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Nueva colaboración impresa

 

Cuando desde @SilencioEsMiedo me comentaron el tema del número 3 de su revista y me propusieron colaborar, no tuve ninguna duda: lo iba a hacer con uno de los relatos a los que más cariño le tengo desde que publico en el blog.

 

“Tierna mirada” surgió en la primera temporada del juego de las tres palabras gracias a la propuesta de la fantástica Rosa @mrsrosaperez, que me retó a escribir un relato que incluyera las palabras: Bicicleta, manzana y cuchara. Con ellos, escribí el texto que está incluido en la revista. Un relato de amor desde la inocencia pero con la potencia justa para llegar a los sentimientos. Cada vez que lo leo me enternece y ha sido, desde el primer día, uno de mis favoritos.

 

Desde aquí no quiero más que agradecer a @SilencioEsMiedo el que haya vuelto a contar conmigo para su fantástica revista y os animo a todos a que os la descarguéis en alguna de sus versiones que podréis encontrar en el post que se abre al pinchar en el siguiente link:

 

El silencio es miedo Nº3

 

Además del mio, podréis encontrar más relatos, poesía y artículos de ensayo que hacen de la revista una delicia para leer.

 

Si, por casualidad, me leéis desde Palencia, recordad que os podéis hacer con una copia en papel en los establecimientos colaboradores, así que no perdáis la ocasión.

 

Tierna mirada

 

 

“Manzana, manzana, manzana…” la palabra rebotaba en su cabeza como una pelota de ping pong en una caja de metal. Con los ojos medio cerrados la iba repitiendo mentalmente mientras avanzaba por la cola de la cafetería.

Al llegar su turno levantó la cabeza repitiendo mentalmente una última vez: “manzana”.

 

Allí estaba ella, con sus enormes ojos de un azul profundo en el que él había soñado muchas noches nadar. Llevaba sujeta su cabellera rubia con una coleta y metida dentro del gorro de cocina, pero un rizo le caía por la frente como una cascada de oro.

 

“Hola, ¿qué quieres?”, dijo.

 

Cuchara”, acertó a balbucear él.

 

Ella se giró sobre si misma a buscar el cubierto. Cuando se giró, él tenía la cabeza agachada avergonzado de haber sido capaz de fijar su mirada más allá de la bata que tenía puesta justo por debajo de su espalda.

 

Cogió la cuchara, de su boca salió un inteligible “gracias” y se dirigió hacia su mesa.

 

Desde allí, dando vueltas al cuenco vacío de sopa con la segunda cuchara y golpeándose la cabeza con el dorso de la mano como castigo de lo inútil que se sentía siempre que estaba ante ella, fue viendo como el comedor se iba vaciando mientras ella recogía lo que quedaba de la comida y se lo llevaba a la cocina.

 

Cuando se dio cuenta que no había nada más que ver, se dirigió hacia el salón, a la espera de que sonara la sirena que les indicaba que comenzaba el taller del centro. Él tenía tareas de carpintería, estaba haciendo un cartel para la feria de artesanía que la semana próxima se celebraba en la ciudad, a la que siempre acudían.

 

En el salón, se alejó de la televisión por la que peleaban el resto de sus compañeros y se dirigió a la ventana. Tras los barrotes consiguió ver cómo ella salía de la cocina. Con unos gráciles movimientos se dirigía a coger su bicicleta y emprendía el camino que la llevaría lejos de allí hasta el día siguiente.

 

Suspiró, sin alejar la vista de su amada. Si alguien se hubiera acercado, habría visto mucho amor en aquellos pequeños ojos oblicuos.

 

 

La culpa de esta historia es de @mrsrosaperez: