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Hipnotizado

- Y, a ver si te dejas caer por aquí con más frecuencia, que desde que estás con esa casi no te veo.

- ¡Lola, pero si vine la semana pasada!

- Pues, a mi, se me ha hecho muy largo.


Lo dejó caer en un susurro, acercándose a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó hacia la barra, tarareando esa canción que ya no sonaba en la gramola pues se había estropeado de tanto ponerla para bailar pegados cuando cerraba el bar, y dejando a Nolo sin saber que hacer con la cucharilla del carajillo, mirando cómo movía las caderas al alejarse, hipnotizado como tantas otras veces.

Al compás de las olas

 

La luna brillaba en todo su esplendor sobre el horizonte, dejando una estela color plata que cruzaba en línea recta sobre las olas del mar en calma hasta la orilla de la playa.

Sobre la arena, unos pies desnudos bailaban lentamente al compás de una canción que salía de la terraza de un restaurante cercano, meciendo dos cuerpos que se movían como uno sólo, perfectamente sincronizados con la música.

La mano derecha de él acariciaba la cintura de ella, justo por el lugar en el que empieza la espalda, que dejaba al aire el escote trasero del vestido de ella, ajustado como un guante a unas curvas perfectamente esculpidas por la naturaleza.

La mano izquierda sujetaba sobre su hombro la mano derecha de ella, suave como la brisa que acariciaba sus cuerpos, y que ella mantenía abierta sobre la solapa de su esmoquin, acariciando el raso de ésta con leves movimientos que conseguían traspasar la tela llegando a la piel de su compañero de danza.

En un momento dado, ella soltó sus manos que la acompañaban en el baile para, lentamente, subirlas hasta llegar a la nuca de su pareja, juntándolas allí y apoyando su cabeza sobre el pecho de él, quien aprovechó para acercar su mano hacia la nuca, dejando que sus dedos se entrelazaran por los suaves rizos de su cabellera, que lucía más oscura a la luz de la luna.

Ella separó su cabeza al contacto y sus miradas se cruzaron, quedándose fijas mientras los cuerpos seguían moviéndose.

Ella deslizó la mano hasta llegar al cuello de su acompañante y, lentamente, deshizo el lazo de su pajarita, dejando que ambos extremos de la misma colgaran por la blanca camisa.

Sonrió, viendo como su acompañante también sonreía. Sabía que a Nolo lo acostumbraría a muchas cosas en su nueva vida, pero nunca al nudo de una corbata.

Negro sobre blanco (y X)

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Fotos Sobre Nolo

Sara gritó, llevándose las manos  a la boca e, inmediatamente, se lanzó hacia el cuerpo de Nolo, que yacía inmóvil en el suelo.

Se agachó con miedo y le puso la mano sobre la cara. Nolo abrió los ojos encontrándose con los suyos. Su respiración era agitada, mezcla de la adrenalina y el cansancio de la lucha con Andrés.

Sara rompió a llorar, liberando todos los nervios que llevaba acumulados. Nolo se incorporó y miró hacia su lado izquierdo. Allí estaba el cuerpo de Andrés. Finalmente, había podido girar la pistola hacia su cuello y había apretado el gatillo. La bala había entrado justo por debajo de la barbilla, dejando un agujero considerable del que salía la sangre que iba tiñendo el suelo de color rojo brillante. La detonación le había manchado a Nolo la cara y la camisa de rojo, dejándole ésta como si estuviera totalmente rota, desfigurada, pero no tenía un rasguño.

Nolo giró su cara hacia el otro lado, allí estaba Sara, de rodillas junto a él. Tenía la cara tapada con sus manos, ocultando un llanto que le hacía hipar. Suavemente deslizó su mano hacia el rostro de Sara, haciendo que ésta descubriera su cara. Nolo puso su mano sobre la mejilla derecha de Sara, y empezó a acariciarle la cara con el pulgar, apartando las lágrimas que salían de sus ojos y mezclándolas con la sangre de su mano.

– ¿Estás bien? – Preguntó.

Sara no contestó, simplemente movió la cabeza arriba y abajo, lentamente, aspirando aire sonoramente por la nariz. Una leve presión de la mano de Nolo hizo que echara su cabeza hacia delante, al mismo tiempo que Nolo también acercaba la suya. Sus labios se encontraron a mitad del camino.

Fue un beso largo, suave y húmedo. La sal de las lágrimas acentuó el sabor metálico de la sangre y ambos líquidos, junto con la saliva, hicieron que los labios resbalaran uno sobre el otro, sin dejar ni un sólo milímetro de ambos sin probar el sabor de los otros.

Nolo separó lentamente su cabeza, y empezó a pasar su dedo pulgar sobre los labios de Sara, que se dejaron hacer, limpiando los restos de la sangre que había dejado. En todo momento, la miraba fijamente a los ojos.

Esbozó una sonrisa, que se contagió en los labios que acababa de dejar de besar.

– Deberías llamar a la policía – Dijo, en voz baja – Mejor que lo hagas tu, yo me implicaría demasiado.

Sara asintió y se levantó, dirigiéndose hacia el teléfono que estaba sobre la librería. Nolo la vio alejarse. Incluso en aquel momento, con la tensión y la escena que allí había, su porte era majestuoso, firme.

“Toda una señora”, pensó Nolo.

 

FIN

Negro sobre blanco (VIII)

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Fotos Sobre Nolo

 

No tuvo que esperar mucho tiempo. Puntual, tal y como se esperaba, entró por el camino con su coche, un todo terreno impecable, nuevo. Esta vez conducía ella, sin chófer, no como en la última vez que la había visto.

Aparcó frente a la puerta y bajó. Nolo suspiró, estaba espectacular. Pantalón vaquero, ceñido pero sin exagerar; botas de media caña, son un poco de tacón, el justo para marcar sus largas piernas; camisa blanca de seda, con una caída que marcaba su pecho y que le pasaba de la cintura y el pelo suelo, sobre los hombros.

Cerró el coche y se dirigió hacia el porche. No había acabado de subir cuando, mirando directamente a los ojos de Nolo preguntó:

– ¿Has traído el manuscrito?

– Yo también me alegro de volver a verte. Buenas noches – Contestó Nolo.

– Déjate de idioteces. Lo que me has contado por teléfono es muy grave. ¿Lo tienes?

– ¿Pasamos y te lo cuento dentro?

Ella lo miró fijamente y sacó un llavero de su bolsillo. Se acercó a la puerta y la abrió.

– Por favor, si me hace el honor – dijo con una media sonrisa.

Nolo le devolvió la sonrisa y entró. Ella siguió sus pasos y le indicó el salón. Al llegar Nolo dejó sobre la mesa el manuscrito. Ella lo cogió y leyó lentamente el título de la portada: “El escritor”.

– Ahí lo tienes. ¿Te cuento la historia?, aunque no creo que te haga falta, te la conoces de memoria. Es la coartada perfecta para deshacerte de la amante de tu marido. ¿Cuándo pensabas dársela a la policía?

– ¿Qué coño dices? – Dijo – ¿De qué estás hablando?

– No te hagas la tonta conmigo – Respondió Nolo – He conocido muchas como tu en mi vida de policía. Una venganza por celos, la culpa al marido, se quedan con su fortuna. Tu, además, tenías el libro. Jugada redonda.

– Te has vuelto loco, Nolo. Yo no he matado a nadie. ¿Han encontrado a esa chica muerta?

– Todavía no, hasta que tú digas dónde la escondiste. Que, supongo, será dónde dice ahí, no muy lejos de mi.

– Escúchame, Nolo, no se de qué hablas.

– ¿No?, Si quieres te lo resumo. Aprovechas un viaje de tu marido para, haciéndote pasar por él, invitar a la chica a esta casa. Ella se piensa que será como muchas otras veces que ha venido aquí, una cena con velas, una noche romántica. Pero aquí no la espera tu marido, sino tu. ¿Cómo la mataste?, eso no lo sé, espero que me lo digas. Luego la escondes dónde dice el libro y, pasados unos días llamas a la policía y le cuentas que has encontrado el manuscrito y que crees que tu marido se ha basado en él para matarla. Todo cuadra.

– Te has vuelto loco – dijo ella, lentamente – Completamente loco. ¿Tienes alguna prueba de lo que dices?

– Yo no, pero igual tu marido quiere preguntarte algo más.

Se abrió la puerta de la cocina, a espaldas de Nolo, y por ella apareció su marido. Ella se echó las manos a la boca, ahogando un grito.

Nolo la observaba, sin quitar la vista de su cara, quería ver su reacción, quería ver cómo se desmoronaba, interpretando el grito como una muestra de ello. Por eso, no había visto cómo el marido avanzaba hacia ellos, lentamente, sosteniendo una pistola en su mano derecha.

Ella lo señaló, pero para cuando Nolo se giró, el cañón ya apuntaba directamente a la cabeza de su acompañante.

Continuará…

Negro sobre blanco (VII)

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Fotos Sobre Nolo

No le hizo falta mirar el reloj, el suave ronroneo de un motor le avisó que la hora de la cita había llegado. Levantó la vista y vio acercarse por el camino un deportivo de gama alta. Su primera cita había llegado.

El coche giró al llegar a la casa y, lentamente, se dirigió hacia la parte de atrás, en la que se encontraban los garajes que Nolo había visto en su inspección anterior. Nolo se levantó del asiento y fue hacia allí, siguiendo con su vista el trayecto del coche.

Llegó al garaje justo cuando él estaba cerrando la puerta del coche. Nolo se acercó, pese a haberlo visto tantas veces, haberlo fotografiado, haberlo seguido, nunca había estado tan cerca de él. La verdad es que llenaba la estancia con su presencia. Era una de esas personas que transmiten confianza, aplomo y Nolo lo sintió. Su mirada, penetrante; su expresión, seria; su semblante, altivo hubieran intimidado a cualquiera. Nolo no se arrugó, estaba acostumbrado a tratar con gente de la peor calaña por muy bien vestidos que estuvieran. Sin embargo, aquel no era el caso. Su mirada, aunque fría, no denostaba maldad.

Nolo dio un paso al frente y se le acercó, con la mano estirada. Él le devolvió el saludo con un apretón también firme. No dio tiempo a preámbulos, sin soltar la mano preguntó:

– ¿Por qué debo creerle? Todavía no se porqué he venido.

– No tendrá que creerme a mi – Respondió Nolo – Lo podrá escuchar de primera mano en la voz de su mujer.

– ¿Ha quedado con ella?

– Sí, con la excusa del manuscrito he quedado aquí, en media hora. De ahí que también lo hiciera con usted un poco antes. Quería que lo escuchara.

– Comprenda mi incredulidad. Su acusación es muy grave, y más, haciéndola hacia mi mujer.

– Lo se. Se lo que hago. Confíe en mi. En un rato usted mismo lo podrá comprobar y podrá tomar sus propias decisiones.

– Entonces, su plan es que yo esté presente en la conversación.

– No. Lo mejor es que nos escuche sin que le veamos, dejando que su mujer confiese creyendo que nadie la escucha. Le he traído una grabadora, para que la pueda llevar y grabar la conversación. Le servirá de prueba en la policía.

Se miraron a los ojos, sosteniendo la mirada. Él suspiró, soltando, por fin, la mano de Nolo. Bajó la cabeza y la movió.

– Lo siento, me cuesta creer que ella fuera capaz de hacer tal cosa. Una parte de mi desea que sea verdad, para acabar con este calvario, pero la otra me impide pensar que sea como me lo ha contado. Todavía me debato entre creerle o irme por donde he venido. ¿Qué gana usted con todo ésto?

Nolo levantó el labio, una media sonrisa de complicidad, de comprensión, de acercamiento.

– Hace tiempo, mi hija desapareció. Al final la encontraron, había sido asesinada. Como policía no fui capaz de hacer nada por evitarlo. Simplemente me he puesto en el papel de los padres de esa chica. Me sobra con ahorrarles el sufrimiento de la espera, aún a costa de certificarles la muerte de su hija.

Él asintió, comprendiendo. Le puso la mano en el hombro y dijo:

– Lo lamento, mucho. De acuerdo, voy a confiar. Cuénteme su plan.

Salieron del garaje y se dirigieron hacia la casa. Durante el trayecto, Nolo le fue explicando los pormenores del plan que había trazado y que le llevarían a resolver el caso cerciorándose de lo que había leído.

Continuará…

Negro sobre blanco (V)

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Fotos Sobre Nolo

Nunca se había desprendido de aquella placa. Siempre alegó que la había perdido en mitad de la persecución, pero no era así, la guardaba. Estaba anticuada, ya no se utilizaba, pero nadie fuera de los cuerpos de seguridad conocía la diferencia, todos la tomaban como buena.

Nolo lo sabía, y por eso la utilizaba cuando le interesaba. Sabía que le abría muchas puertas, como bien había sido aquel mismo día, en casa de ese matrimonio de gente mayor, destrozados por la pérdida de una hija, ansiosos de cualquier pista o detalle o noticia sobre ella y que le hubieran abierto la puerta hasta el mismísimo diablo con tal de tener la esperanza de recuperar a su niña.

En su propia desesperación, no les pareció raro que un inspector de policía se presentara en su casa a última hora de la tarde, ni que estuviera solo, ni que casi ni les hiciera preguntas sobre su hija y su desaparición, ni tan siquiera que les pidiera que le dejaran solo en la habitación de su hija “para buscar pistas”. Una habitación repleta de libros por todas partes, paredes llenas de estanterías con libros de todos los colores y condiciones, sólo interrumpidas por un pequeño escritorio en el que un portátil abierto, una libreta, un tarro con bolígrafos y un pequeño diccionario parecían esperar el momento para volver a la vida, ansiosos también de tener cerca a su dueña.

A cambio, sólo tuvo que aguantar la charla, las explicaciones y las preguntas ansiosas de respuesta de un matrimonio abatido, desesperado, que relataba con lágrimas en los ojos las últimas horas de su hija desaparecida junto a ellos, las bondades de ésta, la tranquila vida que llevaba entre sus libros y sus escritos y, al mismo tiempo, se lamentaba por la suerte que estaría corriendo en aquellos momentos su novio, un pobre diablo al que la policía había detenido y al que seguro estaban sometiendo en esos momentos a uno de los interrogatorios que Nolo tan bien conocía, sin parar de disculpar al chico, sin para de decir que no era capaz de poner un dedo encima de su hija, de no hacer daño a nadie, todo ello salpicado de ruegos y premuras de actuación por parte de la policía.

Pero la visita no había sido en vano. Entre la montaña de libros y papeles de la habitación encontró un manuscrito, un paquete de folios encuadernados con un simple espiral y una tapa de plástico transparente en la se podía ver una pegatina con un título y el nombre de su autor, un nombre que le sonaba bien por las señas que le habían dado meses atrás para poder seguirlo, hacerle fotos y pillarlo con su amante. Un nombre al que asociaba a una fotografía recibida en el bar de Lola, una imagen mil veces repasada  y que últimamente no salía de su mente. Un hombre al que esperaba destrozado pero del que le habían asegurado que estaba perfectamente.

Por eso, ahora, mientras tumbado en su cama leía el borrador del libro que había cogido de la habitación, Nolo pensaba que estaba cerca de conocer el paradero de la chica, que su intuición no le iba a fallar, que lo que leía se asemejaba mucho a una historia real y que, sin falta al día siguiente, tenía que conseguir hablar con el autor de dichas líneas, para saber de primera mano si lo escrito era mera fantasía o se podía trasladar a una situación actual.

Cerró el libro, tomó el último trago del vaso de whisky de la mesita y se quedó mirando al techo, pensando cómo abordar a la persona que pensaba clave en todo el caso y cuyas palabras escritas tanto habían sorprendido.

Continuará…

Negro sobre blanco (IV)

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Fotos Sobre Nolo

 

Un tono… Dos tonos…
– ¿Dígame?
La voz era fría, distante. Intentaba ser neutra pero se le notaba que era forzada. Tenía ese timbre final que chirría, que denota alerta, como ese gato que ronronea con los ojos abiertos a la espera de que algo pueda ocurrir.
– Hola, soy Nolo.
-¿Perdón?, ¿Nolo?, ¿Le conozco?
Demasiado rápida en la respuesta, había faltado el silencio típico cuando intentas recordar algo, hacer memoria. En este caso, la respuesta había sido automática, preparada de antemano, esperada la pregunta.
– Si, nos conocemos, llevé el caso de la infidelidad de su marido.
Ahora si, silencio. A través del teléfono casi se podía escuchar el mecanismo de la mente de su interlocutora buscando una salida, decidiendo si admitía que se conocían o no.
“Me va a colgar”, pensó Nolo.
Le respuesta le llegó de inmediato.
-Ah, si. Por supuesto, Nolo. ¿Qué tal? Cuanto tiempo.
-Si, hacia bastante- llegó a contestar Nolo, casi de sorpresa, estaba más preparado para que le colgara.
– Y bien, ¿A qué debo su llamada?
– Es por la joven, a la que me encargó  que siguiera. Ha desaparecido, ¿No ha visto la noticia?
-Sí, lo leí. Una pena. Espero que la encuentren pronto.
– ¿Y su marido?
– Bien. Él no ha tenido nada que ver y, como comprenderá, no era un tema del que se hablaba en casa. Ahora, si me disculpa, tengo cosas que hacer. Un placer volver a hablar con usted, Nolo.
La comunicación de cortó, sin darle tiempo a Nolo a despedirse ni a formular ninguna otra pregunta.
Dejó el teléfono sobre la mesa y empezó a mover la cucharilla sobre el carajillo, mecánicamente, mientras su mirada seguía fija, aunque perdida, sobre el periódico abierto en la página de la noticia de la desaparición y en su mente resonaba una frase que no podía borrar: “Él no ha tenido nada que ver”
Una explicación gratuita, directa, hecha sin pregunta anterior y dejada caer como si nada.
Lola se le acercó por detrás, mientras limpiaba la mesa que unos clientes acababan de abandonar. Le puso la mano en su hombro y le movió con la otra su cabeza, obligando a Nolo a mirarla.
– Olvídalo. Tu trabajo acabó. Cumpliste y ahora no es asunto tuyo.
Nolo la miró y esbozó una media sonrisa.
– Lola…
– Eres incorregible – lo interrumpió ella – Y un capullo. Te dije que esa mujer no me gustaba. Ya eres mayorcito. Pero quiero que sepas que me preocupo por ti. Y mucho.
– Lo sé, Lola. Pero tendré cuidado. Simplemente haré un par de preguntas. Te prometo no involucrarme mucho.
Lola no respondió, se dio la vuelta y se fue hacia la barra. Nolo la miró alejarse. Le gustaba, le había dado estabilidad y lo había sacado de un pozo del que pensó que nunca saldría. Le debía mucho y no quería preocuparla.
Pero su mente estaba ya pensando en la próxima visita que iba a realizar.

 

Continuará…

Negro sobre blanco (III)

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Fotos Sobre Nolo

Había pasado casi medio año. Nolo lo recordaba bien, puesto que conservaba una memoria privilegiada para todos sus casos. Su olfato de policía le había enseñado a recordar cada prueba, cada gesto, cada foto, cada mirada, letra o conversación por si en el futuro le pudiera valer. Y ahora, que se dedicaba a investigar por su cuenta conservaba esa memoria, ese recuerdo, esa rutina.

Además, ese caso había sido especial. No por la complejidad ni por la originalidad del mismo, al fin y al cabo, no era más que una infidelidad más, una de las que últimamente ocupaban su tiempo y que le ayudaban a continuar con su vida. Una infidelidad que se había saldado con poco más de un mes de seguimiento, un par de carretes de fotos, un micro escondido bajo una mesa de un restaurante y un par de pinchazos telefónicos.

Ni tan siquiera la pareja a seguir había sido original; él, un hombre atractivo, pasados los 40, con dinero y algo de fama; ella, una joven de poco más de 20 años, atraída por un hombre maduro y rico, al que idolatraba más que amaba y con el que veía un futuro prometedor.

Pero a Nolo quien le había marcado había sido ella, la mujer que le había realizado el encargo, la esposa del adúltero. Desde el primer momento en que empezó a hablar con ella, su personalidad y maduro atractivo lo había cautivado, descubriéndose más de una vez buscando una excusa para quedar con ella durante el caso, más de lo estrictamente necesario, sólo por compartir un rato juntos.

Por eso ahora, casi seis meses después de haber entregado el dossier del caso y cobrado lo pactado, en la misma mesa del bar de Lola en el que habían estado hablando por primera vez y ella le había hecho el encargo, no podía dejar de mirar el periódico del día, abierto por la página de sucesos en la que aparecía la noticia de una joven desaparecida junto a una foto que mostraba una cara conocida por estudiada, por seguida, por fotografiada, como podría demostrar en los negativos que todavía conservaba en su casa. Una cara que había dejado de ver hacía casi seis meses pero que no había olvidado.

Por eso, en esa misma mesa, en la misma en la que había empezado el caso, en la misma en la que había conocido a aquella mujer, se preguntaba si debía llamarla para conocer de primera mano sus impresiones sobre la desaparición o debía dar por cerrado el caso una vez ya entregado y cobrado.

(Continuará)

 

 

Negro sobre blanco (II)

¿Te perdiste el primer capítulo?. Aquí lo tienes: Capítulo 1

 Fotos Sobre Nolo

– Es mi marido. Tiene una putita.

Escupió las palabras, una a una, dejando bien claro su opinión.

– ¿Y quiere saber si es así?, confirmar que su esposo tiene una amante. – Dijo Nolo.

– No – Respondió ella – Lo quiero saber todo: quién es, a qué se dedica, por qué está con mi marido, qué le da… Todo.

Nolo fijó su vista sobre la foto que más le había llamado la atención. En ella, un hombre de mediana edad, guapo, sonreía distraído a la cámara. Se le podía ver despreocupado, feliz. La foto sólo mostraba la cara, un primer plano, pero se pudo imaginar el resto: atlético; de cuerpo cuidado, horas de gimnasio, pero sin pasarse; bien vestido, de marca, con la ropa impecablemente conjuntada. Todo un caballero acorde con la dama que tenía delante.

Le sonaba la cara, aunque no sería capaz de ubicarla con seguridad. Quizá se trataba de una cara estereotipada en revistas del corazón y en los programas de cotilleo que tenía Lola a todas horas en el bar. O quizá lo conocía de algo más, no estaba seguro. Pero pronto lo averiguaría, pensó.

– Eso le costará dinero – Dijo Nolo.

– El dinero no será problema. Quiero un buen trabajo, cueste lo que cueste. Todos los detalles: cuándo se ven, dónde…

– Tranquila – La interrumpió Nolo – Sé hacer mi trabajo.

– Eso me han dicho – Dijo ella, esbozando una media sonrisa – Por eso lo quiero a usted.

A partir de ahí, la charla discurrió por los términos reglamentarios: Precio total, forma de pago, plazo, contacto, entrega de documentación…

Al finalizar ella se levantó y le tendió la mano: una mano firme, decidida, acostumbrada a estrechar otras. Nolo la acompañó a la puerta del bar y se despidió allí de ella, viendo cómo entraba de nuevo en el coche que le esperaba a la puerta. Volvió a entrar al bar en cuanto el coche desapareció por la primera esquina.

Se dirigió a la barra, dónde Lola ya lo esperaba con su carajillo en la mano, dispuesta a dárselo antes de que él lo pidiera.

– No me gusta esa mujer – le dijo a Nolo. – No es de fiar. No me gusta nada.

(Continuará)

Negro sobre blanco (I)

Fotos Sobre Nolo

No es belleza. No es el trabajo, ni un título, ni una carrera, ni es la pareja. Y, por supuesto, ni mucho menos es el dinero.

Son gestos, detalles, movimientos. Miradas de alguien que, sabiéndose que lo es, le sale natural no demostrarlo, descendiendo a la altura del resto de los mortales que no lo son de forma que estos últimos no se sientan incómodos.

Son miradas, bien directas o a través de unas maravillosas gafas de sol que se llevan cómo si hubieran caído ahí, o estuvieran ahí desde el principio de los días.

Son palabras, silencios. La forma de conversar, de escuchar, de asentir. De aseverar y exigir, de suplicar y pedir perdón.

Y, sobre todo, es elegancia: Desde la punta del pie hasta el último pelo de la melena. Elegancia al andar, al mirar, al vestirse. Elegancia para adaptarse al entorno, por muy fuera de su círculo que se esté. Elegancia para entablar conversación, presentarse, sentarse y pedir un café con leche.

Y es que hay muy pocas mujeres que puedan ser, realmente unas autenticas Señoras, con mayúscula. Con todo lo que la acepción de la palabra conlleva.

Nolo lo sabía y era capaz de identificarlas a la primera. En aquel caso no le costó más que el parpadeo al verla entrar al bar de Lola. Desde que la vio pararse a en la puerta, tras los cristales, coger aire y entrar. Le bastó un breve recorrido por la superficie del bar para reconocerlo a él y dirigirse hacia la barra para presentarse.

No había duda, toda una señora: de edad indefinida, pero ya pasados los 45, seguía conservando una belleza natural y un cuerpo perfectamente modelado pese al abrigo, como pudo comprobar cuando se lo quitó, al sentarse en la barra del fondo.

Elegancia a la hora de pedir un café con leche y remarcar: “Con azucar”, nada de medias tintas ni malas interpretaciones. Elegancia para verter el contenido del sobre, agitarlo y coger el tazón, llevárselo a los labios y soplar antes de probarlo.

Elegancia hasta para simular una lágrima en el momento en que sacó el sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa, al alcance de la mano de Nolo.

Nolo lo cogió, sin quitar la vista de los ojos que lo miraban expectantes y lo empezó a abrir, aunque tenía muy claro lo que contenía sólo por el tacto sobre el papel, por la historia que ella le había contado y hasta por la forma en la que había contactado con él.

Metió la mano en el sobre y sacó cinco fotos, que fue pasando lentamente, sin perder detalle de lo que en ellas aparecía. Ella esperaba paciente, con su café con leche en la mano a que Nolo levantara la vista para continuar  el relato que la había llevado hasta allí. No tuvo que esperar mucho tiempo.

– Es él – Aseguró Nolo, al volver a mirarla a los ojos.

Ella asintió y se dispuso a seguir hablando.

(Continuará)