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Nueva colaboración impresa

 

Cuando desde @SilencioEsMiedo me comentaron el tema del número 3 de su revista y me propusieron colaborar, no tuve ninguna duda: lo iba a hacer con uno de los relatos a los que más cariño le tengo desde que publico en el blog.

 

“Tierna mirada” surgió en la primera temporada del juego de las tres palabras gracias a la propuesta de la fantástica Rosa @mrsrosaperez, que me retó a escribir un relato que incluyera las palabras: Bicicleta, manzana y cuchara. Con ellos, escribí el texto que está incluido en la revista. Un relato de amor desde la inocencia pero con la potencia justa para llegar a los sentimientos. Cada vez que lo leo me enternece y ha sido, desde el primer día, uno de mis favoritos.

 

Desde aquí no quiero más que agradecer a @SilencioEsMiedo el que haya vuelto a contar conmigo para su fantástica revista y os animo a todos a que os la descarguéis en alguna de sus versiones que podréis encontrar en el post que se abre al pinchar en el siguiente link:

 

El silencio es miedo Nº3

 

Además del mio, podréis encontrar más relatos, poesía y artículos de ensayo que hacen de la revista una delicia para leer.

 

Si, por casualidad, me leéis desde Palencia, recordad que os podéis hacer con una copia en papel en los establecimientos colaboradores, así que no perdáis la ocasión.

 

Saciando el hambre

Todos los días, el mismo camino, la misma gente, la misma rutina, el mismo paisaje… la misma ilusión.

Su padre la recogía en su flamante todoterreno al salir del cole. Ella iba ya preparada con sus mallas color rosa, su moño y sus labios pintados. Se sentaba en el asiento de atrás y comenzaba el viaje.

La academia de baile estaba al otro lado de la ciudad, y para llegar debían atravesar los suburbios. Calles llenas de suciedad, de mendicidad, de pobredumbre. Al llegar a ellas su padre subía las ventanillas y cerraba las puertas. Ella miraba a través de los cristales con una mezcla de pena y asco.

Sin embargo, al llegar al tercer semáforo las cosas cambiaban.

Estaba sucio, con la ropa rota y despeinado. Todo ello hacía que el blanco de sus ojos y de los dientes al sonreir sobresalieran del resto. Desde el primer momento se quedó prendada de esa sonrisa y esa mirada. Fue un instante, el justo cuando pasó al lado de su ventanilla con su cesta de manzanas en la cabeza ofreciéndolas a la venta mientras esperaba que el semáforo cambiara su color.

Él le sonrió, fue una sonrisa franca, del niño que era. Ella también lo hizo de forma automática, sin conseguir apartar su mirada de sus grandes ojos negros. No pasó de su ventanilla, se quedó mirándola fijamente con una de sus rojas manzanas en su mano, ofreciéndosela. Su padre bloqueó las ventanillas para que ella no pudiera bajarla la de su lado y emprendió la marcha en cuanto pudo.

La escena se repitió todos los días, durante semanas. Siempre igual. Él vendiendo en el semáforo hasta llegar a su coche, en el que se paraba para sonreir.

Aquella noche, en la que la luna estaba al principio de su cuarto creciente, dejando escapar un rácano rayo de luz, el sonido de una piedra sobre el cristal de la ventana de la habitación de su lujosa casa le sorprendió. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Sobre el alféizar, una manzana roja, brillante.

La cogió, y, con la mejor de sus sonrisas, la mordió.

El mordisco fue directamente a saciar el hambre de su corazón.

 

……………………………………..

 

Recuerda que tienes hasta el próximo día 29 para enviar tus tres palabras. 

Las instrucciones están aquí.

El próximo viernes, la primera historia de la nueva temporada.

 

 

Tierna mirada

 

 

“Manzana, manzana, manzana…” la palabra rebotaba en su cabeza como una pelota de ping pong en una caja de metal. Con los ojos medio cerrados la iba repitiendo mentalmente mientras avanzaba por la cola de la cafetería.

Al llegar su turno levantó la cabeza repitiendo mentalmente una última vez: “manzana”.

 

Allí estaba ella, con sus enormes ojos de un azul profundo en el que él había soñado muchas noches nadar. Llevaba sujeta su cabellera rubia con una coleta y metida dentro del gorro de cocina, pero un rizo le caía por la frente como una cascada de oro.

 

“Hola, ¿qué quieres?”, dijo.

 

Cuchara”, acertó a balbucear él.

 

Ella se giró sobre si misma a buscar el cubierto. Cuando se giró, él tenía la cabeza agachada avergonzado de haber sido capaz de fijar su mirada más allá de la bata que tenía puesta justo por debajo de su espalda.

 

Cogió la cuchara, de su boca salió un inteligible “gracias” y se dirigió hacia su mesa.

 

Desde allí, dando vueltas al cuenco vacío de sopa con la segunda cuchara y golpeándose la cabeza con el dorso de la mano como castigo de lo inútil que se sentía siempre que estaba ante ella, fue viendo como el comedor se iba vaciando mientras ella recogía lo que quedaba de la comida y se lo llevaba a la cocina.

 

Cuando se dio cuenta que no había nada más que ver, se dirigió hacia el salón, a la espera de que sonara la sirena que les indicaba que comenzaba el taller del centro. Él tenía tareas de carpintería, estaba haciendo un cartel para la feria de artesanía que la semana próxima se celebraba en la ciudad, a la que siempre acudían.

 

En el salón, se alejó de la televisión por la que peleaban el resto de sus compañeros y se dirigió a la ventana. Tras los barrotes consiguió ver cómo ella salía de la cocina. Con unos gráciles movimientos se dirigía a coger su bicicleta y emprendía el camino que la llevaría lejos de allí hasta el día siguiente.

 

Suspiró, sin alejar la vista de su amada. Si alguien se hubiera acercado, habría visto mucho amor en aquellos pequeños ojos oblicuos.

 

 

La culpa de esta historia es de @mrsrosaperez: