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Su momento

El tiempo pasaba. Inexorable. Hora tras hora. Día tras día. Año tras año. La rutina estaba instalada en su vida como un órgano más de su todavía joven cuerpo, acompañándolo en su camino por la existencia en este mundo, de su mano, de su mente, de su corazón.

Como cada día, se había levantado. Tras la ducha, en la que dejaba que el agua recorriera por su cuerpo durante unos instantes, llegaba la hora de afeitarse. Camisa, corbata, americana y a desayunar. El café recalentado que había sobrado de la noche anterior, ni tan siquiera una tostada, no tenía tiempo.

Diez minutos en metro. Con las mismas caras de siempre, las mismas miserias, las mismas tristezas. Muchos días se sorprendía al pensar por qué tan poca gente sonreía a aquellas horas en el suburbano. Y, enseguida, se quitaba esa idea de la cabeza, él tampoco lo hacía.

Las siguientes ocho horas las pasaba entre papeles, números, asientos contables, facturas, albaranes y llamadas de teléfono. Su único descanso era la  hora que tenía para comer, y que pasaba aburrido junto a un periódico ya manoseado en la sala que habilitada para esos menesteres, con la única compañía de una nevera y un microondas.

Tras la jornada vespertina, apagaba el ordenador, se volvía a colocar la americana y volvía a casa, en el metro, con las mismas caras de todos los días, que, pese a haber cambiado respecto a las de la mañana, no habían cambiado su semblante.

Cena ligera, viendo la televisión, las malas noticias de todos los días narradas por un presentador de telediario monótono. Y, tras ella, vuelta a la cocina, a fregar los restos.

Ahí empezaba a sonreír. Al olor de café recién hecho que salía de la cafetera. Porque sabía que llegaba su momento, su instante, su lugar en el mundo. Llegaba la hora de ser él, de quitarse la máscara, de disfrutar su libertad.

A partir de ese momento, como todos los días, recuperaba la ilusión, la sonrisa, el llanto, la alegría, la pena, el amor, la tragedia, la comedia, el drama, el optimismo.

A partir de ese momento la vida se ponía a sus pies, decidiendo él, en cada instante sobre ella. Sobre la suya y sobre la de muchos otros.

Se sentó, tomó el primer sorbo de su café, abrió su libreta, quitó la capucha a su pluma y comenzó a escribir.

“Ella llegó a casa, dejó caer el abrigo al suelo. Como única vestimenta le quedaron las medias de rejilla que acentuaban sus largas piernas. Él, que la estaba esperando, sonrió, mientras acariciaba la pistola que guardaba bajo su axila derecha.”

Dejó de escribir y miró la ventana. Había comenzado a ser libre. Había comenzado a volar.

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Fue @criscondediaz quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (libreta, ilusión, volar).

Gracias, Cristina, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

 

 

Rara Navidad

Aquel año no había regalo, ni árbol, ni calcetines o villancicos. La cena estaba programada a las 8 de la tarde, como todos los días. Le habían comentado que solía ser especial: alguna gamba, un poco de turrón para postre… Pero eso sí, que se fuera olvidando del vino, del cava o la cerveza. Allí no se brindaba, nunca.

Todo eso se lo estaba contando Julio, al principio del día, cuando se acercó a su cama al escuchar los sollozos apagados que había intentado esconder al darse cuenta del día que era. Allí, como muchos otros días, esos ojos azules, cansados de tantos años y tanta experiencia se habían convertido en su guía, su pilar, su apoyo. Lo había acogido desde que lo vio, consciente de que sólo sería incapaz de adaptarse a aquella selva en la que sólo sobrevivía el más fuerte.

Como cada día, al levantarse se preguntaba en qué momento se había dado la vuelta la tortilla. Desde que tenía uso de razón sólo se acordaba de haber estado trabajando: primero de peón, luego de oficial y finalmente de jefe de obra. Allí conoció a quien fue su último jefe, un promotor inmobiliario que en las buenas épocas se metió a la obra pública. Su jefe se dio cuenta enseguida de su valía y lo fue ascendiendo, hasta llegar a tomar parte en las decisiones de obra más importantes, estampando su firma en aquellos documentos necesarios para seguir creciendo y construyendo, que era lo que le gustaba.

Nunca se fijó en que firmaba, sus conocimientos legales eran escasos, lo suyo era el hormigón, las vigas, las riostras, los encofrados. Siempre se le transmitió confianza y él veía los resultados. Nunca pensó que le dejarían solo ante una adversidad. Pero ocurrió. El concejal de turno no quiso aceptar la comisión y destapó la trama. También la destapó para él.

Y ahí estaba, mientras veía como tras los barrotes el frío invierno dejaba caer copos de nieve sobre el patio que tanto había paseado a lo largo del año, una lágrima caía sobre sus mejillas al escuchar la voz de sus niños cantándole un villancico a través del teléfono. Sólo lo mantenía vivo la ilusión de cantarlo junto a ellos el año siguiente, en casa.

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La culpa de esta historia es de @MsConcu

Gracias por tus tres palabras