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Definición de paraíso

No hacen falta palmeras, ni arena blanca, ni tan siquiera playa.

El paraíso es todo aquel lugar en el que estoy contigo.

 

 

Ocaso

Un suave compás sonaba en su oído: pom, pom… pom, pom… pequeños golpes en su tímpano que la relajaban, la adormecían y la tranquilizaban. Cerró los ojos y se dejó llevar por sus recuerdos, muchos años atrás, cuando todo empezó.

No eran más que un par de críos, que creían que el amor sería suficiente para llenar sus vidas. A los 16 años, la vida siempre se veía fácil, y más, si tenías a tu lado a la persona que considerabas idónea en tu vida. Pero sus familias no pensaban lo mismo: enfrentadas por las distintas clases sociales a las que pertenecían, encorsetadas en una sociedad totalmente cerrada, que impedía la libertad de sentimientos, desde un principio se opusieron a aquella relación.

Por eso huyeron, lejos, muy lejos. Fue una noche de luna llena; clara como sus ideas, fría como sus familias. Él tiró una piedra sobre su ventana, ella ya le estaba esperando. Se deslizó por la canal hasta llegar a los brazos que, cálidos, le esperaban en el jardín.

No corrieron, no les hacía falta. Sabían que ninguna de sus familias los iba a buscar, sabían que hacía tiempo que ya no los sentían como suyos. Subieron al primer tren que salía esa madrugada, sin destino, lo más lejos que la parte del dinero apartado para el viaje de aquel que pudieron reunir les permitió. Durmieron en el trayecto, abrazados en el asiento del tren, dejándose mecer por el leve traqueteo del vagón.

Estaba despuntando el sol cuando llegaron a aquella tierra de nadie, un pueblo perdido en mitad de la nada. Apenas un centenar de casas rodeadas de inmensos prados sembrados de maíz. Bajaron del tren y se dirigieron hacia el único local que vieron abierto, un bar.

A aquellas horas el local bullía de ambiente, todos los hombres de pueblo estaban reunidos, a la espera de salir hacia los campos a sembrar, limpiar o recoger la cosecha que cada uno de ellos, o sus patronos, tenía en la pradera. Tal y como entraron se hizo el silencio; una pareja de forasteros, casi ni adolescentes, sin más equipaje que una vieja maleta y una incipiente barriga en la parte femenina de ellos.

No encontraron ni una sola sonrisa en el trayecto hasta la barra del bar, sólo miradas: inquisitivas unas, mordaces otras, de pena las más.

Nuna podría olvidar lo sucedido a continuación, cómo él se separó de su mano, se subió a una mesa y, con su voz todavía infantil acalló todas las voces, todas las miradas, todos los cuchicheos con una frase: “No pido pena, ni comprensión, sólo trabajo para esta familia que quiero formar”.

Una risa infantil la devolvió al presente. Abrió los ojos. Todavía con la cabeza apoyada sobre el mismo pecho con el que emprendió el viaje vio cómo los niños jugaban a la pelota junto al porche de su casa, justo al principio del jardín que separaba la entrada de la casa del campo de maíz. Dentro de la casa, en la cocina, se escuchaban voces de varios hombres y mujeres recogiendo los restos de la comida dominical, mientras el olor a café impregnaba el ambiente.

Desde hacía tiempo se reunían con ellos a comer sus hijos y sus nietos, haciendo que, en el ocaso de su vida, la palabra familia cobrara todo su pleno significado.

Miró al horizonte, a los campos plantados, a la tierra fértil. No pudo evitar pensar en una de las últimas palabras que su abuela le dijo la noche antes de partir: “arriesga, puede que ganes o no, pero no permitas quedarte con la duda.”

Ella arriesgó. Y había ganado.

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Fue @mariet_la quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (“tierra de nadie”) Además, así, entrecomilladas, lo que me ha llevado a utilizarlas en una sola frase.

Gracias, María, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.