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Rara Navidad

Aquel año no había regalo, ni árbol, ni calcetines o villancicos. La cena estaba programada a las 8 de la tarde, como todos los días. Le habían comentado que solía ser especial: alguna gamba, un poco de turrón para postre… Pero eso sí, que se fuera olvidando del vino, del cava o la cerveza. Allí no se brindaba, nunca.

Todo eso se lo estaba contando Julio, al principio del día, cuando se acercó a su cama al escuchar los sollozos apagados que había intentado esconder al darse cuenta del día que era. Allí, como muchos otros días, esos ojos azules, cansados de tantos años y tanta experiencia se habían convertido en su guía, su pilar, su apoyo. Lo había acogido desde que lo vio, consciente de que sólo sería incapaz de adaptarse a aquella selva en la que sólo sobrevivía el más fuerte.

Como cada día, al levantarse se preguntaba en qué momento se había dado la vuelta la tortilla. Desde que tenía uso de razón sólo se acordaba de haber estado trabajando: primero de peón, luego de oficial y finalmente de jefe de obra. Allí conoció a quien fue su último jefe, un promotor inmobiliario que en las buenas épocas se metió a la obra pública. Su jefe se dio cuenta enseguida de su valía y lo fue ascendiendo, hasta llegar a tomar parte en las decisiones de obra más importantes, estampando su firma en aquellos documentos necesarios para seguir creciendo y construyendo, que era lo que le gustaba.

Nunca se fijó en que firmaba, sus conocimientos legales eran escasos, lo suyo era el hormigón, las vigas, las riostras, los encofrados. Siempre se le transmitió confianza y él veía los resultados. Nunca pensó que le dejarían solo ante una adversidad. Pero ocurrió. El concejal de turno no quiso aceptar la comisión y destapó la trama. También la destapó para él.

Y ahí estaba, mientras veía como tras los barrotes el frío invierno dejaba caer copos de nieve sobre el patio que tanto había paseado a lo largo del año, una lágrima caía sobre sus mejillas al escuchar la voz de sus niños cantándole un villancico a través del teléfono. Sólo lo mantenía vivo la ilusión de cantarlo junto a ellos el año siguiente, en casa.

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La culpa de esta historia es de @MsConcu

Gracias por tus tres palabras

Frío

 

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/5,6

Velocidad: 1/125 s

Sensibilidad: ISO-110

Flash: NO

Photoshop: NO. Pasado a escala de grises

Aire de invierno


Esther abrió la ventana de par en par, dejando que la fresca brisa de la mañana acariciara su piel desnuda resaltando cada poro de su piel.
Pedro estaba en la cama, observando la silueta a contraluz de Esther dibujada sobre un campo de girasoles que empezaban a crecer.
– No te fíes de este sol traicionero-dijo- aquí los inviernos son muy duros.
Esther se giró y comenzó a caminar lentamente hacia la cama.
Pedro la miró mientras se acercaba. Le gustaba. Mucho. Las curvas bien dibujadas de sus caderas, esos pechos generosos, sus piernas bien torneadas. Nada que ver con esas esqueléticas que aparecían en las portadas de las revistas.
Recordó la primera vez que vio sus fotos en la pagina web de contactos a la que estaba suscrito y como decidió enseguida contactar con ella. Le gustaba el servicio de dicha web, que tan bien le había dado resultado las dos anteriores veces. Todo presagiaba que esta vez no seria distinto.
Esther se tumbó en la cama, boca arriba. Momento que él aprovechó para darse la vuelta hacia ella y acercar su boca al  ombligo.
Empezó a besar los alrededores del mismo con suavidad, dejando que sus labios se llenaran de la mayor superficie de piel que podían abarcar. Lentamente fue subiendo hacia arriba, centímetro a centímetro. Al llegar al pecho cogió con los dientes la punta del pezón notando como éste respondía al estimulo poniéndose terso, duro. Sonrió.
Siguió su camino lentamente, pasando por el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, al que simplemente rozó mientras susurraba un “ahora vuelvo” que sabía que era un gesto que a ella la dejaba a la espera de una sorpresa, totalmente excitada, como las anteriores veces.
Se puso las zapatillas y bajó a la cocina.
Una vez allí, llenó un vaso de agua y empezó a beberlo mientras miraba por la ventana. Aunque el sol todavía calentaba esas primeras semanas de noviembre, su experiencia de hombre de campo le decía que aquel invierno iba a ser duro. Un año más las nieves cubrirían el valle que rodeaba la casa, tapando los caminos y dejándola totalmente aislada del resto del mundo, a varios kilómetros de distancia del pueblo mas cercano.
Debía aprovisionarse bien, para poder pasar el invierno con tranquilidad.
Abrió el congelador y vio que solo le quedaban un par de piezas de carne.
Lo cerró y cogió un cuchillo del taco que había sobre la encimera de la cocina. Pasó suavemente el dedo por el filo para comprobar que éste cumpliría bien su función y se dirigió hacia la habitación.

 

La culpa de esta historia es de @jesterhanny