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La asistenta

Como cada día, tras lavarse la cara bajó a la cocina. La asistenta ya estaba preparando el desayuno. Olía a café y tostadas.

Se sentó en la mesa y al momento tenía su tazón humeante de café con leche. Con mano temblorosa le puso una cucharada de azúcar y se lo acercó a la boca. Aspiró el aroma y sopló un poco para no quemarse los labios. Bebió un pequeño trago y levantó la cabeza, hacia un cuadro que estaba colgado en la cocina en el que se podía ver un girasol, amarillo, luminoso.

– Ese cuadro lo pintó mi hija -dijo – Hace tanto tiempo que no la veo. Aunque hay que entenderlo. Se fue a vivir fuera de la ciudad, lleva su vida. Con su marido y sus hijos. Cuando uno se hace viejo parece que la familia lo va dejando de lado. A veces, uno se siente perdido. Pero sé que en  mi caso no es así. Simplemente está muy ocupada, el estrés, que llaman ahora. No la culpo, le dimos todo lo que pudimos y trabajó mucho, primero en la universidad, luego en el bufete.

Paró su parlamento para volver a tomar un trago corto de su tazón. Lo acompañó con un pequeño mordisco de una galleta que tenía al lado. Masticó lentamente, sabía que se le podía salir la dentadura si lo hacía con demasiada fuerza.

Tomó aire y continuó:

– Siempre le gustó pintar. Ese cuadro de ahí lo pintó con poco más de 9 años. Luego, las obligaciones le han llevado a dejarlo un poco. Pero sé que sigue haciéndolo. ¿Te he contado ya que es abogada?. Ella quería hacer bellas artes, pero claro, nosotros le aconsejamos que no lo hiciera. Lo asumió sin rechistar. Realmente estoy orgulloso de ella. Recuérdame que luego la llame, para ver si puede venir a verme.

Volvió a coger el tazón de leche y tomar otro pequeño trago, saboreándolo. De repente giró la vista hacia la otra parte de la cocina y preguntó:

– Por cierto, ¿te han pagado ya este mes?. Haces bien el trabajo, no me gustaría que no estuvieras a gusto y te fueras.

La asistenta se acercó a la mesa, se agachó hasta sus cabezas estuvieron a la misma altura, le cogió las manos y le dio un beso en la mejilla. Un beso lleno de amor, ternura y comprensión.

– Tranquilo papá – dijo – No me voy a ir.

El viejo la miró a los ojos y ambos sonrieron.


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La culpa de esta historia es de @anlogar2

Gracias por tus tres palabras

Aire de invierno


Esther abrió la ventana de par en par, dejando que la fresca brisa de la mañana acariciara su piel desnuda resaltando cada poro de su piel.
Pedro estaba en la cama, observando la silueta a contraluz de Esther dibujada sobre un campo de girasoles que empezaban a crecer.
– No te fíes de este sol traicionero-dijo- aquí los inviernos son muy duros.
Esther se giró y comenzó a caminar lentamente hacia la cama.
Pedro la miró mientras se acercaba. Le gustaba. Mucho. Las curvas bien dibujadas de sus caderas, esos pechos generosos, sus piernas bien torneadas. Nada que ver con esas esqueléticas que aparecían en las portadas de las revistas.
Recordó la primera vez que vio sus fotos en la pagina web de contactos a la que estaba suscrito y como decidió enseguida contactar con ella. Le gustaba el servicio de dicha web, que tan bien le había dado resultado las dos anteriores veces. Todo presagiaba que esta vez no seria distinto.
Esther se tumbó en la cama, boca arriba. Momento que él aprovechó para darse la vuelta hacia ella y acercar su boca al  ombligo.
Empezó a besar los alrededores del mismo con suavidad, dejando que sus labios se llenaran de la mayor superficie de piel que podían abarcar. Lentamente fue subiendo hacia arriba, centímetro a centímetro. Al llegar al pecho cogió con los dientes la punta del pezón notando como éste respondía al estimulo poniéndose terso, duro. Sonrió.
Siguió su camino lentamente, pasando por el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, al que simplemente rozó mientras susurraba un “ahora vuelvo” que sabía que era un gesto que a ella la dejaba a la espera de una sorpresa, totalmente excitada, como las anteriores veces.
Se puso las zapatillas y bajó a la cocina.
Una vez allí, llenó un vaso de agua y empezó a beberlo mientras miraba por la ventana. Aunque el sol todavía calentaba esas primeras semanas de noviembre, su experiencia de hombre de campo le decía que aquel invierno iba a ser duro. Un año más las nieves cubrirían el valle que rodeaba la casa, tapando los caminos y dejándola totalmente aislada del resto del mundo, a varios kilómetros de distancia del pueblo mas cercano.
Debía aprovisionarse bien, para poder pasar el invierno con tranquilidad.
Abrió el congelador y vio que solo le quedaban un par de piezas de carne.
Lo cerró y cogió un cuchillo del taco que había sobre la encimera de la cocina. Pasó suavemente el dedo por el filo para comprobar que éste cumpliría bien su función y se dirigió hacia la habitación.

 

La culpa de esta historia es de @jesterhanny