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La única noche

El sol, ya alto en el horizonte, entraba con fuerza por la rendija que dejaba la cortina a medio cerrar, iluminando la estancia lo suficiente para tener una visión completa de ella pero no demasiado como para despertarla.

Él estaba sentado en un pequeño sillón situado junto a la ventana, entre la cama y ésta, a un lado del escritorio. Su mirada estaba fija en el medio cuerpo que, las blancas sábanas, arrugadas, dejaban al descubierto. La espalda, larga, delgada, todavía conservaba un ligero tono tostado, reminiscencia de un verano que no acababa de irse del todo. El pelo castaño, revuelto, quedaba ligeramente apartado, dejando a la vista la media cara que él tenía de frente y esa parte de cuello, tan suave cómo sus labios recordaban. El brazo derecho subía por encima de la almohada, hasta situar la muñeca sobre ésta a unos centímetros de la frente dejando a la vista una peca situada en el interior del brazo derecho, que él se había propuesto probar desde el momento en el que la vio en la pantalla de la videoconferencia, una de tantas que los había unido.

Respiraba pausadamente, con una cadencia sosegada, profunda. Sus labios, hinchados por el sueño, parecían sonreír, pese a la serenidad y la relajación de toda la cara. Ahí fijó él su vista por última vez, sonriendo al mismo tiempo, un instante antes de apartarla y dejarla caer sobre el reloj de su muñeca.

Llevaba casi quince minutos sentado, observándola. Era hora de marchar.

Se levantó y se dirigió hacia el pasillo que llevaba a la puerta de la habitación. La moqueta del hotel amortiguó sus pasos, ejerciendo de silenciador para no perturbar el sueño de aquella que iba a dejar atrás. Al llegar al pasillo se giró, volvió a depositar su mirada sobre aquellas curvas y suspiró.

El acuerdo había sido claro: una única noche. Tras los chats, los mensajes por el móvil, las llamadas y las video él le propuso pasar una noche juntos. Sería en un hotel, en Zaragoza, a medio camino entre el Cantábrico que bañaba los pies de él y el Mar Menor que la refrescaba a ella. Ambos buscarían una excusa que contar a sus respectivas familias y se encontrarían. Una noche de pasión, de encuentro, de cuerpos sudados y labios chocando. Pero, eso sí, sería la única. Una vez acabada la noche, volverían a sus casas  y se acabarían las charlas, los mensajes, los encuentros virtuales. Ella había aceptado, con la esperanza de que ese encuentro consiguiera cambiar las reglas propuestas, con la esperanza de enganchar su corazón. Pero él estaba dispuesto a cumplir lo pactado.

Se acercó la mano a los labios y lanzó un beso al aire, hacia la cama. Un nudo en la garganta le impidió pronunciar las dos palabras que atenazaban su corazón e, incapaz de aguantar más, se dirigió a la puerta. Una vez en el pasillo cerró con suavidad, para no hacer ruido y se dirigió al ascensor.

Las puertas del ascensor se cerraron  mientras él luchaba contra su móvil, intentando borrar el contacto de ella, acción que, una y otra vez, impedían las lágrimas que caían sobre la pantalla. Finalmente lo consiguió, borrando una parte tangible de su vida que, para siempre, quedaría grabada en su memoria y en su corazón.