Archivo de la etiqueta: medico

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.

 

Pura medicina

 

Ana no podía recordar el día en que no estuvo enferma. Llevaba muchos años aquejada por diferentes enfermedades que la mantenían en casa, a resguardo del frío en invierno y del sol en verano, alejada del contacto humano que le transmitía virus a los que su débil y enfermizo cuerpo no podía hacer frente y la dejaban más exhausta cada día.

Pese a su relativa juventud, pues no llegaba a los 50 años, Ana tenía la piel blanca, el pelo lacio, los ojos hundidos, unas ojeras permanentes y una debilidad en sus músculos que hacían que cualquier movimiento fuera un verdadero suplicio.

Su único contacto con el exterior se reducía a la Julia, la vecina septuagenaria que le acercaba la compra a casa y a sus salidas diarias hacia el centro de salud, a la visita del médico, anhelando que le diera la buena noticia de una mejoría que nunca llegaba.

Ese día, como todos, se abrigó bien, se puso la bufanda sobre la cara para alejar a los virus y se dirigió al centro. Allí se sentó en una butaca alejada del resto de pacientes a la espera de escuchar su nombre para la consulta. Cuando éste llegó, se levantó y entró al despacho del doctor.

Nada más entrar, se sorprendió. El Dr. Ruiz, que tantos años llevaba tratando sus dolencias y que tan bien las conocía no estaba. En su lugar, había otro, más joven: alto, con gafas, impecablemente vestido con una corbata que asomaba bajo su bata blanca.

Tal y como entró, él se levantó y, sin dejar de sonreír, se acercó a ella y le tendió la mano.

– Ana – dijo – buenos días, siéntese por favor.

Acercó una silla a la mesa y se la señaló, sentándose él justo al lado de ella, no a la otra parte de la mesa, como acostumbraba el otro doctor.

Ella se intimidó un poco y echó su silla hacia atrás, diciendo:

– ¿Y el doctor Ruiz?

– Lo han trasladado. A partir de ahora seré yo su médico. No se preocupe, intentaré hacerlo tan bien como él. ¿Me cuenta que le pasa?

– ¿Que le cuente? – espetó ella – Mire en mi expediente allí está todo.

– Lo sé – respondió él – pero me gustaría que me lo contara usted.

Ella suspiró, hastiada, y comenzó a enumerar todas sus dolencias, una a una: los síntomas, los dolores, los tratamientos. Él la miraba a los ojos y asentía con la cabeza, siempre sin dejar de sonreír, dejando que ella explicara con todo lujo de detalles todos sus males.

Cuando ella acabó su relato, él la siguió mirando, sonriendo y, al cabo de unos segundos se levantó, puso su mano sobre el hombro de Ana y exclamó: “Bien”.

Se levantó y volvió a su puesto, tras el escritorio. Abrió el voluminoso expediente de Ana y fue psando hojas, anotando en alguna de ellas con su bolígrafo azul. Cerró la carpeta y abrió su portátil. Tras varios segundos tecleando, al final levantó la vista hacia Ana y le dijo:

– Ana, tiene usted una dolencia extraña, la cual la medicina actual no acaba de poder combatir. Vamos a tener que dejar su medicación y cambiar por algo más radical. Le parecerá extraño, pero es lo último en medicina avanzada. Será un proceso largo, pero debe seguirlo al pie de la letra para curarse.

– Pero, doctor, si mi medicación…

– No se preocupe, está en buenas manos. Lo primero que veo según su expediente es que tiene falta de vitamina D.

– ¿Me va a hacer un análisis?

– No hará falta, hace poco que se hizo uno. Vamos a suplir esa carencia de vitamina. Para ello necesito que todos los días salga a la terraza y se siente a tomar el sol.

– Doctor, el sol me hace daño.

– Tranquila, lo haremos de forma gradual. Es como si curáramos una alergia, hay que ir poco a poco aumentando las dosis. El primer día está 10 minutos, el segundo 15, y así, va subiendo día a día 5 minutos. Empezaremos a ver resultados al cabo de 15 días.

Ella lo miró extrañado. Él seguía sonriendo y mirándola. Ana se levantó, dio las gracias, él se las devolvió y salió hacia su casa, extrañada.

Al día siguiente, con miedo hizo lo que el médico le había recetado. Bien tapada, se sentó al sol en la terraza. Al principio estaba asustada, atenta a cualquier cambio en su cuerpo, pero poco a poco se fue relajando, dejando que el calor le entrara por la cara, descubierta al final. Cuando acabó la sesión, se volvió a tapar y se fue de nuevo a la consulta.

Allí, el doctor la recibió con su sonrisa del día anterior, la volvió a mirar a los ojos y, sin dejar que ella empezar a hablar, le dijo:

– Bien, veo que ha empezado. Ya sabe, mañana cinco minutos más.

Y, con la mano sobre su hombro, la acompañó a la salida. Al salir, ella, extrañada intentó girarse a protestar, pero él se despidió dándole las gracias por volver a verle y cerró la puerta.

Los días fueron pasando y ella cumplía lo dictado por el doctor, cada día un poco más destapada, llegando el último a subirse las mangas del sueter, para, luego, volver a taparse y acudir tras la sesión a la consulta y recibiendo el mismo trato del segundo día.

Cuando pasaron los quince días volvió a la consulta. Pero, como veía que su piel ya se había acostumbrado al sol, lo hizo sin la bufanda en la cara ni el pañuelo en la cabeza.

Una vez dentro, el doctor volvió a hacerla sentar junto a él y le preguntó por sus dolencias de esos quince días.

– Más o menos igual, sólo noto mejoría en la piel, que no me pica tanto al contacto con el sol.

Él la volvió a mirar a los ojos, se volvió a levantar y anotó más cosas en su portátil.

– Su cuerpo ha aceptado bien la vitamina, dijo, pero la acumula en exceso.

– Ya sabía yo que tanto sol no era bueno para mi cuerpo. ¿Cómo la elimino? ¿Algún jarabe?

– Con ejercicio – dijo el doctor – A partir de hoy, cuando salga de la consulta, quiero que de una vuelta al centro de salud, andando.

– Doctor, porque supongo que será doctor, ¿no?, me está haciendo dudar

El médico soltó una sonora carcajada, y la miró, divertido.

– Confíe en mi. ¿Nos veremos mañana, no?, pues volvemos a hablar entonces. Gracias por venir.

Y la acompañó a la puerta. Al salir, ella se plantó y miró al resto de pacientes que esperaban en la sala, los que la miraron extrañados. Salió del centro y comenzó a andar.

– Qué tontería, que soberana tontería – iba diciendo mientras caminaba, con la cabeza baja para no ver la cara del resto de gente con la que se cruzaba.

Al día siguiente, al volver a la consulta, el doctor la estaba esperando en la puerta del centro de salud.

– Vaya, me pilla por los pelos, es mi hora de descanso, ¿qué le parece si me cuenta su día de ayer mientras caminamos alrededor del centro?

Ella lo miró. Allí estaba, como siempre, sonriendo e impecable. Él comenzó a andar antes de que Ana empezara a protestar, lo que la obligó a apretar el paso para situarse junto a él. Mientras caminaba le contaba lo absurdo que le parecía el tratamiento, y él se reía. A la segunda vuelta él paró.

– Ya está bien por hoy – le dijo, vaya aumentando una vuelta cada día y venga a verme dentro de un mes.

Y entró al centro de salud, dejándola a ella con la palabra en la boca y sin poder protestar.

Cada día, al levantarse, tomaba un rato el sol y luego paseaba alrededor del centro de salud. Un día, a la quinta vuelta, un grupo de chiquillos que estaban sentados a la entrada del centro de salud, que le dijeron:

– Señora, ánimo, que le queda una vuelta para la maratón.

Ella se giró hacia ellos y se rió. Su risa le sonó extraña, lejana. Siguió andando, acabó la sesión y volvió a casa. Otro día, al pasar al lado del kiosco de al lado del centro, la dependienta la saludó y ella le devolvió el saludo, sonriendo.

Así pasó un mes y al volver a la consulta, como cada día, el doctor volvió a cambiar, y se volvió a sentar junto a ella, dejando que Ana le explicara cómo se sentía. Al final, asintió y regresó a anotar cosas en su ordenador. Hasta que levantó de nuevo la vista hacia ella.

– Veo que la cosa va cambiando, pero vamos a tener que meter un nuevo elemento, dado que su sistema nervioso, tal y como me cuenta y veo en su expediente, también está tocado.

– Por fin, algo de medicación, creía que no aguantaba más, ¿valium, alprazolam?, es lo que me daba el anterior doctor para los nervios.

– Café – dijo el médico sonriendo.

– ¿Café?, ¿se ha vuelto loco? – respondió Ana.

– Si, pero no el café de casa, el que puede comprar en el super. Se debe tomar uno fuerte, corto. Uno de un bar. Todos los días, al salir de aquí, pasea un poco alrededor del centro y se marcha al bar de la plaza. Allí se toma un café. Si quiere, después viene y hablamos, como todos los días.

Y la acompañó a la salida. Ella se volvió a quedar extrañada, de pie en la puerta. Pero al empezar a salir del centro, los demás pacientes la saludaron, ella se despidió. Salió y se dirigió al bar. Una vez dentro se acercó a la barra, levantó la cabeza y, casi sin voz, pidió el café.

Todos los que allí estaban la miraron extrañados, nunca la habían visto más allá de su casa y del centro de salud, y empezaron a cuchichear sobre ella. La camarera le sirvió el café, se lo cobró y se retiró a seguir atendiendo. Ana cogió la taza con la mano, temblorosa y se la llevó a la boca. El sabor era amargo, pero cálido. Hacía mucho que no tomaba uno y su cabeza se llenó de recuerdos.

Acabó el café y, de nuevo en silencio salió del bar y se dirigió a su casa. Fue repitiendo la rutina, día tras día: Sol, paseo, bar y consulta.

Al cabo de una semana, mientras tomaba el café, se le acercó un hombre en la barra, pidió otro café y comenzó a hablar del tiempo. Ella lo miró extrañada, balbuceó un par de frases y salió en cuanto acabó.

Cada día, esa conversación se iba alargando e iba añadiendo más elementos: la crisis, el pueblo, las fiestas… La primavera había llegado y poco a poco ella se atrevía a quitarse algo de ropa, acudiendo a su cita en el bar menos tapada, disfrutando del paseo y del sol. Hasta que un día, casi un mes después de empezar con los cafés, al acabar la de hablar con el resto de clientes del bar miró el reloj y vio que se había hecho tarde. Ese día no acudió al médico, y, asustada, se fue a casa.

Al día siguiente, antes de acudir al bar, se fue a la consulta. Rápida, temerosa de que la falta del día anterior tuviera consecuencias en su salud, ahora que estaban desapareciendo todas las dolencias que tres meses antes le acuciaban. Sin embargo, al sorpresa la tuvo nada más entrar a la consulta. El doctor no estaba, en su lugar, otro médico más mayor, con la bata arrugada se acercó rápidamente a ella con una silla de ruedas y la obligó a sentarse en ella.

– ¿Qué me ocurre? – preguntó asustada – ¿Qué pasa?, ¿dónde está el otro doctor?, ¿por qué esta silla?

El médico, serio, cogió su fonendoscopio y se acercó hacia ella, sin decir nada.

– Doctor, por favor, – protestó Ana- ¿qué me ocurre?

El médico la miró seriamente y, con semblante sombrío le dijo:

– Han trasladado a su médico habitual, a partir de ahora la trataré yo. ¿Le ha visto ya el cardiólogo?, ¿Tiene sus pastillas preparadas?

– ¿Qué cardiólogo?, ¿qué pastillas? – preguntó Ana asustada.

– En su expediente lo pone bien claro, lo dejó anotado el doctor: “Tiene problemas de corazón”.

Ana lo miró, extrañada. Se quedó callada y notó cómo sus ojos se humedecían. Antes de que las lágrimas salieran a sus mejillas se levantó y, sin dejar de sonreír miró a los ojos del nuevo médico, que parecían  esquivarle. Lentamente, se fue hacia la puerta y, antes de abrirla se giró y dijo:

– No se preocupe, doctor, no hacen falta pastillas, ni visitas. Estoy curada.

Salió sonriendo, radiante. Saludó a los que estaban en la sala y se dirigió al bar. Allí sonrió a la camarera y buscó una mesa con más clientes almorzando. Se sentó con ellos y pidió un café. Al rato las carcajadas se escuchaban desde fuera del bar.

_______________________________________________________

 

Esta semana estaba reservado el viernes para una novedad, pero tendrá que esperar, pues a media semana un mensaje me puso sobre aviso de que hoy cumplía años Rafa, @rafaeltimermans y no he podido evitar sumarme a #Los50deTimer.

Así que, Rafa, esto va por ti. No sé porqué, puesto que no nos conocemos en persona, pero tras las conversaciones que hemos tenido en twitter y viendo lo que publicas, te veo perfectamente protagonizando esta historia.

Recibe un abrazo muy fuerte y muchas felicidades.

 

 

Pasión

No acababa de entender cómo había gente a la que no le gustaba San Valentín. Para él siempre era una fecha señalada en su calendario. Y más ese año.
Ese año estaba de suerte: tenía una chica preciosa y le había preparado una sorpresa.
La estancia estaba en penumbra, débilmente iluminada por un par de velas que se consumían lentamente, dejando ver una cubitera de la que asomaba una botella de cava a mitad.
Ella ya estaba tumbada, totalmente desnuda a no ser por una sábana blanca que tapaba unas formas insinuantes. Él mismo se había encargado de que esa noche la sábana fuera de seda.
Se desnudó lentamente sin dejar de mirarla. Cogió un pañuelo también de seda de una silla y de acercó.
Se situó detrás de su cabeza y le anudó suavemente el pañuelo a ésta, tapándole los ojos. Mientras lo hacía, acercó sus labios al lóbulo de la oreja y susurró “esto nos pondrá a cien”, notando como el roce con el vello de su oreja ponía cada poro de su piel en alerta, expectante.
Cuando se aseguró que el pañuelo le tapaba completamente la visión le dio un beso suave en la nariz y se colocó a sus pies.
Cogió con las dos manos la sábana y empezó a deslizarla suavemente hacia abajo, dejando que ésta fuera rozando cada centímetro de la blanca piel que iba dejando al descubierto. Al llegar al pecho paró un momento, notando cómo su excitación iba en aumento de forma gradual. Siguió más lento que antes hasta llegar a dejar al descubierto los pezones, momento en que dejó su sitio para acercarse a ellos, para pasar suavemente su lengua por los dos.
Volvió a los pies y siguió deslizando la sábana hasta que ella quedó completamente desnuda.
En ese momento comenzó a pasar las yemas de sus dedos por cada centímetro de la piel que había dejado al aire. Acompañaba sus dedos con los labios, que humedecían aquellas partes que aquellos habían dejado instantes antes. Comenzó por la planta de los pies y fue subiendo por la parte interior de las piernas, hacia los muslos. Pasó con delicadeza por encima del vello rizado y siguió hacia arriba, saboreando cada poro de aquella delicada piel.
Cuando sus labios estaban a la altura del cuello, cogió su miembro totalmente erecto y la penetró. Al principio fue suave, aumentando la potencia y la velocidad poco a poco.
El orgasmo le llegó como una explosión, que le llevó al placer mas absoluto, dejando que ella se llenara de su amor. Se dejó caer sobre su cuerpo con delicadeza, para no hacerle daño y fue recuperando el aliento mientras le besaba el cuello.
Una vez recuperado salió de su cuerpo y se puso en pié junto a ella. Se vistió lentamente y se acercó a quitarle el pañuelo de los ojos. Lo desanudó con delicadeza y le volvió a besar la punta de la nariz.
Apagó las velas y encendió la luz. Se acercó a ella, la volvió a tapar con una sábana normal y empujó la camilla hacia el compartimento frigorífico del depósito que le correspondía.
Se puso la bata y sonrió: era uno de esos días en los que tenía más claro porqué había elegido la medicina forense.