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De repente, el otoño

 

color

Una breve señal, débil, etérea.

Un ligero matiz.

Una suave pincelada distinta.

Un ligero cambio de color.

No lo notas, no lo percibes, no lo sientes.

Pero, un día, y sin aviso, el otoño llega a tu vida.

Encuentro en otoño

Charco

 

Le gustaba el otoño. Sabía que había mucha gente que lo consideraba gris, la puerta de entrada a un invierno frío y oscuro. Pero a ella le encantaba esa época del año, sobre todo por sus colores. Ver cómo las hojas de los árboles se iban tiñendo poco a poco de ocre para caer al suelo, dejando el esqueleto de sus moradas al aire mientras, atrás, y sobre otros árboles se podía observar todavía todo el abanico cromático.

No era pintora, no se veía capaz de trazar dos líneas coherentes sobre un papel, admiraba la destreza de muchas personas para plasmar las imágenes sobre un lienzo. En estos momentos, sentada en la terraza de aquella cafetería, admiraba un charco formado por las lluvias de la noche anterior sobre el que habían caído varias hojas de varios colores, una de las cuales lo había evitado para posarse sobre la acera. Le sorprendía el color verde de la díscola, aquella que el aire había indultado de caer sobre la superficie mojada, contrastado con el tierra de aquellas otras ya en el final de su vida.

Una ráfaga de aire frío la estremeció. Pese al sol que ese día se había escapado entre las nubes que habían dominado toda la semana, el viento continuaba siendo fresco, obligando a los paseantes ocasionales a cubrir sus cuerpos con ropa de abrigo.

El camarero le dejó sobre la mesa un café humeante. Dio las gracias con una sonrisa, que éste le devolvió. Aprovechó el primer trago para dar una vuelta con su vista por la calle. Desde la terraza de la cafetería se podía observar el adoquinado brillante que recorría toda la cuesta hasta la plaza en la que desembocaba aquel carril. Frente a ella, el parque central dejaba gotear el agua acumulada en los árboles hacia sus calles de tierra, dejando a su paso una sensación de frescor.

La mirada se detuvo en el banco que había frente a ella. Sentado, con unos tejanos y una chaqueta de cuero marrón estaba él. En sus manos, un libro de tapas rojas, aquel sobre el que tanto habían estado hablando en la red y que les sirvió de excusa para entablar una conversación que, poco a poco, fue derivando de lo literario a lo personal. Un libro que ambos tomaron como símbolo y que él decidió que fuera la señal para conocerse en personal.

Con tranquilidad, se abrió los dos primeros botones del su abrigo y sacó su bufanda blanca, dejándola caer por el cuello.

Él, que paseaba la vista también por la calle, la fijó en ella y sonrió. Había captado la contraseña. Se levantó y empezó a caminar hacia la cafetería.

A ella le sirvió para observarlo. Ni alto, ni bajo, delgado pero no famélico. Unos rizos castaños le caían desordenados por el principio de la nuca, una concesión a una juventud que empezaba a irse, si realmente tenía la edad que le había confesado por la red. Bien vestido, pero informal, destacaba sobre él la chaqueta de cuero en la que ya había reparado anteriormente y que le quedaba como un guante. Su sonrisa se amplió al ir a cruzar la calle, inundando por completo la visión y haciendo que ella no pudiera fijarse en nada más.

Al subir a la acera en la que se encontraba la cafetería esquivó la hoja verde que ella había estado observando para no pisarla, como si intuyera la belleza que ella había visto en dicha hoja y no quisiera estropearla.

Llegó a su altura y se paró a escasos centímetros de ella. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio, dejando que las miradas hablaran entre sí. Segundos que se hicieron eternos.

En un momento dado, él bajó su cara y, suavemente, la besó en los labios.

Fue un beso largo, dulce, suave, en el que se juntaron el sabor a café de ella con el del caramelo que él se había tomado minutos antes para combatir el posible mal aliento.

Ella cerró los ojos, dejándose llevar por su sentido del gusto, saboreando el instante, llenando su mente de las sensaciones que, en aquel momento, inundaban todo su cuerpo.

Igual de lento, igual de suave, él separó sus labios. Y volvieron las miradas. Ella se dio cuenta de que estaba sonriendo sólo con mirarle a los ojos. Él le devolvió la sonrisa.

Él rompió el silencio. No hubo un saludo, ni una sorpresa, simplemente, dejó que su voz expresara el momento:

el cuarteto de Alejandría

– Pero ha ocurrido.

– Claro que ha ocurrido. Era lo que tocaba. Ya se hacía inevitable.

– ¿Y ahora?

– Tendremos que improvisar. La imaginación ya ha hecho que esto haya sucedido. Tendremos que ver si también hemos seguido imaginando de igual forma.

– Yo estoy dispuesto a seguir imaginando.

– Ya lo estás haciendo o no te habrías acercado.

Él pasó su mano con delicadeza sobre el rostro de ella, acariciándolo. Ella volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar. Al llegar a la mandíbula la separó y ella abrió los ojos. Las miradas se volvieron a encontrar y siguieron fijas mientras él cogía la silla y se sentaba frente a ella, a la otra parte de la mesa.

Sin dejar de sonreír abrió el libro, justo por una página que tenía señalada por la esquina, doblada.

Puso su dedo sobre un párrafo y empezó a leer sin mirarlo, de memoria, recitando mientras sus ojos, también de color otoño, se encontraban en los de ella:

– “Y el tiempo, implacable, cruel, despiadado en su continuo devenir se apiadará de ellos, regalándoles una ligera concesión para que sus vidas, hasta entonces separadas, puedan, aunque sea por un instante, fluir juntas…”

Ella sonrió, e hizo que su voz se uniera en la lectura de un libro ya conocido de memoria por las veces releído, acabando el párrafo a dos voces:

– “… Haciendo que un segundo se convirtiera en eterno y juntando la eternidad en un segundo, para que sus almas, pasara lo que pasara después, siempre vivieran en ese instante”

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De vez en cuando, alguien te incita, te provoca para que tu imaginación no pare y plasmes sobre el papel lo que ella te dicta.

En esta ocasión fue Moli (@molinos1282) la que, a través de twitter compartió este enlace,  me llevó a ello y aquí está el resultado.

Por cierto, aunque no creo que nadie de los que aquí venís no lo conozca, id corriendo a visitar su blog, www.cosasqmepasan.com, aún a riesgo de quedaros enganchados a él.

Por cierto, la imagen es de un cuadro de Richard Combes

Otoño en la glorieta

 

Da igual los años que pasen, siempre es un placer pasear pisando la alfombra de hojas que el viento del otoño va dejando como migas de pan en su camino de vuelta a la primavera.

La Glorieta tiene algo único, mágico.

Tiene el alma de miles de segorbinos en ella.

 

Rio

La vida fluye como el agua de un río.

Déjala correr y disfruta viendo su camino

 

Cámara: Nikon D3100

Abertura: f/18

Velocidad: 20 s

Sensibilidad: ISO-200

Flash: NO

Photoshop: NO



OTOÑO

 

Se fue el otoño, dejando tras de sí un manto de hojas que el invierno se ocupará de limpiar.

 

Cámara: Nikon D3100

Apertura: f/13

Velocidad: 13 s

Sensibilidad: ISO-200

Flash: NO

Photoshop: NO

AQUEL OTOÑO

Llegó inesperado, como de costumbre, como esas primeras hojas naranjas que el viento arrastra al principio del otoño y que ya se dejaban ver por las calles de la urbanización.

María estaba sentada, leyendo tranquilamente cuando escuchó el característico tono de “la cucaracha” que le había puesto al claxon del coche años atrás. Antes de que se pudiera levantar los niños ya corrían dirección a la calle gritando “papá, papá”.

Llegó al porche justo en el momento en el que cogía a los niños, uno con cada brazo y se los llevaba a los hombros, mientras ellos le comían a besos y a preguntas.

Llegó hasta ella con los niños en brazos y su “hola cariño” sonó más dulce que el tierno beso que depositó en sus labios, como si volviera del trabajo tras una jornada cualquiera.

Fue un otoño intenso, lleno de excursiones, comidas, juegos y deberes de los niños y de caricias, de besos y revolcones robados en los momentos en que éstos estaban en el colegio. Un otoño de salidas a cenar, de recuperar a la canguro y de cine infantil. De largas tardes junto a la ventana viendo llover mientras la mesa se llenaba de naipes, dados, fichas y preguntas. Un otoño que pasaba tranquilo y feliz mientras ella miraba de vez en cuando de reojo al móvil eternamente encendido junto a la mesilla de noche.

Una noche de tormenta, de esas en las que la luna llena no se atreve a dar su luz a través de las nubes sonó el teléfono. Eran las tres de la mañana. Él se levantó de la cama y salió a la cocina mientras hablaba en voz baja, como siempre que lo hacía cuando hablaba con ese teléfono. María sólo alcanzó a oír su último “si señor”.

A las dos horas se despedían en el porche, ella con una taza de café humeante en las manos y él con su sempiterno petate verde colgado del hombro, lleno de todo lo imprescindible. Su “adiós cariño, despídeme de los niños” sonó igual de dulce que la última vez pero mucho más triste.

Se fue en silencio, bajo un cielo gris plomizo en el que empezaba a deslumbrarse las primeras luces del día, en silencio para no despertar a los niños. Y María se quedó viendo cómo el coche avanzaba por las calles de la urbanización mientras una lágrima bajaba por su mejilla. Sabía que volvía la tensa espera, los sobresaltos cada vez que sonaba el teléfono con la esperanza de que no fuera el gobierno anunciándole que nunca lo volvería a ver.

 

La culpa de esta historia es de @mariagomez