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Suena la música

Trombon ceutí

Suena la música. Los comulgantes desfilan por las calles de Ceutí hacia la iglesia.

No todo sonríen. Se ven muchos nervios. Es su día. Van pasando calles, saludando, disfrutando.

Al llegar a la plaza de la iglesia paran, esperando que les llamen para su momento.

La música sigue sonando.

Y, bajo el campanario, Nico la escucha.

En un pueblo alejado

 

Con el mando a distancia del equipo de música subió el volumen, dejando que las notas de Vivaldi inundaran toda la habitación.

Fuera, en la calle, se podían escuchar los primeros gritos de la chiquillería que había dejado atrás el curso y se afanaban por empezar a disfrutar de sus vacaciones de verano, como si éste se fuera a acabar al día siguiente, ávidos de aprovechar hasta el último minuto de ese período intermedio que llegaba hasta septiembre.

Hacía ya cinco años desde la noticia del traslado a aquel pueblo perdido de la meseta, cinco años que había llevado con resignación, aceptando por las satisfacciones que su trabajo en el mismo le reportaban.

La noticia del traslado le había caído como una losa cuando se enteró del destino. Ella era una mujer de ciudad, de bullicio, de gente. El trasladarse a un pueblo que se le antojaba lejano a cualquier abismo de civilización, apartándola de sus amistades, su familia, su entorno se le hizo demasiado duro. Por suerte pudo llevar consigo a Rufo, su pastor alemán, fiel compañero que siempre estaba dispuesto a acercarle la compañía que necesitaba, a sobrellevar la soledad a la que estaba sometida en aquel destino.

El invierno había sido duro, como todos: Largo, oscuro, frio, solitario, pero ahora el calor empezaba a colarse por cada rincón de la casa. Un calor seco pero penetrante. Un calor que todavía era soportable pero que sabía que conforme iba avanzando el verano se tornaba denso, asfixiante, llegando en agosto a ser irrespirable y que te hacía buscar desesperadamente los rincones más frescos de la casa para pasar el mayor tiempo posible en ellos.

Y ahora allí estaba ella, dispuesta a pasar otro verano infernal. Pero eso ya llegaría poco a poco. Mientras, desnuda sobre el sofá, arqueó el cuerpo sobre su espalda, cerró los ojos con fuerza y apretó con el puño la funda que cubría el cuero del asiento. Dejó que su cuerpo se llenara de pequeñas perlas de sudor mientras notaba cómo el hocico húmedo que tenía entre las piernas la iba llevando lejos de aquel entorno, como otras tantas veces hacía.

 

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La culpa de esta historia es de @BlancaUO

Gracias por tus tres palabras

Jazz

 

La vida es ritmo, es melodía, es improvisación, es dejar que se te muevan los pies desde la primera nota.

La vida es entorno, es aire puro, es la terraza de un hotel maravilloso en un enclave único.

La vida es Vicente, es su trompeta.

La vida es Jazz.

 

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/4,2

Velocidad: 1/320 s

Sensibilidad: ISO-400

Flash: NO

Photoshop: SI, pasada a escala de grises y retocado brillo y contraste

La imagen está tomada en la terraza del Hotel Martín el Humano de Segorbe. En ella se ve a Vicente Lázaro mientras ensayaba junto a batería y piano para tocar en el aperitivo que se iba a servir en la terraza del hotel en una boda.

MÚSICA


Con un ligero roce, Miguel le dio al botón de ON. El aparato de música se llenó de colores en cada uno de los rincones de la pantalla y en sus botones. Apretó un segundo botón y se abrió el compartimento del cd.

Seguidamente se acercó a la torre en la que un sinfín de colores presentaban todas aquellas cajas que guardaban la música que tanto adoraba. La música siempre había sido su vida, desde muy pequeño se había acercado a ella con curiosidad, dejándose llevar por el ritmo de aquellas notas.

Pasó el dedo con suavidad por las distintas cajas hasta que se decidió por una de ellas: Confetti. Hacía tiempo que no escuchaba ese disco, y recordó cuando llegó a ser uno de sus favoritos, pasando horas enteras hasta que se aprendió la melodía de memoria.

Sacó el cd de la caja y lo puso sobre la bandeja. Cerró ésta y se puso los auriculares. Hacía poco que se  los había comprado. Eran grandes, de forma que ocupaban todas sus orejas, para poder sentir mejor la música.

Giró la rueda del volumen hasta que pudo notar en sus oídos la vibración de los bajos al salir por los altavoces diminutos. Su madre siempre le decía que bajara el volumen, pero a él le gustaba mucho más así. Se sentó y empezó a mover la cabeza al compás de las vibraciones que le llegaban.

Mientras, en la cocina, su madre cogía una cápsula de café para meterla en la máquina. También suavemente le dio al botón de encendido y empezó a ver cómo el café tomaba consistencia a través del humo que desprendía. Le puso dos terrones de azúcar y cogió la taza con dos manos. Se sentó en la mesa mirando a su hijo mover la cabeza al compás de una melodía que ella alcanzaba a oír mientras recordaba con angustia la tarde en que aquel hijo de puta borracho se saltó el semáforo en rojo llevándose a su hijo por delante y dejándolo totalmente sordo para el resto de su vida.

 

La culpa de esta historia es de @manyez

Y al final, habrá música

Hay días, meses, años en los que todo se enreda. Has visto el principio pero no crees que podrás ver el final.

Tus ideas, tu visión, tus pensamientos son una maraña de hilos de los que no sabes bien por dónde tirar para poder deshacer los nudos.

Pero esos son las épocas que hay que coger con más ganas. Poco a poco, con delicadeza y con visión de futuro.

Elegir un extremo del hilo e ir tirando, aflojando, estirando, soltando, desenredando.

Con tesón, ganas, optimismo y alegría lo irás logrando, irás consiguiendo que el tiempo vaya pasando y cada vez estarás más cerca de conseguir tu objetivo.

Y, al final, no te quepa duda, habrá música.