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Manchas

- Psst, ¡eh, chaval, ven un momento!

– Dígame, señor.

– Umm, Charlie, ¿no?. Eso pone en tu placa.

– Sí, señor.

– Mira, Charlie, quiero que me limpies el coche por dentro y por fuera, ¿ok?. Por fuera, con los rodillos es suficiente, pero por dentro, le metes una buena limpieza. Si consigues quitar esas manchas rojas del asiento de atrás, que no sé de qué son, a saber qué se le caería a mi mujer, te doy 20 pavos de propina. ¿Entendido?

– Perfectamente, señor.

– Eso sí, no abras el maletero, no quiero que lo limpies, ni lo toques. Es muy importante. ¿Lo harás?

– Por supuesto, señor, ni me acercaré.

– Buen chico. Mira, aquí tienes cinco dólares más, porque sé que me vas a hacer caso.

– Gracias, señor.

– Venga, Charlie, a la faena. Pasaré en dos horas. Métele caña a la tapicería, ¿ok?

– Perfecto, señor. Descuide.

– Ok, buen chico. Hasta luego.

-Hasta luego, señor.

 

 

 

¡Premio!

Desde hace cuatro años, la gente de @ValenciaNegra se curra un festival muy molón sobre el género negro en la capital del Turia.

Dentro del festival convocan un corcuso de relatos por tuit con el hastag #140tirs

Este año han decidido que un relato de esta humilde casa se encuentre entre los ganadores.

¡Y no quepo de gozo!


Y aquí estoy, con una sonrisa tonta que no se me quita de la cara.

 

 

Hipnotizado

- Y, a ver si te dejas caer por aquí con más frecuencia, que desde que estás con esa casi no te veo.

- ¡Lola, pero si vine la semana pasada!

- Pues, a mi, se me ha hecho muy largo.


Lo dejó caer en un susurro, acercándose a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó hacia la barra, tarareando esa canción que ya no sonaba en la gramola pues se había estropeado de tanto ponerla para bailar pegados cuando cerraba el bar, y dejando a Nolo sin saber que hacer con la cucharilla del carajillo, mirando cómo movía las caderas al alejarse, hipnotizado como tantas otras veces.

Nochebuena

Le gustaba pasear por la ciudad en Navidad. Le gustaban las calles engalanadas, las luces de colores por encima de su cabeza, los escaparates arreglados, los anuncios en las marquesinas. Todo ello despertaba en él recuerdos de una infancia en la que la no se celebraba nada, al no tener ningún motivo para hacerlo.

Le gustaba el ambiente que se respiraba entre la gente, esa camaradería, esas sonrisas espontáneas en cada cruce, en cada esquina. Le maravillaba ver cómo dos personas que, en el resto del año casi ni se saludaban, se paraban para desearse felicidad. Le habían inculcado que era todo mentira, pura fachada recreada para un consumismo voraz, pero él era reacio, seguía pensando dentro de la parte pura de su espíritu que algo quedaba de todo aquello, que había algo más allá de unas buenas palabras. Quizá al día siguiente todo volvería a ser igual pero, en aquel momento, el sentimiento inundaba todo.

Él mismo, al ir paseando hacia su destino iba sonriendo a la gente, gente desconocida., la mayoría de la cual le devolvía la sonrisa. Por el mero hecho de hacerlo, sin pedir nada a cambio, sin dar nada a cambio. Miradas cómplices transformadas en deseos sinceros.

Sumido en sus pensamientos llegó a su destino. Era un bloque de pisos como cualquiera de aquel barrio, construido a finales de los años 90, un poco antes del boom inmobiliario que había enviado al traste las ilusiones de muchas familias, dejando al país en una crisis profunda, en una depresión generalizada. En el portal, una anciana peleaba por abrir la puerta con la mano derecha sin que la bolsa que llevaba en su brazo izquierdo cayera al suelo. La bolsa, la típica de tela que regalaban los supermercados para sustituir a las de plástico, rebosaba su capacidad. Debía de haber realizado la compra de último momento para la cena de esa noche.

Se acercó por detrás, caminando, sin dejar de sonreír.

– ¿Le ayudo? – Dijo con suavidad.

La anciana lo miró, al principio con desconfianza, pero pronto cambió su semblante.

– Gracias, hijo – Respondió – Estas manos ya no son lo que eran. Tiemblan. Quizá cansadas de haberlas hecho trabajar demasiado.

La observó. Una cara surcada de arrugas rodeaba dos ojos hundidos, pequeños, pero vivos. El pelo, recogido en un sencillo moño era de un color ceniciento, sin los típicos tintes violetas que se empeñaban algunas señoras en lucir. Un poco de carmín en sus delgados labios le daban un toque de alegría a la cara. “Coqueta“, pensó, “En su juventud debió ser guapa“. Vestía elegante, pero sin saltar la frontera de lo recargado. Se notaba que se había arreglado para esa noche.

– Descuide, yo le ayudo – Dijo, tendiendo la mano hacia la bolsa y cogiéndola con suavidad, dando a entender que sólo pensaba sostenerla mientras ella abría la puerta, para no asustarla.

– Gracias – Replicó – No le conozco joven, ¿vive aquí?

– No, señora. Vengo al 4ºC, a casa de Paco.

– Vaya, ¿de cena?

– No, una visita rápida.

– Qué pena. Seguro que le animará. Últimamente está bastante deprimido. – Su semblante cambió, pasó a la tristeza – Un buen chico, gran padre con sus niños. Una pena de crisis, que le pilló en medio. Me consta que hace todo lo que puede para sacar a su familia adelante, pese a las deudas que lleva acumuladas. Aunque lleva días sin salir de casa. Igual me paso yo antes de cenar para felicitarles las fiestas. Paso la nochebuena sólo, mis hijos viven lejos y ya tienen a sus familias. Un poco de compañía también me vendrá bien.

Contó la historia de camino al ascensor, dejándose llevar la bolsa y cediendo al galanteo del paso cedido, la puerta abierta, la pequeña inclinación de cabeza al pasar que su ayudante le brindaba.

Se bajaba en el segundo. Se negó a la ayuda hasta la puerta de su casa, despidiéndose con dos besos y un Feliz Navidad que le dejó aroma a un perfume de supermercado en la cara y una calidez en las mejillas todo el trayecto que hizo solo hasta el cuarto piso.

Salió del ascensor y se dirigió a la puerta rotulada con una C dorada. La típica puerta de madera clara a la que unos niños le habían pegado un cartel que, con caligrafía infantil rezaba “Feliz Navidad” con las letras pintarrajeadas de colores brillantes y purpurina. Le trasladaron a su hogar, a unos pocos kilómetros de allí, dónde los suyos estarían ya con sus pijamas puestos, sus gorros rojos y sus sempiternos dibujos animados en la tele, esperando que él llegara para la cena, que esa noche sabían especial pese a que sólo serían los cuatro de la familia, para, acto seguido, ir corriendo a acostarse y dormir con fuerza para no molestar a Papá Noel y encontrar su regalo al despertar.

Suspiró. Se llevó la mano derecha al bolsillo interior de la chaqueta y, con un movimiento aprendido de la repetición martilleó el revolver sin sacarlo de su funda. Confió en acabar el trabajo pronto para no llegar tarde al calor de su hogar esa nochebuena.

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.

 

La asesina

Aparcó el coche en la acera opuesta a la casa y se quedó observándola antes de salir. La escena era la típica en esos casos: dos coches de policía, tres agentes tras la tira de plástico amarilla aguantando a las dos docenas escasas de curiosos que, a esas horas de la noche, se apretaban para ver algo (¿la gente no dormía?) y un par de cámaras de televisión.

“Carroña”, pensó al ver a éstos últimos. ¿Cómo diablos se enteraban? En algunos casos llegaban antes que la misma policía.

Se apeó del coche y tomó aire antes de cruzar la calle. Tal y como pisó la acera contraria notó el primer flash, directo a sus ojos, dejándolo en una penumbra instantánea. Se llevó la mano a la cara instintivamente y suspiró. No tardaría en llegar la primera pregunta: “Inspector, ¿Se sabe algo del asesino?”

Un agente levantó la cinta amarilla al verle llegar, que agradeció con un gesto de la mano cuando se agachaba para pasarla. Detrás dejó que los dos agentes que quedaban se las apañaran para mantener alejada a la pequeña multitud que se apretó contra la entrada del jardín al verle llegar. En sus oídos se mezclaban las preguntas que, a gritos, le lanzaban los de la prensa.

“Maldita carroña” llegó a mascullar entre dientes, mientras cruzaba el sendero enladrillado que rompía el pequeño jardín de césped y llegaba hasta la casa.
La puerta principal estaba abierta, pero la mosquitera no, así que abrió ésta y entró en la casa.

La escena que le esperaba también era la habitual: dos policías de uniforme charlaban en la entrada, uno de ellos con un café en la mano (¿Lo traería de casa?, lo dudaba); una mujer se las veía con su pincel en varios pomos, la científica buscando huellas; el flash del fotógrafo se unía al ruido del disparador…

El forense le esperaba a los pies de la escalera.
– Doctor – dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha a la frente.
– Hola, inspector – contestó éste – ¿Una noche movidita?
– Lo normal, es como si la primavera les alterara y los hiciera más gamberros. ¿Qué tenemos?
– Está arriba. No hay ninguna duda. Asesinato.
– ¿Me acompaña y me cuenta detalles?
– Por supuesto, aunque hay poco que contar, ya lo verá usted mismo.
Acompañó la última frase apoyando la mano sobre la espalda del inspector, animándolo a emprender el camino por las escaleras. El trayecto lo hicieron en silencio, hasta la habitación.

Nada mas entrar vio el cadáver en el suelo, tapado con una manta. No le hizo falta ni acercarse. Se giró hacia el forense, que asentía con la cabeza.
– Hay que buscar a la mujer que ha hecho esto.
– Se lo había dicho, estaba claro: un asesinato de libro.
– Tenemos que empezar a pensar en una asesina en serie, es el tercer caso de priapismo que nos encontramos este mes.

Negro sobre blanco (y X)

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Fotos Sobre Nolo

Sara gritó, llevándose las manos  a la boca e, inmediatamente, se lanzó hacia el cuerpo de Nolo, que yacía inmóvil en el suelo.

Se agachó con miedo y le puso la mano sobre la cara. Nolo abrió los ojos encontrándose con los suyos. Su respiración era agitada, mezcla de la adrenalina y el cansancio de la lucha con Andrés.

Sara rompió a llorar, liberando todos los nervios que llevaba acumulados. Nolo se incorporó y miró hacia su lado izquierdo. Allí estaba el cuerpo de Andrés. Finalmente, había podido girar la pistola hacia su cuello y había apretado el gatillo. La bala había entrado justo por debajo de la barbilla, dejando un agujero considerable del que salía la sangre que iba tiñendo el suelo de color rojo brillante. La detonación le había manchado a Nolo la cara y la camisa de rojo, dejándole ésta como si estuviera totalmente rota, desfigurada, pero no tenía un rasguño.

Nolo giró su cara hacia el otro lado, allí estaba Sara, de rodillas junto a él. Tenía la cara tapada con sus manos, ocultando un llanto que le hacía hipar. Suavemente deslizó su mano hacia el rostro de Sara, haciendo que ésta descubriera su cara. Nolo puso su mano sobre la mejilla derecha de Sara, y empezó a acariciarle la cara con el pulgar, apartando las lágrimas que salían de sus ojos y mezclándolas con la sangre de su mano.

– ¿Estás bien? – Preguntó.

Sara no contestó, simplemente movió la cabeza arriba y abajo, lentamente, aspirando aire sonoramente por la nariz. Una leve presión de la mano de Nolo hizo que echara su cabeza hacia delante, al mismo tiempo que Nolo también acercaba la suya. Sus labios se encontraron a mitad del camino.

Fue un beso largo, suave y húmedo. La sal de las lágrimas acentuó el sabor metálico de la sangre y ambos líquidos, junto con la saliva, hicieron que los labios resbalaran uno sobre el otro, sin dejar ni un sólo milímetro de ambos sin probar el sabor de los otros.

Nolo separó lentamente su cabeza, y empezó a pasar su dedo pulgar sobre los labios de Sara, que se dejaron hacer, limpiando los restos de la sangre que había dejado. En todo momento, la miraba fijamente a los ojos.

Esbozó una sonrisa, que se contagió en los labios que acababa de dejar de besar.

– Deberías llamar a la policía – Dijo, en voz baja – Mejor que lo hagas tu, yo me implicaría demasiado.

Sara asintió y se levantó, dirigiéndose hacia el teléfono que estaba sobre la librería. Nolo la vio alejarse. Incluso en aquel momento, con la tensión y la escena que allí había, su porte era majestuoso, firme.

“Toda una señora”, pensó Nolo.

 

FIN

Negro sobre blanco (VIII)

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Fotos Sobre Nolo

 

No tuvo que esperar mucho tiempo. Puntual, tal y como se esperaba, entró por el camino con su coche, un todo terreno impecable, nuevo. Esta vez conducía ella, sin chófer, no como en la última vez que la había visto.

Aparcó frente a la puerta y bajó. Nolo suspiró, estaba espectacular. Pantalón vaquero, ceñido pero sin exagerar; botas de media caña, son un poco de tacón, el justo para marcar sus largas piernas; camisa blanca de seda, con una caída que marcaba su pecho y que le pasaba de la cintura y el pelo suelo, sobre los hombros.

Cerró el coche y se dirigió hacia el porche. No había acabado de subir cuando, mirando directamente a los ojos de Nolo preguntó:

– ¿Has traído el manuscrito?

– Yo también me alegro de volver a verte. Buenas noches – Contestó Nolo.

– Déjate de idioteces. Lo que me has contado por teléfono es muy grave. ¿Lo tienes?

– ¿Pasamos y te lo cuento dentro?

Ella lo miró fijamente y sacó un llavero de su bolsillo. Se acercó a la puerta y la abrió.

– Por favor, si me hace el honor – dijo con una media sonrisa.

Nolo le devolvió la sonrisa y entró. Ella siguió sus pasos y le indicó el salón. Al llegar Nolo dejó sobre la mesa el manuscrito. Ella lo cogió y leyó lentamente el título de la portada: “El escritor”.

– Ahí lo tienes. ¿Te cuento la historia?, aunque no creo que te haga falta, te la conoces de memoria. Es la coartada perfecta para deshacerte de la amante de tu marido. ¿Cuándo pensabas dársela a la policía?

– ¿Qué coño dices? – Dijo – ¿De qué estás hablando?

– No te hagas la tonta conmigo – Respondió Nolo – He conocido muchas como tu en mi vida de policía. Una venganza por celos, la culpa al marido, se quedan con su fortuna. Tu, además, tenías el libro. Jugada redonda.

– Te has vuelto loco, Nolo. Yo no he matado a nadie. ¿Han encontrado a esa chica muerta?

– Todavía no, hasta que tú digas dónde la escondiste. Que, supongo, será dónde dice ahí, no muy lejos de mi.

– Escúchame, Nolo, no se de qué hablas.

– ¿No?, Si quieres te lo resumo. Aprovechas un viaje de tu marido para, haciéndote pasar por él, invitar a la chica a esta casa. Ella se piensa que será como muchas otras veces que ha venido aquí, una cena con velas, una noche romántica. Pero aquí no la espera tu marido, sino tu. ¿Cómo la mataste?, eso no lo sé, espero que me lo digas. Luego la escondes dónde dice el libro y, pasados unos días llamas a la policía y le cuentas que has encontrado el manuscrito y que crees que tu marido se ha basado en él para matarla. Todo cuadra.

– Te has vuelto loco – dijo ella, lentamente – Completamente loco. ¿Tienes alguna prueba de lo que dices?

– Yo no, pero igual tu marido quiere preguntarte algo más.

Se abrió la puerta de la cocina, a espaldas de Nolo, y por ella apareció su marido. Ella se echó las manos a la boca, ahogando un grito.

Nolo la observaba, sin quitar la vista de su cara, quería ver su reacción, quería ver cómo se desmoronaba, interpretando el grito como una muestra de ello. Por eso, no había visto cómo el marido avanzaba hacia ellos, lentamente, sosteniendo una pistola en su mano derecha.

Ella lo señaló, pero para cuando Nolo se giró, el cañón ya apuntaba directamente a la cabeza de su acompañante.

Continuará…

Negro sobre blanco (VII)

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Fotos Sobre Nolo

No le hizo falta mirar el reloj, el suave ronroneo de un motor le avisó que la hora de la cita había llegado. Levantó la vista y vio acercarse por el camino un deportivo de gama alta. Su primera cita había llegado.

El coche giró al llegar a la casa y, lentamente, se dirigió hacia la parte de atrás, en la que se encontraban los garajes que Nolo había visto en su inspección anterior. Nolo se levantó del asiento y fue hacia allí, siguiendo con su vista el trayecto del coche.

Llegó al garaje justo cuando él estaba cerrando la puerta del coche. Nolo se acercó, pese a haberlo visto tantas veces, haberlo fotografiado, haberlo seguido, nunca había estado tan cerca de él. La verdad es que llenaba la estancia con su presencia. Era una de esas personas que transmiten confianza, aplomo y Nolo lo sintió. Su mirada, penetrante; su expresión, seria; su semblante, altivo hubieran intimidado a cualquiera. Nolo no se arrugó, estaba acostumbrado a tratar con gente de la peor calaña por muy bien vestidos que estuvieran. Sin embargo, aquel no era el caso. Su mirada, aunque fría, no denostaba maldad.

Nolo dio un paso al frente y se le acercó, con la mano estirada. Él le devolvió el saludo con un apretón también firme. No dio tiempo a preámbulos, sin soltar la mano preguntó:

– ¿Por qué debo creerle? Todavía no se porqué he venido.

– No tendrá que creerme a mi – Respondió Nolo – Lo podrá escuchar de primera mano en la voz de su mujer.

– ¿Ha quedado con ella?

– Sí, con la excusa del manuscrito he quedado aquí, en media hora. De ahí que también lo hiciera con usted un poco antes. Quería que lo escuchara.

– Comprenda mi incredulidad. Su acusación es muy grave, y más, haciéndola hacia mi mujer.

– Lo se. Se lo que hago. Confíe en mi. En un rato usted mismo lo podrá comprobar y podrá tomar sus propias decisiones.

– Entonces, su plan es que yo esté presente en la conversación.

– No. Lo mejor es que nos escuche sin que le veamos, dejando que su mujer confiese creyendo que nadie la escucha. Le he traído una grabadora, para que la pueda llevar y grabar la conversación. Le servirá de prueba en la policía.

Se miraron a los ojos, sosteniendo la mirada. Él suspiró, soltando, por fin, la mano de Nolo. Bajó la cabeza y la movió.

– Lo siento, me cuesta creer que ella fuera capaz de hacer tal cosa. Una parte de mi desea que sea verdad, para acabar con este calvario, pero la otra me impide pensar que sea como me lo ha contado. Todavía me debato entre creerle o irme por donde he venido. ¿Qué gana usted con todo ésto?

Nolo levantó el labio, una media sonrisa de complicidad, de comprensión, de acercamiento.

– Hace tiempo, mi hija desapareció. Al final la encontraron, había sido asesinada. Como policía no fui capaz de hacer nada por evitarlo. Simplemente me he puesto en el papel de los padres de esa chica. Me sobra con ahorrarles el sufrimiento de la espera, aún a costa de certificarles la muerte de su hija.

Él asintió, comprendiendo. Le puso la mano en el hombro y dijo:

– Lo lamento, mucho. De acuerdo, voy a confiar. Cuénteme su plan.

Salieron del garaje y se dirigieron hacia la casa. Durante el trayecto, Nolo le fue explicando los pormenores del plan que había trazado y que le llevarían a resolver el caso cerciorándose de lo que había leído.

Continuará…

Negro sobre blanco (V)

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Fotos Sobre Nolo

Nunca se había desprendido de aquella placa. Siempre alegó que la había perdido en mitad de la persecución, pero no era así, la guardaba. Estaba anticuada, ya no se utilizaba, pero nadie fuera de los cuerpos de seguridad conocía la diferencia, todos la tomaban como buena.

Nolo lo sabía, y por eso la utilizaba cuando le interesaba. Sabía que le abría muchas puertas, como bien había sido aquel mismo día, en casa de ese matrimonio de gente mayor, destrozados por la pérdida de una hija, ansiosos de cualquier pista o detalle o noticia sobre ella y que le hubieran abierto la puerta hasta el mismísimo diablo con tal de tener la esperanza de recuperar a su niña.

En su propia desesperación, no les pareció raro que un inspector de policía se presentara en su casa a última hora de la tarde, ni que estuviera solo, ni que casi ni les hiciera preguntas sobre su hija y su desaparición, ni tan siquiera que les pidiera que le dejaran solo en la habitación de su hija “para buscar pistas”. Una habitación repleta de libros por todas partes, paredes llenas de estanterías con libros de todos los colores y condiciones, sólo interrumpidas por un pequeño escritorio en el que un portátil abierto, una libreta, un tarro con bolígrafos y un pequeño diccionario parecían esperar el momento para volver a la vida, ansiosos también de tener cerca a su dueña.

A cambio, sólo tuvo que aguantar la charla, las explicaciones y las preguntas ansiosas de respuesta de un matrimonio abatido, desesperado, que relataba con lágrimas en los ojos las últimas horas de su hija desaparecida junto a ellos, las bondades de ésta, la tranquila vida que llevaba entre sus libros y sus escritos y, al mismo tiempo, se lamentaba por la suerte que estaría corriendo en aquellos momentos su novio, un pobre diablo al que la policía había detenido y al que seguro estaban sometiendo en esos momentos a uno de los interrogatorios que Nolo tan bien conocía, sin parar de disculpar al chico, sin para de decir que no era capaz de poner un dedo encima de su hija, de no hacer daño a nadie, todo ello salpicado de ruegos y premuras de actuación por parte de la policía.

Pero la visita no había sido en vano. Entre la montaña de libros y papeles de la habitación encontró un manuscrito, un paquete de folios encuadernados con un simple espiral y una tapa de plástico transparente en la se podía ver una pegatina con un título y el nombre de su autor, un nombre que le sonaba bien por las señas que le habían dado meses atrás para poder seguirlo, hacerle fotos y pillarlo con su amante. Un nombre al que asociaba a una fotografía recibida en el bar de Lola, una imagen mil veces repasada  y que últimamente no salía de su mente. Un hombre al que esperaba destrozado pero del que le habían asegurado que estaba perfectamente.

Por eso, ahora, mientras tumbado en su cama leía el borrador del libro que había cogido de la habitación, Nolo pensaba que estaba cerca de conocer el paradero de la chica, que su intuición no le iba a fallar, que lo que leía se asemejaba mucho a una historia real y que, sin falta al día siguiente, tenía que conseguir hablar con el autor de dichas líneas, para saber de primera mano si lo escrito era mera fantasía o se podía trasladar a una situación actual.

Cerró el libro, tomó el último trago del vaso de whisky de la mesita y se quedó mirando al techo, pensando cómo abordar a la persona que pensaba clave en todo el caso y cuyas palabras escritas tanto habían sorprendido.

Continuará…