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Tierna mirada

 

 

“Manzana, manzana, manzana…” la palabra rebotaba en su cabeza como una pelota de ping pong en una caja de metal. Con los ojos medio cerrados la iba repitiendo mentalmente mientras avanzaba por la cola de la cafetería.

Al llegar su turno levantó la cabeza repitiendo mentalmente una última vez: “manzana”.

 

Allí estaba ella, con sus enormes ojos de un azul profundo en el que él había soñado muchas noches nadar. Llevaba sujeta su cabellera rubia con una coleta y metida dentro del gorro de cocina, pero un rizo le caía por la frente como una cascada de oro.

 

“Hola, ¿qué quieres?”, dijo.

 

Cuchara”, acertó a balbucear él.

 

Ella se giró sobre si misma a buscar el cubierto. Cuando se giró, él tenía la cabeza agachada avergonzado de haber sido capaz de fijar su mirada más allá de la bata que tenía puesta justo por debajo de su espalda.

 

Cogió la cuchara, de su boca salió un inteligible “gracias” y se dirigió hacia su mesa.

 

Desde allí, dando vueltas al cuenco vacío de sopa con la segunda cuchara y golpeándose la cabeza con el dorso de la mano como castigo de lo inútil que se sentía siempre que estaba ante ella, fue viendo como el comedor se iba vaciando mientras ella recogía lo que quedaba de la comida y se lo llevaba a la cocina.

 

Cuando se dio cuenta que no había nada más que ver, se dirigió hacia el salón, a la espera de que sonara la sirena que les indicaba que comenzaba el taller del centro. Él tenía tareas de carpintería, estaba haciendo un cartel para la feria de artesanía que la semana próxima se celebraba en la ciudad, a la que siempre acudían.

 

En el salón, se alejó de la televisión por la que peleaban el resto de sus compañeros y se dirigió a la ventana. Tras los barrotes consiguió ver cómo ella salía de la cocina. Con unos gráciles movimientos se dirigía a coger su bicicleta y emprendía el camino que la llevaría lejos de allí hasta el día siguiente.

 

Suspiró, sin alejar la vista de su amada. Si alguien se hubiera acercado, habría visto mucho amor en aquellos pequeños ojos oblicuos.

 

 

La culpa de esta historia es de @mrsrosaperez: 


AQUEL OTOÑO

Llegó inesperado, como de costumbre, como esas primeras hojas naranjas que el viento arrastra al principio del otoño y que ya se dejaban ver por las calles de la urbanización.

María estaba sentada, leyendo tranquilamente cuando escuchó el característico tono de “la cucaracha” que le había puesto al claxon del coche años atrás. Antes de que se pudiera levantar los niños ya corrían dirección a la calle gritando “papá, papá”.

Llegó al porche justo en el momento en el que cogía a los niños, uno con cada brazo y se los llevaba a los hombros, mientras ellos le comían a besos y a preguntas.

Llegó hasta ella con los niños en brazos y su “hola cariño” sonó más dulce que el tierno beso que depositó en sus labios, como si volviera del trabajo tras una jornada cualquiera.

Fue un otoño intenso, lleno de excursiones, comidas, juegos y deberes de los niños y de caricias, de besos y revolcones robados en los momentos en que éstos estaban en el colegio. Un otoño de salidas a cenar, de recuperar a la canguro y de cine infantil. De largas tardes junto a la ventana viendo llover mientras la mesa se llenaba de naipes, dados, fichas y preguntas. Un otoño que pasaba tranquilo y feliz mientras ella miraba de vez en cuando de reojo al móvil eternamente encendido junto a la mesilla de noche.

Una noche de tormenta, de esas en las que la luna llena no se atreve a dar su luz a través de las nubes sonó el teléfono. Eran las tres de la mañana. Él se levantó de la cama y salió a la cocina mientras hablaba en voz baja, como siempre que lo hacía cuando hablaba con ese teléfono. María sólo alcanzó a oír su último “si señor”.

A las dos horas se despedían en el porche, ella con una taza de café humeante en las manos y él con su sempiterno petate verde colgado del hombro, lleno de todo lo imprescindible. Su “adiós cariño, despídeme de los niños” sonó igual de dulce que la última vez pero mucho más triste.

Se fue en silencio, bajo un cielo gris plomizo en el que empezaba a deslumbrarse las primeras luces del día, en silencio para no despertar a los niños. Y María se quedó viendo cómo el coche avanzaba por las calles de la urbanización mientras una lágrima bajaba por su mejilla. Sabía que volvía la tensa espera, los sobresaltos cada vez que sonaba el teléfono con la esperanza de que no fuera el gobierno anunciándole que nunca lo volvería a ver.

 

La culpa de esta historia es de @mariagomez