tienda de electrodomésticos donde cuarenta televisores de diferentes tamaños escupían a la vez imágenes de varias personas gritando, llorando y descorchando botellas de cava delante de una administración de lotería y con un décimo en la mano.
Entonces le vino a la mente la misma imagen veinte años atrás, con él de protagonista y un papel similar en la mano e, inmediatamente, los recuerdos de las posteriores peleas de familiares lejanos, los falsos amigos y los consejos malintencionados.
Bajó la mirada sintiendo pena por las personas de las televisiones y deseándoles suerte, mucha suerte, de corazón.
Cogió los cartones y de dirigió hacia el cajero automático de la siguiente esquina. Esa noche iba a hacer frío.

Mini-relato presentado para concurso de la SER en Navidad. No ganó, pero me gusta como quedó