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Deseando la lluvia

Agitó el tubo de ensayo con movimientos circulares y lo observó a contraluz, situándolo por encima de su cabeza.

El color rojo brillante que desprendía destacaba sobre el blanco que reinaba en el laboratorio. El líquido estaba empezando a tomar viscosidad, como era habitual cuando llevaba algún tiempo en el tubo de ensayo, por lo que hubo de volver a agitarlo para ver cómo arrancaba de las paredes las partículas ya densas para volver a juntarse con el resto y disolverse.

Tras la inspección ocular, se llevó el tubo a la nariz y aspiró con cuidado. Le encantaba aquel olor. No sabía por qué, pero desde siempre le había llamado la atención. Desde bien niño le había atraído cómo penetraba en sus nariz y le llenaba el paladar con su fragancia. Aquella muestra olía bien, lo que le llenaba de orgullo.

Se sentó en la mesa y comenzó a pulsar las teclas del ordenador, introduciendo los datos que había obtenido. El monitor empezó a volcar cifras, haciendo cálculos y a devolver resultados que fue leyendo con cuidado, parando cada vez que acababa uno de ellos para asimilarlo y procesarlo también en su mente.

Cuando el ordenador acabó de escupir datos sobre la pantalla, le dio al botón de imprimir y esperó a que la hoja estuviera completa de datos. La cogió y le dio un primer vistazo. Sin quitarla de su vista, salió del laboratorio del sótano y se dirigió al piso de arriba. Llegó a la cocina y se hizo un café con leche, humeante, tal y como le gustaba, y se dirigió al ventanal del salón.

Desde allí, sin soltar el folio con los datos en su mano, miró al cielo y volvió a expresar su deseo de que llegara esa lluvia que tanto anhelaba para que aquel año el vino fuera tan bueno como parecía que había conseguido con el del año anterior.

 

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Fue @TeresaOxxxOM quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vino, lluvia, deseo).

Gracias, María Teresa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Caridad compartida.

La bombilla que colgaba de la pared iluminaba la estancia con precariedad, haciendo que ésta pareciera más fría de lo que realmente era, pese a que aquél febrero estaba siendo especialmente duro. Ni tan siquiera ese día el tragaluz ayudaba, puesto que el aguacero del exterior llenaba sus cristales de la alegre melodía de las gotas al repicar, más que de la luz que, a esas horas, a principio de la tarde, debería estar dando.

Un relámpago lo sacó de su ensimismamiento, pues se encontraba en uno de esos estados en los que la mente, como si de un interruptor se tratara, se había desconectado, dejando la mirada perdida en un punto en el infinito. El estallido de luz hizo que la vista se fijara por un instante en el sótano que, desde hacía años, le servía de vivienda: el catre de la esquina, con un par de mantas intentando hacer conjunto y dando sensación de limpieza; la pequeña camilla del centro, recién rescatada del contenedor quince días antes y que parecía desnuda, a la espera de un mantel que escondiera su débil esqueleto; la estantería, casi repleta de libros ajados y manoseados, abiertos y cerrados una y otra vez, su única compañía algunos días en los que su salida a la calle se demoraba; la pared del fondo, llena de carteles que todavía conservaba de su época de afamado comediante, cuando su vida era un frenesí de viajes de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, de aplauso en aplauso y, cuya degradación, le recordaban su posición actual, pese a la torcida sonrisa que todavía esbozaba cuando los veía; y, por último, la mesa junto a la pared en la que colgaba el espejo, mesa llena por los tarros del maquillaje, por las brochas, los paños de limpieza y las cremas que utilizaba de fondo.

Miró hacia el espejo, pese a que tenía intactas las doce bombillas que debía de iluminar su rostro a la hora de maquillarse, ya hacía tiempo que ninguna de éstas funcionaba y su nostalgia le había impedido cambiarlas.

Humedeció el paño en la pintura blanca y, cuando vio que estaba perfectamente impregnado, se lo llevó hacia su cara. La mano le temblaba de frío. El clima desapacible de aquel mes hacía que las ventanillas de los coches que se paraban en el semáforo en el que pasaba las mañanas fueran más reacias a bajarse, por lo que las monedas que llegaban a su bolsillo escaseaban y tenía que elegir entre el alquiler o la calefacción. Su casera lo comprendía y no era demasiado estricta, pero tres meses de retraso le llevaron a tener que pagar parte del alquiler y cambiar el calor de los radiadores de gas por su desvencijado abrigo.

Tras la primera pincelada vino la segunda, y la tercera, que poco a poco daban a su cara el aspecto blanco deseado. Tras el blanco, llegó el negro para su ojo derecho, el verde para su izquierdo y el rojo que rodeaba sus labios, un centímetro por encima de su contorno natural, dándole el aspecto grotesco y divertido que buscaba.

Tardó los veinte minutos habituales en acabar la tarea. Se dio los últimos retoques y sonrió al espejo, para ver el resultado. Su sonrisa era amplia, generosa, tanto tiempo de práctica le habían llevado a esconder perfectamente la tristeza que escondía bajo aquella fachada. Se levantó, se puso la gabardina, a la que subió el cuello para protegerse y se dirigió hacia la puerta.

El hospital infantil le esperaba, aquel en el que pasaba las horas la mayoría de las tardes y en el que se había volcado el día que decidió que debía ser generoso, que su situación no debía enmascarar su corazón, que le quedaba suficiente alegría por compartir y que era de recibo el pagar con caridad la caridad que le permitía seguir vivo día tras día.

 

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Fue @Pink_Wall quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (tragaluz, comediante, aguacero).

Gracias, Rosa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Saciando el hambre

Todos los días, el mismo camino, la misma gente, la misma rutina, el mismo paisaje… la misma ilusión.

Su padre la recogía en su flamante todoterreno al salir del cole. Ella iba ya preparada con sus mallas color rosa, su moño y sus labios pintados. Se sentaba en el asiento de atrás y comenzaba el viaje.

La academia de baile estaba al otro lado de la ciudad, y para llegar debían atravesar los suburbios. Calles llenas de suciedad, de mendicidad, de pobredumbre. Al llegar a ellas su padre subía las ventanillas y cerraba las puertas. Ella miraba a través de los cristales con una mezcla de pena y asco.

Sin embargo, al llegar al tercer semáforo las cosas cambiaban.

Estaba sucio, con la ropa rota y despeinado. Todo ello hacía que el blanco de sus ojos y de los dientes al sonreir sobresalieran del resto. Desde el primer momento se quedó prendada de esa sonrisa y esa mirada. Fue un instante, el justo cuando pasó al lado de su ventanilla con su cesta de manzanas en la cabeza ofreciéndolas a la venta mientras esperaba que el semáforo cambiara su color.

Él le sonrió, fue una sonrisa franca, del niño que era. Ella también lo hizo de forma automática, sin conseguir apartar su mirada de sus grandes ojos negros. No pasó de su ventanilla, se quedó mirándola fijamente con una de sus rojas manzanas en su mano, ofreciéndosela. Su padre bloqueó las ventanillas para que ella no pudiera bajarla la de su lado y emprendió la marcha en cuanto pudo.

La escena se repitió todos los días, durante semanas. Siempre igual. Él vendiendo en el semáforo hasta llegar a su coche, en el que se paraba para sonreir.

Aquella noche, en la que la luna estaba al principio de su cuarto creciente, dejando escapar un rácano rayo de luz, el sonido de una piedra sobre el cristal de la ventana de la habitación de su lujosa casa le sorprendió. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Sobre el alféizar, una manzana roja, brillante.

La cogió, y, con la mejor de sus sonrisas, la mordió.

El mordisco fue directamente a saciar el hambre de su corazón.

 

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Recuerda que tienes hasta el próximo día 29 para enviar tus tres palabras. 

Las instrucciones están aquí.

El próximo viernes, la primera historia de la nueva temporada.

 

 

Se alquila habitación

 

 

– Vaya, Iván. Así que alquilas habitaciones.

– Pues sí, Marta, ya sabes, compartir gastos, la cosa está mal.

–  ¿Y desde hace mucho?

–  Pues unos tres años. Eres la cuarta persona que entraría aquí.

–  Te duran poco, jeje.

–  Jaja, sí. Eran estudiantes, como tu. Acaban el curso y vuelven a su casa.

–  Lo que me ha parecido curioso es que las distintas partes de la casa lleven nombre.

–  Pues si. Mira, llevan los nombres de los anteriores inquilinos. La habitación se llama Rebeca, que era una conicillas; el baño, Julián, un maniático de la ducha y la habitación del principio, Irene, que se pasaba el día en ella, estudiando.

–  ¿Y esta sería mi habitación?

–  Si te gusta y llegamos a un acuerdo, si.

–  ¿Y le pondrás mi nombre?

–  Eso te lo tendrás que ganar, jaja.

–  Lo que me gusta es lo luminosa que es.

–  Pues tiene unas vistas espectaculares de la sierra, sal al balcón y verás.

Ella salió al balcón, a observar la maravillosa vista de la sierra, mientras él se quedaba en la habitación, mirando fijamente las paredes para ver cuál de ellas sería la idónea para esconder el cuerpo. Definitivamente, esa habitación llevaría el nombre de Marta.

 

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