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Nochebuena

Le gustaba pasear por la ciudad en Navidad. Le gustaban las calles engalanadas, las luces de colores por encima de su cabeza, los escaparates arreglados, los anuncios en las marquesinas. Todo ello despertaba en él recuerdos de una infancia en la que la no se celebraba nada, al no tener ningún motivo para hacerlo.

Le gustaba el ambiente que se respiraba entre la gente, esa camaradería, esas sonrisas espontáneas en cada cruce, en cada esquina. Le maravillaba ver cómo dos personas que, en el resto del año casi ni se saludaban, se paraban para desearse felicidad. Le habían inculcado que era todo mentira, pura fachada recreada para un consumismo voraz, pero él era reacio, seguía pensando dentro de la parte pura de su espíritu que algo quedaba de todo aquello, que había algo más allá de unas buenas palabras. Quizá al día siguiente todo volvería a ser igual pero, en aquel momento, el sentimiento inundaba todo.

Él mismo, al ir paseando hacia su destino iba sonriendo a la gente, gente desconocida., la mayoría de la cual le devolvía la sonrisa. Por el mero hecho de hacerlo, sin pedir nada a cambio, sin dar nada a cambio. Miradas cómplices transformadas en deseos sinceros.

Sumido en sus pensamientos llegó a su destino. Era un bloque de pisos como cualquiera de aquel barrio, construido a finales de los años 90, un poco antes del boom inmobiliario que había enviado al traste las ilusiones de muchas familias, dejando al país en una crisis profunda, en una depresión generalizada. En el portal, una anciana peleaba por abrir la puerta con la mano derecha sin que la bolsa que llevaba en su brazo izquierdo cayera al suelo. La bolsa, la típica de tela que regalaban los supermercados para sustituir a las de plástico, rebosaba su capacidad. Debía de haber realizado la compra de último momento para la cena de esa noche.

Se acercó por detrás, caminando, sin dejar de sonreír.

– ¿Le ayudo? – Dijo con suavidad.

La anciana lo miró, al principio con desconfianza, pero pronto cambió su semblante.

– Gracias, hijo – Respondió – Estas manos ya no son lo que eran. Tiemblan. Quizá cansadas de haberlas hecho trabajar demasiado.

La observó. Una cara surcada de arrugas rodeaba dos ojos hundidos, pequeños, pero vivos. El pelo, recogido en un sencillo moño era de un color ceniciento, sin los típicos tintes violetas que se empeñaban algunas señoras en lucir. Un poco de carmín en sus delgados labios le daban un toque de alegría a la cara. “Coqueta“, pensó, “En su juventud debió ser guapa“. Vestía elegante, pero sin saltar la frontera de lo recargado. Se notaba que se había arreglado para esa noche.

– Descuide, yo le ayudo – Dijo, tendiendo la mano hacia la bolsa y cogiéndola con suavidad, dando a entender que sólo pensaba sostenerla mientras ella abría la puerta, para no asustarla.

– Gracias – Replicó – No le conozco joven, ¿vive aquí?

– No, señora. Vengo al 4ºC, a casa de Paco.

– Vaya, ¿de cena?

– No, una visita rápida.

– Qué pena. Seguro que le animará. Últimamente está bastante deprimido. – Su semblante cambió, pasó a la tristeza – Un buen chico, gran padre con sus niños. Una pena de crisis, que le pilló en medio. Me consta que hace todo lo que puede para sacar a su familia adelante, pese a las deudas que lleva acumuladas. Aunque lleva días sin salir de casa. Igual me paso yo antes de cenar para felicitarles las fiestas. Paso la nochebuena sólo, mis hijos viven lejos y ya tienen a sus familias. Un poco de compañía también me vendrá bien.

Contó la historia de camino al ascensor, dejándose llevar la bolsa y cediendo al galanteo del paso cedido, la puerta abierta, la pequeña inclinación de cabeza al pasar que su ayudante le brindaba.

Se bajaba en el segundo. Se negó a la ayuda hasta la puerta de su casa, despidiéndose con dos besos y un Feliz Navidad que le dejó aroma a un perfume de supermercado en la cara y una calidez en las mejillas todo el trayecto que hizo solo hasta el cuarto piso.

Salió del ascensor y se dirigió a la puerta rotulada con una C dorada. La típica puerta de madera clara a la que unos niños le habían pegado un cartel que, con caligrafía infantil rezaba “Feliz Navidad” con las letras pintarrajeadas de colores brillantes y purpurina. Le trasladaron a su hogar, a unos pocos kilómetros de allí, dónde los suyos estarían ya con sus pijamas puestos, sus gorros rojos y sus sempiternos dibujos animados en la tele, esperando que él llegara para la cena, que esa noche sabían especial pese a que sólo serían los cuatro de la familia, para, acto seguido, ir corriendo a acostarse y dormir con fuerza para no molestar a Papá Noel y encontrar su regalo al despertar.

Suspiró. Se llevó la mano derecha al bolsillo interior de la chaqueta y, con un movimiento aprendido de la repetición martilleó el revolver sin sacarlo de su funda. Confió en acabar el trabajo pronto para no llegar tarde al calor de su hogar esa nochebuena.

¡Vivan los novios!

Los que os pasáis habitualmente por aquí, ya sabéis que no soy mucho de escribir cosas que me ocurren, sino que soy más de ficción, pero esta entrada me hacía mucha ilusión el poder compartirla.

El caso es que a finales de septiembre pasado, dos personas muy queridas contrajeron matrimonio: Mi primo Ángel y Pili, su entonces novia, ahora esposa. Dos personas fantásticas que supieron hacer de su boda un momento inolvidable para todos.

Para dicha boda, el resto de primos decidimos que fueran los niños, sus sobrinos, quienes les leyeran unas palabras en nombre de todos. Y fui el encargado de escribirlas.

La tarea de la lectura recayó en Marta y Adrián, que lo hicieron de forma fantástica. Me ha apetecido compartir aquí esas palabras. Espero que os gusten. Van con todo el cariño para los recién casados y con los mejores deseos para esta vida en común.

boda

 

MARTA: Tío Ángel.

ADRIÁN: Tía Pili.

MARTA: Dicen que no hay nada más auténtico, más natural, más bonito que el mirar el mundo desde los ojos de un niño. Sin embargo, todos, al crecer, perdemos esa sensación, ese poder. Vosotros ya habéis crecido, y es probable que lo hayáis perdido.

ADRIÁN: Pero, tranquilos, aquí estamos nosotros para volver a abriros los ojos, para que podáis recordar que una vez visteis el mundo de otra forma y que todavía tenéis la posibilidad de seguir viéndolo de esa manera. Sólo hay que esforzarse un poco.

MARTA: Tío Ángel. Cuando eres un niño no sabes nada, tienes que empezar a descubrirlo todo, te tienen que enseñar a todo: a hablar, a andar, a comer. Todo es nuevo para ti y, por supuesto, todo te da miedo. Por ello siempre buscas un apoyo, algo en lo que poder descansar, un punto de referencia que te de seguridad para dar un paso más, para seguir aprendiendo y seguir avanzando. Necesitas algo que sea más fuerte que tú y que impida que decaigas, animándote a seguir adelante. Necesitas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili. Cuando eres una niña tienes miedo, mucho miedo. Nunca estás segura puesto que no sabes que hay más allá del paso que acabas de dar. No conoces nada del mundo que te rodea y necesitas que alguien te de seguridad. Por eso necesitas creer que, en algún sitio, más allá, existe un ser que te protege, que te cuida, que te mima y que vela para que nunca te pase nada. Un ser que te coge de la mano en los momentos difíciles, te envuelve con sus alas protectoras e impide que te pase nada malo. Necesitas un ángel.

MARTA: Tío Ángel, te llevas un pilar.

ADRIÁN: Tía Pili, te llevas un ángel.

MARTA: Nunca dejéis de miraros el uno al otro con la mirada de los niños que lleváis dentro.

ADRIÁN: Todos los primos y sobrinos os deseamos que seáis muy felices.

 

 

Hamburguesas

Miró el libro de recetas. Era fácil: carne picada, perejil, pan rallado, huevo… Un vistazo rápido a la despensa y vio que lo tenía todo. Sacó la carne del congelador y la puso en el microondas, a descongelar. Mientras, acabó de limpiar de polvo la picadora de carne (¿Cuánto hacía que no la utilizaba?) y preparó sobre el banco de la cocina el resto de ingredientes.

Hacía una semana que había decidido dejar de luchar. Ya estaba harta. Estaba muy bien eso de la dieta equilibrada y tal, pero había llegado al límite de sus fuerzas. Todos los días era una verdadera pelea con los niños. Cuando había pasta, o arroz, o carne, o cualquiera de esos platos precocinados del super, no había problemas. Pero si el plato del día era pescado, o verdura, o cualquier otra cosa de las que todos llaman “sanas”, de las que “hay que comer alguna vez”, la pelea era continua: lloros, gritos, bocas cerradas, comida por los suelos, por las paredes, manotazos, castigos que no se cumplían…

Y ya no podía más. Después de todo el trabajo de casa, de no pisar la calle para tenerlo todo listo, de matarse a limpiar, a planchar, a organizar, después de todo eso, llegaba la noche y, derrotada, no le quedaban fuerzas para seguir peleando.

Y lo peor no eran los niños. Lo peor era él. Que llegaba del trabajo, a las tantas, oliendo a vino barato del bar, o a cerveza o a cualquier cosa que había tomado ese día hasta que se le nublaba la vista, o cuando no, a sexo de alguna puta barata con la que había decidido desahogar sus frustraciones. Se sentaba, miraba el plato y, sin mediar palabra lo levantaba y lo tiraba contra la pared, contra el suelo o, la mayoría de veces, contra su cara. Luego ya venían los insultos, los gritos contra ella, recordándole su ineptitud para cocinar y, finalmente, los golpes.

Así que ya estaba cansada de todo eso. Ya no le quedaban fuerzas para luchar, para seguir una guerra diaria que no sentía, que no quería.

Llevaban una semana a base de carne: en filetes, empanada, al horno. Ahora iba a empezar también a picarla: hamburguesas, albóndigas, pastel de carne…

Una semana sin gritos, sin lloros, sin peleas. Una semana ya de tranquilidad.

Y nadie había echado en falta todavía a aquel hijo de puta.

Ella

 

– Ya voy, ya voy – Protestó Julián.
Su voz sonaba cansina, era la cuarta vez que tenía que ir a acostar a Julen. Esa noche estaba especialmente nervioso y no había forma de que se quedara quieto en su cama.
– No se que le pasa – le dijo a Vicen. – lleva una noche muy rara. Voy a ver si quiere algo. Ahora bajo.
Casi arrastrando los pies se levantó, dejando en el plato la cuchara con la sopa de la cena. “Esta vez tambien me la acabaré fria”, pensó.
Subió al piso de arriba, a la habitación.
– ¿Qué te pasa ahora, pequeñajo? – preguntó mientras se sentaba en la cama. – ¿no quieres dormir?.
– Mientras ella no se vaya no.
Su voz sonó distinta, dura, seca, como si hubiera madurado de golpe.
– Ella.. ¿quién?. Aquí no hay nadie.
Julen señaló con su pequeña mano hacia la puerta, sacando poco a poco su dedo índice de forma temblorosa.
Julián se giró hacia la puerta para calmar a su hijo y convencerle de que no había nadie, pero algó le extraño. Una fugaz sombra había parecido pasar por el pasillo hacia la habitación contigua, la que estaban preparando para su futuro retoño, que llegaría en un par de meses.
– Espera un momento, voy a cerrar la puerta de la habitación de tu hermano, bueno, del que será tu hermano – dijo con una sonrisa.
La verdad es que le había extrañado dicha sombra, pensó que se trataría de un cambio de luces de un coche en la calle, pero le había picado y se acercó no fuera que algún gato hubiera entrado por la ventana.
Al acercarse a la habitación de al lado empezó a notar frio, mucho frio. Demasiado para la época en que estaban.
Entró a la habitación y encendió la luz.
– Vaya, por dios. La ventana abierta – masculló.
Se acercó a cerrarla cuando se cerró la puerta.
– Dichoso aire, mira que he dicho veces que se cierre esta ventana, que se va el calor de la casa.
Cerró la ventana y volvió hacia la habitación de Julen.
Al ir a abrir la puerta no pudo. La manivela estaba atrancada. Empezó a moverla con fuerza, empujando la puerta hacia delante y atrás. Mientras, oía como en la habitación de al lado, su hijo se movía con rapidez por encima de la cama, saltando, corriendo, deslizándose.
– Julen, para enseguida – Le gritó – Ahora salgo, pero estate quieto.
Finalmente la puerta cedió.
Pasó a la otra habitación.
A duras penas se mantuvo en pie.
Lo que allí estaba viendo estaba fuera de toda lógica.
Echado en la cama, boca abajo pero con la cabeza totalmente girada estaba Julen. Sus ojos, todavía abiertos, reflejaban un horror que todavía se podía palpar en el ambiente. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de infinidad de cortes de los cuales todavia salian pequeños regueros de sangre que habían cubierto la totalidad de la cama, dejando el pequeño cuerpo casi flotando sobre un charco rojo. En el centro justo de la espalda de su hijo aparecía un cuchillo de grandes dimensiones clavado hasta el mango. Un cuchillo que él núnca había visto en casa.

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Vicen estaba tranquilamente comiendo una manzana cuando escuchó un grito. Fuerte, desgarrador. Un grito que denotaba puro terror. Saltó de la silla y echó a correr hacia el piso de arriba. No sabía qué podía haber llevado a su marido a chillar de esa forma.
Cuando llegó encontró la puerta de la habitación de Julen cerrada. Con miedo, mucho miedo se decidió a abrirla.
Lo que allí vió la desconcertó por completo.
Sentado en la cama, llorando de puro miedo en una esquina estaba Julen, con las manos en la cara girado hacia la esquina opuesta de la puerta, sin querer mirar a su padre, quien, estaba en el suelo, hecho un ovillo, llorando amargamente mientras escondía su cabeza entre las piernas.
Vicen se adelantó a abrazar a su marido para tranquilizarlo y pedirle alguna explicación cuando tropezó con algo.
Sus pies habían topado con un cuchillo de grandes dimensiones. Un cuchillo que ella nunca había visto en la casa.