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Cómo olvidar

Cómo olvidar.

Era un sábado de enero, uno esos inviernos raros en los que el sol pica más de lo que debería. Aquel sábado había acudido con un amigo. Era de las primeras veces que iba, quizá la primera, y lo hacía porque a él le sobraba una entrada.

Todo transcurría con normalidad: pipas, refresco, tensión (poca)… hasta que llegó la alegría. Más de diez mil almas gritando al unísono, saltando, silbando, riendo.

Fue justo en aquel momento, cuando te vi: media melena recogida en una coleta alta, chaqueta de tres cuartos, pantalón vaquero y la bufanda rosa. Con los brazos arriba, saltando, te giraste y miraste cinco filas por encima de ti.

¿Cuánto tiempo nos aguantamos la mirada? Supongo que apenas unos segundos, pero se me hicieron eternos. Me perdí en tu sonrisa, en la que dibujaban tus labios dejando ver ligeramente tus dientes; me perdí en tu ojos, sonriendo casi más que tu boca y brillando más que las luces que ya estaban encendidas; me perdí en tu cuello, que asomaba ligeramente por encima de la bufanda. Y, lógicamente, a partir de ese momento, me perdí el resto del partido.

Ya no hubo nada más, aunque creo que me contaron algo de algún penalti no pitado o no se qué. Pero yo ya no pude desviar la mirada de esa parte de la grada en la que veía tu cabeza. Te giraste un par de veces más, sonriendo y desviando rápidamente la mirada al ver que se volvía a cruzar con la mía.

Acabó el partido y te perdí entre la maraña de gente que salía apresurada por los vomitorios hacia sus casas. Por más que busqué en las escaleras y las puertas de entrada, no volví a verte.

Al partido siguiente compré una entrada por la misma zona y al otro, y al otro.

Acabó la temporada y yo me saqué el pase para la siguiente con la esperanza de volver a coincidir.

Pero eso nunca ocurrió.

Cómo olvidar.

Algo pasó en Gol Orriols, un sábado de enero. Rubén Suárez chutó desde la esquina del área de grada central y el balón entró por la escuadra. El Levante ganó el partido y yo perdí el corazón para siempre.

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No está en el título, @manyez, pero espero que te sirva.

¿Los ha habido?

Abrazos.

Orriols

Día de partido

El patio del colegio. Aquellas tardes de llegar a casa con las rodillas despellejadas de las caídas al suelo con los pantalones cortos.

Su tío Rafa, el de Madrid, que llegó al pueblo con el balón de cuero bajo el brazo y se lo dejó junto a la almohada mientras dormía. Ese balón que su abuela tantas veces remendó y añadió parches para alargar un uso diario y constante.

Sus primeras botas. Negras con los cordones largos y también negros que se ataba tras darles un par de vueltas por debajo de los tacos de metal. Botas que limpiaba cuidadosamente con betún antes y después de cada partido.

Su debut en el juvenil del equipo. Se había ganado fama en la escuela y en los entrenamientos a los que acudía pese a no tener la edad y en los que se dejaba la piel, el sudor y el alma por mero disfrute de aquello que era su pasión.

El salto al primer equipo. Un domingo de otoño, lluvioso, frío, bajo un vendaval pero que a él le pareció el paraíso.

Las temporadas jugadas. De campo en campo, la mayoría de tierra como no podía ser de otra forma en aquel tiempo y en categoría regional. Todos aquellos domingos en los que se tenían que juntar varios jugadores en el coche de alguien de la directiva para poder acudir a un pueblo a poco más de treinta kilómetros de distancia pero a casi dos horas de trayecto por carreteras llenas de curvas y baches.

El ascenso a preferente. Ya casi al final de su carrera, con su mujer y su hijo de dos años en la grada, llorando junto a él mientras le colocaba el brazalete de capitán al pequeño al acabar el partido instantes antes de que el resto de compañeros lo cogieran y lo  lanzaran al aire entre gritos de júbilo.

El momento de la retirada. Ese partido homenaje entre su club y un equipo compuesto por jugadores del resto de equipos de la comarca. Todos rivales y todos amigos. La cena posterior y el discurso que sus lágrimas y el  aplauso del resto de presentes en la sala le impidieron terminar.

La otra cara, la de ver los partidos desde el banquillo, como entrenador. Noches de llegar tarde a casa porque el entrenamiento se había alargado más de la cuenta al ensayar tácticas. Madrugadas entre hojas cuadriculadas en las que habían cientos de campos dibujados con nombres de alineaciones. La vuelta a los domingos fuera de casa pero ahora con desplazamientos más cómodos, en autobús.

La escuela, los niños, el futuro. Su última etapa como entrenador del fútbol base en ese club que, en sus tiempos se mantenía por amor al deporte y cabezonería de unos cuantos y que ahora contaba con equipos en todas las categorías federadas. Sus consejos, sus riñas, su fama de dura disciplina y la admiración futura de todos aquellos que pasaron bajo su batuta.

Toda una vida con la misma pasión, la misma ilusión, la misma devoción y la misma implicación.

Todo eso lo sabía Ana porque se lo habían contado los hijos de Felipe, al que cuidaba todos los días en la residencia en la que éste se encontraba internado por culpa del alzheimer. Esa enfermedad que le había borrado todos los recuerdos de una vida vivida con intensidad.

Pero Ana no se lo cree. Piensa que algo queda, no es posible que todo se borre de un plumazo, dejando vacía de imágenes una mente, vaciando de contenido una vida entera.

Por eso hoy, que juega la selección, levanta a Felipe de su cama, lo sienta en la silla de ruedas, le pone la bufanda roja y amarilla,  lo lleva a la sala y lo deja frente al televisor. Luego coge una silla y se sienta enfrente de él, esperando que, como en todos aquellos días en los que hay partido, Felipe levante la cabeza, abra los ojos e ilumine su cara con una sonrisa en el momento en que escuche cómo el árbitro pita el inicio del encuentro, dejando en evidencia que ella tiene razón y que, por mucho que una enfermedad se empeñe en borrar recuerdos, es imposible que haga desaparecer también una pasión.