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Amor de verano

¿Qué pasará cuando la orquesta toque la última canción de la verbena de las fiestas?

El sol, tímido, estará saliendo por el este, más allá de la sierra que envuelve el pueblo. Mientras, las luces de colores de la pista empezarán a dejar de vestir de arcoiris el suelo, gris y pulido, del frontón dónde se celebra el baile. El resto de la gente empezará a pedir el último bis, la canción más conocida. Pero ya no habrá para más. Los músicos empezarán a guardar sus guitarras y el batería tirará sus baquetas, mientras el cantante bebe el último sorbo de la botella de agua y el del bajo desenchufará la clavija que lo unía, hasta entonces, al ritmo bailado durante la última noche.

Pero nosotros no nos daremos cuenta de ello, enfrascados en un abrazo al compás de una música que hace poco habría dejado de sonar, nuestros pies moviéndose sobre la pista, lentamente, mientras tu cabeza descansará en mi hombro derecho, tus brazos abrazarán mi cuello mientras los míos, con las manos entrelazadas, rodearán tu cintura, negándose a aceptar que, en breves instantes, tendrán que dejar de hacerlo.

Los silbidos por la falta de música nos sacarán de nuestra nube, y nos miraremos a los ojos, con esa mirada triste de los que saben que el final se acerca, incapaces, ambos, de darnos un beso, por mucho que nuestros labios lo pidan, por mucho que sepan cómo hacerlo, dado que han estado el resto de la noche juntos, practicando, buscando que ambos se impregnen de un sabor que no querrán olvidar nunca.

Al final, resignados, separaremos nuestros cuerpos, incapaces de mirarnos a los ojos de nuevo. Y así seguiremos, cabizbajos, cogidos de la mano, sin decirnos ni una palabra por miedo a expresar lo que realmente sentimos, camino de casa de tus abuelos. Esa casa que tantas veces había mirado pero que no había visto hasta este verano, cuando te decidiste a salir por la puerta mientras yo, con mis amigos, estaba enfrente, en la puerta de los recreativos, masticando un chicle que casi me trago.

El camino se nos hará corto, pese a los intentos porque se alargue arrastrando los pies, haciendo lentos los pasos, tomando aire en cada bocacalle, suspirando en silencio.

Al llegar a casa de tus abuelos tu subirás el escalón de la entrada, quedando nuestros ojos, de nuevo, a la misma altura. Al igual que nuestros labios, que ya no podrán detener el impulso. Tus manos acariciarán mi pelo, por la nuca, mientras las mías harán lo propio con tu cintura, con tus caderas y, finalmente, con tus nalgas. Nuestras lenguas volverán a chocar, húmedas, ansiosas, buscando los últimos rincones no saboreados.

Con el último beso prometeremos escribirnos, llamarnos, pensarnos, soñarnos. Prometeremos escribir nuestros nombres en cada libreta, cada lápiz, cada plumier, cada carpeta y leerlo en silencio, en voz baja, para que quede entre nosotros. Prometeremos vernos en cada foto, en cada imagen, en cada reposición de la película que tantas veces habríamos visto en el cine de verano, a oscuras, esas escenas vistas entre beso y beso en la fila de los mancos.

Finalmente nos separaremos. Lentamente. Nuestros dedos se irán deslizando, dejando que las yemas se rocen por última vez. Al final, te llevarás tu mano derecha a tus labios, y me lanzarás un beso. Yo suspiraré y tardaré cinco minutos en irme, pese a que tu ya habrás subido por la escalera hacia la puerta de casa. Esa escalera en la que habremos medido cada uno de sus peldaños en anteriores despedidas.

No podré pegar ojo y, a las cinco de la tarde, acudiré al banco que hay sobre el puente de la carretera, con mi bicicleta a ver pasar tu coche. El banco, nuestro banco, en el que nos dimos el primer beso y en el que nuestras manos sintieron la piel del otro por primera vez, por debajo de nuestras camisetas. Manos temblorosas, inexpertas en abrir un cierre de un sujetador que se resistió hasta que decidiste a ayudarme, entre risas.

Mis ojos, rojos por la falta de sueño y por las lágrimas reprimidas escudriñarán la procesión de coches de vuelta en búsqueda del tuyo, anhelando que tu también mires hacia arriba y me dediques tu última sonrisa, aquella que recordaré toda la vida mientras la mía se apaga, al ver cómo vuelves a tu Madrid mientras yo me quedo en el pueblo, suspirando y rezando para que el otoño pase pronto, el invierno sea corto, la primavera no se alargue y que, el año siguiente, tu vuelvas con tus padres a veranear al pueblo, ese pueblo al que no querías ir en Junio y del que nunca te olvidarás a finales de Agosto.

 

 

La despedida

Alberto conocía a todos y cada uno de los que le rodeaban. Había compartido con ellos muchas jornadas de trabajo, muchas reuniones, muchas horas de charlas, de confidencias.

Y ahora, su último día allí, en su última reunión, los observaba, uno a uno, sus caras, y le parecía que los conocía desde siempre, pese a haber compartido con ellos poco más de dos años. Pero habían sido dos años muy intensos, de trabajar duro codo con codo, de apoyarse mutuamente en los momentos más difíciles.

El primero a su derecha era Fede, “el becario”. Lo llamaban así porque había sido el último en llegar, pese a ser el más mayor de todos. Le estaban enseñando el funcionamiento y todavía se le veía esquivo, pero tenía buen fondo, se adaptaría.

Le seguía Rober, el más joven, el más guerrero, el más combativo. Aquello no le gustaba, nunca lo había hecho, pero sabía que era su única salida y sus momentos de furia los compensaba con momentos de arrepentimiento, perdón y penitencia.

Luego estaban Vicente, Aarón y Felipe. Siempre juntos, dónde miraras. Si había uno, estaban los otros tres. Se bromeaba si tambien meaban juntos. Un verdadero equipo en el trabajo. Era inconcebible verlos por separado. Se apoyaban sin fisuras. Habían llegado juntos e hicieron la promesa de irse juntos, cuando fuera, aunque uno de ellos había tenido la oportunidad de cambiar se había quedado, fiel a su promesa del primer día.

Andrés, Tino, Juan… se sabía la historia de cada uno de ellos, se la habían contado, bien juntos, o por separado.

Por último estaba Pedro, casado, con dos niñas a las que hacía años que no veía. Lo recordaba del mismo día en el que llegó, fue el primero que lo acogió, como uno más, le presentó al resto y lo integró. Le enseñó las normas, las escritas y las no escritas y lo acompañó en todo momento. Sería uno de los que más echaría en falta. Echaría en falta aquellas charlas en los momentos de bajón, aquel hombro en el que tantas veces se había apoyado. Sin embargo era él quien se iba, dejando a Pedro allí, luchando por una empresa personal en la que llevaba mucho tiempo.

Y es que todos y cada uno de ellos llevaba su pena en la espalda, su condena individual, su Alcatraz particular. En su caso había sido el alcohol, en otros la heroína o el crack, daba igual.

Se levantó y se dirigió a cada uno de sus compañeros, para despedirse de cada uno de ellos individualmente, abrazándolos. Llegó Pedro, fue el último.

Hasta luego – dijo.

– Jamás – le respondió Pedro – Nunca aceptaré nada tuyo que no sea un Adiós. No te quiero volver a ver nunca. Ni de visita.

Se fundieron en un abrazo. Y Alberto lloró. Por él, por su victoria. Pero también por Pedro, porque sabía que seguía luchando y sabía que seguiría así siempre.

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Fue @olguitaolga quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Hasta luego, Alcatraz). 

Gracias, Olga, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.