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Sentencia: Culpable

 

Ya en lo que iba a ser su celda durante el tiempo que duraba la condena repasaba mentalmente todos y cada uno de los detalles que le habían llevado ahí, intentando recordar dónde se había equivocado y cuándo.

La ejecución había sido magistral, o así pensaba hasta que el juez mostró la última prueba.

No había visto venir ni su detención, ¿o se había confiado demasiado?. El caso es que estaba paseando por la nieve cuando notó la mano en su cuello. Ni un solo grito, ni un ¡alto!. Sigilosamente se había acercado hasta él y lo había cogido. No valieron los lamentos, los ruegos, los intentos de escapada. Le había cogido y le llevaba con fuerza hacia lo que iba a ser la sala de juicio.

Una vez en el juicio hizo lo que debía: negar todos y cada uno de los cargos, refutar las acusaciones, oponerse a los razonamientos. Por más que el juez intentara demostrar su culpabilidad, él se empeñaba en demostrar lo contrario.

Lo tenía claro. Estaba siendo convincente y pensaba que tenía el juicio ganado. Sus negaciones sonaban contundentes, reales. Pero no esperaba el as que el juez guardaba en la manga.

Cuando ya se veía de nuevo en la calle, el juez sacó la cortina, la maldita cortina. En ella se veía claramente las huellas de su mano en las manchas. Debía haber sido al mirar por la ventana para comprobar que nadie le había visto, porque luego se había empeñado en limpiarlo todo bien, pero, parecía que le había olvidado un detalle: esa cortina.

Se derrumbó. El juez sonrió. Había ganado. No iba a haber clemencia y la sentencia se preveía severa y doble: por el delito y por haber mentido al juez. Ésta no se hizo esperar y cayó como una losa: una semana sin tele, sin salir y quince días sin chocolate.

Y ahora, ahí estaba. Sentado en su cama, relamiéndose todavía del sabor que le quedaba en la boca y pensando si dicha tableta había valido la pena la sentencia.

Llegó a la conclusión que sí. Había valido la pena.

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La culpa de esta historia es de @inesbajo

Gracias por tus tres palabras