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Percepción

Rutina. Como cada día. Como algo aprendido e involuntario que hace el cuerpo de forma automática. Ahueca el cojín con un par de golpes de mano, con las palmas abiertas, sin dejar que caiga, el cojín ablandándose en el aire entre golpe y golpe. Le da una vuelta y lo deja caer sobre la almohada, como extensión de ésta. Se sienta sobre la cama y saca los pies de las zapatillas acolchadas. Se ajusta el pantalón del pijama y mete las piernas bajo las sábanas. Un breve giro hacia la izquierda buscando, a palpas, el interruptor de la lamparita que descansa sobre la mesilla de noche. Sube la mano por el cable hasta que encuentra la pequeña caja que acciona el mecanismo e ilumina la estancia. Una luz suave, directa sobre su regazo. Estira un poco más la mano hacia la izquierda hasta alcanzar el libro de ese momento. Lo lleva a su regazo y, pasando los dedos suavemente por el punto de lectura, lo abre por el lugar en el que la noche anterior le venció el sueño. Se ajusta las gafas, tose y se dispone a seguir su lectura.

Rutina. Como cada día. Desde hace mucho tiempo.

Pero, de momento, algo cambia, algo perturba su lectura. Es un chasquido de lengua, un chisteo persistente, una llamada. Levanta la vista buscando el origen del mismo y, entonces, la ve.

Está apoyada en el marco de la puerta del baño, el brazo levantado, el codo apoyado sobre la madera y la mano sobre su cabeza. Del hueco sale la luz, todavía encendida, potente, de los focos del espejo. Esa luz marca perfectamente su silueta sobre la bata de gasa que cubre su cuerpo, transparente por el efecto de la luminosidad de la estancia contigua, mucho mayor que la débil iluminación de su lamparilla de lectura.

Se quita las gafas, cierra el libro y lo deja en el punto inicial en el que lo había encontrado al llegar a la habitación. Esa noche puede esperar la lectura. No puede apartar los ojos de las curvas que se dibujan en la puerta de enfrente. Sugerentes, suaves. Recorre con la vista el contorno del brazo apoyado, la axila, la suave curva del pecho, que acentúa perfectamente la estrecha cintura, el giro hacia la cadera y las piernas.

No le ve la cara, pero intuye su sonrisa, pícara, sobre sus carnosos labios, dejando imaginar unos dientes bien cuidados. Ella puede ver perfectamente su sonrisa, lo que la empuja a bajar el brazo y, lentamente, acercarse hacia el lado de la cama en la que él la espera.

Suspira. Esos pasos ligeros, lentos. Ese movimiento de cadera cada vez que la planta del pie se apoya en el suelo. Se acerca llevando una mano apoyada en su cintura, lo que hace que su cuerpo se mueva como si bailara, como esa pareja de tango que busca el arranque del baile con movimientos sugerentes.

Llega a su altura y baja la cabeza. Suavemente, acerca los labios a su boca y deja caer el primer beso. Él nota la carne sobre sus comisuras, cómo presiona su boca. Es un beso dulce, pero a la vez húmedo, evocador, provocador. Sin que lleguen a separarse los labios llega otro beso, más fuerte, aquí ya puede notar toda la carne de los labios. Carne dura, pero suave. Unos labios carnosos, hambrientos de otros que le devuelven el movimiento.

No separa los labios y, con un rápido movimiento, sube a la cama y se sienta a horcajadas sobre él, que nota la presión por debajo de su ombligo. Lentamente empieza a mover la cadera y él le responde haciendo lo propio con la suya. Mientras, le ha cogido con ambas manos por el cuello y le ha subido la cabeza, haciendo que él separe la espalda del cabecero de la cama y la yerga sobre la almohada y el cojín, todo para responder a los besos, que se han intensificado al entrar en juego las lenguas, que pelean entre ellas por entrar a conquistar la boca del otro.

Una breve presión hace que él tenga que volver a echar el cuerpo hacia atrás, ella ha separado su cabeza y, con sus manos, busca los botones del pijama que tapa el pecho de él, que ya sube y baja en un compás agitado por la respiración. Sin dejar de mover las caderas, va desabrochando lentamente los botones, uno a uno hasta llegar al último, que se esconde un poco por debajo del ombligo, cerca del sitio en el que sus sexos están rozando, lo que obliga a parar el baile por un instante. La tregua es corta, pues el movimiento vuelve cuando ambos lados del pijama caen y dejan todo el torso masculino al descubierto, predispuesto a dejarse acariciar en círculos por las suaves yemas de los dedos de ella, que recorren los laterales de las costillas, rodean el pecho y suben hasta los hombros, en un recorrido estremecedor que hace erizar los poros de una piel que ya estaba a la espera.

Ella se incorpora, endereza su espalda y cruza las manos por su cintura para, con el movimiento típico femenino, lleno de sensualidad y delicadeza, quitarse la camiseta. Él aprovecha el momento para posar sus manos sobre la delicada cintura, notar con las yemas de sus dedos el raso de las braguitas, hundir un poco sus dedos sobre el elástico de éstas y recorrer todo el contorno hasta el ombligo. De ahí, sin dejar de disfrutar de la suave piel, cubre la distancia que separa la cintura de los tersos pechos lentamente, dejando que la piel de sus manos resbale por cada centímetro del torso que ella le ofrece y disfrute de cada milímetro conquistado.

Los pechos, generosos, firmes, llenan las palmas de sus manos que, en forma de cuenco, los abarcan, los aprietan, los juntan, los acarician. Nota el gemido cuando, con ambas manos, rodea los pezones y los pellizca suavemente, notando cómo se endurecen, como se ofrecen erectos a una caricia cada vez más potente.

El baile se ha ido acelerando, el roce se ha intensificado, el movimiento se ha hecho más salvaje. Los gemidos, las respiraciones, las pulsaciones han hecho lo propio. Los cuerpos van respondiendo. Es el momento. Un leve empujón, una caricia más fuerte y el cuerpo de ella se desploma sobre el otro lado de la cama. Abre las piernas y él se incorpora. Ahora le toca a él marcar el ritmo. Desde arriba, vuelve a buscar el roce, reanudar el movimiento, seguir la danza.

Apoya las manos a ambos lados de los hombros de ella, que sube las manos hasta su cuello y entrelaza sus dedos. Sus cabezas quedan a pocos centímetros. Sus miradas se encuentran, al igual que sus sonrisas. Y se vuelven a ver como la primera vez, hace ya cincuenta años, tal día como esa noche, al principio de verano. Esa primera vez en que sus cuerpos se encontraron sin tela de por medio y sus miradas estuvieron una encima de la otra a escasos centímetros y sus sonrisas se hablaron.

Cincuenta años que a él se le han pasado en un suspiro, en los que sus vidas y las de su entorno han cambiado pero en los que, para él, ella no ha cambiado ni un ápice, por mucho que las fotos digan lo contrario: la misma piel, los mismos pechos, la misma cintura, la misma cadera. Cincuenta años viendo un cuerpo perfecto entre sus brazos, disfrutando de una piel tersa entre sus dedos, recorriendo unas curvas suaves entre sus manos.

Cincuenta años con una única percepción, aquella que le volvió loco cuando la tuvo frente a sus ojos y sonrió. Como ahora. Como siempre.