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Eterna

El día había sido aburrido. La feria era un verdadero tedio, una auténtica perdida de tiempo. En la empresa habíamos decidido venir porque, pensábamos, que el sector asegurador sólo era rancio en España. Pero, ya por la mañana, nuestra creencia se había ido por los suelos: También lo era fuera de nuestro país.

La tarde no había mejorado: un par de contactos, una charla intrascendente, tres visitas a entidades… Así que, un poco antes de lo previsto, decidí ir a descansar un poco al hotel.

Una vez allí, tumbado en la cama, me puse a pensar lo diferente que hubiera sido si hubieras podido acudir tú también a un encuentro profesional, tal y como comentaste.

Hubiera sido gracioso el conocernos aquí, ¿verdad?, estando tan cerca en España y hacer más de 1.000 kilómetros para vernos las caras.

Habríamos quedado cerca del Pantheon. Siempre me has comentado que es tu monumento favorito, así que sería el mejor sitio.

Apoyado en la fuente del centro, te habría visto llegar y mi estómago hubiera dado un vuelco, removiendo el millón de mariposas que, desde que hablo contigo, han hecho de ese rincón de mi cuerpo, su hogar.

Tras los dos besos de rigor, nos hubiéramos sentado en una de las terrazas de la plaza a tomar un café. La charla hubiera sido la normal: el trabajo, el tiempo, la ciudad, la familia, hasta que, incapaces ambos de hablar lo que tan bien no sale el escribir, hubiéramos decidido ir paseando a ver el Coliseo, que yo no conocía.

El trayecto habría sido cordial, entre risas nerviosas y bromas ligeras, con las palabras más saliendo por nervios que por deseo realmente de decirlas.

El sofocante calor hubiera hecho que, en la Piazza Venezia, hubiéramos parado a pedir un helado en uno de los puestos callejeros. Me habría reído de tu italiano macarrónico una vez reanudado la marcha, lo que me habría reportado un puñetazo cariñoso en el hombro.

Al llegar al Coliseo te habría hecho parar para quitarte con la yema de mi dedo un poco de helado que se te habría quedado en la comisura de los labios, rozándote suavemente éstos. Un maldito vendedor ambulante de agua habría roto el momento al acercarse con su cantinela y habríamos vuelto a pasear, en silencio, ambos sin saber qué decir tras ese instante  en el que el tiempo, y los paseantes, se habían detenido.

Tras un vistazo rápido, hubiéramos decidido ir a cenar a una de las terrazas de la Piazza Navona, siempre animada por músicos callejeros. De camino, al ir a cruzar la Via de San Marco, una moto se habría saltado el paso de cebra lo que me hubiera llevado a apartarte con rapidez cogiéndote de la mano. Ya no te la habría soltado. Nuestros dedos se habrían entrelazado y ambos habríamos bajado la vista, incapaces de sostenernos la mirada.

Una vez allí, mientras buscábamos un sitio para acomodarnos, unos acordes de violín de una joven, probablemente una estudiante de música buscando un poco de dinero para los gastos de sus estudios, nos habría llamado la atención. Me habría acercado a ella, con diez euros en la mano y le habría susurrado una canción al oído. Ella habría sonreído y se habría preparado.

El primer compás de “Por una cabeza” me habría pillado ya con la mano en tu cintura y, tras un primer momento de indecisión, te habrías dejado llevar, moviéndonos ambos al compás del ritmo de tango que el violín iba desgarrando. En las últimas notas te habrías dejado caer sobre mi brazo y nuestras miradas se habrían encontrado. El pequeño corro que habríamos hecho en nuestro baile habría empezado a aplaudir, pero nosotros no lo habríamos escuchado, pues nuestros labios se habrían juntado por primera vez.

Ya no hubiera habido cena, aunque sí mucha hambre. El camino hacia el hotel habría sido una sucesión de batallas, dónde cada portal hubiera sido una trinchera en la que buscar el cuerpo del otro se habría convertido en la norma habitual. Cada esquina, cada semáforo, cada cruce hubiera servido para recobrar un aliento que hacía rato que habríamos perdido.

Me habrías contado que te alojabas en el Quatro Fontane, un pequeño hotel frente al Palazzo Barberini muy pequeño, pero con unas habitaciones, a ti, que tanto te gusta la decoración, preciosas. Pero, sinceramente, no me habría fijado en la habitación dado que, al llegar, de un empujón me habrías dejado sentado en la cama mientras tu, de pie, enfrente, de habrías desabrochado los tirantes del maravilloso vestido azul que llevabas puesto, dejándolo caer al suelo y dejándome hipnotizado por la vista de tu cuerpo desnudo, sólo cubierto por unas preciosas bragas de encaje negro que no hacían más que resaltar tus curvas y que te habrías quitado lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Tras ese momento, habría llegado la verdadera batalla, en la que brazos, manos, dedos, bocas, lenguas y ojos habrían escudriñado, acariciado, besado y saboreado cada una de las partes de nuestros cuerpos, haciendo y deshaciendo nudos, mientras las respiraciones se sincronizaban y se perdían, entre jadeos, gemidos y suspiros.

El agotamiento habría dejado que el sueño nos pillara en el último beso, incapaces de desearnos buenas noches, al no poder despegar nuestros labios.

A las cuatro de la mañana me habría despertado notando el tacto de la seda de tu cintura en mis dedos, oliendo el aroma de tu larga cabellera castaña, escuchando tu respiración tranquila y viendo cómo, al compás de ésta, tu pecho subía y bajaba. Así que no habría tenido más remedio que utiliza el único sentido que me quedaba libre y te habría empezado a saborear. Lentamente. Hubiera empezado en el lóbulo de la oreja y habría ido bajando hacia el cuello, dejando que mis labios se pararan una milésima de segundo en cada poro encontrado por el camino. Al llegar al pecho, tu pezón, terso, duro, me habría indicado que la senda era la correcta, por lo que me habría recreado en él, alternando los labios y la lengua para no perderme ni un ápice de su sabor.

Habría seguido bajando, por el lateral de tu pecho, siguiendo la curva de tus costillas, hacia el ombligo, dónde, otra obligada parada me hubiera servido para coger fuerzas, consciente del terreno en el que me estaba adentrando. No tardé en hundir mi cabeza entre tus piernas, dejando que mi lengua se entretuviera en recorrer cada uno de los rizos que allí encontraría para llegar al tesoro que había estado buscando.

Un estremecimiento me hubiera indicado que era el momento, así que te habría cogido de la mano y nos habríamos ido a la ducha, a terminar juntos lo que yo había empezado. Al acabar, habríamos dejado que el agua corriera por nuestros cuerpos, templada, llevándose tras de si los últimos restos de la pasión de esa noche.

Nos habríamos vestido deprisa y habríamos salido corriendo, cogidos de la mano, hacia la Piazza de Spagna, dónde el amanecer nos habría pillado sentados, tu un escalón debajo del mío, entre mis piernas, con tu cabeza apoyada en mi pecho mientras nuestras manos, entrelazadas sobre el tuyo, acompañaban nuestras respiraciones acompasadas y el sol iba tiñendo de luz la cúpula de San Pietro frente a nuestros ojos.

Pero no fue así. A las cuatro abrí los ojos debido al zumbido de la alarma de mi móvil y me encontré solo, en mi hotel barato de la Via Nazionale. La ducha fue triste, rápida y el amanecer me pilló camino de Fiumicino, a tomar un vuelo que me llevaría de vuelta a Barcelona, dónde tenía que redactar el informe sobre la jornada en la feria mientras tú, a un par de cientos de kilómetros de distancia, estabas preparando el desayuno a los niños y a punto de salir hacia tu trabajo, a tus expedientes, sin saber que, aquella noche, para mi te habías convertido en, al igual que la ciudad de Roma, eterna.

DIANA

A veces golpear no basta, hay que dar con fuerza, y en el mismo centro.