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Bombones

a1000manos

Eran los mejores de toda la provincia. Incluso había quien decía que de todo el país. De todas partes llegaba gente a comprar alguno y por correo se recibían a diario muchas peticiones para que se realizaran envíos, envíos que siempre se declinaban por la dificultad de que llegaran a destino en buenas condiciones.

Su fama había protagonizado noticias de periódicos, charlas en la radio, hasta aquellos que tenían una televisión en casa contaban que los habían visto allí, aunque nadie podía probarlo.

Los había de muchos sabores: fresa, ciruela, café, caramelo… Pero el de chocolate con leche era el más famoso, el que más se vendía, el que más pedían.

Lógicamente, y dado el esmero con que los fabricaban, la gran calidad de la materia prima y su difícil conservación, el precio era desorbitado para la amplia mayoría de la gente de la ciudad. Sólo aquellos que pertenecían a la aristocracia o a la alta sociedad podían permitirse el lujo de enviar a sus criadas a comprar algunos para celebraciones o por el simple hecho de degustarlos. El resto se conformaba con poder probar alguno en ocasiones especiales y muy contadas.

Juanillo recordaba perfectamente el día en que, de camino al colegio, acercó su cara al escaparate de la confitería y quedó maravillado de lo que allí vio. A partir de ese momento, todos los días se paraba y se quedaba contemplando dentro. Más de un pellizco, escozón y colleja de su madre le había costado dicha costumbre, dado que siempre iban con el tiempo justo para llegar a clase. Pero no cejaba. Día tras día. Lloviera, nevara o hiciera un sol de justicia. Siempre encontraba un momento para acercar su cara al escaparate y pasar un rato deleitando la vista.

Por eso aquel día estaba dispuesto a dar el paso. Había estado trabajando duro cuatro días a la semana en la carbonería, cargando carbón en los sacos que, más tarde, eran repartidos por toda la ciudad como combustible de estufas y cocinas. Eso le había valido un jornal de tres monedas, que estuvo acariciando todo el camino desde el viejo almacén hasta su casa. Tras entregar dos monedas a su madre para ayudar al sustento familiar se dirigió al pequeño cuarto de aseo, se bañó hasta quitar cualquier resquicio del negro carbón de su piel, se puso su mejor chaqueta y pantalón e incluso se atrevió a pasar un poco de loción de su padre por su, aún, imberbe cara.

Y allí estaba, en la puerta de la confitería, con una mano en el bolsillo acariciando la moneda y con la respiración entrecortada. Tomó aire profundamente y  empujó la puerta de entrada.

Le chocó la calidez de la estancia más que el olor a chocolate. La esperaba más fría, por aquello de la conservación. El olor lo impregnaba todo, casi se podía cortar. Te entraba por los orificios de la nariz y te llegaba al alma, embriagándote por completo.

Se acercó con pasos temblorosos al mostrador, donde una señora con un delantal blanco, reluciente, le estaba esperando con una sonrisa en los labios.

– ¿Qué deseas, pequeño? – Le preguntó sin que la sonrisa desapareciera de su cara.

– Bombones de chocolate con leche – Acertó a contestar, casi en un susurro.

– ¿Cuántos querías?

Juanillo sacó la mano del bolsillo y depositó con cuidado la moneda en el mostrador.

La señora enterneció su mirada, sonrió con más cariño, si cabía y le dijo:

– Con esto te puedo dar tres bombones, ¿te sirve?

Juanillo se encogió de hombros, bajando la vista avergonzado. Pero, tras coger aire, volvió a levantar la cara, diciendo con determinación:

– Para regalo, por favor.

La dependienta mostró sus dientes al sonreír y le guiñó un ojo. Con delicadeza cogió unas pinzas y depositó tres bombones en una pequeña bandeja de cartón dorado, que rápida y diligentemente envolvió con un papel de celofán rematado con un precioso lazo rojo. Tras ello, con la misma delicadeza, depositó la bandeja en las pequeñas manos del mozo.

Juanillo, tras un “gracias” casi inaudible giró hacia la derecha, volvió a coger aire en profundidad y dio tres pasos, hacia la otra parte del mostrador.

Allí estaba ella, con sus ojos grises, su rizada melena morena recogida en una trenza que le caía por su hombro derecho y sus labios carnosos, en los que se adivinaba un destello de carmín, quizá un pequeño gesto de coquetería consentido por su madre los días en que le dejaba ayudar en la confitería.

Se puso frente a ella y levantó las manos, depositando la pequeña bandeja sobre el mostrador, a escasos centímetros de otras pequeñas manos, más delicadas, que se adivinaban también temblorosas.

Ella rozó con las yemas de sus dedos el lazo rojo y levantó la vista.

Sus miradas se volvieron a cruzar, al igual que sus sonrisas, al igual que ocurría todos los días desde que tres años atrás Juanillo acercara su cara al escaparate de la confitería y quedara prendado.

En aquel momento no le cupo ninguna duda: esa sonrisa le acompañaría el resto de su vida.

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Por el mundo hay gente fantástica que, con muy poco, es capaz de hacer embarcar en distintas aventuras a aquellos que les leemos con ganas y le seguimos en todas sus andanzas.

Dos de estas personas son Iñaki (@goroji) y Rut (@Rutroncal)

En esta ocasión, se han propuesto que aquellos que tenemos un blog lo prestemos a algo tan maravilloso como es compartir una sonrisa y que escribamos algo que la foto que encabeza este post nos transmita y lo publiquemos hoy, 3 de junio.

Este proyecto lo han llamado #A1000manos

No he podido resistir la tentación de colaborar dejando mi granito de arena al proyecto.

Espero haber estado a la altura.

Gracias Iñaki y Rut por vuestra generosidad y vuestra iniciativa.

 

 

Medicina moderna

 

–        Espectacular, soberbio, inconmensurable. Y no sólo por la forma, que es perfecta, tal y como se puede apreciar en su simetría, en cómo una parte se complementa perfectamente a la otra, haciendo del conjunto una armonía placentera a la vista, que atrae la mirada y no deja que ésta se distraiga, sino que invita a recorrer con los ojos cada centímetro. Pero es que, además, está el volumen. Ni mucho, ni poco. En su justa medida. Lo que hace que no hayan partes caídas, ni excesivamente levantadas. No es grande, lo que podría desagradar tanto a la vista como a ciertos cánones hoy aceptados, ni pequeño, que no llamaría la atención que éste despierta. Atención que te lleva a querer palparlo con tus propias manos. Que es, precisamente, otro de sus puntos fuertes, puesto que, al rozar los dedos con cualquier punto de su superficie, notas como tu propia piel se eriza al sedoso contacto, que te lleva a tener que seguir deslizando tus dedos, sintiendo que sería un verdadero crimen el dejar sin recorrer un solo centímetro del mismo. Todo eso sin olvidar que dicho roce hace que se ericen también sus poros, por lo que el tacto se hace, si cabe, más placentero al ver cómo responde al estímulo de la regregadura, tensándose, atirantándose, ratificando esa firmeza que se intuía a primera vista y que acaba de redondear el círculo de la maravilla que me ha presentado. Es, sinceramente y sin miedo a equivocarme, el mejor culamen que he podido observar en mi más que dilatado currículum.

–        Ejem, doctor, le recuerdo que se trata de mi mujer. Y que estamos aquí por anginas…

–        ¿Angina?, ¿de pecho?, magnífico, porque desde que le he visto entrar me ha apetecido el verle también el pecho. Esto va a ser orgásmico.

–        Pero, pero…

–        Nada, nada, amigo… esto es medicina, medicina moderna. El dospuntocero ese que llaman…

 

 

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Fue @Goroji quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Culamen, orgásmico, currículum).

Gracias, Iñaki, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este relato se publica al unísono en el blog de Iñaki, www.sobrevivirrhhe.com, dentro de su sección “Sábado, sabadete”. Un honor, como de costumbre, el estar en su casa.

 

PD: Sirva también esta entrada como un guiño a todos aquellos fantásticos profesionales de la salud que se pasan por este blog y que, con seguridad, tienen un gran sentido del humor.

Compartiendo sentimientos

Despertó.

Todavía con el sopor de la siesta pesándole en los párpados intentó recomponer su situación. Estaba fuera de casa, pues no era su habitación. El calor, vagamente apagado por el aire acondicionado le había hecho sudar en su momento de descanso. Se incorporó frotándose los ojos.

Frente a él podía escuchar una voz infantil, de trapo, intentando imitar las canciones que desde el aparato de televisión iba emitiendo el canal Clan, el preferido, el que más se escuchaba, tanto en casa como fuera de ella.

Mientras, en otra esquina de la habitación, una feroz lucha se libraba entre un tiranosauro rex y un gormiti. Una lucha sin cuartel, a muerte, pero sin sangre. En la que los protagonistas iban cambiando a la par que la mente de quien orquestraba el combate decidía.

Levantó el brazo derecho, lo justo para que su mujer, que estaba leyendo, apoyara sus rizos morenos en su pecho, descansando su cuerpo sobre el pecho que mejor sentía que le protegía.

Sonrió, y dando un vistazo a su alrededor comprendió que todo aquello que veía no podía guardarlo sólo para él, necesitaba compartirlo. Estiró su mano izquierda hasta la mesita, en la que estaba su teléfono móvil y, con dos dedos, acostumbrados a un movimiento que se repetía muchas veces al día, encendió el twitter.

Pensó como expresar todo lo que sentía, y tres palabras le vinieron a su mente. Las escribió con sus dedos expertos en el teclado virtual y presionó el botón de compartir.

En ese momento, todos sus amigos pudieron leer lo que realmente salía de su corazón y todos ellos sonrieron al leer en su time line las mismas palabras, y sabiendo que, lo que en ese momento leían, era cierto.

En sus pantallas, simplemente ponía:

“@goroji definitivamente, soy feliz”

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Con un poco de retraso, pero con toda la intención del mundo.

Felicidades Iñaki