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Irreversibilidad decidida

Diario de supervivencia. Tercer día.

Hoy me he despertado con los músculos totalmente apelmazados. Me gustaría pensar que sólo he dormido una noche y que hoy es el tercer día que amanece tras la gran explosión, tal y como enumero en mi diario, pero no tengo la certeza de que así sea. Quizá haya estado varios días inconsciente, o en eso se empeñan mis músculos en convencerme cada vez que me muevo, o quizá los días y las noches ya no tengan la duración que solían tener. Tendrá que pasar más tiempo para poder averiguarlo por mi mismo.

El paisaje es, si cabe, más desolador que en mi anterior periodo de consciencia: Los troncos débiles y cortos que quedaban han desaparecido por completo, dejando el paisaje totalmente huérfano de vegetación y sólo hay una tierra yerma y suave a la vista.

Tras una mirada más amplia, he comprobado que sólo quedaba en medio de la nada el obelisco de la vieja fuente que se erige erguido sobre el terreno, pero también sin rastro del vaso que antaño refrescaba los pies de pequeños en el verano.

De repente, he sentido un ligero estremecimiento que ha recorrido el suelo, tras el cual el caño que encumbraba el obelisco ha soltado un chorro de líquido, viscoso, pastoso y blanquecino, quizá las últimas gotas que le quedaban en su interior para, a continuación, caer al suelo, perdiendo su esplendor y su firmeza, dejando el paisaje ya sin ningún punto de referencia.

Me he puesto la mano sobre la frente para intentar que los rayos del sol no castiguen más mis pupilas y he intentado escrutar el horizonte. Muy a lo lejos, justo donde parece que una cordillera se alza como un muro infranqueable, lo que parece ser una frontera de vegetación más densa se alza a la vista. No tengo claro que se trate de árboles, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de comprobarlo.

El camino se antoja muy duro, dado el extenso desierto que me separa de dicha frontera, y que tendré que recorrer bajo los rayos del sol, sin ninguna sombra a leguas que se pueda intuir ni líquido a la vista para refrescar mis pasos. Por lo menos, tengo la certeza de que la tierra que piso es llana y suave, sin accidentes y que la visión es perfecta, por lo que tampoco tengo miedo a los posibles depredadores, si es que ha quedado algún otro ser vivo tras el incidente 

Mi única esperanza es llegar y poder encontrar allí algún resquicio de la vida que aquí ha sido aniquilada, cortada casi de raíz desde su nacimiento y comprobar si existe algún otro humano además de mi persona y con capacidad para continuar la especie, porque algo me dice que yo no voy a ser capaz de ello.

Pensar que todo esto fue por mi culpa, por una decisión exclusivamente mía va a ser la mochila más pesada que voy a arrastrar a lo largo de todo el camino que recorra. Carga que tendré que llevar y que, a buen seguro, tratará de convertirse también en mi verdugo. Me aclamaré al ese cielo en el que dejé de creer hace ya mucho para no dejarme vencer por ella y lograr recomponer todo el daño que he causado. 

Maldigo el momento en que pulsé el botón de encendido, pensando que las consecuencias y los riesgos estaban controlados. Ojala pudiera volver sobre mis pasos. Pero ya es tarde. Ahora sólo queda la lucha más cruel, la que libraré contra el pasado, contra mis decisiones y contra mi culpa.

Espero poder seguir escribiendo más capítulos en este diario, por lo menos, para expiar mi alma y mostrar al mundo, si queda, mis razones para la devastación.

Escribo estas últimas líneas mientras mi frente se llena de sudor y mis pies empiezan a arder. Emprendo camino. Maldito camino.

Confesiones

 

La luz del atardecer resaltaba su silueta sobre el azul turquesa del mar, que se encontraba en calma, al igual que el resto de la paradisíaca isla de playas blancas.

Él la miraba desde una hamaca, con ternura. Ella giró la cara y se encontró con sus ojos. Empezó a caminar hasta llegar a su altura. Momento en que sonrió, una sonrisa que iluminó más sus delicados rasgos.

– Cásate conmigo – Dijo él.

– Jajaja

Su sonrisa sonó franca, dulce, sincera. Como la de la niña que había sido.

– Se me ocurren, por lo menos, tres leyes que quebrantaríamos con dicho matrimonio – Le dijo ella.

– Se te veía preciosa – continuó él – ahí, en la playa, con la luz del sol. Cada día te pareces más a tu madre.

– ¿La echas de menos?

– Cada hora de cada día. No se me va de la cabeza.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Fue una decisión dura. Ella estaba, pero ya no estaba. Me destrozaba el corazón el ver como la enfermedad se la estaba llevando poco a poco, sin poder hacer nada y haciéndola sufrir cada minuto que pasaba. No podía soportar su dolor, su angustia. Se me traspasaban a mi todas sus dolencias. No me quedó más remedio. Simplemente quise que dejara de sufrir.

– Pero después huiste.

– Ya sabes cómo es tu abuelo. Nunca me quiso. Siempre me vio como un buitre que no buscaba más que su dinero. Jamás me tuvo en consideración, de él solo conseguí desprecio. Hasta en el funeral, que se presentó con la denuncia. Es fuerte y tiene recursos. Le dará la vuelta a todo.

– ¿Volverás?

– Quizá. Mi intención es hacerlo. Al fin y al cabo allí estás tu y está mi hogar. Supongo que cuando muera tu abuelo se acabará la guerra.

Ella acercó sus labios hasta la mejilla de él y le dio un beso. Tierno, suave y largo.

– Papá, me he de ir – dijo

– Lo sé – le respondió él.

– Una última cosa. Encima de la cama de tu habitación he dejado un sobre con la autopsia. En ella se demuestra que la enfermedad estaba provocada por un veneno que se le fue dando sistemáticamente y en bajas dosis con la intención de que no fuera detectado. Y, por cierto, por favor, no vuelvas nunca. Aunque muera el abuelo. Porque si vuelves seré yo la encargada de matarte con mis propias manos.

Dio media vuelta y se alejó, lentamente.

El sol se acabó de apagar, reflejando sobre la espalda de su camisa blanca su último rayo.