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La misión

Volvió a mirar el papel en el que llevaba escrita la dirección, para acabar de cerciorarse. Miró el número del portal. Coincidía. Había llegado. Allí estaba el burdel.

Buscó en los números del telefonillo de la pared el que le habían indicado. No llevaba nombre, era el único que carecía de él. Tocó una vez. Nadie contestó. Un sonido grave le indicó que le estaban abriendo la puerta. Empujó con suavidad los barrotes negros y entró. El hall era amplio, con espejos. No cogió el ascensor, se veía con fuerzas para subir los dos pisos.

Llegó al segundo piso. Tres puertas por rellano. Buscó aquella rotulada con una C, era la que quedaba más a su derecha. Cuando llegó a su altura, se ajustó el cuello de la gabardina y se tocó el ala del sombrero antes de llamar al timbre. Tres veces, tal y como le dijeron que debía hacer.

Contó hasta diez tras el tercer timbrazo y, cuando estaba a punto de volver a pulsar el botón, la puerta se abrió con un quejido. Tras una cadena que impedía que la apertura fuera superior a los quince centímetros apareció la cara de una anciana, ajada, arrugada, vieja. Su edad era indescifrable, pero no cabía duda que cargaba una gran cantidad de años a su espalda.

– ¿Qué desea buen hombre? – preguntó, con voz trémula.

– Traigo el wolframio de Estalingrado – contestó.

La vieja levantó una ceja y lo miró de frente. Su mirada fija, viva le hizo rejuvenecer varias decenas de años. Asintió. La contraseña era la esperada.

La puerta se cerró y se pudo escuchar el sonido metálico de varios cerrojos. Tras un breve instante, se volvió a abrir la puerta y pudo ver a la anciana por completo. Ya no estaba curvada, su presencia llenaba toda la estancia. Su voz ya no sonó trémula, sino autoritaria.

– Espere ahí. Ahora le atienden.

Y desapareció tras unas cortinas. Aprovechó para observar la estancia. Era una sola pieza, no demasiado extensa. Le habían intentado dar un toque vintage, pero las cortinas de terciopelo rojo, el sofá con el mismo tapizado y la vitrina llena de cristales transparentes imitación a Svaroski le daban un ambiente rancio.

Tras la cortina por la que había desaparecido la anciana salió una chica; delgada, casi famélica; con una melena corta teñida de rubio y una bata semitrasparente en la que se le adivinaban dos pechos jóvenes, casi incipientes.

Se acercó a él y le puso la mano en el hombro. Él se la quitó de un manotazo, lo que hizo que en su cara se dibujara una mueca de asombro, acentuando la niñez que ella intentaba esconder.

– Quiero ver a la señora – dijo, fijando los ojos en el espejo grande que dominaba la estancia, consciente de que, tras él, era a su vez observado.

La chica desapareció por la cortina, rauda, sin mirar la vista atrás, en un suspiro y, tras unos instantes, apareció por ella una mujer madura, entrada en carnes, con una mirada dura, acostumbrada a lidiar con los tipos más desagradables.

– ¿No le gusta la niña? – dijo, sosteniéndole la mirada – Dígame sus preferencias.

– Quiero verlas a todas – dijo él, cortante, duro, pero intentando ser cortés tocándose el ala de su sombrero – Quiero elegir.

– ¿Es policía?, ¿está armado? – preguntó ella.

– Ni una cosa, ni la otra – dijo él con media sonrisa, mientras, con la mano derecha, notaba el tocar metálico de su herramienta de trabajo, escondida en el bolsillo de su gabardina y que siempre le acompañaba en aquel tipo de misiones.

Antes de que ella llegara a protestar sacó su mano izquierda del bolsillo de su gabardina, dejando caer sobre la mesa un fajo de billetes, lo suficientemente grueso para que la señora arqueara las cejas y, sin decir palabra, diera dos palmadas, a las que acudió otra niña, de similar edad a la anterior y vestida como ella, pero pelirroja y de pechos más generosos, como se podía adivinar por el que se le había salido de la bata con las prisas y que no se molestaba en esconder.

Antes de cinco minutos tenía ante él una docena de niñas, todas vestidas igual, pero con diferencias en el pelo, el color de la bata y la profundidad de sus curvas. Todo el catálogo del lupanar al alcance de su vista, la cual se fue fijando en cada una de ellas, poco a poco, evaluándolas, mientras su mano derecha seguía alternando entre el metal y la madera escondida en su bolsillo, jugando con ella a la espera de ser utilizada.

Tras repasar visualmente a todas ellas, decidió que era el momento de pasar a la acción, y comenzó a desabrocharse la gabardina. Las bocas de las niñas mostraron su asombro al ver cómo contrastaba el negro de su vestimenta con el cuadrado blanco, inmaculado que lucía en su cuello.

Con un gesto rápido cogió el crucifijo que todo el rato estaba acariciando y lo sacó de su bolsillo, blandiéndolo en alto, en el centro de la habitación, mientras de su garganta salía de viva voz:

– Arrepentíos pecadoras. Postraos ante el signo de la santa cruz que os muestro. Si realmente lo deseáis, Jesucristo os perdonará vuestros pecados y os llevará de nuevo por el camino de la fe verdadera…

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Fue @lailaelqadi quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vintage, fe, transparente).

Gracias, Laila, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.