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La mujer de mi vida

- Nunca he sido de esos romanticones que hablan del amor a primera vista, ni del destino. Siempre he sido más práctico. De hecho, cuando la conocí, no pensaba que se convertiría en lo que luego he llegado a sentir por ella. Fue poco a poco, al irnos conociendo cuando me di cuenta de que mi vida no podía estar ocupada por otra persona, no había hueco para otra mujer. Mi vida era suya, para siempre y siempre he hecho todo lo posible para que la suya también sea mía. He ido amándola poco a poco hasta llegar a lo más profundo de mi ser, hasta notar que ella ya era yo y que yo era ella, un único ente, una única persona, un único ser que se mueve al unísono. Últimamente discutíamos. Siempre lo he achacado al devenir normal de una relación, tenga en cuenta que nos mudamos a vivir juntos hace algo más de seis meses. Claro, al principio, hasta que te acoplas a la otra persona, la convivencia se hace un poco dura. Pero todas las diferencias se iban salvando poco a poco y se iban limando para conseguir esa vida en común. Sin embargo, la semana pasada la discusión subió de tono. Ambos estábamos muy nerviosos y ella llegó a amenazarme con irse de casa, con dejarme. No podía soportarlo. Estuve toda la semana casi sin dormir. En la cama ni nos rozábamos. Ella en un lado, yo en el mío de siempre. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose de mi. Así que me propuse reconquistarla. Lo preparé todo: cena, velas, vino, mantel de tela, los cubiertos que pedí prestados a mi madre. Todo perfecto para que volviera a ser una cita como la de antes. Hasta la música. Ella estuvo toda la cena casi sin hablar, por mucho que yo intentaba, nervioso, reconducir la conversación. Sonreía a medias, me miraba y bajaba la mirada a su plato. Al llegar a los postres no pude aguantar más y me levanté, caminando hacia ella. Le cogí el mentón con mis dedos y la obligué a mirarme a los ojos. Le besé en los labios, todo lo dulce que pude y le dije que ella era la mujer de mi vida y que me gustaría ser yo el hombre de la suya. Entonces lo vi. Vi ese brillo en sus ojos al mirarme fijamente. Vi cómo una lágrima empezaba a formarse en sus párpados. Y lo tuve claro.

La puerta se abrió. Sin llamadas, sin avisos. En ella apareció un hombre alto, trajeado, con un maletín en la mano. Con paso firme se acercó a la mesa. Y sin pestañear, dijo, autoritario:

– Cállate, Toni. Ni una palabra más.

– ¿Quién es usted? – La voz, bronca, también acostumbrada a dar órdenes, salió de los labios del más mayor.

– Soy Fernando Maestre. Abogado defensor de D. Antonio Guárez, aquí presente y padre de la víctima, Noelia Maestre. A partir de este momento, mi defendido se acoge al derecho de no declarar.

– Pero… – Balbuceó el joven.

– Cállate, Toni. Ni una palabra más. – Repitió con la misma autoridad mostrada antes.

– Señor Maestre. No se moleste. El caso está prácticamente cerrado. Lo tenemos todo a nuestro favor: el móvil, el arma…

– Tienen un joven sospechoso. Tienen una pistola. Pero no tienen nada más. no tienen ninguna confesión. La víctima se pudo haber suicidado. Y ahora, si no le importa, señor comisario, me gustaría hablar en privado un instante con mi defendido.

– No hay problema, les dejamos. Pero sea breve. Su defendido queda detenido, de momento, como sospechoso de asesinato. A espera de lo que el juez de guardia dictamine.

– Me parece perfecto.

El comisario y un agente se levantaron de sus respectivas sillas y, rodeando la mesa, se dirigieron a la puerta. Abandonaron la estancia sin mirar atrás. Justo en ese momento, el abogado se acercó al joven que cabizbajo era incapaz de articular palabra. Se sentó enfrente, en la silla que anteriormente había ocupado el comisario, y dio un manotazo en la mesa. El joven, asustado, levantó la vista y se encontró con una mirada dura, unas facciones serias y unos puños rojos de tanto apretarse.

– Fernando, ¿qué significa…?

– Cállate, hijo de puta – Dijo el abogado, lentamente, escupiendo cada una de sus palabras – Voy a ser tu abogado defensor, el mejor que vas a tener en tu puta vida. Voy a hacer que, ni el mejor juez del mundo, sea capaz de acusarte. Voy a conseguirte la libertad inmediata. Porque, si no lo consigo, cada día que pases en la cárcel será una condena también para mi, ya que será un día más que tendré que esperar para matarte con mis propias manos.

Acabada la frase se levantó, se dirigió a la puerta y salió. El joven se cogió la cabeza con las manos y explotó a llorar.