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Mañana de sábado

“Ahí está Carmen. Siempre es la más madrugadora, la que antes abre la tienda. Siempre he admirado cómo tiene la floristería, aunque la tenga en la peor situación de la plaza, en la esquina de la entrada. Pero eso, a ella, no le importa. Día tras día se esmera en su escaparate con las mejores flores, las plantas más verdes y la decoración más moderna.

Y, ¿qué decir de Juan y Vicenta?. Ya de camino a la librería. Madre mía, cómo está ella. No hay vez que la vea que no se me caiga la baba y se me vaya la imaginación. Me la veo desnuda en mi cama, fuera de las garras de su marido, pidiendo guerra una y otra vez, una y otra vez. Le haría de todo sin cansarme. Si es que no puedo dejar de mirarla.

No como el pánfilo de Pedro. Míralo, en la puerta de su quiosco mirando a la pareja, saludando y no fijándose en semejante culo. Espera, ¿le está mirando el culo a él?. Vaya, por Dios. Este es invertido, como el degenerado de su hermano. Quizá debería matarlo también. Gente de esa calaña es la que degenera a la sociedad y nos está llevando al caos. Pensándolo bien, podría hacerlo. No sospecharían de mi, ¿cómo iban a hacerlo?. Ya me costó poco con el marica de su hermano y, a mi, ni me preguntaron.

Total, ¿quién lo iba a echar de menos?. A esta gente nadie la echa de menos…”

– Don Pascual, su carajillo.

– ¡Qué susto me has dado, hijo mío!.

– Si es que estaba ahí, en sus cosas, en su mundo. A saber en qué estaría pensando.

– En lo mucho que me gusta esta plaza, Manolín. ¿Te he contado alguna vez que ya mi padre venía a tomar su desayuno todos los días a este café, en esta mesa, a estas horas.

– Varias veces, Don Pascual, varias veces. Espero que no se repita así cuando diga su sermón. Por cierto, ¿qué toca esta tarde?

– Una boda, se casa la hija de Dolores con un forastero. Y, si te dejaras caer más veces por la iglesia, como es tu obligación, te darías cuenta de que tengo un buen repertorio para no repetirme. Qué, al final, acabarás en el infierno.

– No me da miedo el infierno, no puede ser Satanás peor que mi jefe.

– Anda, no digas burradas y dile a ese santo que tienes como jefe por aguantarte, que mañana le pago esto.

– Perfecto, Don Pascual. Vaya con Dios.

– Tú deberías venir, tú.

– No me líe, Pater. Buenos días.

“Buena gente, este Manolín. Un pedazo de cabrón, pero buena gente. Ya me gustaría que fueran así la mitad de las beatuzas que vienen los domingos a que les aguante sus aburridas vidas de confesionario y que son más malas que la peste. Mira, hablando del diablo…”

-Buenos días, doña Federica.

-Buenos nos los de Nuestro Señor, padre.

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Hace poco más de un mes, el gran @Miguel_Garvi me lanzó un guante. No me quedaba más remedio que recogerlo.

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Un fuerte abrazo, señor. A ver si podemos coincidir pronto.