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Al compás de las olas

 

La luna brillaba en todo su esplendor sobre el horizonte, dejando una estela color plata que cruzaba en línea recta sobre las olas del mar en calma hasta la orilla de la playa.

Sobre la arena, unos pies desnudos bailaban lentamente al compás de una canción que salía de la terraza de un restaurante cercano, meciendo dos cuerpos que se movían como uno sólo, perfectamente sincronizados con la música.

La mano derecha de él acariciaba la cintura de ella, justo por el lugar en el que empieza la espalda, que dejaba al aire el escote trasero del vestido de ella, ajustado como un guante a unas curvas perfectamente esculpidas por la naturaleza.

La mano izquierda sujetaba sobre su hombro la mano derecha de ella, suave como la brisa que acariciaba sus cuerpos, y que ella mantenía abierta sobre la solapa de su esmoquin, acariciando el raso de ésta con leves movimientos que conseguían traspasar la tela llegando a la piel de su compañero de danza.

En un momento dado, ella soltó sus manos que la acompañaban en el baile para, lentamente, subirlas hasta llegar a la nuca de su pareja, juntándolas allí y apoyando su cabeza sobre el pecho de él, quien aprovechó para acercar su mano hacia la nuca, dejando que sus dedos se entrelazaran por los suaves rizos de su cabellera, que lucía más oscura a la luz de la luna.

Ella separó su cabeza al contacto y sus miradas se cruzaron, quedándose fijas mientras los cuerpos seguían moviéndose.

Ella deslizó la mano hasta llegar al cuello de su acompañante y, lentamente, deshizo el lazo de su pajarita, dejando que ambos extremos de la misma colgaran por la blanca camisa.

Sonrió, viendo como su acompañante también sonreía. Sabía que a Nolo lo acostumbraría a muchas cosas en su nueva vida, pero nunca al nudo de una corbata.

La luna

Luna de mentiras

Y jamás me cansaré de buscar,

en todas las partes de la casa,

todos aquellos objetos que me recuerden a la luna,

para capturarlos y poder regalártelos,

tal y como te prometí.

 

 

Saciando el hambre

Todos los días, el mismo camino, la misma gente, la misma rutina, el mismo paisaje… la misma ilusión.

Su padre la recogía en su flamante todoterreno al salir del cole. Ella iba ya preparada con sus mallas color rosa, su moño y sus labios pintados. Se sentaba en el asiento de atrás y comenzaba el viaje.

La academia de baile estaba al otro lado de la ciudad, y para llegar debían atravesar los suburbios. Calles llenas de suciedad, de mendicidad, de pobredumbre. Al llegar a ellas su padre subía las ventanillas y cerraba las puertas. Ella miraba a través de los cristales con una mezcla de pena y asco.

Sin embargo, al llegar al tercer semáforo las cosas cambiaban.

Estaba sucio, con la ropa rota y despeinado. Todo ello hacía que el blanco de sus ojos y de los dientes al sonreir sobresalieran del resto. Desde el primer momento se quedó prendada de esa sonrisa y esa mirada. Fue un instante, el justo cuando pasó al lado de su ventanilla con su cesta de manzanas en la cabeza ofreciéndolas a la venta mientras esperaba que el semáforo cambiara su color.

Él le sonrió, fue una sonrisa franca, del niño que era. Ella también lo hizo de forma automática, sin conseguir apartar su mirada de sus grandes ojos negros. No pasó de su ventanilla, se quedó mirándola fijamente con una de sus rojas manzanas en su mano, ofreciéndosela. Su padre bloqueó las ventanillas para que ella no pudiera bajarla la de su lado y emprendió la marcha en cuanto pudo.

La escena se repitió todos los días, durante semanas. Siempre igual. Él vendiendo en el semáforo hasta llegar a su coche, en el que se paraba para sonreir.

Aquella noche, en la que la luna estaba al principio de su cuarto creciente, dejando escapar un rácano rayo de luz, el sonido de una piedra sobre el cristal de la ventana de la habitación de su lujosa casa le sorprendió. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Sobre el alféizar, una manzana roja, brillante.

La cogió, y, con la mejor de sus sonrisas, la mordió.

El mordisco fue directamente a saciar el hambre de su corazón.

 

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Recuerda que tienes hasta el próximo día 29 para enviar tus tres palabras. 

Las instrucciones están aquí.

El próximo viernes, la primera historia de la nueva temporada.

 

 

AQUEL OTOÑO

Llegó inesperado, como de costumbre, como esas primeras hojas naranjas que el viento arrastra al principio del otoño y que ya se dejaban ver por las calles de la urbanización.

María estaba sentada, leyendo tranquilamente cuando escuchó el característico tono de “la cucaracha” que le había puesto al claxon del coche años atrás. Antes de que se pudiera levantar los niños ya corrían dirección a la calle gritando “papá, papá”.

Llegó al porche justo en el momento en el que cogía a los niños, uno con cada brazo y se los llevaba a los hombros, mientras ellos le comían a besos y a preguntas.

Llegó hasta ella con los niños en brazos y su “hola cariño” sonó más dulce que el tierno beso que depositó en sus labios, como si volviera del trabajo tras una jornada cualquiera.

Fue un otoño intenso, lleno de excursiones, comidas, juegos y deberes de los niños y de caricias, de besos y revolcones robados en los momentos en que éstos estaban en el colegio. Un otoño de salidas a cenar, de recuperar a la canguro y de cine infantil. De largas tardes junto a la ventana viendo llover mientras la mesa se llenaba de naipes, dados, fichas y preguntas. Un otoño que pasaba tranquilo y feliz mientras ella miraba de vez en cuando de reojo al móvil eternamente encendido junto a la mesilla de noche.

Una noche de tormenta, de esas en las que la luna llena no se atreve a dar su luz a través de las nubes sonó el teléfono. Eran las tres de la mañana. Él se levantó de la cama y salió a la cocina mientras hablaba en voz baja, como siempre que lo hacía cuando hablaba con ese teléfono. María sólo alcanzó a oír su último “si señor”.

A las dos horas se despedían en el porche, ella con una taza de café humeante en las manos y él con su sempiterno petate verde colgado del hombro, lleno de todo lo imprescindible. Su “adiós cariño, despídeme de los niños” sonó igual de dulce que la última vez pero mucho más triste.

Se fue en silencio, bajo un cielo gris plomizo en el que empezaba a deslumbrarse las primeras luces del día, en silencio para no despertar a los niños. Y María se quedó viendo cómo el coche avanzaba por las calles de la urbanización mientras una lágrima bajaba por su mejilla. Sabía que volvía la tensa espera, los sobresaltos cada vez que sonaba el teléfono con la esperanza de que no fuera el gobierno anunciándole que nunca lo volvería a ver.

 

La culpa de esta historia es de @mariagomez