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Plegaria inútil

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Los recuerdos llegaron a su mente a raudales, agolpándose por ocupar un sitio, casi sin tiempo a asimilarlos.

Primero fue la imagen de su yaya, en la cocina, con las manos llenas de harina de haber amasado aquel pan del que recordaba tanto su sabor como su olor, penetrante mientras se cocía en el horno de carbón.

Luego fueron las manos de su padre, ajadas, rasposas, fuertes, que, al llegar de la huerta la abrazaban con fuerza, levantándola en el aire para dar una voltereta, mientras su madre ahogaba un grito por lo cerca que pasaba su cabeza del suelo. Y luego el enfurruñamiento que fingía mientras era a ella a quien agarraba mi padre, intentando darle un beso. Y otra vez la yaya, santiguándose ante tal escándalo que presenciaban sus ojos.

Por último las voces, las risas, los cánticos infantiles en la calle, cuando, al salir del colegio, se reunían sobre la tierra lo chicos, con sus canicas y las chicas, con la cuerda o con la muñeca de trapo que tenía Manolita, regalo de su tío, el de Madrid.

Volvió a subir la vista, pero lo que le llegó entonces a raudales fueron las lágrimas: duras, amargas.

Lágrimas de rabia, de impotencia, al ver que era la imagen de la virgen a la que tanto se había implorado y la que tanto la había ignorado lo único que quedaba todavía en pie tantos años después del bombardeo.

Separando

separar paja grano

Hay mucha información, demasiada.

Hay muchas personas, demasiadas.

Hay muchas conversaciones, demasiadas.

Sin embargo, siempre hay una noticia, una frase, un saludo que te frena, te lleva a pensar y te invita a separar el grano de la paja.

Sólo así, parando, reflexionando e investigando, se llega a las mejores personas, informaciones y conversaciones.

Pero para ello hay que leer mucho y fijarse en cada detalle, cada palabra, cada frase y cada silencio.

Y ser valiente, saber lo que buscas, cómo lo buscas y, si lo encuentras, seguirlo.

¿Te atreves a separar?

 

 

Sólo quería una foto

 

 

 

Foto_robada

Una tarde fría de otoño, en la que se adivina ya el invierno, miras la hora, miras el cielo y dices: “Ahora, ideal”.

Dejas en casa a la familia, coges la cámara, el trípode y te vas.

Decides llegar dando un paseo, tres kilómetros. Hace frío, pero vas contento.

Llegas, miras la luz y piensas: “Tengo tiempo antes de que anochezca”. Colocas todo el material en el punto que deseas y empiezas.

Cuadres, enfoques, variaciones de apertura, de velocidad, pruebas, pruebas y más pruebas. Mientras, el sol va bajando, perdiendo la lucha por permanecer.

Pasan un par de perros: Fotos con ellos paseando. Tiene buena pinta.

Entre las variaciones, preparas varias tomas para un HDR, el primero que vas a probar. Lo haces con la ilusión del principiante.

Te giras y ves el pueblo precioso, en semipenumbra. Todavía se ven los edificios pero las farolas le dan un toque especial. Giras la cámara: Más fotos, más cambios de enfoque. Miras el visor, algunas prometen.

Ya queda poca luz. Vuelves al enfoque inicial y sigues disparando. Dos paseantes, ideal, más fotos.

Se hace de noche. Miras el contador: 83 fotos. Alguna se aprovechará.

Casi sin luz recoges todo, pliegas el trípode. Vuelta a casa casi a oscuras. Ha valido la pena. La sonrisa así lo indica.

Al llegar a casa sacas el ordenador, sacas la tarjeta y la insertas en el lector.

Vaya, ha tropezado una de las partes de la tarjeta con la esquina del visor, abriendo el plástico y rompiendo las conexiones. La tarjeta totalmente inservible.

Esta semana no hay foto en el blog, ni la habrá.

El mal humor te va a acompañar durante toda la semana, lo sabes.

 

 

Marchita

 

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/6

Velocidad: 1/6 s

Sensibilidad: ISO-100

Flash: NO

Photoshop: NO

Rio

La vida fluye como el agua de un río.

Déjala correr y disfruta viendo su camino

 

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/18

Velocidad: 20 s

Sensibilidad: ISO-200

Flash: NO

Photoshop: NO



Pasamanos

 

Hasta la más simple escalera es más segura si tienes donde cogerte.

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/5,6

Velocidad: 1/500 s

Sensibilidad: ISO-110

Flash: NO

Photoshop: NO. 

Autorretrato

Qué mejor forma de empezar el año que con una foto. Una foto que es, al mismo tiempo, una declaración de intenciones: la intención de seguir detrás de la cámara captando aquello que ven mis ojos y compartiéndolo con todos vosotros.

Qué tengáis un gran año lleno de grandes visiones.

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/5,6

Velocidad: 1/500 s

Sensibilidad: ISO-900

Flash: NO

Photoshop: NO. Pasado a b/n y retocados niveles de brillo y contraste con el Picture Manager de Office

 

 

 

 

Salvavidas

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En esta vida, todos tenemos un salvavidas. Una persona que sabemos que siempre estará ahí, cuando la necesitemos. Aunque haga tiempo que no la veamos ni que hayamos hablado con ella. Bastará con llamarla para que acuda. Sin condiciones, sin contraprestación.

Al mismo tiempo, todos somos el salvavidas de alguien. Es posible que no lo sepamos con certeza, pero un día ese alguien nos llamará y se activará un resorte que nos hará acudir en su ayuda. Sin condiciones, sin contraprestación.

¿Sabes quién es tu salvavidas? ¿Esa persona sabe que es tu salvavidas?
Y tu, ¿Sabes de quien eres el salvavidas?

A veces, es bueno decir “te quiero” a las personas que quieres. Igual, sin darte cuenta, les estás indicando que eres su salvavidas.

 

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/5´6

Velocidad: 3 s

Sensibilidad: ISO-3200

Flash: NO

Photoshop: NO

Observaciones: La foto está tomada de madrugada. Dejé el obturador abierto y enfoqué el salvavidas durante un instante con una linterna. De ahí la luz en el lateral.

Cu-Cú

 


Te mira, te observa. Es capaz de ver todo lo que haces. Siempre está ahi, acechando, espiando, supervisando.

Se cree escondido, oculto, invisible.

Pero lo que no sabe es que nosotros también le estamos viendo.

 

El de la foto es Adrián, tras el agujero por el que pasa la soga para embolar al toro en la Plaza del Almudín

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/4,2

Velocidad: 1´6 s

Sensibilidad: ISO-3200

Flash: NO

Photoshop: NO

Aire de invierno


Esther abrió la ventana de par en par, dejando que la fresca brisa de la mañana acariciara su piel desnuda resaltando cada poro de su piel.
Pedro estaba en la cama, observando la silueta a contraluz de Esther dibujada sobre un campo de girasoles que empezaban a crecer.
– No te fíes de este sol traicionero-dijo- aquí los inviernos son muy duros.
Esther se giró y comenzó a caminar lentamente hacia la cama.
Pedro la miró mientras se acercaba. Le gustaba. Mucho. Las curvas bien dibujadas de sus caderas, esos pechos generosos, sus piernas bien torneadas. Nada que ver con esas esqueléticas que aparecían en las portadas de las revistas.
Recordó la primera vez que vio sus fotos en la pagina web de contactos a la que estaba suscrito y como decidió enseguida contactar con ella. Le gustaba el servicio de dicha web, que tan bien le había dado resultado las dos anteriores veces. Todo presagiaba que esta vez no seria distinto.
Esther se tumbó en la cama, boca arriba. Momento que él aprovechó para darse la vuelta hacia ella y acercar su boca al  ombligo.
Empezó a besar los alrededores del mismo con suavidad, dejando que sus labios se llenaran de la mayor superficie de piel que podían abarcar. Lentamente fue subiendo hacia arriba, centímetro a centímetro. Al llegar al pecho cogió con los dientes la punta del pezón notando como éste respondía al estimulo poniéndose terso, duro. Sonrió.
Siguió su camino lentamente, pasando por el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, al que simplemente rozó mientras susurraba un “ahora vuelvo” que sabía que era un gesto que a ella la dejaba a la espera de una sorpresa, totalmente excitada, como las anteriores veces.
Se puso las zapatillas y bajó a la cocina.
Una vez allí, llenó un vaso de agua y empezó a beberlo mientras miraba por la ventana. Aunque el sol todavía calentaba esas primeras semanas de noviembre, su experiencia de hombre de campo le decía que aquel invierno iba a ser duro. Un año más las nieves cubrirían el valle que rodeaba la casa, tapando los caminos y dejándola totalmente aislada del resto del mundo, a varios kilómetros de distancia del pueblo mas cercano.
Debía aprovisionarse bien, para poder pasar el invierno con tranquilidad.
Abrió el congelador y vio que solo le quedaban un par de piezas de carne.
Lo cerró y cogió un cuchillo del taco que había sobre la encimera de la cocina. Pasó suavemente el dedo por el filo para comprobar que éste cumpliría bien su función y se dirigió hacia la habitación.

 

La culpa de esta historia es de @jesterhanny