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Deseo

Mi papá, en su lecho de muerte, me dijo que lo más importante en un hombre era su palabra, que podía ser cómo fuera, pero que nunca faltara a mi palabra, pues sólo los hombres capaces de mantenerla eran dignos de respeto.

Como no podía ser de otra forma, le prometí que siempre la cumpliría.

Así que, aquel día, cuando, con mi mejor traje, recién salido de la peluquería, con una rosa en una mano y una caja de bombones en la otra me planté delante de ella, titubeante pero decidido y le prometí que cumpliría todos su deseos, no hubo marcha atrás.

Ella me miró como se mira a ese perro vagabundo que, sucio y esquelético, moviendo la cola suplicante, mendiga un trozo de pan para poder subsistir y, mirándome a los ojos, poco a poco, me dijo: “Deseo no volver a verte jamás”.

Una navaja, una pala y dos metros cúbicos de tierra me avalan como hombre de palabra.

Deseando la lluvia

Agitó el tubo de ensayo con movimientos circulares y lo observó a contraluz, situándolo por encima de su cabeza.

El color rojo brillante que desprendía destacaba sobre el blanco que reinaba en el laboratorio. El líquido estaba empezando a tomar viscosidad, como era habitual cuando llevaba algún tiempo en el tubo de ensayo, por lo que hubo de volver a agitarlo para ver cómo arrancaba de las paredes las partículas ya densas para volver a juntarse con el resto y disolverse.

Tras la inspección ocular, se llevó el tubo a la nariz y aspiró con cuidado. Le encantaba aquel olor. No sabía por qué, pero desde siempre le había llamado la atención. Desde bien niño le había atraído cómo penetraba en sus nariz y le llenaba el paladar con su fragancia. Aquella muestra olía bien, lo que le llenaba de orgullo.

Se sentó en la mesa y comenzó a pulsar las teclas del ordenador, introduciendo los datos que había obtenido. El monitor empezó a volcar cifras, haciendo cálculos y a devolver resultados que fue leyendo con cuidado, parando cada vez que acababa uno de ellos para asimilarlo y procesarlo también en su mente.

Cuando el ordenador acabó de escupir datos sobre la pantalla, le dio al botón de imprimir y esperó a que la hoja estuviera completa de datos. La cogió y le dio un primer vistazo. Sin quitarla de su vista, salió del laboratorio del sótano y se dirigió al piso de arriba. Llegó a la cocina y se hizo un café con leche, humeante, tal y como le gustaba, y se dirigió al ventanal del salón.

Desde allí, sin soltar el folio con los datos en su mano, miró al cielo y volvió a expresar su deseo de que llegara esa lluvia que tanto anhelaba para que aquel año el vino fuera tan bueno como parecía que había conseguido con el del año anterior.

 

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Fue @TeresaOxxxOM quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vino, lluvia, deseo).

Gracias, María Teresa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.